{"id":18,"date":"2015-10-20T10:53:00","date_gmt":"2015-10-20T09:53:00","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.laverdad.es\/lamurciaquenovemos\/?p=18"},"modified":"2015-10-20T10:53:00","modified_gmt":"2015-10-20T09:53:00","slug":"revuelta-sotanas-san-fulgencio","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.laverdad.es\/lamurciaquenovemos\/2015\/10\/20\/revuelta-sotanas-san-fulgencio\/","title":{"rendered":"Revuelta de sotanas en San Fulgencio"},"content":{"rendered":"<p>Cuando el rector Ram\u00f3n Rub\u00edn de Celis recordaba aquella noche en que el seminario retembl\u00f3, se persignaba. Sucedi\u00f3 el 9 de enero de 1804. La explosi\u00f3n de dos barrenos redujo a escombros los aseos del centro, causando un diminuto Apocalipsis que al rector bien pudo costarle la vida unos d\u00edas m\u00e1s tarde. Porque alguien le lanz\u00f3 desde la escalera una orza, con tan buen pulso que le arranc\u00f3 el bonete al religioso. Luego, recuperado del desmayo que le produjo el ataque, tuvo que reconocer el problema: los seminaristas de San Fulgencio se hab\u00edan sublevado.<!--more--><\/p>\n<p>La algarada en el seminario se produjo a ra\u00edz de la aprobaci\u00f3n de los nuevos estatutos del centro, que endurec\u00edan la disciplina hasta el extremo de provocar la protesta de los seminaristas. Sobre todo, de aquellos que no eran internos y que, despu\u00e9s de algunas reuniones secretas, convencieron a los otros de la necesidad de declararle la guerra a la instituci\u00f3n. Y no dudaron en utilizar dinamita.<\/p>\n<p>El primer ataque se produjo el 9 de enero de 1804, de madrugada, cuando reventaron todos los faroles que alumbraban los pasillos del seminario. Luego, armados con picoletas, destrozaron algunos retretes. De pronto, una explosi\u00f3n hizo retemblar todo el edificio. Los seminaristas hab\u00edan prendido dos barrenos en los aseos y hab\u00edan vuelto a sus camas, donde el rector los encontr\u00f3 durmiendo, en apariencia, como angelitos.<\/p>\n<p>A los pocos d\u00edas, la protesta se traslad\u00f3 a las calles. Los seminaristas las recorrieron dando alaridos, como posesos, y hasta atacaban a los murcianos que, asombrados, se cruzaban a su paso. Luego, formados como soldados, marcando el paso, se dirig\u00edan al seminario. La rebeli\u00f3n de las futuras sotanas se recrudeci\u00f3 el d\u00eda del patr\u00f3n, San Fulgencio, cuando decidieron arrasar el seminario hasta los cimientos. Los profesores tuvieron que encerrarse en sus habitaciones para evitar el linchamiento mientras el rector ped\u00eda auxilio al obispo.<\/p>\n<p><strong class=\"strong\">\u00abMuera el obispo\u00bb<\/strong><\/p>\n<p>El prelado fue recibido con gritos de \u00ab\u00bfMuera el obispo!\u00bb, aunque logr\u00f3 aquietar a los j\u00f3venes durante algunos d\u00edas. En cambio, no vari\u00f3 ni una coma de los estatutos, lo que produjo nuevas revueltas y la intervenci\u00f3n del corregidor, Antonio Montenegro. <img id=\"img_1\" class=\"imgdcha\" src=\"\/lamurciaquenovemos\/files\/seminarioescala.jpg\" alt=\"\" \/><\/p>\n<p>En aquella reuni\u00f3n, los seminaristas fueron claros: \u00abSi en veinticuatro horas no se derogan los estatutos y se eliminan los que mandan en el seminario, el colegio ser\u00e1 destrozado, y despu\u00e9s toda Murcia y su reino\u00bb. Y camino llevaban de hacerlo. Porque mientras el corregidor convenc\u00eda al se\u00f1or obispo para que fuera razonable, los seminaristas regresaron a las calles, organizando un tumulto en cierto baile de \u00e1nimas e intentando desbaratar las fiestas de San Ant\u00f3n, donde tuvo que intervenir hasta el ej\u00e9rcito para doblegar a los muchachos.<\/p>\n<p>Los murcianos asist\u00edan sorprendidos al alzamiento de sotanas. Algunos simpatizaban con aquellos muchachos, aunque en su mayor\u00eda consideraban que sus reivindicaciones estaban causadas por los aires de renovaci\u00f3n que, a duras penas, extend\u00eda por Espa\u00f1a la reciente revoluci\u00f3n francesa. Renovaci\u00f3n que, a veces, atentaba contra lo establecido por la Iglesia. O la burlaba, como aquel torero cuyo nombre causaba una sonrisa hasta en los m\u00e1s circunspectos sacerdotes.<\/p>\n<p>El corregidor, cansado de tanto desorden, oblig\u00f3 al obispo a nombrar nuevo rector y cambiar al profesorado. Tanta fue la alegr\u00eda que, durante toda una noche, los estudiantes organizaron serenatas de agradecimiento.<\/p>\n<p>Aunque la tranquilidad regres\u00f3 a San Fulgencio, cuentan los cronistas que no fue completa la victoria, pues de los trescientos seminaristas que protagonizaron la algarada s\u00f3lo quedaron treinta. El resto fue expulsado por \u00abd\u00edscolos, desaplicados y mundanos\u00bb. Curiosamente, fue el nuevo rector, tan vitoreado, el que firm\u00f3 hasta la \u00faltima de las expulsiones.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cuando el rector Ram\u00f3n Rub\u00edn de Celis recordaba aquella noche en que el seminario retembl\u00f3, se persignaba. Sucedi\u00f3 el 9 de enero de 1804. La explosi\u00f3n de dos barrenos redujo a escombros los aseos del centro, causando un diminuto Apocalipsis que al rector bien pudo costarle la vida unos d\u00edas m\u00e1s tarde. 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