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	<title>La chica mojabragas | Sargento Emilia - Blogs laverdad.es</title>
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		<pubDate>Sun, 13 Jan 2013 11:13:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sargento emilia</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p>  Ella siempre había defendido la superioridad de la juventud sobre la madurez y ahora era ella la despreciada por las jovencitas que se disponían a tomar el relevo a pesar de que, frisando los cincuenta, se resistiera a abandonar la adolescencia vistiendo como una veinteañera y queriendo centrar su vida en las amigas y las fiestas. Después de haber criado a sus hijos se había convencido de que la rutina y el aburrimiento conforman una realidad que se puede cambiar. Se había divorciado sin ver más allá de sus propias certezas, con la cabeza convertida en un almacén de  pirotecnia  pero en el fondo marcada por la  educación recibida que, en su fuero interno, le repetía  que una vida sin pareja carece de sentido. Trás  lanzarse de nuevo al mercado previa dieta, visita al dentista y operación  oftalmológica se había dado cuenta  de que las salidas intempestivas, las relaciones con folladores en serie y el café con  cigarrito, con otras maduritas en su misma situación, no le había hecho feliz.<br>
 Después de perder esa seguridad y supuesta respetabilidad de un matrimonio convencional,que durante años tanto había vilipendiado, se proponía  amaestra su soledad luchando contra el rencor y contra ese deseo de odiar a los hombres que siempre salían mejor parados al rehacer sus vidas en ocasiones con mujeres mucho más jóvenes que ellos. Arremetía también contra las féminas  que habían tenido más suerte que ella  en el amor. Notaba a cada nuevo capricho, a cada nueva batalla campal, que a menudo terminaba con presencia policial cuando intentaba controlar la vida de su ex marido al que años antes había abandonado,  que  su anorexia afectiva había encriptado la maldad y la histeria en su voluble corazón y que ya no le funcionaba el intentar mostrarse vulnerable para manipular a su antojo.<br>
 El tiempo, que aflojaba sus carnes, estaba  convirtiendo su vida en derrota, vergüenza ante el espejo y  masturbación. Mientras su cuerpo perdía su lozanía fue aumentando su interés por el gimnasio, el masaje, lo místico, las técnicas orientales, la astrología, los viajes y las visitas al psicólogo. Le obsesionaba el sentirse querida y los cuidados que se prodigaba la atormentaban  cuando comprobaba que  cualquier objeto le recordaba  el sexo perdido como las barras de labios que utilizaba y cuyo mecanismo de extracción imitaba una erección.<br>
 En medio de sus crisis de euforia y optimismo se mezclaban escenas de odio raciniano, gritos e insultos con los que, convertida en chica mojabragas, disfrazaba sus miedos. Temía que su cuerpo se transformara en una mazmorra y que no hubiera nadie  interesado en  rescatarla, condenándola así, sin ser oída, a cadena perpetua.</p>
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