La Verdad

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Fecha: febrero, 2017
'Gastromunicación'
Pachi Larrosa 27-02-2017 | 7:25 | 0

Internet en general y las redes sociales en particular han cambiado radicalmente los modos de consumir información. Eso lo saben muy bien –y lo sufren en sus cuentas de resultados– los periódicos tradicionales impresos en papel. Pero, además,  el hecho de que esa información nos llega a través de un soporte (el digital) que, al contrario del analógico (un libro, un periódico), ofrece multitud de estímulos cada segundo, ha provocado también un cambio capital en nuestra manera de leer. En realidad, en una pantalla no leemos, escaneamos. No incorporamos largas cadenas de palabras, sino que registramos impactos visuales que exigen apenas unos segundos de atención. Y de la misma manera que un grupo de comunicación deberá tener en cuenta todas estas cuestiones si quiere seguir contando con el favor de sus lectores, así, los negocios de restauración tendrán que hacerlo si quieren  atraer clientes. Esta es una de las tesis que desarrolló en el Centro de Cualificación Turística la experta en marketing gastronómico Erika Silva, en una jornada más del ciclo ‘Re-evolucionando la Sala’.

Erika Silva

Y deberán tenerlo en cuenta en el diseño de su web o blog, en los mupis o en los carteles, en sus flyers y pizarras e incluso, en sus cartas. La comunicación gastronómica debe ser visual y jerarquizada, según Silva; hay que superar esas largas cartas llenas de letras que echan para atrás. Y al igual que un periódico diseña cada página haciendo que sea un tema (y solo uno) y una fotografía (y solo una) los que ‘manden’, los que pesen’, esa estrategia es la que deben acometer los restaurantes, centrando al futuro cliente en unos pocos aspectos bien definidos. Y tan importante o más: deben pensar en el posible ‘feedback’ que proporcionan las redes. Tienen que lograr que los clientes hagan fotos: de la carta, del restaurante, de los platos… -y para lograrlo todo ello debe ser lo suficientemente atractivo como para ser fotografiado- que luego colgarán en las redes sociales multiplicando los impactos  gratuitamente. En la era digital, más que nunca, cada cliente satisfecho será un publicista del restaurante.

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Gastrotea
Pachi Larrosa 22-02-2017 | 9:53 | 0

Joan Roca, en plena exposición.

El Teatro Circo, a tope.

Piensen ustedes en un evento gastronómico consistente en cuatro horas de ‘show cooking’ con la participación de hasta siete grandes cocineros, tres de ellos con estrellas Michelín sobre sus chaquetillas  y uno de ellos, con tres distinciones de la conocida guía gastronómica; celebrado en un abarrotado Teatro Circo de Murcia; al que se le une un taller para niños con algunos de los mejores cocineros de España y del mundo, y que culmina con una gala para varios centenares de personas consistente en un cóctel de bienvenida ofrecido por cocineros de la asociación Amureco,  y una cena con menú diseñado y elaborado para la ocasión por Joan Roca y su equipo del Restaurante El Celler de Can Roca, considerado en varias ocasiones el mejor restaurante del Mundo. Imagínense que la colaboración de las decenas de profesionales que hacen posible tal evento fue totalmente desinteresada, incluida la de Joan Roca que viajó desde Cataluña con seis personas de su equipo, y que tanto el acto del Teatro Circo como la gala registraron un llenó absoluto de público. Y ahora, imaginen que la concepción, producción y organización de semejante evento fue obra no de profesionales en la celebración de grandes eventos, sino de un grupo de padres de niños con síndrome autista agrupados en torno a la asociación Asteamur, y percibirán la magnitud y singularidad de la jornada. Es lo que ha ocurrido con Gastrotea, una jornada de alta cocina solidaria cuya V edición acaba de celebrarse. Y además de ejemplificar aquello de lo que son capaces unos padres por el futuro de sus hijos, ha demostrado la calidad humana de nuestros grandes cocineros,  que una vez más, han respondido sin dudarlo a la llamada de la solidaridad, abandonando sus negocios y poniendo sus propios recursos al servicio de una buena causa. Todo un arma cargada de futuro, parafraseando a Gabriel Celaya.s

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La cocina como patrimonio
Pachi Larrosa 18-02-2017 | 8:31 | 0

En su libro ‘La cocina al desnudo’, el malogrado cocinero  Santi Santamaría relata una curiosa anécdota. El director de marketing de Burguer King España le envió una carta  en 2007 retándole a que cocinara una hamburguesa mejor que su ‘Honey & Mustard Tendercrisp’: «Una hamburguesa de pollo única en el mercado, con carne 100% pechuga y una perfecta combinación de productos de la huerta murciana…»( ¿). Señores, qué dislate: ¡las virtuosas verduras murcianas trituradas, procesadas, sometidas a mil y una obscenas manipulaciones como reclamo de comida basura! El cocinero catalán, conocido por su poco amor por los eufemismos contestó: «La cuestión no es que el pan cruja más o menos, la salsa de miel y mostaza esté más o menos equilibrada y que la carne de pollo esté picada de una manera más o menos fina; la cuestión es que la forma de comer y vivir que difunde Burguer King es incompatible con la forma de vida de la cultura milenaria del Mediterráneo y termina siendo destructiva para la misma». Y terminaba su contestación:  «Sepa que, en nombre de la cocina, pienso volcarme cada día más en hacer pedagogía a favor de una alimentación sana, gustosa, respetuosa con el territorio y acorde con nuestras culturas mediterráneas». En el mismo libro, el chef sostenía que «si aceptamos que la gastronomía y la cocina en particular forman parte de nuestro patrimonio, este debe ser preservado y divulgado».  En el mismo sentido, la investigadora Cristina Padilla señala que «las cocinas regionales constituyen una de las expresiones culturales más contundentes de lo que se ha denominado el patrimonio intangible de las sociedades y las comunidades». Y Meléndez y De la Torre concluyen que «es en las cocinas tradicionales donde encontramos procesos de producción y apropiación patrimonial de un inventario gastronómico propio de una comunidad». Por si no le quedaba claro al de marketing ese.

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Conservas, la doma del tiempo
Pachi Larrosa 14-02-2017 | 12:19 | 0

Un momento de la jornada sobre conservas celebrada en el CCT.

El miedo está en el origen de la conservación de alimentos. El miedo al futuro inmediato, a la incertidumbre ante los días venideros, a la inseguridad provocada por las guerras y las hambrunas… en definitiva, el miedo al desabastecimiento, a la falta del sustento diario. Y como en tantas ocasiones en la cocina de  la sociedad de la abundancia esas conservas han perdido su primigenio carácter de supervivencia y han entrado de pleno en el mundo de la alta gastronomía.

Mientras el hombre fue cazador-recolector vivía al día, consumía lo que cazaba y recolectaba y, además, lo comía in situ, en el mismo lugar donde lo había obtenido. Para encontrar el origen de la conservación de alimentos hay que remontarse nada menos que 12.000 años, a la revolución agrícola. La agricultura fijó a los grupos humanos a un lugar (donde cultivaban) y, ante los excedentes que en determinados momentos se producían fueron viendo la conveniencia y necesidad de conservarlos para su consumo en diferido. Por cierto, el fuego ya lo habían descubierto los hómínidos ‘un poco’ antes: 500.000 años, semana arriba, semana abajo. Cuando se juntan la agricultura con el fuego surge la cocina y las conservas.

Las primeras técnicas
Los hombres de las cavernas ya descubrieron que, cuando más tiempo pasaba un asado junto al humo de la hoguera, más tiempo se mantenía comestible. El ahumado fue el primero de los sistemas de conservación. Siglos después, los antiguos egipcios descubrieron los efectos de la sal y, por lo tanto, las salazones (unos 3.000 años tirando por lo bajo). Los griegos que añadiendo miel a frutas frescas y cociéndolas y depositándolas en odres impermeabilizados con resina, se conservaban durante semanas. Los romanos, conservaban vino durante décadas en ánforas herméticamente cerradas.  (PECIOS) Los pueblos afincados a orillas del mediterráneo secaban al sol pescados y verduras y fabricaban conservas con las vísceras de pescados (el famoso garum) que se conservaba en ánforas selladas.

Luego apareció la técnica del escabechado. La palabra escabeche proviene del persa sikbâg, o sikebech: “guiso con vinagre” que se refería a un guiso de carne con vinagre y otros ingredientes que ya aparece citado en ‘Las mil y una noches’. Aunque se trata de una técnica extendida por todo el Mediterráneo, suele señalarse en los recetarios internacionales como una técnica de conservación de alimentos española. Esta técnica ha evolucionado mucho y ahora comparten mesa y mantel escabeches tradicionales con mucho aceite, que mantienen su sentido de técnica de conservación por largos espacios de tiempo, con técnicas muy aligeradas de grasa, cuya función utilitaria ha cedido protagonismo a la de aportar un valor gastronómico añadido a un determinado plato. Y es que, excepto el frío (y con matices), todos los demás agentes que intervienen en las diferentes técnicas de conservación de alimentos modifican el sabor de los mismos, algo que, lejos de ser un problema, constituye un gran ventaja. Y hablando del frío como método de conservación, ya en el siglo XV el gran Leonardo Da Vinci estaba dándole vueltas a la cabeza de cómo conservar canales de vaca para tener siempre disponibles para los multitudinarios banquetes de la época (el gran hombre del renacimiento fue, durante un tiempo maestro de festejos y banquetes de Ludovico Moro, señor de Milán). Y se le ocurrió (y escribió) lo siguiente: “Cubriré la superficie de un lago que esté helándose de vacas muertas y cuando el agua se haya solidificado sobre ellas, las cortaré individualmente con un serrucho y las llevaré a cavernas subterráneas para guardarlas allí, para que los que gusten de su carne, la saboreen sin tener que sufrir las molestias y retrasos de sacrificar una nueva vaca”. No hubo ocasión de probar tan megalomaníaco experimento. Habría que esperar a 1867 para que Charles Tellier inventara un dispositivo destinado a fabricar hielo.

Algunas de las conservas artesanales mostradas.

La industria de la conservación

Uno de los platos elaborados a partir de conservas.

La historia de las conservas industriales comienza con Francois Appert, que inventó, hacia 1804, un procedimiento a base del calentamiento del alimento en un recipiente de cristal herméticamente cerrado, sin que ello destruyera su sabor. Peter Durand inventó en 1810 la caja de hojalata soldada y la patentó en Inglaterra. No dejó de resultar sospechoso que uno de los catadores, Lord Wellesley, más tarde Duque de Wellington, no pudiera presentar en persona su favorable informe por mor de una indisposición.

Parece ser que el ingenio del tal Durand se agotó con la invención de la lata y que no le dio… para inventar el abrelatas, lo que no ocurrió hasta 40 años después. Las instrucciones impresas rezaban: «Cortar alrededor del borde con un cincel y martillo». Imagínense abrir una latilla de anchoas con este método. En fin, el caso es que los soldados británicos, desesperados ante la difícil tarea, llegaron a utilizar las bayonetas a tal efecto. Algunos historiadores han llegado a sugerir que, originariamente, la bayoneta no estaba destinada a la noble función de sacarle las tripas al enemigo, sino a acceder al contenido de las dichosas latas. Y está documentado que hasta las dispararon. A las latas.

Tomás Écija y El Sordo
Artesanía y procesos industriales, tradición y modernidad, son dicotomías que han corrido parejas a lo largo de la historia en lo que se refiere a la utilización de las conservas de alimentos. La última jornada de la cuarta edición de ‘Sabores Región de Murcia’, organizada por el CCT y dirigido por Joaquín Reyes contó con la presencia de dos de los mejores cocineros de la Región, que coordinados por quien esto escribe descubrieron las posibilidades gastronómicas de las conservas artesanales..

Propietario, gerente y Jefe de Cocina del Restaurante El Albero (Ceutí) desde hace14 años, de Albero Gourmet, una pequeña tienda delicatesen, y de una empresa de servicio de catering, TOMÁS ÉCIJA ha participado en un gran número de congresos gastronómicos como ponente, entre ellos, en varias ediciones de Murcia Gastronómica, y ha representado a la Región en Madrid Fusión, uno de los grandes encuentros gastronómicos del mundo. Habitual en programas de cocina en televisión, y con una cabeza en permanente ebullición, siempre ha buscado aportar a la cocina  regional y a los productos de la rica despensa murciana innovación y creatividad, una actividad por la que ha sido premiado en varias ocasiones.

Y JESÚS ORTEGA, más conocido por El Sordo, es propietario y chef del restaurante El Sordo, de Chicote, un restaurante que el pasado año fue distinguido con el premio al mejor restaurante tradicional de la Región, en la I edición de los Premios de Gastronomía de La Verdad. Cuarta generación al frente de un establecimiento que nació en 1917, El Sordo atesora, pues,  100 años de sapiencia culinaria. Les leo parte del currículum de Jesús, escrito por él mismo: “Ayudante de cocina a muy temprana edad de mi madre y de mi abuela. Trabajo que alternaba con cavar la huerta con una azada de marca La Bellota de muy elevadas prestaciones. También aparejaba la burra todos los días y daba comida a los animales. Aprendí de mis progenitores el oficio de la cocina.. pero, mas que formulas o recetas aprendí a entender como una cosa normal el inmenso e incomprendido sacrificio del trabajo en la hostelería, el cual adquiere tintes épicos por no decir inhumanos”.

Todo lo anterior está muy bien, pero no es lo más importante. Ambos son auténticos apasionados por la cocina,  dos tipos humildes y optimistas, con un gran sentido del humor, que siempre están con la sonrisa en la boca… y yo creo que estas son las verdaderas cualidades de un buen cocinero: ser feliz haciendo felices a sus clientes. Que se ‘conserven’ así muchos años.

 

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La talla del cliente
Pachi Larrosa 10-02-2017 | 8:17 | 0

Si hablamos del sector turístico (alojamiento y restauración, fundamentalmente), ¿qué es la calidad? A esta pregunta (y a un carro de ellas más) contestó esta semana Domenec Biosca, considerado por los profesionales del sector turístico como el mejor experto de gestión y calidad hotelera y turística, asesor de decenas de empresas, algunas entre las grandes de España. y autor de numerosos títulos sobre el tema. Biosca impartió una maratoniana jornada de cuatro horas en el Centro de Cualificación Turística de Murcia, en la primera sesión del ciclo ‘Re-volucionando el turismo’. “La calidad es la talla del cliente”, contestó. Es decir, el servicio al cliente debe ser personalizado, flexible, cambiante según sus necesidades, ajustado a sus características como un buen traje. Y eso solo es posible desde empresas que rompan el viejo concepto de organización basado en departamentos, auténticos compartimentos estancos que se comunican entre sí mediante la burocracia y unos procedimientos de trabajo rígidos e inalterables.  Para Biosca, en un hotel, en un restaurante, en un resort, deba haber equipos y puntos de venta. Equipos intercambiables, permeables a los otros equipos y, sobre todo, sensibles a las necesidades del cliente. El ejemplo del minibar es muy gráfico. Si una persona se aloja de manera frecuente en un mismo hotel y siempre consume del minibar agua mineral y coca colas, por ejemplo, ¿por qué siempre, cuando vuelve al hotel, se encuentra con el minibar lleno de bebidas alcohólicas? Porque la gestión del minibar está protocolarizada, estandarizada y es inmutable.

Domenec Biosca, en el CCT.

¿Por qué, en un restaurante, donde un cliente habitual siempre pide el mismo plato pero deja sin tocar la guarnición, le siguen poniendo esa guarnición? ¿ Cómo es posible que en un bar de un resort, con una cerveza encima de la mesa yo pida unas aceitunas y el camarero vuelva asegurándome que el cocinero le ha dicho que las aceitunas las tiene reservadas para las ensaladas y que no puede ponérmelas sueltas? ¿Por qué es tan difícil en tantos bares y restaurantes que le pongan a uno medias raciones? “La crisis consiste en llegar tarde a los cambios”, talló en piedra Domenec Biosca. Y los cambios que se están produciendo en el mundo por mor de las nuevas tecnologías, están afectando radicalmente al los hábitos de compra y consumo, a las exigencias de los ciudadanos ante un servicio. Al igual que el modelo de  periódico de hace una década no sirve ya, tampoco sirve el modelo de restaurante clásico ni el de la gestión del hotel de hace un lustro. Ya no sirve el “no” al cliente. Este tiene a su alcance u y de manera más inmediata que nunca, mil y una alternativas como para tener que conformarse con esa negativa.

En definitiva, los negocios (su estructura, su gestión, las capacidades de su personal, incluso sus espacios) deben ajustar su talla a la del cliente, que hoy más que nunca, siempre tiene la razón.

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Sobre el autor Pachi Larrosa
Periodista, crítico gastronómico. Miembro de la Academia de Gastronomía de la Región de Murcia. http://gastronomia.laverdad.es/almirez.html

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Pachi Larrosa 18-09-2016 | 15:58 en:
Gastrovin se hace mayor
cosicasclaras 12-09-2016 | 11:47 en:
Gastrovin se hace mayor

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