{"id":27,"date":"2012-05-24T21:13:30","date_gmt":"2012-05-24T21:13:30","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.laverdad.es\/sargentoemilia\/?p=27"},"modified":"2012-05-24T21:13:30","modified_gmt":"2012-05-24T21:13:30","slug":"el-camborio","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.laverdad.es\/sargentoemilia\/2012\/05\/24\/el-camborio\/","title":{"rendered":"El camborio"},"content":{"rendered":"<p>       Miguel el Camborio, alto y enjuto, dec\u00eda ser gitano de pura cepa. Vest\u00eda siempre con chaquetilla  de corte torero y pantal\u00f3n ajustado, marcando paquete amarrado al muslo izquierdo. Su barba de varios d\u00edas, que con la edad y las canas le daba un aspecto  desali\u00f1ado y trabajado, completaba su estampa, que unas ra\u00eddas botas camperas realzaban. El tiempo  hab\u00eda respetado  su mata de pelo negro, que era, sin lugar a dudas, el  s\u00edmbolo de una casta heredada hasta donde se perd\u00eda su memoria, de bisabuelo a abuelo, de abuelo a padre, (que en gloria est\u00e9) y de su padre a \u00e9l.<br \/>\n       Ahora era cantaor, pero recordaba su adolescencia vinculada al ejercicio del pastoreo, que fue discurriendo con penurias aun que sin sobresaltos por las llanuras manchegas, sembradas de soledad y ovejas. Autodidacta con la guitarra y los ritmos flamencos  tambi\u00e9n lo fue en t\u00e9cnicas amatorias al ir por ensayo y error descubriendo  el sexo, al que sus mayores llamaban misteriosamente el secreto de la vida. Lo convirti\u00f3 as\u00ed en el \u00fanico deporte y colega de aventuras que  consinti\u00f3 que  le acompa\u00f1ara durante toda su carrera. El amor  f\u00edsico le hab\u00eda  salvado del aburrimiento, de la tristeza e incluso, como ocurre con todas las vocaciones, de ser una oveja descarriada. Como un drogodependiente necesitaba su estimulaci\u00f3n  diaria que le dejaba como remozado despu\u00e9s de abandonarse a unas enso\u00f1aciones llenas de fantas\u00edas, dirigidas hacia el orgasmo. Todav\u00eda recordaba la debilidad que sent\u00eda por su ovejita Hilaria  que con sus balidos, conjugados con su mirada melanc\u00f3lica  parec\u00eda  solicitar sus favores y  reclamar una exclusiva atenci\u00f3n, especialmente en las noches fr\u00edas de invierno. Su pseudo idilio mantuvo durante a\u00f1os al rumiante alejado de un obligado sacrificio que, por tradici\u00f3n familiar, le hubiera  abocado irremediablemente a formar parte de la cruel cadena alimenticia.<br \/>\n      Todos le llamaban Don Miguel, aunque su nombre art\u00edstico era el Camborio. Se hab\u00eda convertido en una figura del cante de los pies a la cabeza, despu\u00e9s de una vida de parranda en la que acostumbraba al  despertar a desayunar revueltos matutinos, que mezclaba vino viejo con an\u00eds El Mono  y a comer frugalmente a golpe de tintorro cuyas botellas a veces tomaba prestadas y en otras ocasiones le eran regaladas por sus mecenas. Se hab\u00eda convencido de que ten\u00eda  duende al comprobar su \u00e9xito, especialmente entre las mujeres que  le adoraban, mientras los hombres le envidiaban.  Cuando se sub\u00eda a un tablao era como sentirse en casa. Los espectadores se convert\u00edan en sus invitados, y como buen anfitri\u00f3n, los  agasajaba con sus fandangos y seguidillas hasta altas horas de la madrugada. Enfervorecidos algunos le acompa\u00f1aban marcando el ritmo con los pies y con las manos, mientras otros le correspond\u00edan con sus aplausos y sus v\u00edtores incondicionales.<br \/>\n      Su historial de Don Juan le hab\u00eda convertido en su madurez en soltero de oro, si bien en ocasiones sus amor\u00edos se hab\u00edan transformado en aut\u00e9nticos  V\u00eda Crucis. En su  \u00e9poca gloriosa yac\u00eda al mismo tiempo, con una madre y su hija. Lo hac\u00eda, claro est\u00e1, por separado procurando que ninguna de las dos se llegara a enterar. Con la mujer  se dejaba mimar y re\u00f1ir como un ni\u00f1o, disfrutando de sus cotilleos de velatorio, de sus amenazas supersticiosas y de sus sue\u00f1os de riqueza, confesados en la intimidad de la alcoba.<br \/>\n Con la joven, m\u00e1s fogosa, se divert\u00eda fingiendo sufrir con sus coqueteos caprichosos, por los que simulaba  convertirse  en pelele, a merced de un tirano Cupido. La entronizaba en su regazo, convirti\u00e9ndola en princesita perversa que se cre\u00eda  due\u00f1a de su coraz\u00f3n, hasta que un buen d\u00eda se descubri\u00f3 el enga\u00f1o. El marido y padre de las ultrajadas clamaba venganza mientras Miguel desapareci\u00f3 para seguir con su taconeo por otros escenarios de vida, sin entender como los hombres pueden pretender reglar el lioso mundo de los afectos. Algunas legislaciones castigan, por ejemplo la infidelidad, sin tener en cuenta que la pasi\u00f3n tiene siempre fecha de caducidad y no entiende nada de contratos ni de compromisos formales.<br \/>\n   Traicionando las ense\u00f1anzas de  su etnia cal\u00e9 sol\u00eda mantener que la virginidad estaba sobrevalorada. Admiraba la experiencia en todos los campos y la inocencia le provocaba hast\u00edo. La  responsabilizaba de  originar comportamientos  torpes y sensaciones  ins\u00edpidas que nada tiene que ver con el juego de la seducci\u00f3n. A \u00e9l, que siempre hu\u00eda del esfuerzo y hab\u00eda  convertido  en arte el ahorro de movimientos,  la falta de pericia le causaba cansancio. Su pereza ante los precalentamientos en las relaciones sexuales le hubiera llevado, si la iniciativa no le  resultara poco caballerosa, a  contratar previo pago a uno de los potentes desvirgadores de la isla de Guam, situada en el Pac\u00edfico, para que previamente estrenara las hembras, a las que \u00e9l pretend\u00eda. Hab\u00eda fornicado en ascensores, en ambulancias, en pasillos, mientras hac\u00eda cola en medio de una multitud. Hab\u00eda sodomizado a acomodadoras de los teatros, en los que deb\u00eda de actuar y que le llamaban Maestro mientras de cara a la pared se dejaban levantar las faldas.Era un defensor de las pr\u00e1cticas amorosas con la luz encendida, aunque se tomaba la molestia de apagar las bombillas cuando la candidata era fea o poco agraciada.  Si era de d\u00eda, recurr\u00eda a veces a la t\u00e9cnica de la cebolla subi\u00e9ndoles las enaguas hasta cubrirles la cabeza mientras las amaba a golpe de ri\u00f1\u00f3n, centrando su mirada en los pechos de su partenaire. Aunque le tacharan de anticuado, s\u00f3lo manten\u00eda relaciones coitales con ofuscaci\u00f3n y  sin utilizar preservativo, exclamando: \u201c\u00a1Qu\u00e9 sea lo que Dios quiera!\u201d.  El uso del profil\u00e1ctico le parec\u00eda demasiado reflexivo y poco masculino, adem\u00e1s de  convertir el asunto amoroso en una pr\u00e1ctica de laboratorio. El l\u00e1tex no hac\u00eda buenas migas con el tacto de la piel, que deb\u00eda contagiar excitaci\u00f3n al cerebro, transmiti\u00e9ndole  la humedad y la fuerza de la pasi\u00f3n. Cada vez era m\u00e1s reacio a compartir su cama, y despu\u00e9s de un aqu\u00ed te pillo aqu\u00ed te mato, prefer\u00eda perder de vista a su amante, para reposar a sus anchas adormecido por sus propios ronquidos y a pata suelta.<br \/>\n      Con los a\u00f1os la masturbaci\u00f3n, que al parecer en algunos pa\u00edses se castiga con pena de muerte, se hab\u00eda convertido en un pr\u00e1ctico recurso para satisfacer las ansias que los a\u00f1os no hab\u00edan conseguido aplacar.  Ninguna mujer hab\u00eda tenido tanta paciencia para hacerle llegar al \u00e9xtasis como \u00e9l mismo. Incluso se sorprend\u00eda hablando con su miembro viril, al que llamaba Lucero y que, en otra \u00e9poca, se hab\u00eda ganado el t\u00edtulo de Lucero del alba por erguirse cada amanecer para  izar las s\u00e1banas blancas de su lecho. Ahora le reprochaba el desfondarse deshonrosamente despu\u00e9s de tantas batallas antes de que \u00e9l, Miguel el Camborrio, hubiera sido vencido por el desgaste de los a\u00f1os y condenado a prescindir de su  libido y de su  lucidez  intelectual.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Miguel el Camborio, alto y enjuto, dec\u00eda ser gitano de pura cepa. Vest\u00eda siempre con chaquetilla de corte torero y pantal\u00f3n ajustado, marcando paquete amarrado al muslo izquierdo. 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