La Verdad
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Autor: Miguel Rubio
Doce 'joyas' fenicias
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Miguel Rubio | 11-10-2014 | 12:13| 2

Qué mejor escaparate que el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York para mostrar un pedacito de la riqueza arqueológica que atesora la Región. Como ya informamos en ‘La Verdad’, en la Gran Manzana ha desembarcado una selección de piezas fenicias halladas en las excavaciones subacuáticas del Bajo de la Campana (La Manga del Mar Menor) y la playa de La Isla (Mazarrón) para formar parte de la muestra ‘De Asiria a Iberia en los albores de la Época Clásica’, una de las grandes apuestas de la temporada del conocido centro de exposiciones neoyorquino. La relación completa de objetos es la siguiente: el pedestal de un altar de piedra; una pieza de bronce que representa un brazo con una flor de loto; un incensario; el trípode de un mortero de cerámica; varios lingotes de estaño y cobre; pesos de bronce de una balanza; colmillos de elefante con nombre de dioses grabados; un ánfora; un plato cerámico con engobe rojo; un anillo de plata y piedra de jabón, un crisol y, por último, fragmentos de lingote de plomo óxido. Los siete primeros proceden del pecio de La Manga, mientras que el resto pertenece al yacimiento de La Isla, con una antigüedad de 2.600 años. Todos estos objetos pretende acercar al público la historia de este pueblo de buenos comerciantes y mejores navegantes, que surcaban el Mediterráneo a la búsqueda de minerales metálicos y que después eran transformados en artículos de lujo para atender los gustos de las élites de la época.

Pesas de balanza del Bajo de la Campana. / BRUCE WHITE

Las obras procedentes de la Región comparten espacio con otros 250 ‘joyas’ arqueológicas pertenecientes a “las colecciones más relevantes” (según el catálogo de la exposición) de 41 museos de Europa Occidental, el Cáucaso, Oriente Próximo, Note de África y Estados Unidos. Así que la muestra ‘De Asiria a Iberia’ resulta una oportunidad única de cara a promocionar nuestro patrimonio histórico y artístico como uno de los reclamos más poderosos para atraer a turistas interesados por la cultura, y siempre con un poder adquisitivo más elevado.
Lo que sorprende es que desde el Museo Nacional de Arqueología Subacuática de Cartagena, responsable de la cesión de esta selección de piezas, nada se haya dicho de este valioso préstamo. Ni los objetos cedidos, ni en qué condiciones han sido enviados a Nueva York, ni cuándo volverán a la Región, ni por qué esas obras y no otras. Muchos (demasiados) interrogantes. Y ese silencio es todavía más llamativo cuando otros museos españoles que también han hecho aportaciones a la citada exposición del Metropolitano han dado cumplida cuenta de todos esos detalles. Deberían tomar nota para la próxima vez.

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Arquitectura de un pueblo
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Miguel Rubio | 03-10-2014 | 5:14| 2

¿Qué valor tiene la arquitectura popular? ¿Se ha velado por la identidad de nuestros pueblos? ¿Viven los cascos urbanos de las poblaciones más pequeñas de la Región una nueva época? Dos noticias publicadas en los últimos días parecen anunciar que las sensibilidades, al menos, parecen estar cambiando. De una parte, la nueva normativa urbanística que quiere sacar adelante, antes de que acabe el año, el Ayuntamiento de Los Alcázares. Según leo en ‘La Verdad’, incide en la conservación de los edificios singulares que todavía quedan en pie en la localidad marmenorense (algunos firmados por los brillantes Pedro Cerdán y Víctor Beltrí), a la vez que se regula la estética arquitectónica en primera línea de playa, descartando, por ejemplo, los colores chillones, las cubiertas metálicas y los baldosines. De otra parte, en Mazarrón, unos doscientos estudiantes de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Cartagena aportarán, en los próximos tres meses, sus ideas para la renovación urbana.  La experiencia arranca con una visita de los alumnos al municipio, para recorrer desde el paisaje minero de los cerros de San Cristóbal y Los Perules a la urbanización ‘sesentera’ de Ordenación Bahía y las misteriosas gredas de la playa de Bolnuevo. Como cualquier pueblo, Mazarrón tiene su singularidad, que hunde sus raíces en su pasado minero. De ahí, por ejemplo, que conserve dos iglesias de la misma época (siglo XVI) prácticamente una a lado de la otra, símbolo de los dos marqueses que controlaron el negocio del alumbre. Y pocos monumentos más: el castillo de los Vélez, la casa consistorial del siglo XIX, la iglesia de un antiguo convento franciscano y alguna torre vigía. Pero de la arquitectura popular apenas si queda rastro. Las casas tradicionales (de gruesos muros y techos de láguena) desaparecieron a la par que se agotaba la riqueza en forma de plomo y plata. Y otro tanto ocurrió con la mayoría de edificios con más caché. Porque cuando el negocio minero decayó, todo lo que tenía algo de valor (las colañas de los techos, las rejas de las ventanas, los azulejos decorados) se vendió antes de emprender la ‘huida’ hacia un nuevo destino con más futuro. Así que Mazarrón hace tiempo que perdió su personalidad arquitectónica y  ofrece un casco urbano sin identidad ni carácter, deshilachado y desordenado en lo estético.  El Ayuntamiento tiene ahora una oportunidad de oro para aprovechar el torrente de talento y creatividad que esos futuros proyectistas aportarán en los próximos meses. Los resultados se verán después de las vacaciones de Navidad. Será como un gran regalo de reyes. Suerte a todos.

Estudiantes de Arquitectura que realizarán sus proyectos sobre Mazarrón. UPCT

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La Manga idílica de Bonet
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Miguel Rubio | 27-09-2014 | 5:02| 2

La Manga del Mar Menor, el principal reclamo turístico de la Región, perdió la oportunidad de convertirse en un referente de la arquitectura moderna. A principios de la década de los sesenta del pasado siglo, los reconocidos proyectistas Antoni Bonet y Josep Puig Torné recibieron el encargo del promotor Tomás Maestre de redactar la planificación urbana de esta lengua de arena, de 20 kilómetros de longitud, por entonces un paisaje virgen adornado de dunas. La maquinaria se había puesto en marcha unos años antes, con el plan del ministro Manuel Fraga para convertir el sector turístico en la principal industria del país, dando el salto de las vacaciones tradicionales al turismo de masas.

Obras de construcción del edificio Hexagonal, de Bonet, en La Manga.

Sorprende que sesenta años después, el proyecto de Bonet y Puig siga de plena actualidad, acorde a los vientos que soplan ahora en la arquitectura y el urbanismo. Porque su diseño de La Manga tenía en cuenta no solo el respeto a los valores naturales de este paraje único, sino, además, su “sostenibilidad económica”, como recuerdan en un interesante artículo los arquitectos y profesores de la Politécnica José María López Martínez y Edith Aroca Vicente. La propuesta de Bonet y Puig consistía en concentrar las intervenciones arquitectónicas con el fin de conservar intacto el máximo posible de terreno virgen. Para que la operación fuera rentable, la construcción sería en altura. El desarrollo se basaba en unidades turísticas independientes  y suficientemente separadas unas de otras para permitir a los turistas disfrutar del bucólico paisaje. El plan inicial, según recoge el citado artículo, incluía una carretera de 32 metros de ancho, un helipuerto, una plaza de toros, doce núcleos de atracción turística, dos pueblos de pescadores (El Estacio y El Pedrucho) y 26 hoteles. El resto de la historia es conocida por todos. “La impaciencia de los promotores hizo que el proyecto se densificara”, recuerdan Aroca y López Martínez, Y añaden: “La promoción de la segunda residencia no garantizaba la sostenibilidad del modelo, pero suponía ingresos rápidos”. En fin, la fábula de la gallina de los huevos de oro.

Sin embargo, de aquel sueño truncado algo queda. Bonet (que trabajó en el estudio parisino de Le Corbousier, conoció de primera mano la efervescencia de las vanguardias artísticas y que destacó también en el diseño con su famoso sillón BKF)  dejó en La Manga varios edificios que son todo un símbolo del Movimiento Moderno. A saber: el Conjunto Hexagonal, el club náutico Dos Mares, el edificio Babilonia, los apartamentos Maralet y el bloque de bungalós de la salida número 32. La pena es que la mayoría de estas construcciones están irreconocibles, una prueba más del poco aprecio hacia una arquitectura tan cercana en el tiempo como relevante. Cabe preguntarse si la protección que le otorga el plan urbano de Cartagena no llega demasiado tarde.

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¿Necesita Belluga esos 'perifollos'?
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Miguel Rubio | 23-07-2014 | 11:09| 2

Soy de los que piensan que la plaza del Cardenal Belluga, en el corazón de Murcia, no requiere de adornos postizos; que un entorno así, enmarcado por la fachada barroca de la Catedral, el colorido del Palacio Episcopal y la moderna sencillez del anexo de Rafael Moneo, no necesita nada más. Así lo entendió en su día el famoso arquitecto navarro cuando remodeló este espacio urbano, limpiándolo de elementos (trasladó la fuente, quitó una fila de naranjos y eliminó el parterre central) para que los edificios de alrededor se convirtieran en los auténticos protagonistas. Por eso me resulta difícil de comprender que la concejal de Calidad Urbana, Ana Martínez Vidal, atendiendo -dice- a una petición de los hosteleros de la zona, accediera a colocar esos ocho macetones de hierro fundido para “decorar” la mejor plaza de Murcia. No dudo de que lo hizo con la mejor intención, pero creo que se equivocó. Distorsionan el entorno; actúan como interferencias; chirrían en este marco incomparable. Quizás en otra plaza de la ciudad servirían de ornamento, pero aquí se quedan en perifollos. ¿Pecó Martínez Vidal de falta de sensibilidad? No lo sé. Aunque sí que perdió una oportunidad de oro para explicar a esos empresarios el privilegio de tener sus establecimientos en ese entorno tan monumental.

Uno de los maceteros, con el edificio Moneo al fondo.

Tampoco me cabe en la cabeza que todavía hoy (los maceteros se colocaron la pasada navidad) la Dirección General de Bienes Culturales no haya dicho ni mu, cuando estamos hablando de un espacio emblemático (y puede que hasta protegido) del casco histórico. Me parece un silencio cómplice, que en nada ayuda a la conservación y puesta en valor de nuestro patrimonio. Y todavía lo considero más grave porque para colocar esos pesados mazacotes sobre sus peanas hubo que atornillarlos, agujereando un pavimento de mármol travertino y basalto que a los murcianos nos salió por un ojo de la cara. Por si no fuera suficiente, me pareció ver que el riego de las plantas que se abrasan estos días dentro de esos búcaros de hierro están dejando manchas de cal en el flamante suelo.
En fin. Me gustaría conocer qué opinan de esta decoración urbana los arquitectos, los historiadores del arte, incluso los guías de turismo. Supongo que habrá gustos para todo. Pero me duele que el ornato de nuestras calles y plazas emblemáticas lo decidan solo los hosteleros, que, por ciento, también tienen derecho a dar su parecer, porque todos vivimos en la misma ciudad. Y me molesta, especialmente, pasear por esta Murcia que cada vez se parece más a un decorado barato de parque temático.

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'Lifting' al edificio del Banco Vitalicio
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Miguel Rubio | 18-07-2014 | 8:35| 2

A punto de soplar las velas por su medio siglo de existencia (en 2015 se cumplirán 50 años del inicio de las obras de construcción), el edificio del Banco Vitalicio, dominando la plaza de la Fuensanta de Murcia, está siendo sometido estos días a una profunda y llamativa restauración de su fachada. La imponente torre de hormigón armado forma parte del ensanche norte que experimentó la capital murciana con la apertura de la Gran Vía, a partir de la década de los años cincuenta, y figura en el catálogo de la Fundación Docomomo entre las construcciones más singulares del siglo XX. Cuenta el yeclano José Daniel Navarro, arquitecto técnico y bloguero, que se trata de uno de los primeros proyectos que realizaron en colaboración Antonio Escario Martínez, José Antonio Vidal Beneyto y José Luis Vives Ferrero. A éste le siguieron otros, principalmente edificios de “viviendas burguesas” en la nueva Valencia de los setenta.

Fachada del edificio del Banco Vitalicio, en la plaza la Fuensanta. / NACHO GARCÍA

El ‘lifting facial’ al Banco Vitalicio viene a colocar la lupa sobre el patrimonio arquitectónico moderno que atesora Murcia y que pasa desapercibido pese a su relevancia. Así que no estaría de más que el Ayuntamiento o la Consejería pusieran en valor estos edificios incluyéndolos, al menos, en alguna guía o en una ruta turística. Desde luego, el ‘buque insignia’ es el Anexo del Consistorio (1999) que diseñó Rafael Moneo, incluido entre las 757 mejores construcciones del siglo XX de todo el mundo.  Pero hay otros inmuebles contemporáneos frente a los que conviene detenerse, aunque solo sea para echar un vistazo. Por ejemplo, dicen los entendidos que la Consejería de Sanidad (Ronda de Levante, 11), obra de Enrique Sancho Ruano, de 1961, integra con maestría las funciones docente, asistencial y administrativa. Otra sede oficial en la que habría que fijarse es la Delegación de Gobierno (1954), de Prieto Moreno, que como restaurador de la Alhambra dejó su sello personal en la cerrajería. Y tres bloques de viviendas que no hay que perderse: ‘El acorazado’ (plaza de Santo Domingo, 12) y el inmueble de Trapería, 3, ambos del año 1934 y obra de José Luis de León-Díaz Capilla; y el edificio Coy (1935), calle Madre de Dios, 16, de Gaspar Blein Zarazaga. Del arquitecto Pan da Torre, el inventario de la Fundación Docomomo recoge los colegios Maristas la Fuensanta (1964), en la avenida Juan de Borbón, y el colegio Monteagudo (1965). Por último, si pasa por la carretera de Alicante, casi a la altura de Monteagudo queda la Central Lechera Murciana (1964), de Daniel Carbonell Ruiz. Ahora las naves están abandonadas pero en su día simbolizaron la industrialización que en los sesenta vivió Murcia.

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Sobre el autor Miguel Rubio
Mazarrón, 1967. Periodista de 'La Verdad' y guía oficial de turismo.

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