La Verdad

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Categoría: patrimonio inmaterial
¿Otro nombre para el Ibáñez Martín?

Mis primeros recuerdos del colegio se sitúan en la hoy plaza de la Libertad de Mazarrón, no muy lejos del hogar familiar. El antiguo parvulario era un sólido inmueble con portón a la entrada y ventanales ovalados en la fachada. Dentro, un pequeño patio y las aulas, algo tristes, donde los alumnos nos repartíamos separados por sexo: ellas con doña Juanita y nosotros con doña Leonor. De aquella escuela de nuestras primeras letras y juegos queda el solar y, también, las imágenes y sensaciones que aún atesoramos en nuestro interior quienes acudimos allí durante la niñez. Es éste un patrimonio inmaterial y nostálgico al que se refieren expertos como el catedrático de la Universidad de Murcia Antonio Viñao, para impulsar la protección de la arquitectura escolar de la Región. Dos edificios de épocas distintas se han sumado recientemente al catálogo de Bienes Culturales: las escuelas nuevas de El Palmar, un modelo que hunde sus raíces en la II República; y el instituto Ibáñez Martín, de Lorca, ejemplo del nacionalcatolicismo que imperaba en pleno franquismo. Por cierto que quizás haya llegado el momento de plantearse un cambio de denominación para este centro de enseñanzas medias. Hay quien piensa, y puede que con bastante razón, que José Ibáñez Martín, ministro de Educación entre 1939 y 1951, no se merece tal honor. Más que nada porque entre sus ‘méritos’ figura haber orquestado y dirigido la mayor represión contra el profesorado y la ciencia del siglo XX. El libro ‘Enseñanza, ciencia e ideología en España (1890-1950)’, firmado por los investigadores Manuel Castillo Martos y Juan Luis Rubio Mayoral, y que acaba de editar la Diputación de Sevilla y Vitela Gestión Cultural, dedica un apartado a este desmantelamiento por motivos religiosos. En las páginas de ‘La Verdad’, el catedrático Viñao ya llamó la atención sobre esta aparente incongruencia.
Y es que en bastantes ocasiones la arquitectura escolar ayuda a comprender el modelo educativo de cada época. Así, volviendo al IES Ibáñez Martín, se trata de un edificio con planta en forma de cruz latina -al que se le añaden dos pabellones alargados- para recordar que la religión ocupa un papel central en la sociedad del momento. En la Región hay otros ejemplos aunque de diferente corte. Ahí están las primeras escuelas graduadas, en la calle Gisbert de Cartagena, con aulas para cada edad o grado; la ciudad portuaria también cuenta con uno de los llamados colegios al aire libre (la Casa del Niño), mientras que por la geografía regional se reparten un buen número de escuelas rurales. En los ficheros de Cultura aparecen una veintena de edificios docentes de todas las épocas que cuentan con algún tipo de protección. Destacan los cuatro colegios que Pedro Cerdán diseñó para Murcia: Andrés Baquero, Cierva Peñafiel, El Carmen y San Antolín. Un dibujo original con la fachada de este último se puede ver estos días en la exposición que organiza el Archivo General de la Región por su décimo aniversario.

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Patrimonio al borde del camino

Otra página del patrimonio industrial de la Región que se borra. La Consejería de Economía y Hacienda acaba de hacer pública la subasta de sus casas de peones camineros. En total, veintidós fincas y edificios, algunos con más de un siglo de historia, que fueron testigos del despegue de las comunicaciones terrestres y de su importancia para el desarrollo de una comunidad, enclavada en un cruce de caminos, que ha confiado a las exportaciones (mineral, seda, frutas y verduras) y al turismo su sustento económico. Algunas de estas vías aprovecharon trazados que ya eran transitados en la antigüedad.

El informe técnico (realizado el pasado verano) que acompaña a esta operación de venta resulta demoledor. Da cuenta del penoso estado de conservación de estas viviendas y almacenes. En algunos casos no queda nada más que los cimientos. Las casas de peones camineros acogían a los trabajadores (y a sus familias) encargados de la construcción y conservación de las carreteras. Según señala el investigador Domingo Cuéllar Villar en su trabajo ‘La Región de Murcia, en clave de camino’, había una cada 10 o 15 kilómetros. Y como solían ubicarse en lugares aislados, estas propiedades contaban con pozos y hornos, entre otros equipamientos, para atender las necesidades básicas de sus inquilinos. La descripción que aparece en el expediente para la subasta señala que en muchas de estas fincas (la mayoría en la comarca del Noroeste) todavía quedan corrales, cuadras, aljbes y despensas. La suma que espera embolsarse la Comunidad por la venta de ese patrimonio no llega a 300.000 euros.

Fachada del antiguo parador de turismo de Puerto Lumbreras.

Las casas de los peones camineros no son el único recuerdo de esta página de la historia industrial que arrancó a finales del siglo XIX, También se conservan viaductos y, por supuesto, un alojamiento con solera, aunque ya fuera de servicio: el parador de turismo de Puerto Lumbreras. El albergue, como se le denominó al principio, data de la década de los años treinta y responde a un diseño dentro de la corriente del racionalismo de postguerra. El plan nacional de modernización de las carreteras obligó a plantearse también la necesidad de poner en marcha una red de alojamientos que funcionaran para dar servicio a los viajeros, cuando los desplazamientos eran eternos y había que hacer noche a mitad de camino. El Patronato Nacional de Turismo convocó un concurso público para su construcción, y en el jurado estaban arquitectos de prestigio como Zuazo, Moguruza y García Mercadal. Ganó el prototipo presentado por Arniches y Domínguez, un edificio sencillo de planta baja y ocho habitaciones. Posteriormente, el establecimiento de Puerto Lumbreras  sufrió reformas y ampliaciones, para adaptarse a las nuevas comodidades, por lo que el inmueble se desvirtuó. La estancia más noble es la que corresponde al bar, con una chimenea encastrada en la pared. Cuando cerró al público, a principios del año pasado, se dijo que reabriría como escuela de hostelería. Pero la promesa se la llevó el viento, como ahora las casas de los peones camineros.

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Milagro en Mazarrón

Amenazado por los ataques de los piratas del norte de África, acuciado por la deuda contraída con el rey para pagar el título de villa y con las explotaciones de alumbre en franca decadencia, Mazarrón parecía necesitar, a finales del siglo XVI, un milagro que insuflara ánimos para superar tanto infortunio. Y, según las crónicas, el prodigio se obró en la madrugada del 17 de noviembre de 1585. La tradición transmitida a lo largo de estos 429 años cuenta que aquel lejano día una misteriosa amazona ahuyentó a la tropas del temible Morato Arráez, que habían desembarcado sigilosamente en la cala de Cueva Lobos con la ruin intención de asaltar el pueblo. Según los testimonios recogidos (las llamadas ‘Nueve declaraciones’), vecinos que acudieron a la ermita de la Concepción, en el paraje del Romeral, para dar las gracias, tras saber de la huida de los corsarios, aseguraron que vieron cómo el rostro de la imagen religiosa mostraba unas gotas de sudor, que la talla miraba ahora hacia el sur, en dirección a la mar, y que en su manto había restos de arena. A los devotos ya no les quedaron dudas, y atribuyeron a la intervención de la Purísima Concepción la desbandada de los atacantes. Con el paso del tiempo, el relato se adornó con otros detalles, como que a partir de entonces crecen azucenas en la playa que pisó la Virgen.
Sea lo que fuere, Mazarrón superó aquella época oscura. Y todavía hoy el milagro sigue vivo en el pueblo. El recuerdo de este hecho prodigioso protagoniza una de las fiestas más arraigadas y multitudinarias. El domingo siguiente al 17 de noviembre (por lo tanto, la cita es este próximo domingo), miles de romeros acompañan a la patrona en su camino de regreso a su pequeño templo de Bolnuevo. El trayecto hasta la playa es pura alegría y diversión, para después recuperar fuerzas con un almuerzo a la orilla del mar entre amigos y familiares.

La Virgen del Milagro, en la puerta del convento. / F. MANZANERA

La romería se inicia sobre las 8 de la mañana desde la iglesia del convento, donde estuvo la ermita original, que fue ampliada en el siglo XVIII, y donde se custodia la bandera del milagro, una enseña que, según cuentan, abandonaron los piratas en su apresurada huida. La restauración de esta pieza hace unos años sacó a la luz la inscripción en la tela de unos versos del Corán, aunque no se pudo determinar la fecha exacta del tejido. Otros vestigios quedan de aquella época, como las viejas canteras de alumbre y las torres vigía (como la de los Caballos, en Bolnuevo) que todavía miran a las olas por si al malo de Arráez se le ocurre reaparecer.

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Instantes de otra época

El patrimonio inmaterial no parece tan intangible como podría pensarse. Es la primera sensación al asomarse a la exposición fotográfica ‘Inmaterial. Patrimonio y memoria colectiva’, en el Museo Nacional de Antropología de Madrid, donde Murcia (por suerte) también halla su espacio. Casi siempre, tradiciones, usos sociales, conocimientos relacionados con la naturaleza, actos festivos y rituales tienen un sustento palpable. Ocurre, por ejemplo, con el Consejo de Hombres Buenos, encargado de administrar el riego en la huerta del Segura, y que encuentra su sentido en la milenaria red de acequias que todavía hoy surca este paisaje agrícola único y amenazado. Por desgracia, en otras ocasiones, del patrimonio cultural inmaterial no queda nada más que recuerdos.

Pues bien, de lo uno y de lo otro se da cuenta en esta exposición organizada por el Instituto de Patrimonio Cultural de España (IPCE), con entrada gratuita y que permanecerá abierta al público hasta mediados del mes de febrero. Reúne casi un centenar de instantáneas (la mayoría del magnífico archivo del IPCE) de algunos de los fotógrafos documentalistas españoles y extranjeros más importantes de la historia, como Jean Laurent, Otto Wunderlich, Eustaquio Villanueva, Baltasar Cue o Cristina García Rodero, entre otros. Sus obras (hay imágenes desde finales del siglo XIX) sirven «como documentos clave a la hora de interpretar cómo era el mundo que nos ha precedido, qué aspectos de esas formas de vida permanecen vivos todavía y cuáles se han ido transformado o han desaparecido», apuntan los organizadores de la muestra. Sus comisarios son el investigador y sociólogo Antonio Muñoz Carrión y la etnóloga de IPCE María Pía Timón Tiemblo, quien, por cierto, la pasada primavera visitó Murcia para presentar el plan nacional de arquitectura tradicional coincidiendo con un congreso de molinología.

Carreta cargada de tinajas (Murcia, 1871). / Casa fotográfica de Laurent

La exposición se divide en once apartados que hacen un repaso por las manifestaciones más importantes del patrimonio inmaterial. Las imágenes aparecen ordenadas por grupos temáticos con la intención de extraer «los principales motores, a lo largo del tiempo, de la transmisión del conocimiento y la identidad» de cada actividad.
Murcia y la Vega Baja del Segura están presentes en la muestra con un ramillete de imágenes. Una de ellas permite detenerse en la vivienda tradicional de la huerta y en la técnica que se empleaba para la construcción de la típica barraca. Wunderlich también captó con su cámara escenas en una posada (1922) y a un grupo de cabreros en plena tarea de ordeño (1923). De 1871 data otra instantánea (de la casa Laurent) en la que un carretero, ataviado con zaragüelles y montera, conduce su vehículo cargado de tinajas. En fin, deliciosos tesoros que merece la pena descubrir si pasa por Madrid.

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Sobre el autor Miguel Rubio
Mazarrón, 1967. Periodista de 'La Verdad' y guía oficial de turismo.

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