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	<title>Las dos velocidades del amor | Vivir en el filo - Blogs laverdad.es</title>
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	<description>Relaciones, amor, vida. Lo que de verdad importa</description>
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		<pubDate>Wed, 15 Oct 2014 06:26:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Lola Gracia</dc:creator>
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<div></div>
<div>Frente a frente, él toma la cabeza de ella como hacen los lamas en señal de reconocimiento. <strong>Ella le cabalga sin pausa, sorprende esa cercanía, ese gesto entre tierno y fraternal en el fragor de tanto fuego y pasión</strong>. Pero quizá esa mezcla de hermanamiento, placer y éxtasis, de entrega mutua sea lo más parecido a hacer el amor. ¿O quizá no? Porque hay momentos de urgencia, de sorprendente conexión; de <strong>“no hay más remedio que entrar a matar” tras apenas cinco minutos de besos</strong>. Y es lo que toca. Esa deliciosa excitación contagiosa que pone los corazones de cero a cien en apenas unos segundos. ¿Es eso peor que tomarse las cosas con calma?</div>
<div></div>
<div>Hice una pequeña encuesta entre mis seguidores de Facebook y, sorprendentemente, el <strong>“aquí te pillo aquí te mato”</strong> ganó por goleada, también entre las chicas. Quizá por la sorpresa, porque <strong>esa rapidez la hemos aprendido del cine, que se recrea en los detalles a la velocidad de los fotogramas, no a la real</strong>; que ha llenado nuestra cabeza de planos, contra planos hermosisimos. De besos que recorren todo el cuerpo en fracciones de segundo; De manos que se esconden debajo de la ropa; de bocas que arrancan la lencería a dentelladas. De una mesa de cocina a la que el amante salvaje despoja de contenido para follarse a <strong>Jessica Lange de forma inmisericorde en “El cartero siempre llama dos veces”;</strong> Por no hablar de la colección de imágenes que nos dejó la mediocre “Nueve semanas y media”: lluvia, bocas de metro, tiendas de colchones.</div>
<div>Pero a lo que iba; ¿Es mejor una cosa que otra? Personalmente me disgustan las prisas. Todo lo que me supone un placer requiere su tiempo: leer, comer, dormir y hacer el amor.</div>
<div>Me encanta la filosofía del tantra (todo, salvo lo de llegar al orgasmo sin tocarse, ya bastante poco nos tocamos los unos a los otros en este mundo pantallizado). E<strong>l tantra dice que nos recreemos en el deseo; que el lenguaje de las miradas </strong>hace más rica cualquier caricia —el cine, sin embargo, nos enseña que los protagonistas cierran los ojos casi siempre que están pasándoselo en grande — Que las palabras son también un pata importante de ese momento mágico y sagrado del coito y que <strong>los beso</strong>s son fundamentales, ineludibles: “besa con suavidad, explorando los labios del otro, deslizando tus labios sobre los de él o ella, alternando la presión, ejerciendo una suave succión, acariciando con la punta de tu lengua su mucosa bucal”; total nada. Que entregarse al acto de besar —dicen— supone una transmisión de sensaciones nada desdeñable.</div>
<div></div>
<div>Así las cosas, <strong>en este mundo de dos velocidades, quizá el amor y el sexo también tengan dos velocidades</strong>. Relaciones que avanzan y fluyen contra todo pronóstico; otras que se ralentizan hasta morir de aburrimiento y coitos de extrema necesidad –a veces no sólo física, a veces para confirmar una verdad, para reafirmar con hechos lo que el hombre dice con palabras — o días de armoniosa conjunción de cuerpos y almas donde la palabras, las vivencias, las conversaciones, una buena comida, e incluso una siesta reparadora juegan entre las sábanas de aquellos que se aman.</div>
<div></div>
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<div>Una amiga viuda me comentaba la saludable vida amorosa que tuvo junto a su esposo, a veces con pena. Yo sin embargo la envidio de un modo sano. <strong>Esas parejas que mantienen el amor, el fuego y el deseo casi inalterable a lo largo de los años son la rara excepción.</strong> Quizá ellos mejor que nadie podrían explicar las bondades de amar a dos velocidades. De gozar con la parsimonia y con la prisa</div>
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