La Verdad

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Autor: Miguel Rubio
Murcia, año 1266
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Miguel Rubio | 16-10-2016 | 3:58| 2

En su último trabajo publicado, los investigadores murcianos Julio Navarro y Pedro Jiménez, de la Escuela de Estudios Árabes-CSIC, proponen un interesante viaje al pasado. Activan el interruptor de la máquina del tiempo para trasladar a los amantes de la Historia casi ocho siglos atrás, con el propósito de que perciban la misma Murcia que se encontró el Rey Sabio tras la conquista cristiana de la ciudad. El medio centenar de páginas de ‘Murcia, la ciudad andalusí que contempló Alfonxo X’, una obra editada por Cafés Salzillo con motivo del 750 aniversario del Concejo, se leen de un tirón y, lo mejor, despiertan la imaginación para hacer un recorrido por una urbe llena de vida y “en pleno esplendor”, como indican los autores.
La publicación sumerge al lector en una Murcia conocida y cercana, pero, a la vez, muy distinta. Allí donde se ubica la Catedral estaba la mezquita mayor o congregacional, lugar de culto para el sermón de los viernes, aunque, también, sede del tribunal de justicia del cadí y academia para impartir ciencias legales y religiosas. No era la única. A finales del siglo XIII se levantaban en Murcia veinte mezquitas de barrio. En el mismo lugar en que hoy se alza un campanario, casi seguro que entonces había un oratorio musulmán.
Dominando la urbe, el alcázar, en la esquina de Teniente Flomesta y Ceballos, lugar de residencia del gobernante de turno. Y a su pies, en el actual barrio de San Juan, “50 tahúllas de tierra de cultivo para su sostenimiento”. Cuentan estos dos estudiosos que la ciudadela tendría varios recintos intercomunicados, a lo largo de la fachada del Segura, ahora ocupados por el Palacio Episcopal, el seminario de San Fulgencio y la Glorieta.

Arrabal del Arrixaca, descubierto en San Esteban. F. Manzanera

Aquella Murcia era una ciudad bien protegida. Un cinturón defensivo, formado por una antemuralla, un foso y una muralla, envolvía la medina: el principal núcleo residencial, que ocupaba 38 hectáreas. La actividad bullía, sobre todo, en el eje de Puerta de Orihuela-San Pedro, donde estaba el zoco, un mercado lineal compuesto por tiendas y talleres artesanales “de planta rectangular, estrecha y profunda, con un vano que servía de puerta y mostrado”. Y salpicando el entramado de calles, saturadas y más bien estrechas, los baños públicos (el último en desaparecer, el de la calle Madre de Dios) con sus tres zonas bien delimitadas: una seca, otra húmeda y la de servicios.
Este recorrido no estaría completo sin una parada en el Alcázar Seguir, hoy Santa Clara, un conjunto palaciego que ocupaba desde el Teatro Circo hasta el callejón de la Aurora. Y, por último, aunque no menos importante, los arrabales, espacios residenciales en la periferia. El más conocido (por el descubrimiento de San Esteban), el Arrixaca, donde vivían, entre otros, los mercaderes genoveses, pisanos y sicilianos. Y otros dos no lo son tanto: el Alharilla (en El Carmen) y el arrabal Las Callejuelas (en San Antón).
‘Murcia, la ciudad andalusí que contempló Alfonso X’ (un entretenido y documentado trabajo de divulgación de Navarro y Jiménez y un acierto de la iniciativa privada) viene a poner la lupa en un patrimonio que espera su puesta en valor. Los responsables deberían tomar nota.

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10.000
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Miguel Rubio | 12-10-2016 | 2:53| 2

La próxima reunión de la comisión del barco fenicio de Mazarrón (convocada para el 21 de octubre) se presenta decisiva para el futuro del proyecto de puesta en valor del pecio de La Isla. Será en este encuentro donde las distintas administraciones implicadas deberán poner sus cartas boca arriba y demostrar que su compromiso con los trabajos de extracción, restauración y musealización de la nave, del siglo VII antes de Cristo, es firme y real. En otras palabras: que lo anunciado en anteriores reuniones no era un farol.
Sin embargo, el secretismo que envuelve a la convocatoria no hace presagiar nada bueno. Para empezar, hay dudas de que la Demarcación de Costas del Estado tenga listo el informe técnico que desvelará si la embarcación corre algún tipo de peligro por la imparable degradación que sufre la playa donde está hundida. Todo el proyecto de puesta en valor parece supeditado a este estudio. Porque la urgencia que determine debe marcar el inicio de los trabajos. En cualquier caso, Costas ya dijo que hasta 2018 no estaba previsto comenzar las labores de regeneración de La Isla, en las que se incluirían la recuperación del barco fenicio. Ese anuncio ya supuso un jarro de agua fría, porque la comisión de seguimiento había previsto empezar en junio de 2017.
Y el Ayuntamiento de Mazarrón ¿ha hecho su parte de los deberes que asumió en febrero pasado? A la reunión ha de llevar una propuesta acerca de dónde se levantará el museo que acogerá el pecio restaurado. Sin embargo, hasta ahora poco (o nada)  ha concretado, salvo que el futuro espacio museístico se localizará en las inmediaciones del yacimiento arqueológico.

Dos arqueólogos supervisan el estado de conservación del pecio de La Isla. / Arqua

En cuanto a la Consejería de Cultura, ya dimos cuenta en ‘La Verdad’ de que había liberado 10.000 euros para iniciar las prospecciones del yacimiento, unas labores previas antes de la excavación y extracción del pecio. No es mucho dinero, pero tiene una carga simbólica porque por primera vez una de las Administraciones implicadas asigna una partida económica para el proyecto del barco fenicio. Esta apuesta deberá confirmarse en los próximos presupuestos regionales.
Y así estamos veinte años después del hallazgo fenicio de La Isla.

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“¿Cuándo han corrido buenos tiempos en el arte?”
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Miguel Rubio | 26-09-2016 | 5:53| 2

Su visión del arte se aleja de representaciones, explicaciones y lenguajes. Pedro Zamora Serna (Cartagena, 1995), desembarca en Verbo Estudio (calle Verónicas, 10, Murcia) con “Humano”, su tercera exposición individual, una selección de seis obras no figurativas sobre la belleza visual del gesto, que pueden contemplarse hasta el 7 de octubre. Pendiente de iniciar sus estudios de Bellas Artes, tras examinarse en la última Selectividad de la historia, el pintor recuerda a sus primeros maestros, Alfonso Romero y David Galián. A este último “le debo casi todo mi compromiso y conocimiento artístico”, afirma. Considera que “hay poco mercado” para los jóvenes creadores. Ahora busca la madurez, mientras encaja con soltura las críticas.

El pintor cartagenero Pedro Zamora. / A. DURÁN

–Con solo 21 años, “Humano” es su tercera exposición individual. Empieza fuerte.
–Aquí, el que no corre, vuela; he tenido la suerte de exponer mi trabajo a medida que evolucionaba.
–¿Qué reflexión plantea con esta muestra en Verbo Estudio? ¿Qué fibras espera tocar del espectador?
–Intento mostrar la belleza visual del gesto humano, sin ningún trasfondo o explicación pseudofilosófica.
–¿Teme que su obra pueda no ser entendida por el público?
–Siendo sincero, lo que realmente temo es que el público anteponga entenderla a disfrutarla.
–¿Cómo es su proceso creativo? ¿Cómo surgen sus obras?
–Mi proceso creativo es sencillo: salgo con mis amigos, leo, veo películas… Las cosas que te pasan día a día son el proceso. Luego es ponerse frente al lienzo y pintar.
–¿Y lo hace todos los días?
–Todos los días que puedo, aunque solamente sea para entrenar la mano. Si tengo tiempo libre, puedo dedicarle a la pintura unas cuatro o cinco horas diarias.
–¿Ofrece la Región oportunidades para los jóvenes creadores?
–Hay oportunidades para darse a conocer, pero hay muy poco mercado, y más concretamente para los jóvenes creadores.
–¿Cuál ha sido la mejor crítica que ha recibido?
–Es justo que recuerde la mejor y la peor. La mejor es un comentario en Youtube en el vídeo de presentación de mi ultima exposición: “Debería haberse llamado Blanco Lacoste, o mejor, Blanco Mierda”. Las peores, el típico “amor de abuela” [ríe]
–¿Corren buenos tiempos para el arte?
–¿Cuándo han corrido buenos tiempos en el arte? Todos los artistas en todas las épocas piensan que la suya es la peor en la historia del arte.
–¿Qué pretende con su pintura? ¿A dónde le gustaría llegar?
–En realidad, lo que pretendo es seguir haciendo lo único que sé hacer durante el máximo tiempo posible. Mi única pretensión es pintar. Es a lo que me quiero dedicar siempre, porque, además, es lo que sé hacer. Personalmente entiendo mi obra como un proceso constante de búsqueda y madurez, y no como una sucesión de proyectos que debo llevar a cabo.
–¿Qué puede aportar el arte en estos tiempos deshumanizados y confusos?
–Posiblemente más confusión, pero deshumanización, nunca. El arte es lo que verdaderamente reafirma el ego humano. Desde el Renacimiento no hay nada que le guste más a nuestra razón que ella misma y sus frutos.

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Abrir las puertas de la arquitectura moderna
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Miguel Rubio | 21-09-2016 | 6:53| 2

El tiempo dirá si la protección del conjunto residencial de Espinardo (1972), del arquitecto Enrique Sancho Ruano, se queda en un gesto de cara a la galería por parte de la Consejería de Cultura. O si, por el contrario, existe un verdadero interés de los responsables de Patrimonio Histórico por abordar, de una vez, la catalogación y conservación de la arquitectura moderna, una asignatura pendiente de la Región. A la espera de que la lista de bienes inventariados se vaya ampliando con más construcciones (que las hay), parece justo reconocer la dedicación de quien ha trabajado por el reconocimiento del patrimonio del siglo XX, olvidado pese a su cercanía en el tiempo. Y si la protección del denominado complejo Francisco Franco (un buen ejemplo de la edificación más innovadora de los últimos años de la dictadura) supone hoy una realidad, se debe al interés y el buen tino de la investigadora María de los Ángeles Muñoz Cosme, quien hace dos años elevó a la Consejería una propuesta para la protección de la iglesia que existe en el recinto de los Altos de Espinardo, argumentando que en su fachada existe un conjunto escultórico del murciano Francisco Toledo Sánchez. La respuesta de Cultura a esa iniciativa fue un ‘no’. Pero se mostró sensible, no cerró del todo la puerta y planteó una posible catalogación de los edificios en su conjunto. Eso es lo que se ha materializado ahora, a través de la figura de bien inventariado, un expediente en el que ha trabajado durante meses el historiador del arte de la Consejería José Francisco López Martínez.
“Me alegro de que mi solicitud haya tenido un efecto mayor del pretendido en un principio”, comenta Muñoz Cosme a través del correo electrónico, a la vez que espera que el conjunto “sea dotado de actividad, evitando su deterioro irremediable”. Desde luego, ese debería ser el siguiente paso. Porque, por desgracia y aunque suene contradictorio, el abandono y los consiguientes daños que acarrea son compatibles con la protección de Cultura. La Región está llena de casos que así lo demuestran. El recinto que diseñó Sancho Ruano ya presenta algunos achaques, como consecuencia de la falta de uso. Pero, en general, se conserva en un aceptable estado, como pudo comprobar ‘La Verdad’ en una visita, de la que se muestran en este artículo varias fotografías de Vicente Vicéns. En ese recorrido también participó el arquitecto y profesor de la UPCT José María López. Él y su compañera de estudio, la también docente Edith Aroca, han contribuido en gran manera a dar a conocer el patrimonio moderno. De hecho, comisariaron una exposición sobre la obra de Sancho Ruano, con el apoyo incondicional del Colegio de Arquitectos de Murcia.
[Por cierto. No estaría de más que la Comunidad Autónoma, propietaria de los inmuebles, organizara alguna visita guiada para mostrar sobre el terreno los motivos que han llevado a la protección del complejo de Espinardo. Porque el primer paso para impulsar la conservación del patrimonio moderno es abrir sus puertas y darlo a conocer]

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“Algunas plazas han muerto de éxito”
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Miguel Rubio | 18-09-2016 | 8:11| 2

Hasta que a principios de los años 70 le encargaron el primer proyecto de calado (el colegio de EGB para las carmelitas del Infante Juan Manuel), al arquitecto Juan Antonio Molina Serrano (Murcia, del barrio del Carmen, 1944) solo le llegaban “pepitos”, un término que en el argot del gremio hace referencia a pequeñas obras “en mitad del campo”. Ahora, casi 45 años después, aquel edificio docente (que también lleva las firmas de Pérez Albacete y Ruizpérez Abizanda) aspira a entrar por la puerta grande en el catálogo de referencia del patrimonio moderno, que confecciona la Fundación Docomomo, por su diseño innovador. Ya jubilado, aunque no desvinculado del todo de la arquitectura, Molina Serrano echa la vista atrás y se siente satisfecho del resultado de sus trabajos, que a diario pisan miles de murcianos y visitantes.

Juan Antonio Molina.

–¿Qué supone para usted que uno de sus primeros edificios figure entre los seleccionados para formar parte del catálogo de Docomomo?
–Reconozco que es un halago enorme. Fue el primer encargo de importancia que recibía, y no era un diseño fácil. Debía ajustarse a las directrices que marcaba la nueva ley de educación, y no existían precedentes. Con la ayuda de un amigo pedagogo tuve que indagar en el libro blanco de la EGB, que rompía con el modelo tradicional de enseñanza, antes de ponerme manos a la obra con el proyecto, que, además, tenía un presupuesto ajustado. El paso del tiempo ha demostrado la funcionalidad y la flexibilidad de este equipamiento docente que, sin grandes reformas, se ha adaptado a los planes de enseñanza que han llegado después.
–¿Está suficientemente valorada y protegida la arquitectura del siglo XX?
–Existe una tendencia que lleva a pensar que todo lo contemporáneo carece del pedigrí necesario para su protección. Todavía hoy arrastramos una resistencia a catalogar un patrimonio cercano en el tiempo; como si no fuera lo suficientemente vetusto. Sin embargo, se empieza a notar un cambio de mentalidad, una mayor sensibilidad por la arquitectura moderna que debe llevar a su protección.
–Durante una década (entre 1988 y 1999) se encargó de varios de los proyectos que cambiaron la imagen urbana de Murcia. ¿Se siente satisfecho de aquel trabajo?
–Como usuario, sí. Mejoramos lo que había sin tocar demasiado y con unos materiales de calidad que han resistido bien. En general, esas actuaciones contribuyeron a tranquilizar los espacios, sacando el tráfico y dando más protagonismo al peatón. En Santa Isabel, que fue el último proyecto, convertimos un secarral en un lugar amable y verde, con la dificultad de que debajo hay un parking.
–¿Tuvo libertad en sus diseños o sufrió alguna injerencia desde los despachos del Consistorio?
–Trabajé con mucha libertad. Mínimamente me decían lo que había que hacer, y la mayoría eran cuestiones técnicas. Hubo alguna resistencia, por ejemplo, a la hora de peatonalizar calles del centro, como el entorno de San Bartolomé. Pero entendieron que había que dejar hacer y que lo que se pretendía era dar soluciones con el objetivo de tranquilizar la ciudad.
–Varios de esos espacios de la capital que usted reformó están ahora en el punto de mira de la polémica por la proliferación de terrazas.
–En esos céntricos espacios públicos debe haber terrazas, porque estas son puntos de encuentro y celebración. Pero la situación se ha descontrolado. Algunas plazas, las más populares, han muerto de éxito colonizadas por lo que parecen casetas de feria, que apenas dejan sitio libre. Me consta que existe una preocupación en el seno del Colegio de Arquitectos. La situación requiere de un estudio detenido.
–¿Qué retos afrontan la arquitectura y el urbanismo? ¿Hacia dónde deben caminar?
–La época de los edificios espectaculares ha pasado, porque ha quedado demostrado que esa arquitectura no es sostenible. Todos queríamos ser muy originales y, al final, hemos creado unas ciudades caóticas. Ahora vamos hacia una arquitectura tranquila y lógica, con edificios de calidad y eficaces. Y, en muchos casos, fijándonos en las construcciones tradicionales, un ejemplo de ahorro de energía y aprovechamiento de recursos.

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Sobre el autor Miguel Rubio
Mazarrón, 1967. Periodista de 'La Verdad' y guía oficial de turismo.

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