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	<title>La esquina dobladaRetratos de ciudad &#8211; La esquina doblada</title>
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		<title>Huecos</title>
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		<pubDate>Mon, 27 Aug 2012 06:45:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rubén García Bastida</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Retratos de ciudad]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Maceta, perro, niño, televisión gigante, maceta, muñeco, caja, caja, mochila, bicicleta, percha y, ya al final, pegado a la ventanilla y parpadeando mecánicamente, otra vez niño, haciendo de rebanada de cierre en el descomunal sándwich. La parte trasera del coche parece un envoltorio de comida al vacío repleto de ingredientes. El turismo familiar está detenido junto al surtidor de una gasolinera mientras el conductor, que tiene cara de ser de esa clase de personas que no encuentran el sensor de las puertas automáticas al salir, tramita el repostaje. «Lleno, por favor», dice. Como si fuera vacío.</p>
<p>Lo bueno de hacer la maleta es que te obliga a elegir. Eso, que en principio supondría un mal trago para cualquiera, es un mecanismo infalible que aligera los coches. Al terminar de hacer el equipaje, es habitual comprobar que casi todo lo que importa cabe en un bolsillo muy pequeño. Es en lo accesorio donde cada cual marca su línea de puntos. El problema es que algunos trazan una circunferencia muy amplia. </p>
<p>Cuando además eres un habitual de las mudanzas, sabes que irse es aprender a perder, y a pasar página. En cada cambio de casa, un número indeterminado de objetos desaparece sin explicación alguna. El proceso, a priori, ofrece garantías suficientes: se empaqueta todo en pequeñas cajas, se bajan a un camión, se echa el último vistazo a estancias y armarios, se cierra la puerta, se viaja al punto B, se depositan las cajas en la nueva vivienda y, para terminar, se monta todo intentando que quede lo más familiar posible. Pronto echas de menos algo, y ya sabes que no volverás a verlo. Al principio piensas que quedará un hueco, pero la pérdida es la forma que tiene lo nuevo de encontrar su sitio.</p>
<p>A veces, harto de buscar entre las cajas, te rindes y comienzas a colocar tus cosas. No te sorprende cuando, al fondo de tu nuevo armario, intuyes el objeto perdido de la caja de alguien. Y aún no sabes lo que es, pero ya tienes decidido dónde vas a ponerlo.</p>
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		<title>Noche de miopes</title>
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		<pubDate>Mon, 20 Aug 2012 11:14:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rubén García Bastida</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Retratos de ciudad]]></category>
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		<description><![CDATA[Pongo la cabeza sobre la arena para intentar ver algo en mitad de la fiesta más oscura del verano. Hay un chico que ha decidido quitarse las gafas y beber unas cervezas con consecuencias inmediatas: se planta frente a mí y dice: «¿Juanma?». Me veo obligado a sacarle del error. «Me temo que no». Y [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Pongo la cabeza sobre la arena para intentar ver algo en mitad de la fiesta más oscura del verano. Hay un chico que ha decidido quitarse las gafas y beber unas cervezas con consecuencias inmediatas: se planta frente a mí y dice: «¿Juanma?». Me veo obligado a sacarle del error. «Me temo que no». Y el chico, que no lleva las gafas puestas pero que va puesto de cervezas, continúa su camino. Estoy intentando ver las Lágrimas de San Lorenzo, pero mis compañeros de fiesta están más interesados por lo que pasa en tierra. En algún momento creo ver algo, pero no puedo jurar que sea una perseida y no, por ejemplo, un avión hipersónico de la NASA.</p>
<p>Dicen que el X-51A WaveRider resistió 31 segundos. La noche de las perseidas ni siquiera sabemos que el WaveRider existe -y mucho menos que va a convertirse en chatarra al medio minuto de vuelo-, pero sí sabemos que todo dura generalmente muy poco y sucede muy deprisa.</p>
<p>Entre las cosas que pasan muy deprisa se encuentran las perseidas, pero también las noches entre amigos, los buenos libros, las canciones de las que intentas recordar el título, los mensajes en el buzón de voz o los meses de verano.</p>
<p>Cuentan que los pilotos de Fórmula 1, en ocasiones, de tanto repetir hoteles y ciudades, se despiertan sabiendo perfectamente dónde están, pero no en qué año. A mí, sin embargo, las repeticiones periódicas de eventos me sirven para orientarme y refrescar la memoria. Los carnavales, por ejemplo, me recuerdan que nadie es lo que parece; la Noche de Reyes, que hay mentiras que duran demasiado tiempo -y caras de niños asombrados por las que mantenerlas-; la San Silvestre, que da igual cuánto corras porque el Año Nuevo va a alcanzarte igualmente; y noches como ésta, con la gente despreocupada, charlando sin prestar atención al espectáculo que se desgrana sobre nuestras cabezas, me devuelven la certeza anual de que cualquiera es un miope sin gafas probando suerte en la dirección equivocada alguna vez.</p>
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		<title>Cumpleaños cero</title>
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		<pubDate>Mon, 13 Aug 2012 06:00:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rubén García Bastida</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Retratos de ciudad]]></category>
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		<description><![CDATA[Existen dos formas de pifiarla: no tener ni idea o saber demasiado. Son los pecados del novato y del experto y en las últimas semanas he presenciado un ejemplo de cada. Primero, ella. Rondaba los 12 y no tenía ni puñetera idea. Estaba asomada al peñón más alto de la cala alicantina a la que [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Existen dos formas de pifiarla: no tener ni idea o saber demasiado. Son los pecados del novato y del experto y en las últimas semanas he presenciado un ejemplo de cada.</p>
<p>Primero, ella. Rondaba los 12 y no tenía ni puñetera idea. Estaba asomada al peñón más alto de la cala alicantina a la que unos amigos me habían llevado. No quería saltar. Miraba hacia abajo y se le veía el vértigo bailando en las rodillas. Todos en su grupo lo habían hecho ya. Algunos, varias veces. Uno de los chicos, el más popular, se había permitido un mortal hacia atrás en su turno. «¡Venga! ¡Que no pasa nada!», le gritaban. Y verdaderamente no pasaba nada porque esa cala ha sido esculpida por el mar de tal forma que basta un mínimo impulso para caer con seguridad a varios metros de las rocas.</p>
<p>Al final, propulsada por ese turbo de la estupidez que es el &#8216;qué dirán&#8217;, la niña se lanzó. Dio un pasito hacia adelante y se dejó ir, pero blanda, sin impulso, y su cuerpo cayó pegado a la pared como un edificio detonado, sin gracia ni forma. La cabeza entró en el agua a escasos centímetros de las rocas. Dos segundos después salió con la sonrisa boba de quien no ha visto pasar la bala. Entonces todos respiramos. Y el día siguió. También para ella.</p>
<p>Él no pasaba de los treinta y cinco y sabía demasiado. Estaba haciendo parapente en Alhama de Murcia mientras yo esperaba mi turno para saltar por primera vez. Inesperadamente se le plegó la vela y descendió a plomo hasta perderse de nuestra vista. Sus compañeros corrían hacia el barranco cuando resurgió sin un rasguño y con una carcajada nerviosa. Alguien me dijo entonces que hay determinadas maniobras que deben hacerse a mayor altura. Se había confiado.</p>
<p>Al terminar el día, en el bar en el que todos se reúnen tras cada jornada de vuelo, los compañeros se arrancaron a cantarle el cumpleaños feliz en una fiesta improvisada. Los dejamos allí celebrando entre cervezas. No era su cumpleaños. Pero como si lo fuera.</p>
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		<title>Teoría de los vasos</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Aug 2012 04:00:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rubén García Bastida</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Retratos de ciudad]]></category>
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		<description><![CDATA[Funciona así. Las playas se llenan porque se vacían las ciudades; existen nuevos sitios de moda porque hay viejos lugares que han dejado de estarlo (y los modernos, como el agua, se trasvasan). Así con todo. La ley de los vasos comunicantes dice que, para que estemos tan tocados y hundidos, alguien se lo tiene [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Funciona así. Las playas se llenan porque se vacían las ciudades; existen nuevos sitios de moda porque hay viejos lugares que han dejado de estarlo (y los modernos, como el agua, se trasvasan). Así con todo.</p>
<p>La ley de los vasos comunicantes dice que, para que estemos tan tocados y hundidos, alguien se lo tiene que estar pasando en grande en otra parte.</p>
<p>Nos dicen que la década pasada fue una fiesta y que, a cambio, nos toca pasar unos años limpiando el salón lleno de botellas y ceniceros del presente, despertar al tipo que duerme en el sofá e invitar a abandonar la casa al grupo de erasmus que sigue bebiendo en nuestra sala de estar.</p>
<p>Debió ser una fiesta realmente salvaje, porque muchos ni siquiera recordamos haber estado en ella. Aunque si hacemos un esfuerzo podríamos nombrar a algunos que sí estuvieron. Para eso vienen muy bien las hemerotecas y los archivos. Todos seríamos capaces de señalar sus caras en las fotos de entonces.</p>
<p>Y sin embargo aquí nos tienes, limpiando; nosotros, que solo estábamos lanzando un palo cuando el aire nos devolvió esta astilla. Y pese a que las doce hojas del calendario de 2012 piden ser arrancadas, arrugadas y abandonadas en la misma papelera en la que ardieron otros años, hace solo unos meses que se compró el coche más caro de la historia.</p>
<p>El mundo está lleno de extrañas relaciones. A veces muy sutiles. La calle se ha ido llenando de ideas a medida que se vaciaba el Congreso; nos hemos ido enterando de la verdad a través de las mentiras; la esperanza se acorta porque la espera se alarga; se compra más oro, se roba más cobre; se te abre la boca porque te tapan los ojos. Funciona así. Y la ley de los vasos comunicantes dice que, para que yo haya escrito algo como esto en el suplemento de verano, alguien debió publicar un artículo terriblemente divertido en la sección de economía el invierno pasado.</p>
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		<title>Camisetas</title>
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		<pubDate>Sun, 29 Jul 2012 01:00:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rubén García Bastida</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Retratos de ciudad]]></category>
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		<description><![CDATA[Ésta no es una ciudad en la que permanecer ahora. El sol cae como un animal que se hubiera olvidado de volar sobre las piernas de las chicas con &#8216;shorts&#8217; en las terrazas, calcina las cabezas, desgasta las prendas y broncea los hombros de gente ya muy cansada de encogerlos a diario de tanto no [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ésta no es una ciudad en la que permanecer ahora. El sol cae como un animal que se hubiera olvidado de volar sobre las piernas de las chicas con &#8216;shorts&#8217; en las terrazas, calcina las cabezas, desgasta las prendas y broncea los hombros de gente ya muy cansada de encogerlos a diario de tanto no entender nada.</p>
<p>El termómetro enseña su cuarta decena cuando salgo a la calle. Parece un enorme panel de mensajes en movimiento. No paro de cruzarme con camisetas. Todas dicen algo. Van de lo divertido a lo predecible, de lo inteligente a lo absurdo. Nos delatan. No mienten.</p>
<p>En una esquina de la calle Trapería, el propietario de unos hombros encogidos le comenta a la portadora de una cabellera negra sus deseos de largarse «adonde sea, a cualquier parte», aunque añade que probablemente «este año no pueda hacer nada». La del pelo negro lleva una camiseta con el dibujo de una palmera. No creo que al viajero sin billete le valga con eso. Yo llevo una camiseta que dice: «En mi vida ya no hay nada que no dependa de la suerte». No sé si es mejor que llevar una palmera, pero intento poner una cara que vaya a juego con la cita.</p>
<p>Me cruzo con camisetas muy diversas: grupos de música, recreaciones de paisajes y ciudades, fotos de animales, y frases, muchas frases, casi todas en inglés. Cosas como «disfruta del viaje», «insertar amor aquí» o «demasiado tarde». Me llama la atención la camiseta a rayas de una chica. Dice: «Lee entre líneas». Se despide de un tipo al que responde muy alto y muy animada: «No te preocupes, que iré». Luego se gira y resopla. Él no se ha dado cuenta. Las camisetas no mienten. Las chicas con &#8216;shorts&#8217; sí.</p>
<p>Yo quisiera llevar hoy una camiseta distinta, una con las palabras de José María Fonollosa en &#8216;Ciudad del hombre: Barcelona&#8217;: «La ciudad está llena de caminos, todos son buenos para escapar de ella». Porque está bien recordarlo, incluso si no vas a tomar ninguno.</p>
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		<title>El asalto</title>
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		<pubDate>Wed, 25 Jul 2012 09:22:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rubén García Bastida</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Retratos de ciudad]]></category>
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		<description><![CDATA[«¡Dame todo lo que lleves o te vuelo la cabeza!». Repaso mis enemigos. La voz no asusta pero está claro que tengo algo presionándome la sien y muy mala suerte. Me repito que no ha sido buena idea venir a la playa, que quién me mandaba a mí, con estas pintas, bajar a la arena [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>«¡Dame todo lo que lleves o te vuelo la cabeza!». Repaso mis enemigos. La voz no asusta pero está claro que tengo algo presionándome la sien y muy mala suerte. Me repito que no ha sido buena idea venir a la playa, que quién me mandaba a mí, con estas pintas, bajar a la arena y quedarme leyendo el periódico.<br />
No estoy para heroicidades. No hay más que verme. Todo el mundo es más cobarde en bañador. Se trata del mismo principio por el que te sientes más peligroso con una cazadora de cuero.<br />
El caso es que ya casi se ha ido el sol y mis compañeros de playa no sirven de ayuda. A unos veinte metros de mí queda un grupo de gente. Miro en su dirección. Me pregunto si alguien está pendiente de esto. No lo parece. Luego muevo los ojos hacia un lado e intento adivinar de reojo la identidad de mi asaltante. Insuficiente. No tengo ángulo. Me conformaría con saber si es una pistola o un rastrillo de playa lo que tengo en la cabeza. La voz insiste: «¡Manos arriba!». Y obedezco resignado.<br />
Hago recuento de mis pertenencias: teléfono móvil, gafas oscuras, chanclas de mercadillo del jueves con ridícula banderita de Brasil en la parte superior sin significado alguno, siete euros distribuidos en un billete de cinco con leve rasgadura en el extremo y moneda de dos, y un ejemplar ya bastante maltratado del periódico de hoy. Poco botín.<br />
«No llevo nada», le estoy diciendo, cuando la voz salvadora de su madre resuena a lo lejos: «¡Javier!, ¿pero qué haces?, ¡deja ya al chico!». Y el niño, que empezaba a ser molesto, retira la pistola de mi cabeza y se aleja corriendo. A mitad del trayecto se vuelve y me dispara dos chorros de agua mientras hace los efectos de sonido con la boca. Bajo las manos lentamente y vuelvo al periódico. Lo abro por la sección de Economía. Me quedo pensando en cuánto tiempo tardará el enano en descubrir que los mayores  atracos se cometen de una forma mucho más civilizada.</p>
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		<title>Desde X e Y hasta Z</title>
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		<pubDate>Sat, 16 Jul 2011 10:14:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rubén García Bastida</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Cine]]></category>
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		<category><![CDATA[viajes]]></category>
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		<description><![CDATA[Los trayectos contrarios no son una guerra porque son el mismo camino en pies distintos. Por eso no importa demasiado de dónde venimos cuando vamos a la misma parte. Los aeropuertos están llenos, pero los puentes, vacíos. Es verano y todo el mundo debería reencontrarse con alguien al otro lado del mundo, o al otro [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los trayectos contrarios no son una guerra porque son el mismo camino en pies distintos. Por eso no importa demasiado de dónde venimos cuando vamos a la misma parte. Los aeropuertos están llenos, pero los puentes, vacíos. </p>
<p>Es verano y todo el mundo debería reencontrarse con alguien al otro lado del mundo, o al otro lado de la ciudad, o al otro lado de la habitación, o al otro lado de la mesa, o al otro lado del espejo.</p>
<p><object width="601" height="338"><param name="allowfullscreen" value="true" /><param name="allowscriptaccess" value="always" /><param name="movie" value="http://vimeo.com/moogaloop.swf?clip_id=25451551&#038;server=vimeo.com&#038;show_title=0&#038;show_byline=0&#038;show_portrait=0&#038;color=00adef&#038;fullscreen=1&#038;autoplay=0&#038;loop=0" /><embed src="//vimeo.com/moogaloop.swf?clip_id=25451551&#038;server=vimeo.com&#038;show_title=0&#038;show_byline=0&#038;show_portrait=0&#038;color=00adef&#038;fullscreen=1&#038;autoplay=0&#038;loop=0" type="application/x-shockwave-flash" allowfullscreen="true" allowscriptaccess="always" width="601" height="338"></embed></object></p>
<p><A href="http://vimeo.com/25451551">Splitscreen: A Love Story</a> from <A href="http://vimeo.com/jwgriffiths">JW Griffiths</a> on <A href="http://vimeo.com">Vimeo</a>.</p>
</p>
<p>Vía: <A href="http://www.microsiervos.com/archivo/peliculas-tv/splitscreen-historia-de-amor.html" title="http://www.microsiervos.com/archivo/peliculas-tv/splitscreen-historia-de-amor.html" id="link_0">Microsiervos</a> </p>
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		<title>Un mes</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Jun 2011 11:25:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rubén García Bastida</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Retratos de ciudad]]></category>
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		<description><![CDATA[Ha pasado un mes del terremoto de Lorca y trece años desde que dejé de vivir allí. Estuve solamente cinco, pero eran de esos en los que las ciudades todavía te dan forma porque estás blando. Fui lorquino de adolescente y eso te hace lorquino para siempre. Vivía en la Avenida y estudiaba en el [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ha pasado un mes del terremoto de Lorca y trece años desde que dejé de vivir allí. Estuve solamente cinco, pero eran de esos en los que las ciudades todavía te dan forma porque estás blando. <IMG src="/la-esquina-doblada/files/lor2.jpg" id="img_0" class="imgdcha" height="259" width="385">Fui lorquino de adolescente y eso te hace lorquino para siempre. Vivía en la Avenida y estudiaba en el instituto Ros Giner, que todos conocen como el masculino. Hace unos días supe que van a demolerlo porque su estructura no aguantó.<br />
Cuando me fui de Lorca tardé mucho tiempo en volver. No quería ver cambiar las cosas. Pero las cosas cambian y la gente vuelve, así que cuando unos años después volví, ya como estudiante universitario, encontré unas calles diferentes. El Óvalo no se parecía al Óvalo, las cafeterías a las que iba habían cambiado de nombre y mi vieja pandilla no era ya una pandilla.<br />
Volví por donde había venido pensando que es mejor no moverse mucho para evitar esa sensación de que tus lugares no dependen en absoluto de ti.<br />
En cuanto te das la vuelta se levantan estatuas donde no las había, se reasfaltan vías, se enlosan las aceras, se construye, se modifica; los mismos locales se llenan de gente distinta, y ocupan tu mesa, y algunos se enamoran; y llega el relevo a las clases, y las aulas cambian de nombre, pero los deseos son los mismos.<br />
El terremoto ha hecho eso también con los que no se fueron. Les ha cambiado la ciudad sin que mediara tiempo ni distancia, les ha modificado las calles con ellos dentro.<br />
Ahora hay que afrontar la reconstrucción. Una vez finalizada llegará el desconcierto de encontrarlo todo distinto. Le seguirá la reconciliación. Poco a poco las calles irán siendo otra vez sus calles, y los lugares, modificados, volverán a pertenecerles.<br />
Lorca no es un espacio, Lorca es gente, en el sentido más cálido del término. Es lo que hemos aprendido en todo esto.</p>
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		<title>Las filas de los ángeles</title>
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		<pubDate>Tue, 13 Jul 2010 23:42:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rubén García Bastida</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Retratos de ciudad]]></category>

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		<description><![CDATA[Diré lo que viene ahora: los cuarenta grados al sol, las carreteras llenas de bultos, los castillos de arena que no aguantan las olas, las partidas de naipes, toallas, ciudades desiertas, algunos amores para siempre que duren dos meses, caminos inexplorados, rodriguez, incendios forestales, ya sabes: el verano. Ahora todo el mundo tiene un plan [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Diré lo que viene ahora: los cuarenta grados al sol, las carreteras llenas de bultos, los castillos de arena que no aguantan las olas, las partidas de naipes, toallas, ciudades desiertas, algunos amores para siempre que duren dos meses, caminos inexplorados, rodriguez, incendios forestales, ya sabes: el verano.</p>
<p>Ahora todo el mundo tiene un plan tramado durante meses, una lista de asuntos pendientes, cosas que cuestan tiempo que quedaron pospuestas para cuando lo hubiera, porque el tiempo se asienta sobre un sumidero y no hay mucho que puedas hacer con ello, así que los planes quedan siempre para momentos mejores, para verano, para Navidad, para Semana Santa: para llevarlos todos a cabo juntos de una tacada aunque no se pueda.</p>
<p>Se respira en estas fechas cierta ansia de experiencias y kilómetros. El interrogante es si fuiste a algún sitio si aún no saliste; si vas a alguna parte si preparas tu marcha. Tal vez sea ése el motivo por el cual la gente sale a la carretera con la misma cara con que entra a las grandes superficies en rebajas. Tal vez sea por eso que cobran sentido los golpes al ánimo de los anuncios de la DGT, o las operaciones de salida y entrada, los pretensores, los airbags y los refuerzos de efectivos en las filas de los ángeles de la guarda. </p>
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<p>Al final casi todos volvemos más morenos sin haber cumplido lo trazado. A medida que salgas por la puerta del trabajo los días se te echarán encima como jugadores de fútbol americano. Harás un viaje, harás dos, puede que termines algunos libros y que dispares tu cámara un millar de veces, pero volverás con tu lista de planes a medio tachar y desharás la maleta mientras repites: &#8220;el año que viene sin falta”. </p>
<p>Está la calle llena de gente que hace cosas e imagina que hace otras.</p>
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		<title>El trato</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Nov 2009 11:16:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rubén García Bastida</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Estaban en una calle cerrando un acuerdo, ya a punto de largarse. Repetían lo que seguramente ya habían hablado unos minutos antes, como se hace siempre para estar seguro de que las condiciones han quedado claras cuando uno de los dos va a poner dinero en algo. La desconfianza es un papel doblado que alguien [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><IMG style="width: 288px; height: 422px;" src="/la-esquina-doblada/wp-content/uploads/sites/12" id="img_0" class="imgizqda">Estaban en una calle cerrando un acuerdo, ya a punto de largarse.</p>
<p>Repetían lo que seguramente ya habían hablado unos minutos antes, como se hace siempre para estar seguro de que las condiciones han quedado claras cuando uno de los dos va a poner dinero en algo. La desconfianza es un papel doblado que alguien nos mete siempre en el bolsillo cuando no miramos.</p>
<p>Uno decía: “Le dices que hemos hablado un precio y me traes lo que te digo”. El otro decía “Sí, sí, el lunes lo tienes todo y lo dejamos listo”.</p>
<p>Hablaron algunas cosas más, y cuando ya no hubo más que decir ambos se despidieron y se subieron a sus respectivos coches.</p>
<p>Uno tenía un Porsche Cayene y el otro un Citroën ZX ranchera de principios de los 90.</p>
<div>No había que ser un lince para saber quién de los dos iba a salir perdiendo con el trato.</div>
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