La Verdad

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Autor: Miguel Rubio
Un BIC en paradero desconocido
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Miguel Rubio | 10-12-2016 | 10:30| 2

Las esculturas de la villa romana de Los Cantos (Bullas), recuperadas por la Guardia Civil y depositadas en el Museo Arqueológico de Murcia a la espera de lo que dicte un juez de Mula, ya cuentan con la máxima protección, como Bien de Interés Cultural (BIC). Lo curioso del caso es que esa misma declaración también afecta a una cuarta pieza, del citado yacimiento, que sigue en paradero desconocido. De esta forma, la Consejería blinda especialmente esta obra, conocida como ‘Niño de las Uvas’, con el fin de dificultar su venta en el mercado negro, y a la espera de que la investigación que prosigue el Instituto Armado para su localización arroje nuevos resultados. El conjunto escultórico de Los Cantos fue hallado entre los años 1905 y 1909 en el transcurso de los trabajos de excavación realizados por el párroco Juan Bautista Molina. Desde entonces, las piezas habían permanecido desaparecidas, y solo se tenía constancia de ellas por unas fotografías antiguas.
La resolución con la incoación de la declaración de bien cultural apareció publicada el pasado 9 de diciembre en el Boletín Oficial de la Región de Murcia (Borm). Desde ese día, la protección está plenamente vigente. La propia Consejería ha difundido nuevas instantáneas, que constatan la “excepcional conservación” de estas obras, aunque a una de ellas le falta la cabeza. De hecho, las labores de conservación se limitarán a una simple limpieza.

Las tres esculturas de Los Cantos. / CARM

El expediente publicado en el boletín oficial destaca que las cuatro esculturas-fuente (estaban preparadas para ese uso recreativo) “disponen de una notable coherencia arqueológica, estilística, funcional y cronológica. Formaban parte del mismo programa ornamental del área doméstica de la villa de Los Cantos, y por tanto conforman un conjunto único e indivisible”. Añade la resolución que constituye “un excelente exponente de la plástica provincial de época romana en nuestra región y tiene un extraordinario valor para la investigación, pues son testimonio del modo de vida y de la ideología de sus antiguos posesores y del modo social que lo sostenía”.
Todo ese valor se convertirá en un nuevo atractivo para Bullas. Porque las esculturas regresarán a su lugar de origen, según el compromiso expresado por la Consejería de Cultura. Aún no hay fecha para la devolución, que se plantea “a medio plazo”. Cuando se produzca volverá el debate acerca de la reivindicación que mantienen varios municipios para recuperar obras de arte halladas en sus territorios pero que se exponen fueran de sus fronteras.

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“La arquitectura debe dar felicidad”
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Miguel Rubio | 04-12-2016 | 11:29| 2

Con 86 años, sigue creando. Vitalista, viajero y taurino (“mi padre, que era cirujano, salvó una vez a Manolete”), el arquitecto y pintor Fernando Garrido Rodríguez (Linares, Jaén, 1930) se declara agradecido y emocionado por la exposición que le rinde homenaje, en la sede del Coamu, en Murcia, por su aportación a la modernización de la Región en los años 60 y 70. Un ejemplo: miles de escolares (yo soy uno de ellos) han cursado sus estudios en un prototipo de colegio de EGB que él diseñó; de líneas sencillas, abundante luz natural y fácil y rápido de construir. Se levantaron varias unidades en distintos municipios; por citar uno, el Francisco Caparrós de Mazarrón. Como se puede comprobar en la muestra, todavía hoy, cincuenta años después, algunos de sus proyectos mantienen un toque futurista. Uno de ellos, la estación de autobuses que se iba a levantar en la murciana plaza Circular: una torre redonda con oficinas, hotel y dos pistas para el fácil acceso de los vehículos de pasajeros. Otras ideas sí se materializaron, como la iglesia de los Salesianos de Cabezo de Torres, el colegio Salzillo de Espinardo, la escuela de artes y oficios de Murcia, el club náutico de Santiago de la Ribera, varios edificios de viviendas en Murcia y San Javier, las oficinas del Banco Popular de Cartagena y La Manga y el chalé del ministro Cotorruelo (La Manga), entre otros muchos. Garrido, vinculado a Murcia por su matrimonio con María Artiñano de la Cierva, llegó a la Región en pleno ‘boom’ del desarrollismo que promovieron los tecnócratas en los últimos años del franquismo. Así que le llovieron los proyectos. “Nunca he buscado trabajo; todo me ha venido”, declara a ‘La Verdad’. Aunque tiene una espina clavada: “Echo de menos no haber diseñado una plaza de toros”.
Para Fernando Garrido, que en 1968 recibió el Premio Nacional de Arquitectura por su escuela de artes de Algeciras con forma de caracola, su oficio “debe dar felicidad”. Así que su mayor recompensa es que sus clientes, al cabo del tiempo, le digan: “En tu casa he sido feliz”.
Mirando atrás recuerda que, cuando se ponía manos a la obra, su objetivo era “una renovación total, pensado siempre en el confort de los futuros usuarios de ese edificio”, Y detalla que a la hora de redactar un proyecto lo primero que tenía en cuenta era “el solar, el paisaje y el clima”. “La verdad es que, viendo ahora esas obras, pienso lo mismo que una vez dijo mi amigo José Planes al detenerse a contemplar una de sus esculturas. ‘No creía que lo hacía tan bien'”, comenta el arquitecto.
Lamenta que durante los años del ‘boom’ se construyeron “barbaridades”, y teme que en el futuro se abuse de lo prefabricado. Considera que con La Manga, la Región perdió una oportunidad. “Se urbanizó sin orden alguno. Ahora ya es tarde; es imposible dar una solución”.
Fernando Garrido no para. Lo último que ha llevado al papel es un proyecto ornamental, para el que ya tiene mecenas que lo financien. Me pide que no lo desvele. Lo único que puede decir es que no dejará indiferente a nadie.

[El autor de las fotos es Fernando M. García, comisario de la exposición junto con Edtih Aroca y José María López]

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Una imagen 123 años después
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Miguel Rubio | 30-11-2016 | 12:39| 2

El accidente más trágico en los distritos mineros de la Región ocurrió en Mazarrón, el 16 de febrero de 1893. Del siniestro, que segó la vida de 28 operarios por un escape de grisú, no había imágenes. Hasta ahora, cuando el antropólogo y cronista oficial de Mazarrón, Mariano Guillén Riquelme, deja constancia gráfica de cómo fue aquel triste suceso. La obra –en grafito, tinta y acuarela– muestra el momento en el que las víctimas son sacadas del pozo, y forma parte de la exposición ‘Mazarrón: historia imaginada’ que el investigador y académico de la Real de Alfonso X el Sabio muestra hasta finales de enero en las Casas Consistoriales.
Desde el rigor científico y apoyado en sus dos décadas de estudios sobre el pasado del municipio, Guillén ha dedicado dos años de trabajo a esta colección, compuesta por dieciocho láminas con una selección de momentos históricos de la localidad. Ahí están, por ejemplo, la construcción del ferrocarril (1882), por una concesión del rey Alfonso XII, para dar salida por mar al mineral. O la huelga del 1 de mayo de 1890 para reivindicar la jornada laboral de ocho horas y un aumento del 25% en los sueldos. También, la inauguración de las Casas Consistoriales (1892), ejemplo del empuje industrial que vivió el pueblo; la proclamación de la II República, con el izado de la bandera tricolor a cargo del presidente de la Junta Revolucionaria, el notario Félix Pablo Gudín, «entre una multitud enardecida de entusiasmos»; y el saqueo de la iglesia del convento de la Purísima, a los pocos días de la sublevación militar de 1936, que acabó con la quema de la mayoría de las tallas religiosas en la misma puerta del templo patronal.

Accidente en la mina 'Impensada'. / MARIANO C. GUILLÉN RIQUELME

Accidente en la mina 'Impensada'. / MARIANO C. GUILLÉN RIQUELME

Cada lámina se acompaña de un pequeño texto que explica la ilustración, para de esta formar realizar un singular y ameno recorrido por la historia del municipio desde sus orígenes. Para el director del certamen Fotogenio, Juan Sánchez Calventus, la muestra «nos regala un torrente de información visual a los amantes del arte, la fotografía y la hitoria», según explica en el catálogo de la exposición.

La propuesta cultural, que se puede visitar hasta el 28 de enero, es doble, ya que se completa con otras creaciones del cronista oficial. Porque en el sótano del edificio consistorial, Mariano Guillén expone una retrospectiva de su obra, desde los carteles que realizó para anunciar los carnavales hasta cuadros que hoy día pertenecen a colecciones privadas. Como pintor y dibujante, Guillén ha llevado a cabo tres exposiciones patrocinadas por el Ayuntamiento, dos de ellas ubicadas en el salón de actos de la Universidad Popular y una tercera en la iglesia de San Andrés. Fue, además, cofundador del grupo de artes plásticas Almagra, y en 1997 impulsó el certamen de pintura al aire libre ‘Memorial Domingo Valdivieso’, que aún hoy se sigue celebrando. Dos de sus cuadros decoran sendos espacios cargados de historia: el Salón de Plenos, con un retrato de Juan Carlos I, y el altar mayor del convento, con una escena del Milagro de la Purísima.

[La muestra podrá verse hasta el 28 de enero. El horario de visitas será las mañanas de lunes a sábado de 10 a 14 horas y las tardes de martes a viernes de 17 a 20  horas.  La sala permanecerá cerrada los días 8 y 26 de diciembre, 2 y 6 de enero]

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El futuro llegó con Garrido
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Miguel Rubio | 28-11-2016 | 2:13| 2

A mediados de la década de los 60 del siglo XX, todo estaba por hacer. El país trataba de sacudirse los años grises y las estrecheces de la autarquía impuesta por el régimen de Franco. En la sociedad empezaba a aflorar una necesidad de cambio, de pasar esa página oscura, y la Región, pese al lastre de su provincianismo, no escapó al fenómeno. Una exposición (que se podrá visitar durante todo el mes de diciembre en el Colegio de Arquitectos de Murcia) retrocede medio siglo en el tiempo con el fin de recuperar una parte de esa historia de la mano del proyectista Fernando Garrido Rodríguez (Linares, Jaén, 1930), que aportó su grano de arena para que Murcia también se asomara a la modernidad.
Aunque jienense de cuna, Garrido Rodríguez montó estudio en la capital murciana nada más acabar sus estudios en Madrid, en 1960. Su matrimonio con María Artiñano de la Cierva, biznieta del ministro Juan de la Cierva Peñafiel y actual camarera de la Virgen de la Fuensanta, le trajo hasta la Región, y, también, le abrió puertas. El ‘boom’ del desarrollismo, impulsado por los tecnócratas de la dictadura, le sonrió. En la Región, entonces, eran pocos los arquitectos (él se colegió con el número 6) y los proyectos llovieron en su despacho. Fernando Garrido diseñó viviendas, centros educativos, equipamientos recreativos, chalés, sedes bancarias, iglesias y conventos.
No todos se ejecutaron. Sobre el papel quedaron, por ejemplo, la futurista estación de autobuses de Murcia, que se iba a levantar en la actual sede de Aguas de Murcia, en la Redonda, y que incluía una torre circular para un hotel y oficinas. El mismo destino corrió el llamado edificio Guisante, también en la capital murciana, por la decoración de su fachada con semicírculos. Y otro tanto sucedió con el parador turístico de la batería de San Leandro, en Cartagena. Los tres proyectos se podrán contemplar en la muestra.
La exposición, titulada ‘De la relación entre el arte y la arquitectura, entre los sentidos y la razón’, repasa una década de trabajos de Garrido, entre 1964 y 1974, su etapa más fecunda e innovadora en la Región, según afirma el arquitecto y profesor de la UPCT José María López, comisario de esta propuesta cultural junto a los también proyectistas y docentes Edith Aroca y Fernando García Martín. Los tres han contado con la colaboración del equipo de alumnos de Arquitectura That Mess.
La selección incluye 25 obras. Entre ellas, tres encargos llegados de fuera de las fronteras de la Región: la Casa Sindical de Linares, el proyecto de una iglesia en Calpe y la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios de Algeciras, con su famosa forma de caracola para salvar el desnivel del terreno, que le valió el Premio Nacional de Arquitectura en 1968.

Iglesia del colegio de los Salesianos, en Cabezo de Torres. / F. M. García

El espectador quizás se vea sorprendido porque algunos de los diseños expuestos son de sobra conocidos, aunque no se les preste mayor atención. Ahí están los conventos de Algezares (La Fuensanta) y de Las Antonias (Murcia), la Casa del Agua de Santomera, el club náutico de Santiago de la Ribera, la iglesia de los Salesianos de Cabezo de Torres y dos oficinas de Banco Popular en Cartagena y La Manga. También, varios bloques de viviendas en La Ribera (Sol y Mar, y Paz y Cristina) y Murcia (ConVer, Centro, y Naranjas y Limones, al que el Tío Pencho le dedicó una de sus viñetas), además del chalé del ministro Cotorruelo (hoy convertido en el club Collados Beach de La Manga). Capítulo aparte merecen sus centros educativos: la Escuela de Artes de Murcia, el colegio Salzillo de Espinardo, el centro de educación especial de Cabezo de Torres y un prototipo de colegio de EGB de 1971, que las crónicas definieron como «alegre y moderno», del que se levantaron varias unidades en la Región (por ejemplo, el Francisco Caparrós de Mazarrón).
En su obra tanto pesan los sentidos como la razón, según la visión personal del arquitecto. Y en sus edificios domina ese lenguaje contemporáneo que viene definido por las líneas puras, el uso de nuevos materiales y el empleo al máximo de la luz natural. Sus diseños tratan de empaparse del entorno, como el club náutico de la Ribera, que simula un ‘superyate’ saliendo a navegar. O el chalé Cotorruelo, con esa bóveda de cemento a modo de una jaima anclada a la arena. Para José María López, Garrido «deja atrás el racionalismo ortodoxo para caminar hacia una arquitectura más figurativa y personal».
La muestra se acompaña de fotografías, bocetos, pinturas y recortes de prensa, entre otros materiales. Y, además, doce arquitectos colaboran con textos donde describen los edificios más relevantes del homenajeado. También se detiene la exposición en los detalles. Garrido, que se desenvuelve con soltura en el arte de la pintura, diseñó las vidrieras y los sagrarios de algunos de sus templos. Como sus coetáneos, cuidó de que las bellas artes de la época completarán su arquitectura.
La muestra, que forma parte de la línea de investigación de López y Aroca, es una continuación de otra anterior que se centró en otro arquitecto de la época, Enrique Sancho Ruano, autor del complejo residencial de Espinardo (protegido ahora por Cultura), la iglesia parroquial de Barranda y la Consejería de Sanidad, entre otras obras de interés. Aquella y esta son una llamada de atención para reivindicar la importación del patrimonio moderno, tan desconocido y, muchas veces, maltratado.

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Murcia, año 1266
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Miguel Rubio | 16-10-2016 | 3:58| 2

En su último trabajo publicado, los investigadores murcianos Julio Navarro y Pedro Jiménez, de la Escuela de Estudios Árabes-CSIC, proponen un interesante viaje al pasado. Activan el interruptor de la máquina del tiempo para trasladar a los amantes de la Historia casi ocho siglos atrás, con el propósito de que perciban la misma Murcia que se encontró el Rey Sabio tras la conquista cristiana de la ciudad. El medio centenar de páginas de ‘Murcia, la ciudad andalusí que contempló Alfonxo X’, una obra editada por Cafés Salzillo con motivo del 750 aniversario del Concejo, se leen de un tirón y, lo mejor, despiertan la imaginación para hacer un recorrido por una urbe llena de vida y “en pleno esplendor”, como indican los autores.
La publicación sumerge al lector en una Murcia conocida y cercana, pero, a la vez, muy distinta. Allí donde se ubica la Catedral estaba la mezquita mayor o congregacional, lugar de culto para el sermón de los viernes, aunque, también, sede del tribunal de justicia del cadí y academia para impartir ciencias legales y religiosas. No era la única. A finales del siglo XIII se levantaban en Murcia veinte mezquitas de barrio. En el mismo lugar en que hoy se alza un campanario, casi seguro que entonces había un oratorio musulmán.
Dominando la urbe, el alcázar, en la esquina de Teniente Flomesta y Ceballos, lugar de residencia del gobernante de turno. Y a su pies, en el actual barrio de San Juan, “50 tahúllas de tierra de cultivo para su sostenimiento”. Cuentan estos dos estudiosos que la ciudadela tendría varios recintos intercomunicados, a lo largo de la fachada del Segura, ahora ocupados por el Palacio Episcopal, el seminario de San Fulgencio y la Glorieta.

Arrabal del Arrixaca, descubierto en San Esteban. F. Manzanera

Aquella Murcia era una ciudad bien protegida. Un cinturón defensivo, formado por una antemuralla, un foso y una muralla, envolvía la medina: el principal núcleo residencial, que ocupaba 38 hectáreas. La actividad bullía, sobre todo, en el eje de Puerta de Orihuela-San Pedro, donde estaba el zoco, un mercado lineal compuesto por tiendas y talleres artesanales “de planta rectangular, estrecha y profunda, con un vano que servía de puerta y mostrado”. Y salpicando el entramado de calles, saturadas y más bien estrechas, los baños públicos (el último en desaparecer, el de la calle Madre de Dios) con sus tres zonas bien delimitadas: una seca, otra húmeda y la de servicios.
Este recorrido no estaría completo sin una parada en el Alcázar Seguir, hoy Santa Clara, un conjunto palaciego que ocupaba desde el Teatro Circo hasta el callejón de la Aurora. Y, por último, aunque no menos importante, los arrabales, espacios residenciales en la periferia. El más conocido (por el descubrimiento de San Esteban), el Arrixaca, donde vivían, entre otros, los mercaderes genoveses, pisanos y sicilianos. Y otros dos no lo son tanto: el Alharilla (en El Carmen) y el arrabal Las Callejuelas (en San Antón).
‘Murcia, la ciudad andalusí que contempló Alfonso X’ (un entretenido y documentado trabajo de divulgación de Navarro y Jiménez y un acierto de la iniciativa privada) viene a poner la lupa en un patrimonio que espera su puesta en valor. Los responsables deberían tomar nota.

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Sobre el autor Miguel Rubio
Mazarrón, 1967. Periodista de 'La Verdad' y guía oficial de turismo.

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