La Verdad

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Categoría: biografías
Generación paréntesis de Joana Bonet. Imprescindible



Bonet, Joana acaba de publicar este libro titulado “Generación paréntesis” que me he devorado durante el fin de semana. Joana escribe verdades como puños de una forma elegante, certera, incluso sofisticada. Pero si hay que escribir la palabra “mierda” o “basura”, no se le caen los anillos. 



Estamos en estos tiempos de incertidumbre y esta somanta de verdades que nos muestra la periodista, escritora y amiga Joana, a veces puede dejarnos con poquito de mal cuerpo pero nos induce a pensar, a plantearnos debates con nosotros y nuestros dogmas. 



 Aparte de eso, el libro de Joana está muy bien escrito, con metáforas fosforescentes, que diría Vargas Llosa, como la que dedica a una maleta: “Las maletas extraviadas representan un continuo recordatorio de la impotencia humana. Y una clara metáfora de la soledad. A veces las veo rodar sin fin hasta se va el último pasajero y son apartadas junto a otros bultos, hacinadas como cadáveres” 



 Os pego algunas de esas frases en este librito publicado con modestia pero que, como dirían mis profes de marketing, es oro molío.



 “Somos la generación paréntesis: Eternos adolescentes que nos casamos con un trabajo, retrasamos la hora de ser padres y pensamos que estar sobradamente preparados nos garantizaría una vida a plazo fijo” 



 “La fantasía del amor inalcanzable prevalece en nuestro imaginario (…) la adicción al deseo conduce al autoengaño, ya la euforia de la conquista la sigue la nostalgia de enamorar. Después sobreviene el tedio, sobre todo porque aún se considera que el amor debe llegar desde fuera, no de dentro” 



 “La felicidad es más sencilla de lo que parece: un ejercicio de tolerancia con uno mismo, de consentimiento y del punto necesario de pasotismo para escapar del juicio ajeno y ser amable con nuestras pequeñas conquistas. La satisfacción personal poco entiende de contabilidad” 



 “Si nuestros hijos apuntan a una generación perdida, la nuestra es la generación paréntesis que albergó el sueño del progreso desde una mirada keynesiana y acabó hinchando un globo que le estalló en las manos. Impotentes e incapaces de pasar el testigo y garantizar un puesto de trabajo, unos derechos sanitarios o una jubilación a los que vienen detrás”



 “El dolor produce empatía y crea vínculos entre aquellos que sufren su experiencia abrumadora e insaciable, los males díscolos que no atienden a opiaceos ni a otras panaceas. El dolor conecta el corazón con la soledad, el extravío que aísla y desocializa al individuo que padece”





 “La generación paréntesis ha empezado a buscar casilla para sí y los suyos. Y a medida que atienden a los gurús del dinero y a sus predicciones catastróficas, sienten mayor placer refugiados en su recodo, madriguera, escondrijo, guarida, sin dejar de braceara para que los arrinconen”



 “Sofás de acogida como paradigma de una sociedad que vuelve a sacar las margaritas del armario, se cuestiona el liberalismo salvaje con el cual se han construido castillos de humo y profetiza una nueva modestia combatiendo la precariedad con el espíritu de un boy scout” 





 Joana Bonet en Generación Paréntesis 

La tienes hoy 4 de junio,  martes a las 20,00
En Aula Murcia. Antigua CAM 



 Se nota que me ha gustado el libro ¿verdad? Muy, muy bueno

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Sara






Sara era una reina por derecho propio. Apenas la conocí (un día, charlé con ella en una entrega de Los Goya, todavía existía Pepe Tous) pero por estas cosas de la vida conozco muchos detalles de la suya.

Mi existencia ha sido siempre muy peliculera. El cine me ha rodeado sin tocarme. Por azarosas cuestiones mi madre fue la pupila de una  de las grandes patronistas de Cifesa. Se llamaba Pepita. Incluso me dejó su casa de renta antigua para vivir mis primeros meses en Madrid y no sólo eso, me contaba sabrosas anéctodas de las más grandes: Lola Flores, Sofía Loren, Carmen Sevilla y por supuesto Sara.

Sara, que era tan hermosa, tenía un gran complejo. Ella no se tenía por una buena actriz y arrastraba una pasmosa timidez ante la cámara. La timidez la dejó en los camerinos pero convivió toda su vida diversas inseguridades. Por ejemplo, odiaba tener la piel muy seca. Le decía a mi amiga: “Pepa, qué rápido me voy a arrugar. Me voy a quedar hecha una pasita”. Reía lo menos posible para evitar las patas de gallo y por eso la veis en esas poses algo hieráticas pero majestuosas por la fuerza de su belleza, de ese lóbulo alto, de los labios perfectos. Recordemos que entonces no existían rellenos ni nada parecido. Todo era natural. Desde los dientes hasta los pechos.


Durante mucho tiempo guardé un corsé confeccionado en piel de ángel que había sido de Saritísima. Cierta vez intenté colocármelo: ¡¡Señor!! nuestras madres se han ganado el cielo calzando semejantes prendas. Un buen día, desapareció. Quizá la mía (mi madre) consideró que ya estaba harta de verlo dar vueltas por mi armario juvenil donde sólo había un par de Levis 501 y muchas camisetas.


Sara, como la mayoría de artistas de su generación, era encantadora con los periodistas. Realmente eran estrellas; increíblemente gentiles y bien educadas. Profesionales y divas; abnegadas y rutilantes. Combinaciones que escasean hoy día.



Cierta mañana me la tropecé saliendo de una farmacia.  Por supuesto, en Madrid. Pertenecía a ese grupo de población que acuden a la botica como a un templo sagrado donde encontrar todo lo que les falta. Y en sus últimos años a Sara le faltaba casi de todo. España es así con sus grandes leyendas: desagradecida y hasta cruel. 
Sarita quizá bese esta noche a Gary Cooper y le prepare unos huevos fritos a Marlon Brando


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La maldad es sólo un punto de vista



 Mae West. Una mala a la que le dieron la patada


Pobre chéri, tiene que comer ratas porque le da cargo de conciencia tragar sangre humana

 


¿Y qué me dicen del famoso Conde? Se deja la piel en las cruzadas y Dios le arrebata a su amada Mina. Pa estar cabreao

 

“La maldad sólo es un punto de vista”, escribe Anne Rice en “Entrevista con el vampiro”. Una brillante frase que generaría un debate controvertido ¿Nunca ha probado a ponerse en la piel de su enemigo? Los escritores lo hacen continuamente. Así, es posible sentir lástima por el vampiro, condenado a vagar eternamente en busca de sangre. Incluso es posible sentir lástima por nuestra imputada infanta y por el fresco de Iñaki que pensaba irse de rositas y le ha caído encima el peso de la madurez y de la realidad. La vida no es un partido de balonmano, es más compleja, querido.

La fascinación por el villano ha existido siempre en la ficción pero también en la realidad ¿Quién no se ha embarcado en amores inconvenientes, a sabiendas que todo acabaría mal? ¿Quién no se ha metido en amistades peligrosas? Si no lo ha hecho desconoce el chute que supone mezclar el miedo con el placer; la adrenalina que se dispara en el cuerpo con situaciones arriesgadas; el sube y baja emocional de “no debería seguir con esto pero me engancha”. Si vivió algo semejante tampoco se considere muy especial. Todo tiene una explicación científica. Como casi todo.

El profesor de la Universidad de Turingia, Boris Bandelow, asegura que la fascinación por el mal reside en nuestro cerebro. Que sentir miedo provoca una descarga química con los mismos efectos de la droga y que, a la postre, ese chulazo que castiga, lo que hace en realidad es inyectarnos una mini dosis de dopamina. Y por eso nos encanta. Esa es la explicación del Síndrome de Estocolmo. Incluso yo diría aún más, esa es la explicación de tantos amores absurdos que se generan en situaciones de extremo peligro donde la vida no vale nada, tales como la guerra. Una vez que finaliza el conflicto y la posibilidad inminente de daños mayores, la relación carece de sentido.

Los malos molan por varios motivos. La “maldad” masculina se asocia a la testosterona, al poder del macho, de la dominación y a que nos imaginamos que serán infalibles en la cama. En nuestra mente existe esta fantasía del tipo duro que nos hará gozar sexualmente y al que incluso podremos llegar a enamorar. De esta forma, domamos al caballo salvaje, nuestro ego sube como la espuma y a otra cosa mariposa. O sea, que los malos son para pasar el rato. Las chicas alinean al malote en la misma estantería de los pagafantas: nos mueve a ellos un afán utilitario. Total, que Anne Rice tenía razón: la maldad es sólo un punto de vista. Pasar de malo a pringao es cuestión de tiempo.

Los lectores masculinos pensarán que realmente las malas somos nosotras. Efectivamente. Muchas son malas. Las mosquitas muertas, las peores. Ustedes tendrán en mente a la inefable Mae West, aquella actriz que proclamó que “las chicas buenas van al cielo y las malas a todas partes”. Todo aquello quedaba muy bien en el papel. Mae West, que iba de come hombres y que era más lista que la mayoría de sus coetáneos masculinos, acabó fagocitada por el machismo hollywoodiense. Poco importó que su picardía y olfato comercial salvasen a la Paramount de caer en la ruina más absoluta. Cuando no les interesó le dieron una patada en su hermoso pandero y salió de la industria por la puerta de atrás.

Total, que Anne Rice tenía razón: la maldad es sólo un punto de vista y esos malotes que nos fascinan, en el fondo, no lo son tanto y, como todos, sólo quieren que los quieran.

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Elogio de la imperfección



La investigadora italiana Rita Levi-Montalcini sostenía que no debíamos temer los momentos de grandes dificultades en nuestra vida. Es cuando damos lo mejor de nosotros. Cuando parece que no hay salida. Momentos como este momento. 



Personalmente, odio la perfección, me resultan sospechosas las personas que pasan toda su vida haciendo lo mismo en idéntico lugar y se sienten confortables en esa plasta gris que es la monotonía. No les envidio. Si acaso, añoro el gen pasivo, pachorrón, que les permite despilfarrar el regalo que es la existencia, los años preciosos a nuestro paso por este mundo, sin aportar nada a los demás, sin inquietudes, sin ambiciones. Les envidio porque muchos de ellos son felices. La felicidad de los idiotas. Ojalá yo fuera así, aunque fuera tres semanas al año. Pero mi ADN es inconformista.



 Las palabras de Rita, que llegan de un pasado reciente –un fantasma bondadoso que nos reconforta en las horas chungas-tienen, como no podía ser de otra manera, una base científica. Presumo que ella hablaba por la voz de la experiencia pero, imaginad, por un momento, cuántos grandes hallazgos son una sorpresa, un error, una prueba que ha fallado. En esa cuadrícula precisa de experimentos y laboratorios se mueve, misterioso, libre, indómito, el azar. El azar, el duende, la sorpresa, la mano de Dios (?). Colón buscaba las Indias y se tropezó con América. Lo tenemos todo controlado para que nada falle, para que todo transcurra sin tropiezos y, de pronto, nadan siniestros, hacia nosotros, esos cisnes negros. Imprevisibles, imposibles, hermosos, con la muerte en sus alas; El resultado: un 11-S que siempre nos helará el corazón.
Por eso, por más que le digan esos temerosos de espíritu, esos piltrafillas que van a salvar su culo, y sólo el suyo, de que este será un mal año; un año del que no esperar demasiado, de mantenerse, escúpales a la cara su mediocridad (figurativamenrte hablando, claro, no quiero yo ser germen de violencias). 

 Este año será lo que cada uno quiera y entregue de sí mismo. De la imperfección que nos rodea, surgirán la creatividad y los sueños. De la miseria y los miserables que ostentan el poder, nacerán las grandes ideas. El triunfo de la ilusión y la solidaridad. Este será un gran año, pero sólo para los osados, los atrevidos. Como escribía el inimitable Víctor Hugo: “El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad”.



La imagen es de Silvia de Luque

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Ana María Matute y su bosque de palabras







La única verdad son las palabras. Con todos sus laberintos y sus dobles sentidos. Germen de todo, herramienta fundamental de la magia. Nombrar es crear aquello que se nombra. Con la palabra podemos construir la vida. Una vida mejor. 
Ana María Matute es el ejemplo más claro de esto que escribo y se hace real, se hace obra, amigos, horas, tristezas, alegrías, sueños, presente y pasado en este reportaje brillante que ha realizado el equipo que dirige Julia Otero. No os perdáis la voz, la obra, la magia de la Matute. Ella misma es su mejor creación. Y añadiría que todos los que han sido grandes en algo han soñado primero, han escrito y verbalizado después. La palabra ha estado tras ellos, materializando las ilusiones.

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Tesoros

 Cuando uno menos lo espera, ocurre el milagro. En la Murcia del paro galopante descubren un tesoro escondido en la calle Jabonerías: 423 monedas andalusíes de oro y plata. El pasado, convertido en una metáfora fosforescente, nos rescata del pesimismo. Imagino esa orza oculta en el dormitorio de una pareja que destinaría la fortuna a dote de su hija. Los dinares y alhajas quedaron ocultos por la tierra, por el agua. Sobre la riqueza antigua se edificó otra vivienda donde habitaría otro matrimonio, quizá también con joven casadera. 


Así se escribe la vida. En el fondo, nada cambia. 


Sam Kashner debió pensar igual cuando leyó el manuscrito “Yates y cosas”. Seis páginas inéditas de Truman Capote que emergieron de la sección de Manuscritos y Libros Raros dela Biblioteca Pública de Nueva York. El mismo espíritu ácido de “Plegarias atendidas” subyace en el relato que pronto veremos en la red gracias a la relación de Kashner con Vanity Fair. Asistiremos a la reedición del ajuste de cuentas que hizo el hacendoso hijo de Nueva Orleans con los VIP de su época. Tras conseguir el tesoro que tanto persiguió en vida, el éxito con mayúsculas de “A sangre fría”, Truman se derrumbó como un castillo de naipes. El buen chico sureño quería a Dick y Perry, aquellos infelices a los que vio morir como un sacrificio humano que sellaría seis años de duro trabajo. 


El resto lo sabemos: se sepultó a sí mismo bajo las drogas, el alcohol y aquellos insustanciales pijos que lo adoptaron como mascota. Quizá pasó el resto de su existencia sonado, prometiendo un libro que jamás envió a sus editores, pero un escritor siempre es un escritor. Aún oculto, el tesoro de las palabras ha sobrevivido en ocho cajas de documentos que Capote dejó a su albacea, el editor Joseph M. Fox.

  



Yo misma soñé que tenía en mi casa una habitación que nunca visitaba: una estancia sofisticada y cálida. Un “espacio propio” a orillas dela Riviera francesa. Ese es mi tesoro bajo la ciénaga de horas que no comprendo, atrapado en la prisa de los días que nos llevan a ninguna parte. Al menos sé que existe, aunque oculto en algún tramo recóndito de mi fase REM

   

 Nuestro acomplejado y maltrecho país cuenta con la marca España que tantas satisfacciones nos dio en el pasado. España es mucho más que gente rebuscando en los contenedores, políticos corruptos y empresarios que no dudan en sacrificar vidas ajenas para ganar dinero. ¿Qué es la marca? Carlos Espinosa de los Monteros lo explicaba hace unas horas: “La quintaesencia de lo intangible”

¿Cuál es nuestro tesoro? ¿Acaso no está en nuestras manos escarbar como sabuesos del propio destino y hallar eso que nos hace únicos? No rendirse es la consigna. 
Porque así se escribe la vida. En el fondo, nada cambia. Y el sol volverá a brillar.

 

 

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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