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	<title>Querido millennialAndrea Tovar &#8211; Querido millennial</title>
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		<title>Rosalía no es vanguardia, es comercio</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Mar 2022 09:03:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Andrea Tovar</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[&#160; &#160; La vanguardia es aquello que va por delante. Avant-garde. Ir por delante implica llenarse la frente de chichones. Encontrarse con la resistencia: la resistencia social, la resistencia de la industria. La vanguardia intenta romper algo para crear otra cosa. Lo previo no se deja destruir. Por eso la vanguardia tiene un punto histriónico, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La vanguardia es aquello que va por delante. <em>Avant-garde. </em>Ir por delante implica llenarse la frente de chichones. Encontrarse con la resistencia: la resistencia social, la resistencia de la industria.</p>
<p>La vanguardia intenta romper algo para crear otra cosa. Lo previo no se deja destruir. Por eso la vanguardia tiene un punto histriónico, excesivo: para hacer fuerza y quebrar los moldes. La vanguardia es lo marginal pero potente, es lo que hace avanzar el curso de la Historia, pero muy a su pesar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Con la salida del disco de <em>Motomami,</em> han comparado a Rosalía con los Beatles, con Pink Floyd. Han asegurado que este es uno de los mejores discos que ha habido hasta el momento. Han dicho que plasma fielmente la realidad, que nos hace un análisis introspectivo y sociológico: el nihilismo total post-pandemia, la negación de la autoridad, la fugacidad de los temas, lo explícito de la desnudez, lo incomprensible de las letras como acto reivindicativo a lo dadaísta. Sin embargo, esta aparente reivindicación rebelde se la ha apropiado el mercado. En suma, nos encontramos con un producto perfecto y exportable a redes sociales, consumible en la era del capitalismo tecnificado. Caduco. Efímero.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>¿Cómo va a ser algo caduco y, al mismo tiempo, definitorio de las vanguardias?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Una cosa es plasmar el mundo real, representarlo; y otra cosa es tener <em>una visión nueva </em>sobre el mundo que cambia. El mundo cambia cuando se lo observa con ojos curiosos, con personalidad propia, con un punto de partida diferente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Para mí la cuestión no es baladí —si Rosalía es vanguardia o no—, porque si Rosalía es vanguardia y está definiendo el curso del arte con <em>Motomami</em>, este es un arte que, <em>per se</em>, no me interesa en absoluto, y oficialmente eso me convierte en alguien fuera de la novedad, en una vieja por dentro, en una obsoleta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Como digo, la cuestión me interesa de veras, así que después de escuchar el disco tres veces seguidas y sentir angustia, me pongo a investigar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y veo una cosa. Veo que <em>Motomami</em> no lo ha escrito Rosalía, que solo ha participado en la composición de un tema —demencial— que se llama<em> Saoko</em>. Veo que donde hablan de «difusión de géneros» hay un batiburrillo poco fiel a ninguna pauta, una especie de falta de respeto. A eso lo llaman «decomposición», pero podría también ser un picoteo, un surtido de tapas sin servirse el plato entero, para complacer a todos y a nadie.</p>
<p>Veo, en definitiva, que Rosalía dice que ha pasado tres años «experimentando» desde <em>El mal querer</em>, pero lo que atestigua en sus stories es que ha pasado tres años haciéndose selfies con las Kardashian y tutoriales de <em>make up</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Sin ánimo de ofender a nadie, cuando ella confiesa que hace un «autorretrato» en este disco, y ese «autorretrato» fija la imagen de una artista dispuesta a prenderse fuego a sí misma hasta las raíces de los pelos, alguien que dice ser libre y que firma la producción con quinientos nombres y apellidos —y que sostiene en entrevistas que ahora «hay mucha gente detrás de ella»—; alguien que parece haber ido perdiendo el criterio que todos sus fans le veíamos en su inicial planteamiento <em>de vanguardia</em>; en definitiva, cuando Rosalía dice que es experimentación; que es vanguardia… a mí me da por pensar en los autónomos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pienso, sí, en la cuota de autónomos, que hasta los mil y pico euros tienen que pagar un 30% de su sueldo, y que a partir de esa cifra ya queda estable, para beneficiar a los famositos. Pienso en los artistas comprometidos con romper los esquemas que oyen continuamente un «no» por parte de la industria. «No, no, no, no». Les animo a que prueben la dieta de noes, es de lo más reafirmante: o te destruye o te yergue.</p>
<p>Pienso en músicos, actores, escritores, cineastas sin aparente oficio ni beneficio, pienso en todos ellos dando explicaciones de su propio arte, respirando hondo.</p>
<p>Pienso en lo injusto que es que el marketing se ponga el broche de lo que debe ser el arte, que las productoras definan lo que está de moda. Y que todos nos lo traguemos sin preguntar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El último reducto que le queda al artista, cuando se lo han quitado todo en este país —toda posibilidad de vivir y medrar, y de hacer un producto de calidad que no esté al servicio de la moda frenética y estúpida de los tiempos que vivimos— es ser eso: un artista. La vanguardia. Es lo único que queda: ser el martillo que golpea la pared, contra la voluntad de la mismísima pared.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ahora, el departamento de comunicación de la gran empresa Rosalía se pone el título de ser la «adelantada» con este disco demencial, y la industria especializada —los que deberían tener criterio más allá de las ventas—, le dan la razón.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Debo ser yo, que me he hecho vieja, o que me he podrido por dentro.</p>
<p>O que todavía me queda un ápice de sentido común, quién sabe.</p>
<p>Hagan sus apuestas, porque yo estoy perdida.</p>
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		<title>Ya no habrá más Cortázares</title>
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		<pubDate>Thu, 26 Aug 2021 11:13:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Andrea Tovar</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/08/5089C387-5102-45AD-B405-5657BDA90F27-1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone  wp-image-931 aligncenter" src="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/08/5089C387-5102-45AD-B405-5657BDA90F27-1.jpg" alt="" width="471" height="580" srcset="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/08/5089C387-5102-45AD-B405-5657BDA90F27-1.jpg 710w, https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/08/5089C387-5102-45AD-B405-5657BDA90F27-1-244x300.jpg 244w" sizes="(max-width: 471px) 100vw, 471px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Reconozco que aún me estoy recuperando de la lectura. Me tiemblan un poco las manos, veo borroso, me cuesta hablar con la gente de cosas nimias, el corazón brinca con fuerza y me da por crear imágenes al modo Cortázar, obviamente sin conseguirlo. Todo esto ha acontecido cuando se me abría Cronopios como una flor en las manos; y ahora cada imagen me parece burda —«como una flor en las manos&#8230;», qué narices es eso—. No me siento digna ni de cubrirle de betún las botas, para que me entiendan. Lo intenté con <em>Rayuela</em> hace unos años, pero no era mi momento. No entendía un carajo. Ahora, con gran esfuerzo, voy desenhebrando las frases que se me enredan, y al soltarse me dan un latigazo de claridad y me dejan así: hecha un ovillo.</p>
<p>Vengo a contarles esto porque ayer había, al modo de los cronopios y las famas, dos millennials y dos zetas en una terraza de bar. Parece el principio de un chiste, pero es la vida misma.</p>
<p>La brisilla se llevaba a malas penas el calor residual y bebíamos vermú rojo mientras manteníamos conversaciones serias. A saber, de arte, de política, de la ley de la calle. Un zeta abrió conversación. Dijo que lo mismo había llegado la hora de resignarse. En el contexto laboral, «resignarse» implica cobrar un sueldo «dentro del sistema». Ergo, asumir que lo que nos dará de comer no nos gusta —que ha sido el caballo de batalla millennial por antonomasia, eso de dedicar ocho horas al día cinco días a la semana, como mínimo, a alguna actividad que nos satisfaga; ergo de nuevo, batalla perdida—.</p>
<p>Hasta ahí, conforme: también yo he degustado las hieles de esta profesión que no tiene siquiera nombre, donde se reciben censuras, escupitajos, ceros bancarios y despidos sin contrato a partes iguales. A mí también me va apeteciendo, no sé, tener una fuente de ingresos fija y que el suelo deje de tambalearse bajo mis pies en algún momento. Yo también me planteo, para concluir, meterme aún más en el sistema y quizá recibir una nómina, y quizá hacer planes, y quizá&#8230;</p>
<p>Todo eso.</p>
<p>La cosa, le decía al otro millennial, es que ellos han dado la batalla por perdida antes de librarla siquiera. Nosotros nos vamos frustrando, pero ellos llegan ya frustrados de primeras. Es posible que eso comporte un ahorro vital de sufrimiento increíble, pero también de gozo experimental.</p>
<p>—A fin de cuentas —terciaba el zeta, partidario de la cultura—, no se puede esperar que un trabajo que no es productivo genere rendimiento.</p>
<p>—Es alimento para el alma —contestaba el otro millennial— y como tal debería contemplarse en el propio sistema.</p>
<p>—¿Y cuál es el criterio para subvencionar artistas, si no es objetivo? —inquiría el zeta restante.</p>
<p>—Con un comité de expertos —aducía yo.</p>
<p>(Me basaba, para ello, en el modelo finlandés ya existente en la segunda posguerra mundial que aparece en la película <em>Tove, </em>muy recomendable, por cierto).</p>
<p>—¿Y si dejaran fuera a los más aptos por ineptitud suya? —respondía, justamente, el primer zeta.</p>
<p>—Pues se buscarían las mañas. Un pintor pinta aunque le sangren los dedos. Sin embargo, estaría bien abrir <em>algún </em>camino —aduje yo.</p>
<p>Y los millennials nos fuimos en ese punto de la charla, porque ya era medianoche y yo trabajaba a las ocho la mañana siguiente y el otro a las ocho tenía que seguir opositando.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Qué pasará, le decía al millennial en el coche; qué pasará si se sigue publicando a los súper ventas, o por criterios de selección de corrección política. Si los nuevos talentos no pelean, si todos pensamos solo en utilidades, si concluimos de veras que el alimento es solo aquello que sacia el rugido de estómago. El artista lo es aunque sangre, dije yo; a veces muy a su pesar. Todos quieren proclamarse artistas, pero a la pregunta: «si pudieras dedicarte en exclusiva a tu arte a partir de hoy, solo hacer eso, desgañitarte concibiendo personajes o imaginando colores, pasar las horas en soledad fructífera o no, someterte al escrutinio público, al fracaso; y conocer también la gloria de la creación&#8230; ¿firmarías?», tú, ¿qué respondes?</p>
<p>No sé. Para crear hace falta tiempo y tranquilidad. Y, más que nada, ilusión de hacerlo.</p>
<p>Cortázar me contaba hoy, a mí en exclusiva, callada y convulsionando frente a su libro —que no solo es «travieso» como lo calificaba Vargas Llosa, sino profundamente revolucionario—, que «quizá sea el diablo quien dice estas cosas, y quizá tú te las crees porque te las dice un rey».</p>
<p>Me pregunto, si todos nos creemos a los reyes, en definitiva, si gozaremos de susurros de otros Cortázares en el futuro, o si el capitalismo salvaje se los habrá zampado también para entonces.</p>
<p>Confiemos, pues, en la sangre de los artistas verdaderos; sean millennials o zetas, pero siempre cronopios y nunca famas. Aunque les sangren los dedos.</p>
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		<title>A los treinta</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Aug 2021 09:39:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Andrea Tovar</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/08/All_Eyes_Off_Me-448518028-mmed.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-926" src="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/08/All_Eyes_Off_Me-448518028-mmed.jpg" alt="" width="300" height="450" srcset="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/08/All_Eyes_Off_Me-448518028-mmed.jpg 300w, https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/08/All_Eyes_Off_Me-448518028-mmed-200x300.jpg 200w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>El otro día desperté con un ligero dolor de cuello que se fue acentuando de forma pasmosa, doblegándome poco a poco, como en una evolución del <em>homo sapiens </em>hacia atrás. A final de día estaba tan rígido que me hallé de pronto en el sofá con la manta eléctrica, incapaz de erguirme por mis medios. Mi novio me abrazó para levantarme, de la forma en que hacían las cuidadoras durante la convalecencia de mi abuela, y lloré compungida, con hipo, igual que una niña cuando no le compran la Barbie esquiadora. Luego me dio una ducha y me enjabonó con dulzura. «Esto llega antes de tiempo», comentamos entre risas.</p>
<p>Esta vez fue el cuello, la semana anterior me dio lumbago. Los pulmones también acusan los pitis y las comilonas no sientan bien. A los treinta muchas cosas cambian.</p>
<p>Obligada a parar, a parar de veras, a celebrar como un hito que el cuello cediera medio centímetro, chutada de relajantes musculares y de valeriana en infusión, masajeándome con la Fisiocrem todo el tiempo, me puse esta peli de portada que se titula <em><strong>All eyes off me</strong> </em>y lleva el sello inconfundible del director iraní <strong>Hadas Ben Aroya</strong>; que hizo previamente <em><strong>People that are not me</strong>. </em>Demasiado «<em>me» </em>en los títulos. De él dicen que «sabe retratar la generación millennial como nadie», y su visión resulta aún más desoladora que un dolor de cervicales. Planos largos y personajes vacíos, charlas superficiales en un mundo donde nada importa gran cosa, donde se intuye una ferocidad latente por que <em>algo</em> signifique <em>algo</em>.</p>
<p>Lo peor es que una se reconoce en algunos gestos de los protagonistas. La necesidad de sacar la cámara en mitad de un momento épico, por ejemplo, que podría indicar ciertas dotes artísticas o un hábito nocivo por hacer gala de cada mínimo instante, lo que se conoce como <i>postureo,</i> o, cuando menos, de documentarlo. O esa emoción absurda al ver una actuación lacrimógena de X Factor, mientras vemos desgracias en vivo con los ojos secos.</p>
<p>Hace poco mi hermano pequeño, que ya tiene unos 22, me dijo que todos sus recuerdos sensoriales iban asociados a una edad previa a lo digital. Recordaba el olor del mar, sí, y las algas, pero esa conexión estaba archivada muchos años antes, durante la época en que no tenía que percibirlo todo a través de la pantalla. De cuando teníamos que mirar y ser partícipes, y guardárnoslo solo para nosotros. De alguna forma, esa intimidad se ha perdido. Y se recupera con las duchas de tortícolis, quizá.</p>
<p>Les comentaba anoche a unos amigos de este hermano, que hablaban de los posibles efectos secundarios de la vacuna —«yo me la puse sin pensar», decían; cuando otros alegaban que la cola daba tiempo suficiente para calibrar si ponérsela o no—, que a su edad se creen inmortales. Todos rieron —parecía que había hablado la vieja suprema, una suerte de Rafiki cutre— pero es cierto. Existe, a los veinte, una pasión fiera por la experiencia, una gana de suplir la calidad por la cantidad, un apetito extremo por manifestarse en el entorno circundante y descubrir así, siquiera de pasada, quién es uno.</p>
<p>A los treinta, les confesé, uno ya sabe quién es. En términos generales, por mucho que le pese en ocasiones. Descubrir la propia identidad no es siempre una fiesta de colorines, y uno se resigna con sus defectos y sus incapacidades. Uno es mucho más consciente de los límites. Sabe que no puede girar el cuello de golpe y aprende qué es la paciencia, por seguir con mi símil. Se da cuenta de que cada exceso pasa la factura, puede que pasado mañana y no ahora mismo, pero se termina pagando de algún modo. Uno ya no tiene tanto afán por cambiar el mundo, tristemente, porque ha comprobado lo poco que quiere cambiar el mundo. Advierte que —casi— todo es marketing. Apuesta, en cambio, por una vida sencilla y plena donde uno se traicione a sí mismo lo menos posible, que ya es muchísimo. Recorta en intercambios no recíprocos. Deja de perder el tiempo excusándose o buscando la aprobación general.</p>
<p>A los treinta el dolor duele de veras. Y en contraposición surge, brillante y tímido, el detalle que importa.</p>
<p>Me pregunto si estos millennials que retrata Hadas Ben Aroya encontrarán una transición también, o si se quedarán congelados en la imagen que proyectan. Esa mirada vacua es tan cruel que resulta irreal. ¿Qué hay detrás de esos personajes poco definidos? Todo un universo que no se narra.</p>
<p>Esta noche, por suerte, he dormido diez horas seguidas. Treinta horas después del bloqueo de cuello, he recuperado casi toda la movilidad. Aún me queda poder mirarme los pies, y el ombligo, sin que hiera. Así que he decidido tomarme este día también para reposar y observar, sencillamente, las hojas del patio que se mueven con la brisilla.</p>
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		<title>Los millennials no estábamos muertos (tampoco de parranda)</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Aug 2021 15:30:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Andrea Tovar</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Esta tarde, antes de emprender mi famosa siesta de dos horas y media —típica de época estival y totalmente involuntaria, además de justificable por el madrugón diario, que yo nunca pillo vacaciones&#8230; basta de excusas, mi gloriosa SIESTA, la baba en la almohada, alegría, la siesta, el néctar de la vida, el mejor momento de [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_922" style="width: 550px" class="wp-caption alignnone"><a href="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/08/juan-salgado.jpg"><img aria-describedby="caption-attachment-922" loading="lazy" class="size-full wp-image-922" src="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/08/juan-salgado.jpg" alt="" width="540" height="359" srcset="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/08/juan-salgado.jpg 540w, https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/08/juan-salgado-300x199.jpg 300w" sizes="(max-width: 540px) 100vw, 540px" /></a><p id="caption-attachment-922" class="wp-caption-text">Juan Salgado, via Tumblr</p></div>
<p>Esta tarde, <strong>antes de emprender mi famosa siesta de dos horas y media</strong> —típica de época estival y totalmente involuntaria, además de justificable por el madrugón diario, que yo nunca pillo vacaciones&#8230; basta de excusas, mi gloriosa SIESTA, la baba en la almohada, alegría, la siesta, el néctar de la vida, el mejor momento de todos, más que las Navidades—, he pensado que llevaba bastante tiempo sin ver nada: ni series ni pelis. Así que he probado en <strong>Filmin</strong> y me ha salido promocionada la serie danesa<em><strong> Así es mi vida</strong> </em>(&#8216;Noget om Emma&#8217; para los oriundos, como «nugget sobre Emma», si necesitan ustedes una regla mnemotécnica). En la descripción aparece lo siguiente: «Un drama romántico muy nórdico» —eso suena a sangre y tragedia— «sobre secretos, mentiras y treintañeros que se resisten a abandonar la dulce década de los veinte».</p>
<p>Ay, amigues —otro día hablamos del lenguaje inclusivo, que es mi asignatura pendiente en dar opiniones que nadie me ha pedido—. Aquí estoy, café con leche en mano, o más bien apoyado en libro sobre cama, con el cuello partido, para dirigirme a vosotres. Vosotros: <strong>los millennials. Aquellos que <em>no quieren abandonar la dulce década de los veinte.</em></strong></p>
<p><strong>¿Dulce? </strong></p>
<p><strong>Ha sido espantosa. </strong></p>
<p>Quien dice eso, en el contexto de las crisis económicas y el colofón final pandémico, no tiene ni puta idea de qué habla. Yo me fui a la cama de resaca hace un año y ya apenas tolero el cubateo. Me he hecho mayor y me han robado la transición a la vejez.</p>
<p>Estoy deseando salir de esta década del demonio.</p>
<p>Son tiempos difíciles. Los medios nos han abandonado. Ya no damos ni pena. <strong>Hace nada éramos la repera y ahora estamos desfasados.</strong> Nuestra terminología ha pasado de moda. ¿«La repera» estuvo alguna vez de moda? El reggaeton duro es solo un recuerdo de verbena, de boda a las seis de la mañana. Nos han comido los peta zeta por los pies.</p>
<p>Si buscas un millennial, localiza unas entradas craneales, un wedding planner o una barriga abultada, sea de calderos o de bebés incipientes. ¿Alguien ha echado un vistazo a la orilla de playa de toda la vida? Pues eso. Dentro de poco seremos los cincuentones que bailan fuera de tono y beben más de la cuenta en cuanto alguien sube un poco la radio.</p>
<p>Sin embargo, <strong>seguimos siendo la generación más egocéntrica de la Historia, los más narcisistas, que nadie nos robe el título.</strong> ¿Y qué va a pasar si nos quitan el foco? ¿Nos pondremos hiperactivos? ¿O nos relajaremos por fin?</p>
<p>Me di cuenta de que no podía quejarme de la indiferencia del sistema si yo misma había descuidado este blog, así que me propuse recuperarlo y hacer un consultorio, una terapia colectiva&#8230; o simplemente, desde el mayor de los egoísmos, reanimarme un lugar amable, que no estuviera dedicado a rentabilizar cada palabra que tecleo o cada suspiro que exhalo. <strong>Porque de eso va también la madurez: de intentar hacer dinero <em>tol rato</em>.</strong></p>
<p>Hace unos días lancé este aviso —<strong><em>cuidao</em>, que vuelvo</strong>, y ya no me tiño el pelo <em>ni ná</em>, estoy serena y<em> reconcentrá</em>— a mi cuenta de Instagram <a href="https://www.instagram.com/atovv/?hl=es">@atovv </a>para pedir a las buenas gentes millennials de capa caída <strong>que me contaran sus inquietudes vitales</strong>.</p>
<p>He aquí una lista de ellas, que transcribo en plan <em>sic </em>y por orden:</p>
<ul>
<li>El gin tonic cada vez me gusta con menos especias raras.</li>
<li>La subida del precio del kilowatio.</li>
<li>La evolución del PIB.</li>
<li>La desigualdad.</li>
<li>No estamos a la última y las tendencias de los Z nos parecen ridículas.</li>
<li>A mí me inquieta mi ex.</li>
<li>Me inquieta que soy un poco puta. El amor libre, puta no, me inquieta el amor libre.</li>
<li>Millennials, ¿adultos infantilizados?</li>
<li>Quiero follármelo todo o sea todo AIUDA.</li>
<li>La complejidad creciente del mundo y la dificultad de conectar genuinamente con el otro.</li>
<li>Qué vamos a hacer con los cómicos casposos.</li>
<li>¿Comer carne o no?</li>
<li>La era de los calcetines altos.</li>
<li>La necesidad de la sociedad por hacernos productivos y la pérdida de principios.</li>
<li>La inevitable muerte, poco a poco, de la buena música.</li>
</ul>
<p>Mucha tela que cortar.</p>
<p>Yo seguiré habilitando las preguntas en los <em>stories</em> cada equis tiempo —indefinido, cuando me apetezca—, pero me podéis sugerir temas por DM o por mi <a href="https://andreatovar.org/contacto/">web.</a> Contadme vuestras tribulaciones, que yo os leo y respondo; como mínimo, y como máximo escribo un post sin sentido. No prometo resolver nada, porque rara vez consigo tal cosa.</p>
<p>A otra bien distinta venimos: a hacernos compañía. Porque <strong>no nos hemos extinguido, ni estábamos muertos, y menos aún, de parranda,</strong> con la que está cayendo; aunque el telediario se empeñe en echarnos la culpa de todo. O no: quizá ya no somos «los jóvenes». ¿OS DAIS CUENTA?</p>
<p>Lo que queda claro es que los millennials nos hallamos en la brecha hacia la adultez y de ninguna manera podíamos hacerlo solos, ni sin muletas.</p>
<p>¡Vuelve <em>Querido Millennial</em>! (pompones de animadoras de pelis sin corrección política de los dosmiles y cantos coreados de boybands con mucha gomina en el pelo de punta).</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Sobre el devenir de Instagram</title>
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		<pubDate>Wed, 14 Jul 2021 13:07:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Andrea Tovar</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[&#160; @giuliarosa &#160; &#160; Muchas veces, en el breve transcurso de mi larga vida virtual, me han dicho ­—en persona— que soy carne de muchos kas. Así, que «yo soy», como Andrea Tovar; no mi cuenta de Instagram siquiera, que es arroba atovv. Con dos uves. Algunos me llaman de esa forma, incluso: atovv. Eso [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p><a href="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/07/IMG_0573.jpg"><img loading="lazy" class="size-full wp-image-914" src="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/07/IMG_0573.jpg" alt="" width="750" height="728" srcset="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/07/IMG_0573.jpg 750w, https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/07/IMG_0573-300x291.jpg 300w" sizes="(max-width: 750px) 100vw, 750px" /></a>@giuliarosa</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>Muchas veces, en el breve transcurso de mi larga vida virtual, me han dicho ­—en persona— que soy carne de muchos kas. Así, que «yo soy», como Andrea Tovar; no mi cuenta de Instagram siquiera, que es arroba atovv. Con dos uves. Algunos me llaman de esa forma, incluso: atovv.</p>
<p>Eso significa que merezco miles de seguidores, cuando solo tengo un puñado. Unos mil y pico. Una ka. Me han dicho esto como un piropo; de la misma forma en que antes de la corrección política se halagaba con eso de «has adelgazado» o aquello de «qué bien te sienta el pelo de ese color».</p>
<p>También me han llamado a gritos por la calle: «mira, la <em>influencer»</em>, porque me gustaba hacer monólogos en los stories. Ya no los hago. Entre otras cosas, para evitar esos chillidos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La realidad es que a mí me interesaba mucho tener a disposición una cámara para hacer piezas de trece segundos que se borraran a las veinticuatro horas. Qué experimento y qué poco comprometido, ¿no? Y enviar esa info al ciberespacio no podía resultarme más libre y liberador: a fin de cuentas, quién coño eran esos mil y pico <em>nicknames</em>. No los tenía enfrente para ver sus caras de guadafak ni nada parecido.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En mi política personal de uso de redes, nunca hice <em>follow</em> para tener un f<em>ollowback</em>. No lamí culos, vaya, y sigo sin hacerlo. No pongo <em>hashtags</em>, en general, y no entiendo mucho de algoritmos o de paletas cromáticas para el <em>feed</em>. Cada uno se gestiona como prefiere y yo lo llevo bien.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A todo esto, mi amiga y socia M., que está cursando un máster de publi, ya no en el siglo XXI, sino en el 2021 —agárrense los machos—, me dijo con su ojo experto, que yo reputo y necesito para que me ayude a rentabilizar mi absurdo quehacer caótico, que un <em>issue</em> —una pega— que yo tenía con mi IG era que no vendía nada en concreto. O sea, esta chica qué hace. Por qué posa en fotos, por qué sale sin ropa de vez en cuando. Es modelo o qué. No, no es tan guapa ni está tan delgada. Dice que escribe pero por qué no hay textos tuyos así, de dos frases, facilitos, de esos que pueden compartirse y digerirse rápido, de los que hacen famosos a los poetillas de miles de kas, de esos tipo: «Esta noche/te eché de menos» —quizá esto ya tenga más calidad, ruego me disculpen…—.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>¡Pero yo tengo web!, le replico a los que se quejan de que no leen nada mío, pero que reconocen pasar rápido cuando ven mucha letra junta. Está en mi perfil, hay un <em>link</em>. <em>Link en bio</em>. También tengo un libro publicado. Y a veces hasta escribo cosas en el apartado de texto, justo debajo de las imágenes…</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Sin embargo, no cuento nada nuevo si digo que una foto de cara sube corazoncitos y una de culo, ya ni hablamos. Esto es lo que se hace con nosotras, ¡alabado sea el feminismo!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En fin. Vengo con todo este rollo porque me dijo M. que si yo era carne de miles de kas, pero apenas cosechaba una triste ka, era precisamente porque mi perfil era «vago». El mensaje que se transmitía con esta ambigüedad era algo así como «hago lo que me da la gana».</p>
<p>Y hoy, leyendo a <strong>Zadie Smith</strong> en su artículo <strong>‘Generación ¿Y?’</strong>, publicado en la recopilación <strong><em>Con total libertad</em></strong> por <strong>Anagrama</strong>, me he sentido estúpidamente orgullosa de este problema mío de ambigüedad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Como refleja Zadie —pa los amigos, Zadie, porque a mí me cae de lujo—, lo cierto es que la red es falsa; en cuanto que simplista. No podemos manifestar los recovecos de la personalidad ni el intríngulis de las emociones, así que lo reducimos, como sucede en la ficción. De hecho, se está perdiendo la noción identitaria del misterio; eso de que somos indescifrables hasta para nosotros mismos. Yo ni idea. En mi caso, solo exporto. Apenas importo; en las dos acepciones de la palabra. Por eso me sorprendía mucho ese escrutinio tan feroz; que atisbaba cuando recibía mensajes privados con algunas insinuaciones, peticiones de citas de gente anónima o insultos directos. Pero quién coño es este <em>nickname</em>, a ver. Y me contestaban mis allegados: es que tú eres tan coloquial, tan llana, que la gente te habla igual. ¿Ah, sí?, replicaba yo, más chula que un ocho. ¿Es que acaso hablo yo a alguien en concreto cuando subo cosas?</p>
<p>Según mi amiga Zadie, además, este mundo virtual superficial establece muchas conexiones —esa era la máxima ambición de Mark Zuckerberg—, pero nunca importa la calidad de las mismas. A todos esos señores y señoras con tantos kas, lanzo una pregunta: ¿se sienten ustedes más acompañados? ¿Tienen tantos amigos con los que tomar café?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Bueno. También saco el tema porque me preocupa sobremanera que la pandemia haya cambiado la guasa de IG, aprovecho para decirlo. Sí, lo siento, pero IG se ha convertido en Twitter. Esto me inquieta. Porque ahora, si no compartes la desgracia de Colombia o la de Cuba, si no denuncias lo de Samuel, si no te haces eco de los caballos pintados, del asesinato de las niñas, de las violaciones del TikToker, eres poco menos que el diablo. De hecho, ya hay incluso publicaciones en ese sentido: si callas, eres cómplice. De esta forma —como no quiero ser cómplice—, anonadada me hallo con una culpa tremenda cada día, —¡yo!, que no quiero ni ver el telediario para que no me revuelva las tripas—, haciendo <em>scroll</em> en busca de la última hecatombe para compartirla en mis stories; para que mi humilde ka sepa a qué atenerse conmigo y no piensen que soy una fascista.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero, oigan. Un momento.</p>
<p>Bastante mierda está la vida últimamente como para no evadirse un poco. Yo no me meto a Twitter porque no me interesan los hilos de comentarios onanistas ni las discusiones entre trols, ¿tengo derecho? ¿Tengo derecho a la dispersión, acaso? ¿Y por qué tengo que encontrármelo todo de bruces en IG, pero todavía no puedo enseñar pezones?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mi amigo Miki Herranz, que en paz descanse, decía durante su convalecencia que bastante mal estaba todo como para ahorrarnos el humor. «Suficientes escaras», dijo. Y busqué el palabro en la RAE, porque Miki lograba ese efecto siempre con su «trama y tramoya», entre otros; y fíjense que yo era su correctora oficial, qué cosas. «Suficientes escaras, que las hay, de tantos tipos además…». Eso me comentó en una publicación de IG. Nunca conocí a Miki en persona, pero era mi amigo. No mi ciberamigo. Era mi amigo y hablábamos y yo aún sigo en duelo y le echo en falta cada día.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tengo amigos en redes. Las redes me han dado mucho. Proyectos, amigos de verdad como Miki, trabajos, pareja, recomendaciones artísticas. No es este un discurso de vieja prematura que odia su generación. Solo es un llamado a no simplificarnos más que en la propia literatura, a no convertirnos en un eco de lo que se debe hacer o decir. Porque eso, queridos, queridas y querides y queridis, es precisamente lo que hace con nosotros el marketing capitalista.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Libertad al pueblo, pero de la de verdad.</p>
<p>Y <em>free the nipple</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Metáfora de un contenedor</title>
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		<pubDate>Tue, 23 Feb 2021 11:51:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Andrea Tovar</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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<p><a href="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/02/Lauraárbol.jpg"><img loading="lazy" class="size-full wp-image-908" src="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/02/Lauraárbol.jpg" alt="" width="749" height="746" srcset="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/02/Lauraárbol.jpg 749w, https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/02/Lauraárbol-150x150.jpg 150w, https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/02/Lauraárbol-300x300.jpg 300w" sizes="(max-width: 749px) 100vw, 749px" /></a></p>
<h5><a href="http://www.lauraarbol.com">http://www.lauraarbol.com </a></h5>
<h5><a href="https://www.instagram.com/lauraarbol_/">https://www.instagram.com/lauraarbol_/</a></h5>
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<p>Confieso que escribí este post hace unos días y lo he borrado entero. No, no lo he borrado: más bien ese post sigue ahí, archivado y sin uso. Era un post enfebrecido de rabia, altisonante, que pretendía explicar con razones intelectuales las causas de lo que sucedía en las calles, que quería ofrecer soluciones a la desesperada y que ardía en… tristeza.</p>
<p>De fondo, en el crepitar del fuego, hay tristeza. No es visible en un primer momento, pero ahí está si uno atiende bien. Me decían en estos días que Chomsky asistía al reflejo de las almas de los jóvenes en esas revueltas. Algunos se preocupaban más por ese elemento etéreo que por los contenedores como bien público, tangible, pero en general todos andábamos preguntándonos qué pasa. Qué pasa con los contenedores. Por qué se ha cogido el vicio, el hábito, de salir a quemar la basura, la mierda, de verla explotar en llamas y disfrutar con el bote de los socavones de plástico derretido, solidificado y aunado al pavimento de esa forma tan grotesca. Y miramos a un lado y a otro, y revientan ojos y calcinan motos, y rompen cristales y saquean y derriban.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Carver decía que lo que le interesaba era la metáfora. Que el escritor se relaciona con los objetos en un orden particular y dota así de sentido a cada elemento. ¿Cuál es, pues, la metáfora del contenedor?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Borré el artículo anterior porque, sinceramente, no tenía ganas. No tengo ganas, estoy exhausta. De emitir palabras que a saber quién lee, si le importan a alguien. Estoy harta, me siento incomunicada. Y pensé que, en el fondo, eso es lo que deben sentir los manifestantes. Una sordera invidente por parte de la clase de arriba que solo se preocupa por mantener su privilegio y no hace caso de nada de lo que ocurre.</p>
<p>Hablé, en el otro post, de reformas del Código penal, de un sistema anquilosado en esa transición democrática veloz y apañada con la Política del Olvido, un «borrón y cuenta nueva» que no termina de satisfacer a nadie. Hablé de referéndums, de consultas sobre modelo territorial y leyes base, hablé… en fin, hablé de métodos civilizados para llegar a acuerdos sociales duraderos. Expuse la resistencia de aquellos que verían peligrar su escaño, la impotencia que eso genera: existen mecanismos para operar los cambios dentro del sistema establecido, pero no se utilizan. Sin embargo, me dijeron, yo solo soy una Ana Rosa que no entiende cómo funciona el mundo tras tantos años de estudio. Que la vida se devora a sí misma y esta —la violencia— es la única forma de conseguir mejoras. La revolución, dicen.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Yo sé que no protestan solo por la libertad de expresión. Ni siquiera les interesa mucho saber cómo se articula dentro del sistema jurídico, no preguntan por el criterio de persecución de delitos en la fiscalía, no se informan sobre la tipificación o las figuras reforzadas institucionalmente. En resumidas cuentas, les da igual el origen del problema. Lo que quieren es ser tenidos en cuenta porque no comulgan con las consecuencias. Quieren desfogar la rabia de esta supresión de derechos histórica que es el caldo de cultivo para la apatía generalizada. Quieren dejar de sentirse un chiste al ver las noticias, quieren reflejarse en algún político; en lo que sea. No, no son afines siquiera a Pablo Hasél, no les parece un gran artista. Pero sí temen ver silenciados a aquellos creadores y librepensadores con los que concuerdan. Les da miedo cómo el grande, el poderoso, sale de rositas mientras ellos se van empequeñeciendo. Cómo nos lo van quitando todo.</p>
<p>Eso es lo que ocurre en las calles, y esto no es un retrato intelectual sino puramente emotivo. Hay que empatizar con ello para entenderlo, me parece.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La metáfora del contenedor es la gente, el pueblo llano, todos estos <em>sinnombres </em>que somos, decepcionados y abatidos porque nadie nos escucha; saliendo a la calle a quemar su propia mierda y la mierda ajena. Le prenden fuego como quien se apaga un incendio de encima con el extintor y poca broma. Salen, desquiciados, a verse reflejados en ese crepitar. Destruyen lo que pillan, y ahí no hay sistema que preserven, ahí solo buscan eso: el caos. Es rabia, rabia pura. Y debajo, como digo, tristeza e incomunicación.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El Derecho y sus vías democráticas se crearon para fomentar el diálogo y elevarnos de categoría; de la más animalesca a una donde primara el raciocinio. Pero el clima que vivimos es de todo menos lógico, ha dejado de ser coherente. Si no nos salva el gobierno a cargo, ¿quién lo hará? No tiene sentido destruir así la mierda que generamos porque mañana habrá que comprar otro contenedor y no lo pagarán ellos, sino nosotros. Todos nosotros, con los bolsillos cada vez más raquíticos. Y volverá a llenarse de basura, de mierda. Es así. La mierda no se quema en su recipiente; se trata y se recicla, con suerte. Pero en el momento del desahogo eso no importa nada. Y los que se muerden los nudillos para no chillar se quedan un poco encogidos al ver la locura desatada; no saben qué opinar ni qué sentir. Y sienten miedo. Igual que el niño que asiste a una pelea agresiva de sus padres, medio oculto detrás de la puerta.</p>
<p>Dicen que ya maduraré y dejaré de ser Ana Rosa, que cuajará este sentido de la violencia, que me haré mayor y entenderé que los reyes son los padres, que los reyes no son reyes, que los raperos no tienen por qué ser artistas, que los artistas son los reyes, que los padres no protegen, que los raperos sí lo hacen, que en ese fuego vamos todos a una, que los destrozos son colaterales, que todo está justificado. Pero yo no me quiero hacer mayor así. No quiero crecer en un mundo en llamas.</p>
<p>Madurar, me parece, es tomar un bando. Y no es el de los manifestantes o la policía, ni siquiera el de políticos o pueblo llano, no es izquierda o derecha o centro. Tomar un bando es decidir cómo se quiere conformar uno, de qué modo afronta lo que ocurre, si cede o no cede a las presiones externas, cómo da salida a sus impulsos.</p>
<p>Y, creo, esta situación está pidiendo a gritos que demos lo mejor que tenemos. Seguramente lo mejor que tenemos no sea el fuego.</p>
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		<title>«Vacúname primero»: de la indecencia política</title>
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		<pubDate>Sat, 23 Jan 2021 21:36:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Andrea Tovar</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Recuerdo, a principios del advenimiento de la era COVID, que me di una temporada al delirio conspiranoide a tiempo completo. Mi premisa era bien simple: no podía entender que en todo el mundo —en el mundo entero— no hubiera un organismo de inteligencia capaz de prever la que se nos venía encima. Que China quedaba [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/01/11.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-903" src="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/01/11.jpg" alt="" width="540" height="510" srcset="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/01/11.jpg 540w, https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2021/01/11-300x283.jpg 300w" sizes="(max-width: 540px) 100vw, 540px" /></a></p>
<p>Recuerdo, a principios del advenimiento de la era COVID, que me di una temporada al delirio conspiranoide a tiempo completo. Mi premisa era bien simple: no podía entender que en todo el mundo —en el mundo <em>entero</em>— no hubiera un organismo de inteligencia capaz de prever la que se nos venía encima.</p>
<p>Que China quedaba lejos, pero Italia avisaba bien cerca, y nosotros plin. Me basaba, además, en algunas disposiciones adicionales como la rara conveniencia de una crisis económica que reorganizara a su antojo el mercado laboral, el uso de metadatos —¿recuerdan esa aplicación para detectar el virus y pasar info a los últimos contactos del positivo?— como combustible que mueve las empresas y predetermina nuestro consumo sin que nos demos ni cuenta, y en esa pirámide invertida de población que tanto dolor de cabeza traía a los demógrafos.</p>
<p>La gente a la que exponía mis precarios apuntes me respondía con una pregunta:</p>
<p>—¿Y tú, listilla? ¿Cómo lo habrías hecho?</p>
<p>—Es que ser lista —contestaba yo— no es mi trabajo.</p>
<p>Y me ahorraba la palabrota antes del último sustantivo. ¿De quién es ese trabajo?</p>
<p>Ah. De los políticos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Estoy convencida de que la Política actual no es credo de casi nadie si tiene un par de dedos de frente. Sea usted del color que sea, lo más probable es que no fíe sus bienes más preciados al político que le representa. Esto es una tragedia de por sí, me parece, porque es claro indicador de cómo nos vemos obligados a dejar los avatares clave de la regulación social en manos de los menos indicados . Pero en el caso nos ocupa, mucho más.</p>
<p>Créame que estoy tecleando mientras escucho música clásica, apuro a sorbitos un InfuRelax y contengo los nervios y los perjurios; pero llevo toda la semana echando espumarajos por la boca al leer los titulares frescos: ya llegan los altos cargos a ponerse la vacunita antes que nadie.</p>
<p>Que estos políticos llevan apelando a nuestro saber hacer, a nuestra buena voluntad, desde hace casi un año ya. Que sí, que hay quien vive al margen de la pandemia —«yo paso de eso», dicen, como si fuera opcional—, y que, quien más y quien menos, todos hemos transgredido las normas en alguna ocasión —no es difícil cuando sentarse en un banco con un colega se ha vuelto ilegal—. Estos políticos que incluso se atreven, en otras ciudades, a ese buen hacer ciudadano para limpiar a la Filomena. Que ya queda claro que el ciudadano tiene todo el deber, toda la obligación, toda la responsabilidad. En general. Y tampoco es novedad que cuando sobrevino la pasada crisis económica, teníamos que tragar el almuerzo indigestado ante las noticias de cómo estos mismos políticos robaban millones y millones. Pero en esta situación de alerta absoluta —intuyo la estupidez humana es infinita y mi capacidad de sorpresa también—, se me antoja sencillamente inaceptable que chupen del bote de la vacuna.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A mis abuelos les dan cita para más allá de marzo, con suerte. No salen de casa porque están cagaditos de miedo con los titulares y se convierten en pasas, van perdiendo altura. Creo. Porque hace tiempo que no los veo. Mis amigos pierden sus trabajos, pierden la ilusión, pierden las ganas de hacer cosas. Los calendarios pierden citas, están vacíos porque ahora sobrevivimos. Mis primos se pierden sus primeros años de facultad. Nótese que todo es una pérdida. La gente se sume en la apatía, en un aire depresivo. Mis colegas solteros hace meses que no echan una cana al aire, y no hablo de libido, hablo de puro contacto humano, que también es necesidad básica. Lo único que se puede hacer es caminar: caminar, caminar, caminar. Padecemos este virus de la soledad que nos aísla. Lo sufrimos en silencio, como las hemorroides. Tiramos de relativizar porque el otro está peor, porque todo puede empeorar. Pasamos duelos por los seres queridos. No podemos ni enterrarlos. Se nos caen los proyectos, las esperanzas, las fiestas, los viajes, las risas. Todo lo que merece la pena de la vida. Y el miedo es una amenaza continua, bajita o fuerte, que hay que manejar de la mejor forma posible.</p>
<p>Y mientras tanto, algunos de los señores salvadores del pueblo ¿qué hacen?</p>
<p>Se vacunan.</p>
<p>Ellos.</p>
<p>Se ponen primero en la lista.</p>
<p>Sin vergüenza ninguna, se vacunan. Aducen cualquier excusa medio remendada, no tienen ni la decencia de prepararse una buena, se pinchan. No quieren abandonar sus puestos, claro que no.</p>
<p>¿Qué hacen los demás partidos? Preparan el dedito acusador para ese lamentable espectáculo del «y tú más».</p>
<p>Y yo, con música clásica y mi InfuRelax, me pregunto si de verdad van a empezar este show. Ahora. En estas circunstancias. Si nos tenemos que armar psicológicamente para el caciquismo bien conocido, incluso con una crisis sanitaria de este calibre, con este grado de drama.</p>
<p>Porque, señores políticos y derivados, les digo a ustedes: no sé cómo van a hacer para seguir conteniendo, rogando y pidiendo a un pueblo que está bañándose en pérdida. Totalmente aletargado, consumido por su pésima gestión. Por no hablar del sector sanitario sobrexplotado que suda sangre. Con qué cara van a plantarse ante los micrófonos, a decir qué.</p>
<p>Suerte tienen, señores, de que las mascarillas les tapen la cara.</p>
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		<title>Sobre Bellas despiertas y terroristas emocionales</title>
		<link>https://blogs.laverdad.es/queridomillennial/2020/09/22/sobre-bellas-despiertas-y-terroristas-emocionales/</link>
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		<pubDate>Tue, 22 Sep 2020 10:33:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Andrea Tovar</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Dice la artista Betty Dodson, que se dedicó a presentar en los tempranos setenta la primera serie de diapositivas de vulvas —y sufrió la correspondiente censura con la exhibición del clítoris en una galería, por cierto—; que «el amor romántico es uno de los conceptos más dañinos para las mujeres del planeta: a las niñas [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2020/09/bella.gif"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-899" src="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2020/09/bella.gif" alt="" width="400" height="300" /></a></p>
<p>Dice la artista <strong>Betty Dodson</strong>, que se dedicó a presentar en los tempranos setenta la primera serie de diapositivas de vulvas —y sufrió la correspondiente censura con la exhibición del clítoris en una galería, por cierto—; que «el <strong>amor romántico</strong> es uno de los conceptos más dañinos para las mujeres del planeta: a las niñas pequeñas que crecen con <em>La bella durmiente </em>de Disney se les enseña que tienen que esperar a un príncipe que las despierte».</p>
<p><strong>Pero ¿qué pasa si la Bella ya ha despertado?</strong> Pongamos por caso que tiene los ojos bien abiertos. Que le gusta su trabajo, o lo tolera. Que está en paz con su grupo de amistades. Que se lleva relativamente bien con su familia. En general, esta princesa de cuento es bastante capaz de cargar con las bolsas de la compra, de ganar dinero y planear los fines de semana según sus apetencias. <strong>Ante la falta del amor romántico, ¿sigue la Bella en estado de letargo, en espera de un príncipe perezoso?</strong></p>
<p>Porque ay, los príncipes de este siglo se han vuelto perezosos. O incapaces. Repasando narrativas, se aprecia un patrón que un par de amigas tienen a bien llamar <strong>«terrorismo emocional»</strong>, y seguro que tú lo has padecido en alguna ocasión. Advierto de que el guion es poco original y quizá por eso casi indetectable; resulta repetitivo cual <em>sitcom</em> y no sorprende por su brillantez, pero sí por la capacidad de atraparnos, de hacernos prisioneras. De adormilarnos.</p>
<p>Este es el supuesto de hecho. Seguimos con Bella emancipada. No tiene un hueco en el corazón, pero sí le gustaría encontrar a alguien. Anhela una conexión entre tanto elenco indistinguible de seres humanos. No sabe bien si por <strong>discurso cultural</strong> —pareja, familia con hijos, el pack completo—, o por <strong>necesidad fisiológica pura y dura</strong>, de cuidado y mimos. En realidad, es consustancial al ser humano aquello de la búsqueda de la afinidad.</p>
<p>Y lo encuentra. De pronto, entre una app cualquiera, en la barra de un bar, en una cena con colegas de colegas, en la cola del cine, en el avión rumbo a Las Maldivas, un par de ojos también despiertos se cruzan con los suyos. <strong>Sucede: Cupido, la magia. Es mutua, es recíproca</strong>: innegable, aunque en el futuro se planteará si se lo inventó ella sola. No, Bella: fue correspondido, no te apures. Pasa lo que tiene que pasar —paréntesis para que cada cual lo rellene como quiera—.</p>
<p><strong>Lo extraño viene luego: el mutismo. Silencio.</strong> El príncipe de turno no habla, no se expresa. Unos días dice cosas, otros no dice nada. Sus mensajes se contradicen. Parece que no hace amago de establecer una relación, luego se retracta expresa o tácitamente. El chico está hecho un lío. Y ahí la bella emancipada vierte todas sus capacidades al servicio de la tarea de su vida, que no es otra que <strong>salvar al pobre príncipe.</strong> Aquejado de una serie de complejos e incapacidades que la bella se encargará de detectar, analizar, justificar y exponer con su grupo más cercano en las tertulias de café; <strong>el príncipe se convertirá en el principito</strong>. Un hijo, a fin de cuentas, sin la capacidad de discernir o tomar decisiones propias.</p>
<p><strong>El terrorista emocional es el príncipe a tiempo parcial que completa jornada con la figura del villano.</strong> La bella, abierta en sinceridad y propósitos, que si se caga con la posibilidad del compromiso desestabilizador está dispuesta a negociarlo y hablarlo; se encuentra súbitamente con su propia incapacidad de trazar un diálogo productivo bajo la <strong>amenaza de ser tildada de «loca» o de «pesada»</strong>; los dos grandes adjetivos que horrorizan a las mujeres.</p>
<p>De este modo, la bella deja de ser tan bella. Se traiciona a sí misma en lo que haría o diría, se somete al silencio para dar la impresión de desafectación. <strong>En una palabra: finge. Ya no los orgasmos, sino el interés. Por algún ridículo motivo, en el jugueteo de la seducción quinceañera —a pesar de aposentarse en los rotundos treinta— pierde el que ama antes,</strong> y ella no quiere perder, pero sobre todo no quiere perder<em>lo</em>. A él, al principito. Porque le sobrestima. Idealiza la parte de príncipe y menoscaba la de villano. Debe ensalzar su brillo, darle la mano al chaval hasta que se convierta en la persona que está destinada a ser. Que generalmente coincide con la versión que la bella-no tan bella se ha creado en su cabeza a partir de pruebas sólidas.</p>
<p>Estimada hermana, me dirijo a ti. Tú, que te ves o te has visto en esta situación: déjalo. Abandona el proyecto. No es el tuyo. Lo que vives no tiene nada que ver con el amor romántico, sino con la minusvaloración de ese adulto que es el principito. <strong>Él es capaz de tomar sus propias decisiones, y si no muestra interés evidente no eres tú quien debe convencerle de tus atributos y tus grandes virtudes; que las tienes.</strong> Si no es capaz de verlo, acéptalo. Haz las maletas y vete con los ojos abiertos a otra parte. No pierdas el tiempo haciendo conjeturas, no te desgastes trazando hipótesis o elucubrando —¿serán para mí sus <em>stories</em>? ¿Son indirectas?—, por una sencilla razón: el chiquillo tiene boca para hablar y dedos para teclear. <strong>Si quisiera comunicarte algo, lo haría. Punto. Si no quiere o no puede, a ti qué más te da.</strong> Eso solo te demuestra que ni príncipe ni villano; sino incapaz y terrorista emocional… en caso de que lo permitas.</p>
<p>No lo permitas. Es un consejo del Fromm; <em>pezqueñines no, gracias, mejor déjalos crecer.</em></p>
<p>No rebajes tu potencia, tu capacidad, tu madurez, tus planes, tus objetivos, tu energía. No merece la pena. Intentar redirigir a un adulto es hasta soberbio. La indiferencia duele, la falta de claridad también, pero más duele enredarse en ese laberinto sin salida de un guion pobre. Tendrás tus momentos de gloria cuando triunfes y bajarás a los infiernos de la desesperación enseguida. Pírate de ahí. Huye de esa pauta de montaña rusa. Mereces algo mejor. Y la soltería es mejor que eso.</p>
<p><strong>Tú estás despierta, bella. Que no se te olvide.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>¿Hacia dónde vamos, viniendo del trap?</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Aug 2020 14:26:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Andrea Tovar</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_891" style="width: 536px" class="wp-caption alignnone"><a href="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2020/08/Marina-Capdevila.jpg"><img aria-describedby="caption-attachment-891" loading="lazy" class="size-full wp-image-891" src="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2020/08/Marina-Capdevila.jpg" alt="" width="526" height="640" srcset="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2020/08/Marina-Capdevila.jpg 526w, https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2020/08/Marina-Capdevila-247x300.jpg 247w" sizes="(max-width: 526px) 100vw, 526px" /></a><p id="caption-attachment-891" class="wp-caption-text">Marina Capdevila, via IG (@marinacapdevila)</p></div>
<p>Hace unos meses —no sabría enumerar cuántos; en cualquier caso en otra vida—, asistimos a una conferencia de <strong>Ernesto Castro </strong>en Barcelona para presentar su libro sobre el trap como filosofía millennial. Tomé notas y reí. Debatimos el encuentro con una cerveza. A algunos les parecía algo repelente. A mí, personalmente, me parecía brillante.</p>
<p>Él nos explicó lo que pasaba, en qué contexto vivíamos. Nos habló del <strong>nihilismo trapero</strong> que surgía de la crisis económica, de la toma de las calles, del barrio. De la reivindicación del feísmo frente al pop iridiscente. De la apropiación del insulto, de la figura sexualizada contra el punk aséptico en género. Del heroísmo del estrato social inferior que se yergue con sus oros y mantiene el chándal. De la exposición de la enfermedad mental como neurosis del capitalismo. De lo apolítico de las letras: me la suda lo que pase, el medio ambiente, la economía y los partidos.</p>
<p>En síntesis: no les interesa casi nada, a los traperos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Yo, que me enciendo cual cerilla en cuanto alguien me sopla un poco, me propuse escribir una serie de columnas sobre el mundo del trap. El mundo en que vivíamos, hace unos meses. Eones, parece. Ahora no tiene mucho sentido.</p>
<p>Recuerdo una frase de <strong>Laura Ferrero</strong>, que decía en su Instagram algo así como que las esperanzas no son absurdas, sino que nos permiten saber de dónde venimos y hacia dónde vamos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>¿Hacia dónde vamos, viniendo del trap?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Con el coronavirus han pasado cosas. Ya estaban pasando antes, si nos apuramos. En este curso escolar, que ahora avanzan en imágenes con la dudosa publicidad del niño con los pies torcidos, ha habido borrascas y danas, ha habido columnas de humo en plena ciudad Condal y contenedores hechos plastilina entre llamas, ha habido explosiones en fábricas de fuegos artificiales. Ha habido animales salvajes tomando las calles desiertas y un fenómeno extrañísimo, bizarrísimo, excepcionalísimo, de personas recluidas. Una pena privativa de libertad masiva sin previo aviso, aunque se venía anunciando por las noticias. Nadie pensó que el virus fuera a llegar aquí desde China, incluso cuando asomaba la patita por Italia. Seguimos a tontas y a locas celebrando el fútbol de los machos y las manifestaciones de las hembras; y el arte de todos los interesados, que siempre son menos de los deseables. Y sin que nos lo oliéramos, de pronto teníamos encima una orden de alejamiento; un arresto domiciliario <em>sine die</em>. Un examen de recursos, un Pies Quietos de los del jardín de infancia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En resumen: así como estuvieras, tenías que quedarte. Con lo puesto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En esta época nos hemos reinventado en la cocina, en el salón, en el estudio, en el dormitorio y en las terrazas, si las había. Nos hemos planteado los espacios y las compañías. Hemos visto de cerca, o de lejos, la otra cara de la moneda. Y nos sentimos vulnerables porque ese final que preveíamos, que nuestra mente trazaba por pura protección, anclada en el fin del confinamiento… no es tal. El coronavirus no acaba, <em>ladies and gentlemen</em>. Vayan poniéndose cómodos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>¿Cómo puede un trapero medio estar coexistiendo, o existiendo, ahora mismo? Esa doctrina del me la suda, fruto de la propia exclusión del sistema, que se alza sobre la mecánica de poder y de dinero.</p>
<p>No hablamos siquiera de números porque ese es otro cantar, que si no estamos confinados ahora es por la pela. El dinero va después de la salud, ya lo decía <strong>Hobbes</strong> hace siglos cuando explicaba su doctrina contractualista, eje conceptual del Estado del bienestar. Y es que básicamente, el hombre es un tonel agujereado. Recursos limitados, necesidades infinitas. Así que el Estado es el Leviatán —como un Frankestein, como un patchwork de toda la colectividad—, que accede a proveer para estos hombres agujereados, en la medida de las posibilidades. Aceptamos el Estado policial, restrictivo, para mantener ciertos bienes o derechos. En la actualidad, la política es de miedo, y acatamos por cojones. O sea, porque no hacerlo es peor. Si uno no puede salir a manifestarse, ni protestar en modo alguno, ni combatir el virus más que desde la inacción… ¿cómo puede cambiar mínimamente la realidad?</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Valeria Luiselli </strong>impartió hace unas semanas un taller de escritura en la <strong>Escuela Fuentetaja</strong> que yo tomé con gusto. Se llamaba «La imaginación bajo amenaza». A través de Zoom expuso a sus alumnos esta idea de que el miedo reprimía la imaginación. Lo mismo: en la escala de valores, la integridad física va primero. Por eso andamos como zombies, pero ya no traperos, sino como personas que humildemente conforman su rutina procurando no quebrantar ninguna norma. Desde que se instauró la democracia, allá por la muerte de <strong>Fran</strong>, no habíamos asistido a una etapa igual de supresión de derechos. Pero es lo que hay, es lo coherente. Nadie, más que los negacionistas y pro-abrazos, se atrevería a disentir.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Viniendo del trap, de los chavalillos que fuman y cantan mal porque todo se la suda, ¿hacia dónde vamos?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ya no contamos con las calles como espacio. Ya no podemos protestar contra nada en concreto. Asumimos los golpes en silencio, en la individualidad más radical. <strong>Sabina Urraca</strong> contaba en <strong><em>El País </em></strong>este miedo de convertirse, junto con su reciente esposo, en una isla de dos; y lo mostraba con esa figura de la señora que se ajusta la bata, cerrándose el cuello más y más arriba, recelando del otro.</p>
<p>¿Cuál será el nuevo paradigma filosófico? ¿La individualidad respetuosa o la cerrazón del núcleo íntimo? ¿Caerán las aplicaciones interactivas como <strong>Tinder, Bender, Grindr, Blablacar, Skyscanner, Airbnb</strong>; y nos encaminaremos hacia una remodelación del amor romántico y presencial, tipo <strong>Puenteviejo</strong>? ¿Se reinventarán las redes sociales de postureo y ego, enfocadas en un mensaje más trabajado y menos narcisista? ¿Oxigenaremos el medio ambiente y la industria productiva, con sus injusticias lacerantes en seres humanos? ¿Ganará peso la cultura como fenómeno de distracción y profundización de masas recluidas? ¿Cómo se alterará el mercado de la vivienda? ¿Y la pirámide laboral? ¿Qué ocurrirá con las pensiones? ¿Y la política exterior?</p>
<p>¿Nos la sudará todo, o nos empezará a concernir lo importante? ¿Qué es lo importante? ¿La integridad física? ¿La dignidad humana? ¿La economía? ¿El arte?</p>
<p>Hagan sus apuestas, que esto no acaba.</p>
<p>Por supuesto, el trapero medio también puede no apostar y seguir yendo al banco del parque con una litrona, con su mascarilla y su sudor de huevos, aunque yo me esté oliendo su decadencia filosófica —no me olí lo del coronavirus, ahora ando más despierta—. La evasión es un oficio tan respetable como otro cualquiera, y quizá hasta más saludable.</p>
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		<title>Tratarse bien no cuesta nada</title>
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		<pubDate>Mon, 20 Jul 2020 11:22:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Andrea Tovar</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2020/07/Captura-de-pantalla-2020-07-20-a-las-12.43.39.png"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-887" src="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2020/07/Captura-de-pantalla-2020-07-20-a-las-12.43.39.png" alt="" width="529" height="338" srcset="https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2020/07/Captura-de-pantalla-2020-07-20-a-las-12.43.39.png 529w, https://static-blogs.laverdad.es/wp-content/uploads/sites/90/2020/07/Captura-de-pantalla-2020-07-20-a-las-12.43.39-300x192.png 300w" sizes="(max-width: 529px) 100vw, 529px" /></a></p>
<p>Cuentan que en los años 20 de cada siglo se ponía de moda un exterminio masivo, o sea que ya tocaba. El famoso 20-20 se ha vuelto un chiste de sí mismo. «Este es nuestro año», decían muchos, confiados en sus proyectos y en su voluntad de llevarlos a cabo. Pero Dios guionista —como yo lo llamo— es, si no caprichoso, sí original. Eso hay que reconocérselo.</p>
<p>Las pandemias son tan añejas como los huracanes, los terremotos o las viejas guerras. Sin embargo, da la casualidad de que esta es una generación mimada por las bondades del sol y el dinero, incluso en las oscilaciones periódicas de la economía. Por las tablets, las motos de agua, las marineras en terrazas y los fines de semana en Marina d’Or ciudad de vacaciones dígame. Tradicionalmente, nuestros males se han circunscrito al bolsillo. Un aire de invencibilidad —que no de imbecilidad… ¿o sí?— se apoderaba de nosotros. Aquellos que conocen la guerra en las carnes eran pequeños entonces y ahora se confinan por miedo. Apenas recordaban lo que significaba sentirlo.</p>
<p>Los tiempos son difíciles en cuanto que inciertos. La batalla se libra en los hospitales mientras que en las calles hacemos amago de normalidad —de esa nueva que aún no entendemos—. Corren bulos de nuevos encierros y la desesperanza aumenta. No hay futuro previsible, así que nos sentimos como si no lo hubiera. Las muertes son números a veces, luego tocan los círculos cercanos. Poca broma.</p>
<p>Sin besos y sin abrazos, sin planes, el pasado resurge y rebrota. No todos los confinamientos han sido iguales: los ha habido en soledad, en malas compañías y en buenísimas, por supuesto. Los espacios también han jugado un papel clave estos meses: no es lo mismo morar en un chalé con piscina que en una habitación alquilada con vistas al patio interior.</p>
<p>Nos planteamos, de últimas, qué o quién es lo verdaderamente importante. A veces las respuestas nos sorprenden.</p>
<p>Y es aquí cuando debemos optar por 1) aceptar la frustración, 2) concentrarnos en el ahora como cualquier gurú dictaminaría, 3) agradecer otro día en la Tierra.</p>
<p>Como es obvio, ninguna de estas conductas es típica en nuestra sociedad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ahora viene la anecdotilla. El otro día, en una casa de comidas con aforo limitado a dos clientes para mantener la distancia de seguridad, una señora se cocía esperando su turno en la calle, a cuarenta grados. Se cocía tanto que parecía puesta de speed: daba vueltas, bufaba, resoplaba.</p>
<p>Cuando salió alguien y nos permitieron pasar a una compi y a mí, ella se coló sin miramientos. Tenía mucho calor, les hacía falta un toldo. Escupía más que hablaba. La pobre dependienta, apurada, le permitió quedarse. «¡Claro que me quedo, faltaría más!», dijo la susodicha, <em>empoderadísima. </em>Nos encogimos de hombros.</p>
<p>Calló un rato y luego volvió a la matraca. En este caso arremetió contra nosotras dos, sugiriendo que nosotras no teníamos prisa y ella sí porque <em>trabajaba.</em> «¿Qué le hace suponer que no trabajamos?», pregunté. Ella contestó, hecha un basilisco: «no me vengas con palabras complejas».</p>
<p>Me subió una ola de rabia parecida a las de calor.</p>
<p>Volví a casa por la tarde e hice amago de comentar la historia, pero mi padre me chafó el <em>hype:</em> «pues a mí me ha atropellado una furgoneta que daba marcha atrás a toda pastilla».</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Uno podría esperar que en épocas de dificultad germinara un buen trato especial. Ahora, con la desgracia por doquier, nos sentimos más vulnerables a las condiciones clásicas de las relaciones <em>fast food</em>: te uso, te ignoro. También duelen de forma especial las palabras hirientes. Los malos modos a los que estábamos habituados se clavan como aguijones de abejas atolondradas en este clima veraniego que no termina de cuajar.</p>
<p>Estamos, por fin, en la época dorada del año. Un descanso del trasiego rutinario. Con todo,  nos encontramos con restricciones en cualquier parte. Incluso pasear se ha vuelto una actividad peligrosa. Las mascarillas velan por nuestra seguridad, sí, pero bloquean la sensación de familiaridad de estas tierras. Vamos como cubiertos en burkas. En una burbuja.</p>
<p>No es cuestión de ofrecer el codo o de hacer manifestaciones temerarias de achuchones —¿se han vuelto locos? ¿Contra qué protestan exactamente estos anti-COVID?—, sino más bien de cuidar las palabras, los silencios, los actos y las pasividades.</p>
<p>Pensar en el bien común rebasa el terreno del protocolo sanitario y afecta directamente al bienestar afectivo. Algunos calificarían esta diatriba mía de tremenda chorrada, y lo respeto, pero creo que no lo es. En tiempos de guerra, de huracanes y terremotos, el vecino te ofrece un trozo de pan en lugar de quedárselo para sí. A ese tipo de solidaridad necesaria me refiero: a la que no se remunera.</p>
<p>Por eso digo que tratarse bien no cuesta nada. Solo hay que inspirar hondo, aguantar el calor y las diversas tempestades que se obstinan en no amainar. Dar más las gracias y ostentar menos créditos.</p>
<p>Y que el COVID nos pille a todos<em> confesaos</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
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