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	<title>La amabilidad, por los suelos | Las Zarabandas de García Martínez - Blogs laverdad.es</title>
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		<title>La amabilidad, por los suelos | Las Zarabandas de García Martínez - Blogs laverdad.es</title>
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		<pubDate>Sat, 17 Dec 2005 06:00:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carmen Castelo</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p><strong>García Martínez – <strong>17 diciembre 2005</strong></strong></p>
<p>Me trae el lector un sucedido que demuestra cómo, en estos tiempos tan cutres, se ha perdido la vieja costumbre de ser amable. Y ello a pesar de que, en una democracia bien entendida, la amabilidad constituye exigencia.<br>
Hombre, sí. Porque la democracia no es una trifulca permanente (y más bien fulera) entre los partidos políticos. Ni consiente que molestemos al prójimo.<br>
-¿Y es que se molesta a alguien por no ser amable?<br>
Pues sí. Aquí en la Tierra no somos sólamente uno, sino un montonazo. Y para no matarnos los unos a los otros, se requieren unas reglas y unos compromisos, que han de regir tácitamente en lo que se entiende como democrático. «Vive y deja vivir», se suele decir. Y no es mal consejo. Un modo de no dejar vivir al vecino es ser grosero con él. La grosería es lo más opuesto a la cortesía, dicho sea en plan pareado.<br>
Por eso, si alguien decide comportarse cívicamente con el prójimo, lo menos que podemos hacer es consentírselo. Facilitarle la tarea, vaya. Aunque sólo fuera por el gusto que da ver a las personas actuando cívicamente.<br>
El lector al que aludo me cuenta que, en llegando el autobús a la parada, él mismo y otro ciudadano se cedían el paso para acceder al vehículo. En fin, tampoco se pierde en eso media hora. Sólo segundos. Y en esas estaban quienes digo, cuando el conductor los recriminó, azuzándolos para que dejaran de hacer el ganso. Ese me supongo que debía de ser su punto de vista: que estaba delante a un par de gansos haciendo el ganso. Conviene añadir que uno de ellos (ya mayorcico, por cierto) iba cargado de paquetes. Porque sí, porque la vida lo carga a uno de paquetes. ¿Te vas a rebelar por eso?<br>
Una vez a bordo, mi comunicante tuvo la atención de explicarse ante el conductor. «Mire usted -le dijo sin acritud ninguna-, es que mis padres me enseñaron…» Y el del volante, nada, que leches. Que lo estaban entreteniendo con tanta gilipollada y luego sus jefes le echarían a él la bronca.<br>
Ya con cierto disgusto en el cuerpo, mi amigo le pidió al buen hombre su identificación. Y este, ni corto ni perezoso, le respondió que nones. Que eso era… ¿secreto profesional!<br>
-Apague usted y vámonos.</p>
</body></html>
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