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	<title>La Murcia que no vemosSin categoría &#8211; La Murcia que no vemos</title>
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	<description>Por Antonio Botías</description>
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		<title>Obituario al pastelico de carne</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Jun 2016 08:05:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Botías</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Amanece junio en Murcia con esa claridad de luz que el poeta Jorge Guillén respirara, mientras se alarga la sombra fresca de las moreras, el sonido de las fuentes anuncia el estío y las moscas, esas «raudas moscas divertidas» de Machado, aún no buscan desesperadas una ventana abierta para escapar del sestero. Todo parece normal en este nuevo junio que estrena Murcia: los vendedores de ciegos pugnando por las mejores esquinas, las geranios rojos y las diminutas clavellinas que adornan balcones remotos, el trasiego de parroquianos en los bodegones de Las Flores, el obligado vermú de Luis de la Rosario, cabe El Perdón de San Antolín, la algarabía en esa huerta condensada que es Verónicas, los primeros turistas boquiabiertos ante la fachada de la Catedral&#8230;<span id="more-185"></span></p>
<div id="attachment_188" style="width: 1034px" class="wp-caption alignright"><a href="/lamurciaquenovemos/wp-content/uploads/sites/5/2016/06/pastel.jpg"><img aria-describedby="caption-attachment-188" class="size-full wp-image-188" title="pastel" src="/lamurciaquenovemos/wp-content/uploads/sites/5/2016/06/pastel.jpg" alt="" width="1024" height="768" srcset="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/5/2016/06/pastel.jpg 1024w, https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/5/2016/06/pastel-300x225.jpg 300w, https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/5/2016/06/pastel-768x576.jpg 768w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a><p id="caption-attachment-188" class="wp-caption-text">@Fernando Pinar</p></div>
<p>&nbsp;</p>
<p>La rutina, que es el prólogo del olvido, aplaca un acontecimiento singular: un trozo de Murcia, de aquella ciudad castiza que se desangra en grandes superficies comerciales y tiendas de todo a un euro, acaba de morir. Y el velatorio ayer se celebró, si es que celebrarse podía, en la calle Riquelme esquina Jiménez Baeza, cerca de la revuelta hacia San Nicolás, donde a los Salzillos, por las estrecheces del lugar, les hace falta Dios (que es el que está en  Jesús) y ayuda para enfilar camino de Las Agustinas. Allí, hasta que ayer cerraron a mediodía, estaba la pastelería Zaher, conocida como Barba, donde se despachaban quizá los mejores pasteles de carne del mundo.</p>
<p>En aquel local, de grandes puertas abiertas hacia la histórica calle, generaciones de murcianos aprobamos con nota, escrita sobre los papeles donde se partía cada pastel a golpe de enorme cuchillo, el exámen de huertana murcianía, que viene a ser disfrutar de la Semana Santa o del Entierro, amar la huerta sobre todos los planes urbanísticos, y no alabar a ningún convecino hasta que se muera (sea dicho aquí entre nosotros).</p>
<p>Zaher ya no abrirá nunca su bar de la calle Riquelme, aquella donde los pintores Garay, Clemente y Flores establecieron un estudio en común. No andaba entonces, como ahora, la economía para desahogos. Y como ahora, era el pastel de carne, según lo definió el periodista Martínez Tornel, «capricho del rico y apaño para el pobre». Para el pobre huertano cuyo único homenaje, tras su semana de siete días laborales, desde el alba a la madrugada, cuando los auroros preparaban sus despiertas, era acercarse a la ciudad y regresar con un papelón de pasteles que aplacaba el hambre de sus hijos, que solían ser muchos.</p>
<p>Un trozo de Murcia ha muerto. Y eso, por desgracia, incluye esa forma murciana de atender a la clientela, entre la amistad y la sorna, entre la guasa y el respeto, como lo hacía mi amigo José Gil, el Bicho, que ya me contará a qué obrador lo sigo. O igual me lo cuenta Jaime, aquel inolvidable camarero, desde los obradores de la Gloria por donde anda. Porque esto, señores que amáis Murcia sobre todas las cosas menos mi Señor de los Azotes, se acabó. Se acabaron los dos golpes célebres del enorme cuchillo que quebraba en cuatro humeantes trozos los pasteles contra el mostrador de aluminio. Se acabaron los papeles como improvisados manteles diminutos sobre la barra. Se acabaron las olivas ‘partías’ de Cieza, indispensable acompañamiento junto a la cerveza, que casi volaba de un lado a otro de la pastelería. Se acabaron aquellos gritos de «¡Dos calieeeentes y dos especiaaaales, marchando!».</p>
<p>Tuve el privilegio de llevarme a casa los dos últimos pasteles que salieron de Barba, antes de que la persiana sentenciara el cierre. Uno de ellos, como el espléndido presente que era, se lo brindé a mis hijas. El otro lo disfruté con mi padre, quien, en tantas tardes, me acercó a aquella barra mítica cuando aún tenía que auparme para alcanzar el taburete.</p>
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		<title>¿La obra cumbre de Salzillo?</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Dec 2015 11:09:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Botías</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Crónicas Murcianas]]></category>
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		<description><![CDATA[Cuentan que la noche se encendió en lágrimas de fuego que iluminaron, como un llanto estrepitoso de astillas celestiales, la ciudad entera. El horizonte velado de la amanecida huertana se rasgó en mil pedazos. Entre las llamas, aunque apenas durara un instante, sus ojos compasivos parecieron cuajarse de sollozos. Los querubines que la rodeaban, como [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuentan que la noche se encendió en lágrimas de fuego que iluminaron, como un llanto estrepitoso de astillas celestiales, la ciudad entera. El horizonte velado de la amanecida huertana se rasgó en mil pedazos. Entre las llamas, aunque apenas durara un instante, sus ojos compasivos parecieron cuajarse de sollozos. Los querubines que la rodeaban, como si imploraran clemencia, abrazaban sus divinos pies, aunque la algarabía de gritos y maldiciones impedía escuchar sus voces diminutas y cristalinas. Sólo el dragón que uno de ellos hería, henchido de gozo, esbozó una mueca de victoria antes de convertirse en cenizas. Fue entonces cuando Murcia perdió su más preciado tesoro.<span id="more-131"></span><a href="/lamurciaquenovemos/wp-content/uploads/sites/5/2015/12/INMACULADA-SALZILLO-2.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-133" title="DOCU_VERDAD" src="/lamurciaquenovemos/wp-content/uploads/sites/5/2015/12/INMACULADA-SALZILLO-2.jpg" alt="" width="612" height="1054" srcset="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/12/INMACULADA-SALZILLO-2.jpg 612w, https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/12/INMACULADA-SALZILLO-2-174x300.jpg 174w, https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/12/INMACULADA-SALZILLO-2-595x1024.jpg 595w" sizes="(max-width: 612px) 100vw, 612px" /></a></p>
<p>Sucedió en 1931. El miércoles 13 de mayo. El plano de san Francisco, donde brotan cada amanecida los aromas de la huerta que se condensan en Verónicas, aún mantenía la congregación que honraba al santo. Junto a sus muros, la desaparecida iglesia de la Purísima custodiaba una talla de esta advocación, obra de Francisco Salzillo. Era la Purísima Concepción. Muchos autores han mantenido que era la obra cumbre de Salzillo. Sin embargo, no existen demasiadas imágenes para sustentar esta afirmación. Al menos, hasta una feliz casualidad sucedida en 2008, el sorprendente hallazgo de un primer plano de la talla. Podrán ustedes verlo en la Red porque, como todo lo bueno, cunde mucho. Como también cunde la poca vergüenza de no reconocer -¡Hasta ahí se podía llegar, hombre!- el poquito mérito de quien lo encontró. Les cuento.</p>
<p>Andando perdido en los archivos históricos de Murcia, que no es mal lugar para perderse, en una remota edición de un no menos remoto diario me encontré con dos fotografías inéditas de la célebre Inmaculada. Y comprobé con alegría que estaban datadas apenas dos años antes del incendio. En una de ellas se observa la talla completa de la Purísima, que está sin su característica corona, en el altar donde recibía culto. El camarín de la Purísima, decorado por Pablo Sistori, atesoraba aquella talla que el escultor Benlliure sentenció como «la obra cumbre de Salzillo». No fue el único. José Tormo, en su Guía de Levante, al describir la pieza animaba a los viajeros con un exclamación: «¡Súbanse al camarín!. Otros se atrevieron a más.</p>
<p>El doctor Esténaga advirtió de que su factura era «más perfecta que la del Ángel y la Dolorosa» que aún atesora la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno. El inolvidable Fuentes y Ponte, erudito y apasionado conservador de nuestra Murcia, rubricó semejantes halagos en su obra Murcia Mariana. Hubo quien lo acusó de padecer miopía; pero lo cierto es que él si subió al camerín para tomarle medidas a la talla. Tampoco le faltaron cánticos y oraciones que extendieron el fervor y la fama de su belleza por la ciudad.</p>
<p>El descubrimiento de esta antigua fotografía, que permitió a miles de murcianos conocer la talla, supuso un hallazgo de gran interés. Sobre todo, porque la instantánea permite apreciar detalles imposibles de percibir en el resto de fotografías existentes -acaso una o dos- porque casi todas fueron tomadas a distancia.</p>
<p>Las obras en la que fue iglesia gótica de la Purísima comenzaron en el siglo XV, bajo la protección de los Caballeros Concepcionistas. El templo, utilizado por los padres franciscanos que habitaban el convento contiguo, dio nombre a un hospital para sacerdotes que, en el año 1701, se levantó junto a la iglesia. Extinguida la orden de caballería, la Familia Fontes se encargó de perpetuar los cultos, no si antes establecer algún litigio con los franciscanos por la propiedad del inmueble.</p>
<p><strong>Primer renacimiento<br />
</strong>La iglesia de la Purísima tenía una sencilla portada de sillares de piedra, con una sola puerta, sobre la que se abría una hornacina, que custodiaba la talla de la Virgen en un retablo del primer renacimiento. Más arriba, había un hueco donde se volteaba la única campana del santuario. En el interior, compuesto por una nave, había ocho capillas. La primera de ellas, según se entraba a la izquierda, estaba dedicada a San Martín. En su interior se conservaron durante muchos años dos balas de cañón que fueron disparadas en 1706 por las tropas del archiduque contra la ciudad, que defendía el cardenal Belluga.</p>
<p><img loading="lazy" class="alignleft  wp-image-134" title="CVsoozLXAAAfhkp" src="/lamurciaquenovemos/wp-content/uploads/sites/5/2015/12/CVsoozLXAAAfhkp.jpg" alt="" width="293" height="461" srcset="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/12/CVsoozLXAAAfhkp.jpg 457w, https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/12/CVsoozLXAAAfhkp-190x300.jpg 190w" sizes="(max-width: 293px) 100vw, 293px" /></p>
<p>Tan bella era la imagen de la Purísima que ni Salzillo ni la familia Fontes se atrevían a ponerle precio. De hecho, pasaron algunos meses antes de que el escultor reconociera que la talla era un regalo.</p>
<p>Entonces, los Fontes enviaron 12.000 reales en una caja de cartón, que también contenía varios obsequios, uno por cada miembro de aquella casa. Ahora, ochenta y siete años después de que se fotografiara un primer plano de su rostro, y siete después de que servidor  lo descubriera, los murcianos pueden valorar si realmente es la talla más soberbia de Salzillo.</p>
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		<title>Jueves negro&#039; entre paparajotes</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Feb 2009 18:46:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Botías</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>

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		<description><![CDATA[Fue en un día destemplado, de otoño arriscado, cuando los murcianos disfrutaron de la afamada película Corazones y Contratos en el Teatro Circo Villar. Murcia amaneció nublada mientras en el Ayuntamiento, la Permanente, hoy conocida por Comisión de Gobierno, reunía a los concejales para debatir el padrón de bicicletas y el de carruajes de lujo. [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Fue en un día destemplado, de otoño arriscado, cuando los murcianos disfrutaron de la afamada película Corazones y Contratos en el Teatro Circo Villar. Murcia amaneció nublada mientras en el Ayuntamiento, la Permanente, hoy conocida por Comisión de Gobierno, reunía a los concejales para debatir el padrón de b<img id="img_2" class="imgdcha" src="/lamurciaquenovemos/files/oabellonmurcia.jpg" alt="" />icicletas y el de carruajes de lujo.</p>
<p>El kilo de merluza andaba por 5 pesetas y las patatas se vendían en Verónicas a 6 pesetas los 50 kilos, como 50 eran los años que ofrecía el Banco Hipotecario de España para devolver préstamos a largo plazo sobre fincas rústicas y urbanas, con un 5,5% de interés, con amortización de capital. Y también se encontraban por las calles las populares fajas para señora de la marca Madame X o el tónico nutritivo Carne Líquida, del doctor Valdés.<span id="more-27"></span></p>
<p>Corazones y contratos fue el estreno que llegó a la ciudad el 24 de octubre de 1929. Nadie imaginó aquella tarde que, a miles de kilómetros, se producía el denominado Jueves Negro en la Bolsa de Valores de Nueva York. Dos días después, los lectores murcianos de La Verdad conocían la noticia, reducida a un simple breve enviado por una agencia de noticias de Londres.</p>
<p>Al día siguiente, en el mismo periódico, el presidente americano, Herbert Hoover, advertía de que la nación estaba cimentada en «bases muy sólidas». Sin embargo, al ya legendario Jueves Negro le sucederían los llamados Lunes Negro y Martes Negro (28 y 29 de octubre de 1929), que precipitaron el desastre.</p>
<p>Resulta sorprendente comprobar que algunos diarios publicaron entonces argumentos similares a los que hoy leemos sobre la crisis actual. Así, en 1929, La Verdad informaba de la caída de la Bolsa de Londres y añadía que en los círculos financieros «se considera esta baja como beneficiosa, pues ello hará que los precios vuelvan a su nivel normal y ordinario, lográndose que los capitales destinados eventualmente a especulaciones vuelvan a dedicarse a asuntos beneficiosos para el comercio». El 1 de noviembre ya se conocían las pérdidas producidas en Estados Unidos por la debacle bursátil: 868 millones de dólares.</p>
<p>Algunos autores señalan la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1929) como un periodo de despegue industrial para Murcia, que también participó con un pabellón en la Exposición Iberoamericana de Sevilla, donde los Reyes admiraron la espléndida factura del San Juan de Salzillo y bebieron naranjada.</p>
<p>Curiosamente, meses más tarde, cuando la atención sobre la crisis bursátil parecía decaer, los papeles periódicos murcianos advertirán de la «crisis naranjera» regional, al parecer mucho más grave, por lo cercana, como prueba el gran titular de El Liberal en enero de 1930, que la americana y mundial. Aunque, pese a todo, algunas noticias evidenciarán los efectos de la recesión, como la que explica la falta de fondos para pagar a los barrenderos de Chicago, o los análisis que culpan a la banca americana, «una organización perfecta del saqueo», del desastre.</p>
<p>De nuevo, paralelismos que podrían trasladarse a nuestros días sin variar una coma. «Por un lado, la acción judicial, el apremio y el embargo activan la confiscación de riqueza mueble que ha venido arruinando a las llamadas clases medias», advertirá Julio Senado en El Liberal. Y continúa: «Por otro, los inmuebles cargados de hipotecas, cuya cancelación es imposible el día estipulado, de suerte que el hipotecado debe resignarse a la cesión de la finca [ ] Cuando ya se han recogido hasta las últimas migajas del botín, se restituye el oro a la circulación, rebajando el tipo del descuento y la normalidad regresa. ¿Hasta otra!».</p>
<p>No todo parecía tan negro. Aunque había muerto dos años antes, la explosión de la crisis coincidió con la publicación del libro El Aroma del Arca, del poeta Jara Carrillo, donde cantara: «Arca huertana, perfumado rincón de hogar donde está toda, grata memoria del pasado; es del refajo rameado, a la basquiña de la boda. Desde la armilla reluciente, de luminosas lentejuelas, a las postizas vihuelas, con que en sus quince y en sus veinte, parrandearon las abuelas».</p>
<p>Tampoco a todos los murcianos les iría tan mal la crisis. Alfonso Escámez, aquel jovenzuelo avispado de Águilas, fue despedido de un banco a causa de ella; pero más tarde regresaría como contable aunque, como el único hueco en la plantilla era para un botones, así firmó su contrato. Nacía, de la nada, un gran banquero.</p>
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		<title>Para el aliacán, ver el agua pasar</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Jul 2008 11:55:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Botías</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>

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		<description><![CDATA[La huerta profunda esconde los secretos del uso medicinal y mágico de las plantas Ahora la llaman depresión. Antes, bastaba con que una persona perdiera el apetito unos días y su rostro revelará cierta melancolía y tristeza para que el diagnóstico popular fuera inapelable: «Tiene el aliacán». O, cuando menos, si acaso el enfermo vomitaba [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La huerta profunda esconde los secretos del uso medicinal y mágico de las plantas<br />
Ahora la llaman depresión. Antes, bastaba con que una persona perdiera el apetito unos días y su rostro revelará cierta melancolía y tristeza para que el diagnóstico popular fuera inapelable: «Tiene el aliacán». O, cuando menos, si acaso el enfermo vomitaba y el malestar del cuerpo era general, pero sin t<IMG src="/lamurciaquenovemos/files/segura.jpg" id="img_0" class="imgdcha">ener fiebre, no pocos concluían que padecía el mal de ojo. Para estas supuestas enfermedades existían remedios increíbles que, por cierto, parecían resultar muy efectivos.</p>
<p>El empleo de plantas medicinales no se redujo en Murcia, ni aún hoy lo hace, a las tisanas de manzanilla para regular el estómago. Existen otras aplicaciones sorprendentes que sólo unos pocos iniciados conocen y a las que muchos murcianos recurren a diario. Sin embargo, es necesario adentrarse en la huerta profunda y los campos para encontrar los rescoldos de una medicina improvisada que pronto desaparecerá. </p>
<p> <strong class="strong">TRES MARÍAS HECHICERAS</p>
<p> </strong>La curación del llamado mal de ojo, siempre provocado por una mala mirada de alguien que desea el mal para su víctima, se alcanzaba introduciendo el dedo en un candil encendido, y luego dejando caer las gotas de aceite en un tazón de agua. Al tiempo, el curandero pronunciaba una oración secreta, que sólo podía transmitirse el Viernes Santo detrás de la puerta de una iglesia. Otra versión menos conocida consistía en utilizar torvisco o matapollos, una planta que debían tratar en un ritual tres mujeres a un tiempo. Y las tres debían tener por nombre María.</p>
<p>El aliacán, por otra parte, podía curarse viendo pasar el agua del Segura mientras se recitaba una oración. O bien orinando sobre la flor blanca del manrrubio, lo que devolvía al enfermo el color de la cara y las ganas de vivir.</p>
<p>La alhábega que durante generaciones ha crecido a la puerta de los hogares murcianos, aparte de ser muy útil para espantar a los mosquitos, se utilizaba en Murcia como antídoto de un presunto filtro amoroso obtenido al cocer otra planta, el pichichán. Tan extraña planta, al menos, parece más inofensiva que la trementina o planta que da gritos. Porque aquel que oyera sus alaridos en la noche de San Juan, podía convencerse de que pronto moriría. Otros, en cambio, se preocupaban en esa madrugada mágica de regar la flor del cardizal para aguantarla viva hasta el amanecer y afianzar un noviazgo.</p>
<p> <strong class="strong">HASTA LA ALFALFA</p>
<p> </strong>El tomillo, la malva y el hinojo, junto a otra interminable lista de plantas y recetas, también eran adecuadas para despertar el apetito incluso de los moribundos, aunque nadie comprendiera qué razones podían tener, a las puertas de la muerte, para almorzar. Y una ramita de alábega en la oreja impedía ser víctima del mal de ojo. Contra el herpes, llamado culebra en la huerta, también existe un amplio catálogo de recetas y oraciones. Por tener, hasta la alfalfa tiene sus aplicaciones. Prueba de ello es un tratado impreso en Totana, en 1921, cuyo título rezaba: La alfalfa, planta prodigiosa.</p>
<p>La herboristería mágica acaso haya pasado a la historia y, salvando las distancias, en algunas dolencias actuales parecen más útiles los antidepresivos y otros medicamentos que ver el agua pasar. Sin embargo, lo misterioso de la cuestión es que, aún hoy, hay muchos murcianos que aseguran haber sanado al ponerse en manos de una curandera. Para asegurarse que es auténtica, basta con preguntarle cuánto cobra por sus servicios. Si responde que gratis ofrece la gracia que Dios le ha dado, es de la buenas. Y si niega que sepa los rituales, es la mejor.</p>
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		<title>Cuando Murcia ganó su séptima corona</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Jul 2008 19:43:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Botías</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ocurrió el cuatro de septiembre de 1706. En aquella época aún seguía en pie el palacete del primer Marqués de Torre Pacheco, en la carretera de Espinardo, un tanto alejado entonces del lugar donde comenzaba la ciudad. La batalla librada a sus puertas provocó que el edificio se conociera desde entonces como Huerto de las [&#8230;]]]></description>
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<p class="imAlign_justify"><span class="ff2 fc0 fs10">Ocurrió el cuatro de septiembre de 1706. En aquella época aún seguía en pie el  palacete del primer Marqués de Torre Pacheco, en la carretera de Espinardo, un  tanto alejado entonces del lugar donde comenzaba la ciudad. La batalla librada a  sus puertas provocó que el edificio se conociera desde entonces como Huerto de  las Bombas.</span></p>
<p class="imAlign_justify"><span class="ff2 fc0 fs10"></span><IMG src="/lamurciaquenovemos/wp-content/uploads/sites/5" id="img_0" class="imgizqda" width="294" height="185"><span class="ff2 fc0 fs10">Cuando en 1700 mue</span><span class="ff2 fc0 fs10">re el rey Carlos II el Hechizado, con  quien concluye el gobierno de la Casa de Austria </span><span class="ff2 fc0 fs10">en España, comienza una feroz  guerra por el trono. Si bien Carlos II no deja here</span><span class="ff2 fc0 fs10">dero, otorga por testamento  la Corona a un nieto del Rey francés Luis XIV, Felipe de Anjou, futuro Felipe V,  quien debe conquistar la corona por las armas contra</span><span class="ff2 fc0 fs10"> </span><span class="ff2 fc0 fs10">el archiduque de Austria.  En Murcia sonaron tambores de guerra en el año de </span><span class="ff2 fc0 fs10">gracia de 1706. Año que no  tuvo, sin embargo, gracia alguna para los pobladores de esta Re</span><span class="ff2 fc0 fs10">gión. Siete  regimientos de infantería y cinco de caballería fueron enviados a la ciu</span><span class="ff2 fc0 fs10">dad de  Murcia para apuntalar el ánimo, ya un tanto quebrado, de las milicias  voluntarias que la defendían. Pero la soldadesca, en lugar de entregarse a las  musas como aquellos soldados románticos, se entretuvo en arramblar con cuanto  crecía en los bancales, segar los trigales para convertirlos en forraje y  desperdiciar la poca comida que obtenían de buen grado o por la fuerza. Hasta  soltaban a las bestias, acaso por el parentesco que les unía, para que sus  caballos ocuparan los establos. Un poema. </p>
<p>Los murcianos, con el apoyo  del Ayuntamiento, para dar cuenta del destrozo causado por los regimientos,  enviaron a la Corte a uno de sus regidores, el mismo que regresó para informar  de que en Madrid sólo interesaba ganar la guerra. Con todo y con eso, como dicen  en la huerta, la ciudad se mantuvo fiel, más que por devoción monárquica por la  catequesis sutil y continúa, al final encendida, que impartió el obispo-guerrero  cardenal Belluga, a quien no le tembló el pulso para apoyar el auto de prisión  contra unos frailes capuchinos.<br />
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<p class="imAlign_justify"><strong>Los frailes, a la cárcel </strong></p>
<p class="imAlign_left"><span class="ff2 fc0 fs10">A estos frailes,  recluídos en su propio convento bajo siete llaves y algunos hijosdalgos como  guardianes, les acusó el inquisidor de «reos de alta traición». Y se quedó tan  fresco. Entretanto, cuando el marqués de Rafal hizo público en Orihuela su apoyo  al archiduque de Austria, la ciudad preparó sus defensas para una batalla  inminente. </p>
<p>En la plaza de Santa Catalina se distribuyó el principal  cuerpo de guarda, junto a la ya destartalada iglesia sobre la que parecía  recostarse un minarete musulmán que hoy es historia. Desde allí podía divisarse  toda la vega. Había más tropas en la casa y torre del Mercado, luego solar de  los condes de Almodóvar, y en la Puerta de Castilla y el puente junto a la  también desaparecida Torre de Caramajul. En la amanecida del 4 de septiembre  alcanzaron las puertas de la ciudad un regimiento británico acompañado de  efectivos holandeses, quienes no lograron hacerse con la plaza.</span><span class="ff1 fc0 fs10"><br />
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<p class="imAlign_left"><span class="ff2 fc0 fs10">La batalla del Huerto de las Bombas, como destacan algunos  historiadores avisados, no fue tan decisiva para la victoria en Murcia como la  genial idea que el cardenal tuvo de levantar los tablachos de las dos acequias  mayores de Murcia, lo que provocó la inundación de gran parte de la huerta e  impidió que los enemigos del primer Borbón tomaran la ciudad. La dinastía  agradecería más tarde el valor de los murcianos con prebendas e inversiones  hasta concederle al escudo del Concejo la séptima corona. La carretera fue  renombrada, en la parte que abraza a la ciudad, como avenida Miguel de Cervantes  en la década de los sesenta, época en la que también se derribó la mansión del  marqués.<br />
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<p class="imAlign_left"><span class="ff2 fc0 fs10">La portada de aquel Huerto de las Bombas se conserva en el  jardín del Malecón, al otro extremo de la ciudad, donde permanecen impasibles,  casi algo divertidos, dos tenantes, o salvajes según el decir popular. Y en su  mirada de piedra parecen adivinarse las instantáneas de aquella batalla,  legendaria más por los historiadores que por su utilidad bélica, y el paso de un  cardenal-guerrero de los de espada en ristre, teología antigua, rocín lozano y  galgo cristiano y corredor.</span><span class="ff1 fc0 fs10"><br />
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