Ayer, paseando por la calle, escuché a una señora mayor exclamar, entre un grupo de pensionistas: “¡Odio a los ricos!”. Ignoro el contexto de aquella conversación y dónde situaba el umbral de la riqueza, pero me quedé con ganas de preguntarle: ¿por qué odiar a quienes han alcanzado