La Verdad

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‘Posverdad’
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Alberto Aguirre de Cárcer | 27-11-2016 | 07:00| 0

Hace 29 años no existían los teléfonos móviles ni sabíamos qué era internet. Solo emitía TVE y en las redacciones de los periódicos todavía podían encontrarse viejas máquinas de escribir que los más veteranos, como si fueran chalecos salvavidas, renunciaban a tirar porque los rudimentarios ordenadores se colgaban cada dos por tres. Algunos, como los redactores de sucesos, ni siquiera usaban grabadoras de casete. Si te dedicabas a cubrir sucesos en el Madrid de finales de los 80, donde el tecnicolor de la Movida se fundió en negro con los estragos de la heroína y la delincuencia, era desaconsejable sacarla en los lugares que debías frecuentar. En su lugar, boli, libreta y memoria para las citas textuales. Me bastaron los primeros días de trabajo en la sección de Sucesos de ABC para interiorizar la esencia de un oficio que aprendí con aquellos dinosaurios del periodismo que nos lanzaban a la calle a por historias y noticias con un único consejo: «Búscate la vida, pero vuelve con algo». Lo fundamental que sé de mi trabajo, lo que soy, es producto de aquellos días.

Recuerdo especialmente el 5 de noviembre de 1987. La noche anterior, un taxista y una prostituta fueron asesinados de sendos disparos en la cabeza. En distintos puntos de la ciudad y a diferentes horas. Localicé al padre de la joven en el Anatómico Forense. Era un trabajador que emigró al cinturón urbano de Madrid. Estaba destrozado. No solo por la muerte de su hija. También porque se enteró, como sus vecinos y amigos, de que se dedicaba a la prostitución en la lujosa zona de Capitán Haya, empujada por la adicción a las drogas. Y todo porque una radio dio el nombre completo de la joven, en lugar de sus iniciales. Horas antes, en la escalera del edificio donde vivía el taxista, una de sus hijas me relató que su padre conducía sin seguro y que ya le habían atracado cerca de diez veces en los últimos meses.

Ambas conversaciones me hicieron perder el temor para siempre a cualquier otra que me deparase el futuro. Ninguna podría ser tan amarga y complicada emocionalmente como aquellas. Asumí que para acercarse a la verdad hay que profundizar en los hechos porque la esencia del periodismo no consiste en solemnizar lo obvio, sino justo en lo contrario, a través de un proceso de investigación y de rigurosa verificación de la información obtenida. Y para ello hay que estar dispuesto a pasar por situaciones difíciles, como la que viví años después junto a mis compañeros por no secundar la ‘teoría de la conspiración’ del 11M. En aquellos primeros tiempos interioricé que el cumplimiento con el derecho a la información de los ciudadanos es ineludible y, a la vez, éticamente posible sin pisotear la dignidad de las personas y causar un daño gratuito a los demás, como hizo aquella emisora. Los hechos son sagrados, pero eso no implica neutralidad. No cabe la equidistancia moral con las víctimas y sus verdugos en el tratamiento informativo de cualquier tipo de violencia. Elaborar información veraz, como exige la Constitución, es la primera, pero no la única, responsabilidad pública del periodista en un mundo donde la banalización de la verdad cotiza al alza. Resulta escalofriante para las sociedades democráticas que el Diccionario de Oxford haya elegido como palabra del año ‘Posverdad’, un término usado para «denotar circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal».

El éxito del ‘Brexit’ se cimentó en buena parte en las mentiras que, una vez ganado el referéndum, confesaron sus promotores. En la campaña electoral de EE UU, la primera seguida masivamente por las redes sociales, se ha generado un intenso debate sobre el auge de las webs de noticias falsas y su difusión por Facebook. Tres meses antes de las elecciones, la información más leída a través de Facebook aludía al apoyo del Papa a Donald Trump, una información falsa que enganchó a 960.000 lectores, cien mil más que la historia con mayor repercusión elaborada por el Washington Post en la campaña. Facebook, que como Google no elabora contenidos informativos pero se beneficia económicamente de los producidos por terceros, se ha visto obligado a anunciar que intentará extremar sus controles sobre las noticias falsas. Una tarea complicada para un gigante que hasta ahora no se ha visto impelido a asumir ninguna responsabilidad pública o jurídica, como la que pesa, afortunadamente, sobre los medios tradicionales respecto a lo que difunden en sus distintos soportes.

La política posverdad se ha instaurado también en nuestro país. En el momento populista que vive el mundo se ha erigido en una eficaz herramienta a la que recurren dirigentes de todo el espectro ideológico. Es cierto que los políticos no tienen la obligación legal de decir la verdad, pero algunos han hecho de las mentiras y las medio verdades su modus vivendi. El espectáculo de la deshumanización de la política (no hay palabras para el gesto de Podemos con el minuto de silencio de Barberá) está a la altura del espectáculo de la información política al que se han apuntado varias cadenas de TV porque es barato, genera audiencia e ingresos publicitarios. Que luego venga el popular Rafael Hernando con el cuento de que apartaron a Barberá para protegerla de las «hienas» de los medios ya es el summum del cinismo, sabiendo que lo que se protegía, en realidad, eran las expectativas de gobierno del PP con el apoyo de Ciudadanos.

En ‘La Verdad’, que defiende el cumplimiento de la legalidad sin excepciones, hemos sostenido que los políticos imputados/investigados por delitos no deberían ir en las listas electorales. Y que lo más juicioso es que los cargos electos que resulten imputados renuncien en el momento de la apertura de juicio oral. Salvo que se trate de un delito flagrante o se dañe a las instituciones porque en paralelo a las responsabilidades penales están las políticas, aquellas que nos afectan a todos. PP y Ciudadanos firmaron voluntariamente un acuerdo más exigente (dimisión en el momento de imputación por corrupción) al que puede verse encarado Pedro Antonio Sánchez si, como todo parece indicar, una juez pide al TSJ que lo investigue por el ‘caso Auditorio’. El presidente se enfrenta a un grave problema que este diario, como es su obligación, ni ha escondido ni esconderá a sus lectores. Igual que hacemos con sus aciertos. En lo personal le deseo la mejor de las suertes, pero como director de ‘La Verdad’ mi responsabilidad será exigirle, sin menoscabo de su presunción de inocencia, todas las explicaciones públicas que hasta ahora no ha ofrecido, confrontando sus palabras y compromisos con los hechos. Eso es lo que aprendí y da sentido a treinta años volcado con una profesión. Siete de ellos en un periódico llamado ‘La Verdad’.

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Trump, un elefante en la cacharrería del clima
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Alberto Aguirre de Cárcer | 22-11-2016 | 21:37| 0

Que Noam Chomsky haya calificado al partido republicano de Estados Unidos como la «organización más peligrosa en la historia del mundo», porque controlará las dos Cámaras, el Ejecutivo y el Tribunal Supremo, suena directamente a una exageración que es producto de la preocupación generalizada por la victoria del magnate populista Donald Trump. Pero Chomsky, uno de los referentes intelectuales de EE UU, en realidad no hace más que expresar con rotundidad buena parte de los temores de una inmensa mayoría de la comunidad científica, especialmente en el ámbito de la lucha contra el calentamiento global.

Desde que Donald Trump dijo en Twitter en 2012 que el cambio climático era una invención de China para erosionar la industria de Estados Unidos, todas las manifestaciones públicas del presidente electo, sobre todo en la campaña a la Casa Blanca, han ido claramente en una misma dirección: poner en duda la actividad humana como acelerador de la subida de temperaturas (un debate ya cerrado hace tiempo) para dar un giro a la política medioambiental impulsada por Obama. De hecho, Trump prometió que en sus primeros cien días de gobierno retiraría a Estados Unidos del acuerdo del cambio climático de París y suavizaría la normativa adoptada en los últimos años por la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA), incluyendo el ‘Clean Power Plan’ creado para reducir las emisiones de las contaminantes plantas de carbón.

Los primeros movimientos de Trump no han contribuido a calmar los ánimos. Al frente del equipo que gestionará el relevo en la EPA ha situado a Myron Ebell, un destacado escéptico del cambio climático que, al frente de un ‘think tank’ conservador, se había ya significado por tildar de «alarmistas» las consecuencias de la subida de temperaturas y por señalar que era «ilegal» ese plan adoptado en 2015 para reducir las emisiones de las plantas más contaminantes.

El compromiso de Estados Unidos con los acuerdos internacionales del clima incluye una reducción de los gases de efecto invernadero que sería del 28% en 2025, respecto a los niveles emitidos por el gigante norteamericano en 2005. Dado que esos acuerdos ya están firmados, Trump no puede incumplirlos de manera inmediata, aunque podría hacerlo en 2020. En el peor de los escenarios, no se descarta una opción más drástica: el envío de una notificación, una vez en posesión del cargo, a la secretaría general de Naciones Unidas comunicando la salida de EE UU de la Convención del Cambio Climático. Una retirada que tendría efecto al cabo de un año y que tiraría por tierra los acuerdos internacionales iniciados en Kioto. Sin EE UU, perderían gran parte de su efecto real y nunca llegarían los 800 millones prometidos por la Administración Obama a las naciones en vías de desarrollo para adaptarse al cambio climático.

La gran esperanza para diluir todos esos sombríos planes está depositada en estados como California, cuyo gobernador, Jerry Brown, ha manifestado que seguirán adelante con sus planes para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. En términos de Producto Interior Bruto, California es la sexta economía del mundo y el segundo estado norteamericano con mayor volumen de emisiones. El estado de Nueva York, cuya población es ligeramente inferior a la de Australia, también seguiría comprometida con los acuerdos de París. Solo en la acción decidida de esos grandes estados, junto a la rebelión de las voces más responsables del partido republicano, podría estar la clave para que los planes de Trump se atemperen o incluso sean repensados.

No solo es sombrío el panorama para el medio ambiente. También para la ciencia. El hecho de que Trump haya tenido encuentros durante su campaña con destacados postulantes del desacreditado vínculo entre las vacunas y el autismo ha dejado perplejos a los científicos. Como las minorías raciales, los investigadores de todo el país se han puesto en guardia. En las última semanas, no falta cada día una voz destacada de la comunidad científica estadounidense que abogue por la necesidad de estar vigilantes ante las primeras medidas del presidente electo. Ya no solo por el posible recorte de fondos a las agencias gubernamentales y a la financiación de la investigación, sino también por la posibilidad real de interferencias políticas en la toma de decisiones en materia de salud y medio ambiente, que hasta la fecha se adoptaban en base a evidencias científicas. Muy pronto los estadounidenses saldrán de dudas.

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Una fecha para el AVE
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Alberto Aguirre de Cárcer | 21-11-2016 | 06:33| 0

No me gustan los políticos que alegremente ponen fechas a las grandes infraestructuras, más aún si no dependen de ellos. Pero estando las obras del AVE a las puertas de Murcia, de la reunión entre el ministro de Fomento y el presidente regional hoy debe salir una fecha concreta para la llegada de la alta velocidad. Una fecha que comprometa al Ministerio y le obligue a cumplir después de tanto retraso acumulado. En privado, el anterior ministro aludía a mayo de 2017, la Consejería prefiere hablar del primer semestre y la Croem opta por pensar que será en el segundo. Esa fecha concreta es lo mínimo exigible cuando aún no sabemos cómo el AVE afectará a las cercanías con Alicante, cuánto tiempo llegará provisionalmente en superficie y cuándo comenzará el soterramiento de la estación de El Carmen.

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Pacto energético
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Alberto Aguirre de Cárcer | 20-11-2016 | 06:48| 0

El acto celebrado ayer por la Asociación Nacional de Productores Fotovoltaicos (Anpier), castigados en los últimos años por el impuesto al autoconsumo eléctrico y la inseguridad jurídica que produjeron los sucesivos recortes retroactivos a las primas, fue una demostración palpable de la urgente necesidad de transitar, con la mayor celeridad y consenso, hacia un nuevo modelo energético que priorice el uso de energías renovables, limpias y cada vez más baratas. Un modelo que acelere el ritmo de reducción de combustibles fósiles, no ponga trabas al autoconsumo, sea equitativo en el reparto de costes, garantice el suministro y reduzca nuestra dependencia de terceros países y que, siendo financieramente sostenible, impida dejar al margen de la cobertura energética a las personas más vulnerables. Con el argumento tan discutible de la reducción del déficit de tarifa, los últimos gobiernos nacionales han propinado gigantescos varapalos a los inversores y productores fotovoltaicos, muchos de ellos en la Región de Murcia, que tan falta está de agua como sobrada de horas de sol. Con matices, pero aparentemente unidos en lo esencial, los partidos murcianos y todos los agentes sociales y económicos están comprometidos con el impulso de las energías renovables, fundamentalmente la solar, por las oportunidades económicas y laborales en una región con todas las condiciones propicias para liderar ese tránsito hacia un nuevo modelo energético. No solo disponemos de energía solar en abundancia. También contamos con el conocimiento tecnológico y el espíritu emprendedor suficiente para catapultar el sector fotovoltaico como se hizo con la depuración de aguas y el sector agroalimentario. La eliminación por el Gobierno regional del peaje al autoconsumo eléctrico, anunciada ayer, es una buena noticia para miles de particulares y empresas, aunque sorprende que se haga sin esperar a que el Constitucional, que ha rechazado las medidas cautelares solicitadas por el Ministerio, se pronuncie sobre el fondo del recurso del Gobierno central. Tan importante como eliminar el ‘impuesto al sol’ es acabar con la inseguridad jurídica.

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La batalla de Madrid
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Alberto Aguirre de Cárcer | 20-11-2016 | 06:47| 0

Con su singular ironía, el escritor y periodista pontevedrés Julio Camba decía allá por 1920 que el «hijo de un gran político gallego tiene desde su nacimiento categoría de ministro; el sobrino tiene categoría de subsecretario o de director general, y así sucesivamente». Galicia, escribía Camba, es tierra de sardinas y políticos: «Las sardinas nacen unas de otras, y los políticos también». Casi un siglo después, las cosas son bien diferentes. Incluso en la patria chica de Rajoy. En la Región de Murcia, los hijos de los grandes políticos, de haber o haberlos habido, nunca han nacido con una potencial cartera ministerial bajo el brazo. A diferencia de la vocación empresarial, que aquí se hereda, la política solo excepcionalmente se trasmite a los vástagos. Gestionar el patrimonio propio siempre ha interesado más que gestionar el de todos. Si a la falta de ADN político por vía germinal se suma un liviano peso en Madrid, propio de una región uniprovincial, no es de extrañar la corta lista de ministros murcianos en la historia de España. Puede que el oficio de ministro esté sobrevalorado desde que ya no reporta, como sugería Camba con su particular humor, un puerto y varias carreteras para el territorio de origen. Pero en nuestro país aún conviene mucho tener aliados en los distintos escalones del Ejecutivo que sean sensibles a los problemas y reivindicaciones regionales. Sobre todo porque nuestra dependencia de la Administración central, tan propensa a los atascos burocráticos, es aún abrumadora en múltiples asuntos. El nuevo Ejecutivo de Rajoy está aún por completar, pero, de momento, hay pérdida de peso específico con las salidas de Isabel Borrego (aunque entró en su día como cuota balear) y, sobre todo, de Jaime García-Legaz. Los exportadores del sector agroalimentario echarán de menos a quien, después de dar no sé cuántas vueltas al mundo en los últimos años, quiere ver crecer a su hija de seis años y deja voluntariamente la Secretaría de Estado de Comercio para incorporarse a la Compañía Española de Seguros de Crédito a la Exportación (Cesce). Poco dado al lucimiento personal, ha resuelto no pocos problemas a los exportadores murcianos. Antes de irse, ha dejado franqueada la puerta del mercado chino a la fruta de hueso de la Vega Media a través del ‘tren de la seda’. Y, probablemente, seguirá desde la Cesce siendo un aliado de los intereses murcianos. La buena noticia de la semana es la vuelta de Juan María Vázquez a la Secretaría General de Ciencia y Competitividad, un puesto de gestión clave porque orquesta todo el sistema nacional de I+D+i. Su aportación puede ser decisiva para la captación de fondos y la puesta en marcha de la Agencia Regional del Conocimiento que impulsa Pedro Antonio Sánchez.
El presidente ha entendido bien la importancia de hacer política tanto en el Congreso como en la sede nacional de su partido y el Ejecutivo central. Se le podrán achacar no pocos errores y carencias en su equipo, pero no cabe escatimarle el reconocimiento a su entrega y capacidad de trabajo, gran parte volcado en Madrid. La reunión con cinco ministros en siete días, a partir de mañana, es una muestra de ese empuje. Ahora bien, es el momento de los resultados. Con la foto y vagas promesas no basta. Y lo sabe. Proyectos como el AVE a Murcia y Cartagena, en los términos pactados con la oposición, no pueden esperar más. La Región acabará el año con un crecimiento económico superior al 3% que podría haber reportado muchos más beneficios a la sociedad murciana con esas infraestructuras en funcionamiento. Hay que pelear el agua, el Corredor Mediterráneo y cambios legislativos que impulsen la fotovoltaica. Desde ya.

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Fiesta de los maniquíes
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Alberto Aguirre de Cárcer | 18-11-2016 | 10:36| 0

Ayer, en Cartagena, a los diputados del PP les dio por hacer en el hemiciclo la última gracieta de moda en las redes sociales, posar como maniquíes para un vídeo grupal. A los de Ciudadanos por teatralizar una impostada ruptura con el Gobierno en la negociación de los Presupuestos. Y al PSOE por amagar con enviar al TC la ley de simplificación administrativa. Nada de eso irá a ningún lado, aunque la palma de los despropósitos sin futuro fue la propuesta aprobada que insta al Gobierno a que la Región tenga el mismo horario que Canarias. Pedimos lo contrario que Baleares y la Comunidad Valenciana, que quieren que anochezca una hora más tarde para favorecer el turismo. Ya puestos, propongo que a las dos horas de diferencia resultantes entre Murcia y Orihuela o Campoamor, Madrid añada otra hora más y así nos ahorramos Camarillas y el AVE. Caben dos posibilidades. O a unas cuantas señorías les sobran muchas horas y se aburren, o se están volviendo nihilistas. Pavoroso.

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Trump y la dinastía del pato
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Alberto Aguirre de Cárcer | 13-11-2016 | 06:49| 0

Un par de meses después de la fallida Cumbre Mundial por el Desarrollo Sostenible de Johannesburgo, que terminó en agosto de 2002 con una sonora pitada a Colin Powell, quien dio la cara por la espantada de George Bush, el Departamento de Estado organizó una visita a EE UU de periodistas europeos para intentar revertir la penosa imagen medioambiental que ofreció al mundo. Durante dos semanas, en compañía de tres colegas de Alemania, Dinamarca y Letonia, me entrevisté con investigadores en el MIT de Boston, alcaldes y responsables políticos del Gobierno federal, pero también con granjeros, fabricantes de especias orgánicas, activistas medioambientales y expertos implicados en la recuperación medioambiental de grandes espacios naturales amenazados.
La escala más interesante del viaje fue el Estado de Vermont, convertido en un auténtico oasis en materia de desarrollo sostenible, gracias en buena parte al liderazgo del exalcalde y senador Bernie Sanders, quien disputó este año a Hillary Clinton la candidatura demócrata a la Casa Blanca. Entonces, la mano derecha de Sanders, Peter Clavelle, era el alcalde de la capital de Vermont, Burlington, una ciudad volcada con el cumplimiento de las recomendaciones de la llamada Agenda 21, fijada diez años antes en la Cumbre de Río para lograr un desarrollo sostenible. El compromiso cívico de Burlington era ejemplar. En el proyecto estaban implicados desde la Universidad de Vermont, la alcaldía y la Cámara de Comercio a colectivos vecinales, asociaciones ecologistas y los agricultores y ganaderos de una ciudad abastecida en una gran parte con energías renovables, con viviendas para los jóvenes, con tren de cercanías, consumidora de productos orgánicos producidos en múltiples granjas locales y volcada en la recuperación de un lago, llamado Champlain, en riesgo como nuestro Mar Menor por los nitratos y los fosfatos generados por la actividad agrícola.
Pero Burlington era, y es, una minúscula gota de 40.000 habitantes en un heterogéneo país donde el grueso de sus 287 millones de habitantes no estaban por la labor de reducir el uso de combustibles fósiles. Pese a ser un caso excepcional, esa comunidad local, como el resto de EE UU, ya comenzaba a sufrir hace catorce años los efectos de la globalización y la consiguiente desconfianza hacia las elites políticas. La madera china hacía añicos la actividad económica que generan los espectaculares bosques de Vermont, donde se temía, además, que el mercado internacional arruinase su pequeña pero vital red de granjas lácteas. En ese estado, que sigue siendo el más izquierdoso del país, Clinton ganó el martes holgadamente a Trump, que se llevó el triunfo final al arrasar con sus mensajes populistas (’América primero’) en el vasto territorio rural, de profundas convicciones religiosas y conservadoras, que se extiende entre ambas costas de Estados Unidos. Las proclamas identitarias y contra el ‘establishment’ de Washington que represataba Hillary Clinton calaron en la clase blanca trabajadora de las empobrecidas zonas industriales del Medio Oeste y en los ‘rednecks’ del medio rural. Es la América invisible, el auténtico macizo de la raza, que no entra en contacto con los millones de turistas europeos que visitan Nueva York, Boston o Los Ángeles. Es la América que aún recela de la teoría evolutiva de Darwin y que no se informa a través de los periódicos más influyentes. A veces ni siquiera por las grandes cadenas de televisión, sino por las redes sociales, donde la verdad carece de importancia si lo que se cuenta entretiene y tiene capacidad viral. Que no disfrutan, como los europeos, con series como ‘Sexo en Nueva York’ o ‘The Big Bang Theory’, sino con realitys de audiencias masivas en la tv por cable, donde los protagonistas son personas reales de esa América profunda, como ‘Duck Dinasty’ (La dinastía del pato), el día a día de una montaraz familia de Louisiana que se hizo millonaria vendiendo reclamos para cazar patos, sin esconder un ápice sus actitudes homófobas y xenófobas.
Pero explicar los resultados de las elecciones estadounidenses como una mera reacción contra el sistema de millones de supuestos paletos racistas sería simplista y equivocado. Que un personaje tan execrable como Donald Trump haya ganado unas elecciones democráticas en EE UU es un aviso de algo mucho más profundo, que está dando alas a las vías más populistas en América y Europa. Aquí como allí, las consecuencias de las políticas de ajuste tras la crisis financiera de 2007 han conducido a un empobrecimiento generalizado de las clases medias y trabajadoras. Obama terminará su mandato con una tasa de paro inferior al 5%, pero con pérdidas de poder salarial que alcanzan a una amplia capa de la población, muy recelosa con una nueva economía global que acentúa las desigualdades sociales. Es indudable que la apuesta de China por un capitalismo salvaje, en términos de costes salariales y derechos de los trabajadores, ha llevado a una profunda caída de la producción industrial en Occidente, no solo en Michigan, Ohio, Pensilvania o Wisconsin. Pero que la solución sean las propuestas de Trump, contrarias a los tratados comerciales, es otra cosa distinta y discutible porque el nuevo presidente ha desestimado que el principal factor para el declive de muchas industrias tradicionales es el cambio tecnológico, y no la supresión de aranceles.
El pesimismo económico, la desafección hacia la clase política y el miedo a la inseguridad colectiva han llevado a la Casa Blanca a un líder político sin experiencia, equipo y conocimiento de los grandes asuntos internacionales. Con el país completamente dividido por una campaña plagada de descalificaciones, Trump se dispone a tomar el mando sin que existan más referencias de su posible acción de gobierno que vagas promesas genéricas y su ristra de improperios y actitudes agresivas hacia numerosos colectivos. Aunque el propio partido republicano pueda embridar posibles desatinos en ambas Cámaras y la propia gobernabilidad le empuje a la moderación, los grandes acuerdos climáticos, comerciales y de defensa con la UE están claramente amenazados. Se avecinan nuevos tiempos de mayor inestabilidad e incertidumbre.

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La cobra
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Alberto Aguirre de Cárcer | 09-11-2016 | 13:35| 0

La UCAM y la Consejería sellaron por fin el convenio de las prácticas de Medicina en aparente armonía, aunque sin presencia de los medios, por petición de la primera. Escondidos, como la canción de Bisbal y Chenoa, y con cobra incluida, dado que la universidad privada comunicó minutos después de firmar que no renuncia al contencioso administrativo contra el convenio de Sanidad con la UMU. La parte positiva del acuerdo es que los alumnos de las dos universidades tienen garantizado el ejercicio de las prácticas en un nuevo marco que se adapta al real decreto nacional. La impresión, sin embargo, es que la vía abierta a la UCAM a todos los hospitales públicos mediante convenios específicos, recogida por el decreto, dará paso a futuras negociaciones a tres bandas que no estarán exentas de tensión. ¿Atrapados sin poder salir?

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Lampedusiano
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Alberto Aguirre de Cárcer | 06-11-2016 | 07:25| 0

Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie. La frase pronunciada por un personaje de la novela ‘El Gatopardo’, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, dio origen a un término muy usado en política, casi siempre con connotaciones negativas, para describir los cambios ideados para que nada cambie. La apuesta continuista de Rajoy plasmada en su nuevo gabinete tiene aromas lampedusianos porque, aunque incorpora varias caras que dan un cierto aire de renovación y reordena competencias, preserva su esencia con el mantenimiento del núcleo duro (Sáenz de Santamaría, Luis de Guindos y Cristóbal Montoro). Rajoy no ha cambiado todo sino que ha hecho las modificaciones mínimas para intentar que nada cambie en lo sustancial: su programa económico y el control del juego político y sus tiempos, como en su etapa de mayoría absoluta, en un escenario radicalmente distinto. En la inédita situación de inferioridad aritmética en el Parlamento, y ante la avalancha de posibles reformas en el hemiciclo, no es casual que Sáenz de Santamaría haya dejado la portavocía del Consejo de Ministros. Ahora el centro de gravedad se desplaza al Congreso de los Diputados, donde la vicepresidenta tendrá especial protagonismo como responsable máxima de las espinosas cuestiones territoriales, desde el órdago catalán al modelo de financiación y la posible reforma constitucional. Sobre ella recae toda la coordinación entre el Ejecutivo y el grupo parlamentario para engrasar las obligadas tareas de negociación a las que se enfrenta Rajoy.

Aún es pronto para saber si a los intereses regionales les irá mejor con este Gobierno, pero de partida hay un inicio alentador: por lo menos no habrá que explicarle de cero a la ministra de Agricultura la gravedad del problema del agua y sus consecuencias económicas y sociales para la Región. Y, en principio, parece que el ministro de Fomento, Íñigo de la Serna, muy cercano a muchos políticos murcianos, debería tener una especial sensibilidad para con nuestra maldición ferroviaria como exalcalde de una capital de una periférica región uniprovincial.

Otra cosa distinta es caer en la ilusión de que la solución para nuestros particulares lastres puede llegar de un día para otro. Con un ajuste pendiente del gasto público de 5.000 millones, ni los más optimistas sueñan con un impulso inversor. Y respecto al agua, no cabe engañarse. La posibilidad de un consenso nacional es mucho más complicada con la fragmentación del arco parlamentario, más aún si el presidente de Gobierno continúa orillando los desafíos que suscitan conflictos territoriales. A Rajoy le fue muy bien con su mantra de que quien resiste gana. Pero no así a quienes son víctimas de la inacción política y la falta de acuerdos de Estado, como nuestros regantes. Por otro lado, conviene asumir que la figura de los ministros está sobrevalorada. Cierto es que si uno sale malo puede generar desastres. Ahí está Wert como prueba viviente. Pero ni los más eficaces y certeros tienen muchas veces un papel determinante. Ana Pastor (que cada cual la sitúe en el pelotón de ministros aceptables o ineficaces) se enfrentó en Fomento a la gravísima carcoma enquistada en el sector de la obra pública (el ventajismo de las grandes constructoras con los modificados de proyecto y los sobrecostes), pero la ha dejado sin resolver. Y, además. ¿qué más da quién sea el ministro de Fomento si en el interno de Adif al final deciden los mismos de siempre, con sus ritmos, criterios y prioridades? Dicho eso, permanecer 315 días, más los cinco de propina de Rajoy, con ministros interinos fue una insensatez que causó estupor en toda Europa. Son innumerables los asuntos de interés regional paralizados estos meses en los ministerios y sometidos a revisión por legiones de abogados del Estado para intentar darles cauce. Por tanto, lo mejor del nuevo Gobierno, sea lampedusiano o no, es que no está en funciones y tendrá ya que gestionar y rendir cuentas. Entre los aciertos de Pedro Antonio Sánchez está el haber entendido que el progreso regional hay que pelearlo en Madrid, empujando y estableciendo alianzas en el mundo político y en el económico. Eso compensó en buena parte algunos desaciertos en la alineación de su Ejecutivo, donde ya empieza a oler a quemado en varias consejerías. Si el presidente y todos los diputados murcianos apuntan, sobre la base de pactos regionales, en la misma dirección, entonces probablemente sí nos irá mejor.

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España sale del bloqueo
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Alberto Aguirre de Cárcer | 30-10-2016 | 07:14| 0

En el llamado sexenio democrático o revolucionario (1868-1874), España vivió un destronamiento, un régimen provisional, una regencia, una monarquía democrática, una abdicación, una república federal, otra unitaria, varias guerras civiles simultáneas, un nuevo régimen provisional y, finalmente, la restauración de la dinastía destronada al inicio de ese convulso periodo. 2016 no llega ni de lejos a esas cotas de inestabilidad, pero no ha existido desde la Transición democrática otro año con semejante grado de interinidad. Después de más de trescientos días de Ejecutivo en funciones, dos llamadas a las urnas con sendas investiduras fallidas y varios pactos frustrados, Mariano Rajoy se convirtió ayer en presidente del Gobierno. Y curiosamente, después de todo, con el menor rechazo de nuestra reciente historia democrática porque el principal partido de la oposición, el PSOE, no votó ayer en contra de la investidura, sino que se abstuvo en su inmensa mayoría. Solo Pedro Sánchez, que dimitió horas antes, y quince diputados socialistas se mantuvieron fieles al ‘no es no’.

La investidura de Rajoy abre una legislatura de duración incierta, pero a buen seguro tormentosa, para un Gobierno sin un pacto de legislatura y en franca minoría ante una oposición muy fragmentada que saldrá a morder. Cualquier iniciativa legislativa deberá pactarla con más de un grupo de la oposición, que tendrá a merced al Ejecutivo en las votaciones parlamentarias, salvo en aquellos proyectos que implican gastos adicionales porque el Ejecutivo retiene en su mano el escudo de la ley de estabilidad presupuestaria. Esa debilidad parlamentaria supone, sin embargo, una oportunidad para desatascar reformas pendientes de calado, como el modelo de financiación autonómica, el pacto por la educación, el sistema público de pensiones y quién sabe si la reforma constitucional, el problema catalán, el ansiado pacto nacional del agua y la reforma del modelo energético. Más le vale a Rajoy elegir a ministros con talante negociador y habilidad política porque se avecinan tiempos de ineludibles pactos. No es el presidente muy dado a los cambios sobre la marcha. De hecho, ya mantuvo en su anterior equipo, hasta que la presión fue insoportable, a varios ministros (Wert, Mato, Soria..,) que no dieron la talla desde el primer minuto. A otros, los más cercanos (Fernández Díaz y Margallo), los sostuvo contra viento y marea hasta el final. Ahora que Rajoy tendrá que ganarse la estabilidad día a día, ya no podrá optar por otro gabinete de viejos amigos y colaboradores. La elección de sus ministros, que se conocerá el jueves, será el primer mensaje de esta nueva etapa de diálogo forzoso al que Rajoy se cuidó muy mucho ayer de poner límites. No puede olvidar, sin embargo, que le corresponde a él y a su partido tomar la iniciativa para procurar los acuerdos que garanticen la legislatura más estable y fructífera.

Pese a que todos los candidatos acudieron a las segundas elecciones con la promesa de que no habría unas terceras, el desbloqueo solo llegó con el ‘golpe de los coroneles’ socialistas liderado por Susana Díaz contra Pedro Sánchez. La batalla por el control del partido se cobró la cabeza del exsecretario general, que ayer, al anunciar que abandona su escaño, dejó claro que no renuncia a volver a coger el timón del PSOE en unas primarias. Su petición de que la gestora las convoque de inmediato revela sus intenciones. Cuanto más tiempo pase, fuera ya del hemiciclo, menos oportunidades tendrá. Tan claro como que Susana Díaz hará lo posible por retrasarlas al máximo.

La guerra del PSOE tiene muy mal pronóstico. El pasado domingo, como si invocaran inconscientemente la primera frase de una canción de Georges Brassens (‘Morir por una idea es una idea excelente’), llegaron al Comité Federal del PSOE los postulantes del ‘qué parte del no no entiende’ dispuestos a defender su hoja de ruta ¿suicida?: acudir a terceras elecciones sin candidato, divididos y sin un proyecto aglutinador. Pero en Ferraz se toparon con un coro más numeroso de partidarios de la abstención para evitar una debacle electoral . Y así prevaleció finalmente otro verso de la canción de Brassens (‘Muramos por una idea, de acuerdo, pero que sea de muerte lenta’). Susto o muerte, ese era el dilema. Parece que prevaleció la primera opción, aunque según qué bando relate la historia no queda claro cuál de los dos caminos (el no o la abstención) podría conducir al partido socialista a su cadalso. En realidad, no importa tanto quién tuviera razón en esta encrucijada. Lo grave no era el dilema sino la evidencia de la profunda fractura interna en un partido con mil voces. No es un descosido, es un roto imparcheable, que precisa de un traje nuevo y de un líder que lo porte y lo exhiba con convicción. En esta guerra trufada de descalificaciones personales han olvidado hasta la reacción más instintiva en situaciones de peligro. Desde que los humanos se convirtieron en bípedos, agruparse es la mayor garantía para la supervivencia cuando no cabe la huida. Cerrar filas, lo llaman los políticos. Han optado, por el contrario, por desollarse en directo a la vista de todos. Convertido Ferraz en un trasunto del rancho de Waco emerge una pregunta: ¿si tanta desconfianza suscitan los unos en los otros, y viceversa, quién de fuera puede confiar hoy en ellos? Que sirvan de consuelo para los militantes socialistas las intervenciones en la sesión de investidura de posibles compañeros de viaje que no pudieron ser: Pablo Iglesias, otrora el mejor activo y hoy el mayor lastre de Podemos, y el diputado Gabriel Rufián (ERC), abochornante con su vomitivo derroche de bilis.

España necesita un PSOE sólido y unido, pero la respuesta a los problemas del país no puede esperar a la recomposición de los socialistas. La sociedad civil murciana demanda al nuevo Gobierno soluciones, y no más parches, para su déficit hidrológico, financiero y de infraestructuras. Son solo tres de una larga lista de reclamaciones de una Región muy dependiente de las decisiones adoptadas en Madrid. En medio de esta nueva legislatura tan compleja, los diputados murcianos van a tener que pelear mucho para introducir esas aspiraciones en la agenda política nacional. Ya pueden ponerse a trabajar desde hoy.

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