La Verdad

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Categoría: exhibicionistas
Barbudos, el debate con pelos

 

 

¿Pero qué os ha dado a todos llevar barbas? Se supone que el hipsterío anda medio extinguido entre los cafés a precio de marisco y las películas V.O en libanés. Pero no. Algo queda,  como un perfume de una moda que no se termina de marchar.

Algo se nos ha pegado de esa ola: me paso el día viendo chicos con  barba. Por todos sitios: en el gimnasio, en los jardines, por la gran vía, en la tele, en mi Facebook ¡¡en mi casa!!. A veces me siento sumida en una pesadilla peluda. Porque cuando digo barba, no me refiero a esas perillas a lo Juan Tenorio. No, no. Barbas tipo la ira de Zeús, o tipo mala folla de Poseidón. Barbas Marx y Papá Noel.

 

Lo cierto es que todo el tema de los pelos causa mucha controversia. Lo tengo comprobado. Los defensores de la barba suelen defender al mismo tiempo el vello púbico abundante. Lo que viene a ser un buen felpudo.

Pareciera que los defensores de la barba hayan creado un club místico donde observan el mundo con otra mirada. Quizá la mirada de lo intemporal, del no tiempo, de los yoguis (ejemplares barbados casi todos ellos, un mudra tan importante como el de las manos o el cabello largo, en reivindicación de su parte femenina).

Los barbudos —lo tengo comprobado— son tranquilos, quieren dejar su testimonio, su semilla en el mundo. También es verdad que les gusta poco afeitarse. Es incómodo y en invierno más. Algunos se hacen auténticas carnicerías por torpes y otros tienen rostros como el culito de un bebé. Y claro, así no se puede.

Los que os dejáis barba pensando que se os tomará más en serio es posible que llevéis razón. Que el mundo en general cambie la percepción que tiene de vosotros. A mi no me la pegáis.

Entre mis seguidores de Facebook he observado que las posturas pro y anti-barba se defienden con ahínco, incluso ferocidad. Yo no entro ahí. Tan limpio puede ser el que se afeita como el que  no lo haga a menudo. De hecho, una barba bien cuidada también requiere de esfuerzos, cremas hidratantes especiales e incluso el preciado aceite de rosa mosqueta para que el pelo no se reseque.

En cuanto a las preferencias de las féminas ¿Qué os puedo decir? Hay hombres guapísimos y la barba resalta sus ojos, incluso su nariz.  A muchos les disimula una incipiente papada. Y, como siempre, el que es guapo, lo es de cualquier manera.

Personalmente, me gustan los rostros sin trucos, descubiertos, limpios y sin pelos. Entiendo que es una opinión muy personal y que si apelamos a la naturalidad, natural, lo normal y lo intrínsecamente humano es que el vello y el pelo cubra nuestro cuerpo.

En estos tiempos donde ni lo comemos ni lo que bebemos es natural, y si me apuran, casi ni lo que sentimos, ¿Qué sentido tiene dejarse una barba que os llegue hasta la mitad de los pectorales? Quisiera creer que el hombre barbudo reivindica los orígenes, incluso lo troglodita y lo animal que queda uno de vosotros.

Por desgracia, creo que no deja de ser otra moda, en este caso, tremendamente cómoda. Entiendo que afeitarse todos los días es un rollo pero los pelos me estorban, me distraen, son un ruido prescindible en las miradas de esos  hombres que me gustan.

Si a tu chico le gusta la barba, déjalo, criatura, ya se aburrirá. Y si opta por el mundo peludo para los restos, habrá que renegociar la relación. Siempre le podrás decir: este no es el chico del que me enamoré.

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Deseos imperfectos

 

 

 

No estamos locos, que sabemos lo que queremos pero ¿Qué sucede cuando lo que queremos entra en contradicción flagrante con la moral social imperante? ¿Con nuestro estilo de vida? ¿Con lo que hemos sido siempre? ¿Con lo que se espera de nosotros?

La verdad verdadera es que en muchas ocasiones para hacer lo que uno quiere se requieren grandes dosis de valor.  Atreverse a enfrentarte con tus deseos más ocultos y con tus fantasmas no está alcance de todo el mundo.

Vivimos en un mundo distraído. Pasamos de una tontería a otra, sumergidos en la insustancial cotidianidad pero muchos cuentan con un universo paralelo. Lo necesitan. Es la verdad de las mentiras que proclama Vargas Llosa. Algunos prefieren la ficción para sublimar sus deseos más canallas. En el mundo real intentan no romper un plato (sin conseguirlo, claro).

Hace falta valor, ven a la escuela de calor. Claro que sí.

Los terapeutas del XIX y parte del XX han tenido siempre este dilema. ¿Qué hacemos con este sujeto? ¿Lo amoldamos para que sea feliz en este orden moral imperante, castrador, hijoputista y maniqueo?  ¿Le enseñamos a aceptarse tal como es? ¿Con sus locas ansias, sus singularidades y todo aquello le diferencia de la apabullante normalidad? Vaya lío ¿no?

Lo diferente es tachado de peligroso. Lleva una etiqueta y un estigma difícil de borrar. La pregunta que me hago es ¿Por qué habría que borrarlo? ¿Qué más avances científicos y filosóficos deben existir para que aprendamos a aceptar a cada uno tal y como es? Y lo que es más importante ¿Qué revolución tenemos pendiente para que aprendamos a aceptarnos y querernos con todos nuestros defectos y manías?

En sexualidad no se admite la palabra parafilia o perversión, sino peculiaridad. Siempre y cuando no se atente contra la libertad o la integridad de alguien no hay nada “raro” ni “perverso”.  Es más, uno de los primeros intentos de analizar y estudiar la sexología humana y resaltar conductas presuntamente patológicas, acabó convirtiéndose en un manual que tranquilizaba a mucha gente.  ¡Ah!, suspiraban aliviados algunos lectores, ¡hay más individuos por ahí como yo!.

Me refiero a alguna de las once ediciones del tratado Psycopathia Sexualis, escrito por Krafft-Ebing, donde, por ejemplo, la homosexualidad se consideraba una enfermedad; pero también ciertas querencias o prácticas como el fetichismo con zapatos o el masoquismo femenino.

En 1969 la homosexualidad figuraba en catálogo de las enfermedades mentales de Estados Unidos. No hace tanto ¿verdad?. A partir de los sucesos de Stonewald y de la rebelión de parte de la comunidad gay de Nueva York, las cosas cambiaron. Se obligó a la Asociación de Psiquiatras Norteamericanos a realizar un referéndum sobre si ser gay era algo patológico. Dos tercios votaron a favor de eliminarlo de ese catálogo.

Así, Krafft-Ebign, como otros estudiosos de su época (y me atrevería a decir que aún quedan vestigios de ese pasado excluyente) no negaban el instinto sexual pero siempre y cuando estuvieran orientados a la reproducción. A la moral sexual imperante del momento.

Hemos avanzado, sí, pero aún queda un largo camino por recorrer. Viejas creencias como que el instinto y el deseo sexual es más exacerbado en hombres que en mujeres aún permanecen ancladas en nuestro sustrato ideológico.  El orden moral ha sido sustituido por otros órdenes: el psicológico y el insustancial.

Pero, insisto, no estamos locos, sabemos lo que queremos. Aquí el que más y el que menos tiene su punto friki y es saludable. Hay que asumirse y quererse. Y atreverse. Si te quedas parado pensando que evitarás la muerte o el dolor propio y ajeno, ya estás muerto. Si te obsesionas con ajustarte a un molde, te romperás. Tú decides.

 

 

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Swingers y romanticismo

 

 

 

La propuesta me llegó por e-mail: “me encantas, pareces de porcelana. A mi novia también le gustas, nos apetecería hacer un trío contigo“. Creo que me ruboricé de inmediato. El mensaje parpadeaba en mi móvil entre las hileras de un gran hipermercado.

De un intercambio profesional, de verme en fotos, quizá en alguna entrevista on-line, pasé directamente a sus fantasías. Pero hay señores así, que no se conforman, que se atreven con todo. Y señoras.
El  supuesto seductor anduvo como un mes mandándome mensajes del tipo, estoy tirándome a tres tahilandesas, una de ellas ganadora de un certamen de belleza, pero no dejo de pensar en tus labios. Me enviaba una foto de su chocita de fin de semana: “Estoy sólo. Esta noche mi chica hace el amor con otro hombre. Me pone muchísimo saber que está con otro“.
No me importó parecer una timorata a sus ojos. Hay cosas que no censuro, cada cual es libre de hacer con su pareja y su miembro sexual lo que quiera pero “soy una romántica — le decía — Estoy más cerca del joven Werther que de las heroínas del Poliamor”.
—Es una pena porque eres tremendamente sexy.
El caso es que pensaba a menudo en esta pareja, cuyas andanzas profesionales seguía por Twitter y Facebook, su gran compenetración, su gran amor incluso; él siempre me recordaba lo enamorados que estaban — sobre todo él, me remarcaba— y  me contaba que fue ella quien le introdujo en estos juegos donde compartían cama con otras parejas amigas, después de compartir la cena. Lo mismico que si se jugasen un Monopoly a los postres.
Pero, por otro lado, estoy segura que cuando una pareja está muy enamorada no necesita nada para hervirse la sangre el uno al otro. Apenas un roce, un beso más profundo de lo normal y la excitación está servida en bandeja. Siempre he sospechado que en estos locales de parejas hay mucho matrimonio aburrido —sobre todo ellos— que buscan subirse a otras mujeres con el consentimiento de la propia porque, salvo excepciones, en todo este tipo de encuentros hay muchos más hombres que mujeres. Aunque, sí, es posible que haya personas que vean el sexo como un juego, como una posibilidad creativa más, como una performance de la propia vida.
Como la mayoría, pertenezco quizá al aburrido segmento de la “monogamia sucesiva” y además otorgo al sexo una importancia capital en las relaciones de pareja. Como dice Silvia de Béjar, el sexo es el pegamento que une a la pareja. Hacer malabarismos con cuerpos propios y ajenos siempre conlleva cierto peligro,  aparte deasquillo que me da pensar que mi pareja estuviera metiendo el churrico en cuatro o cinco cuevas diferentes. Creo que al sufrimiento y los celos le seguirían la repulsión.
No me malinterpretéis. El tipo de la propuesta era apuesto, guapo, un triunfador hombre de negocios, forrado hasta el punto de pegarse un viaje de una punta hasta la otra del mundo para echar un kiki. A simple vista, una se puede sentir halagada, incluso le puede parecer fascinante y curioso este universo de swingers pero esto no es para mi. Y sí, por muy guapo que fuese el tipo, por muchos condones que me asegurasen una relación completamente saludable —quizá aséptica—mi mente no dejaría de pensar que para este señor yo era otro coño más en su inmensa colección de tías a las que se ha tirado. Y perdonad mi rudeza.

 

La frase: pareces de porcelana es romántica, incluso cursi. Pero compartir al tipo que dice semejantes cosas con su novia, pues no. Llamadme antigua. Incluso muy antigua.

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Objetualizar

Cuerpo perfecto según la revista Time en 1955
La perfección me aburre. Esos cuerpos bronceados, esculpidos, tableteados, sin un ápice de grasa son plástico puro. Esas chicas operadas de pies a cabeza, cuyas tetas llegan antes que ellas me dan cierta pena y aunque no quisiera yo fijarme tanto en los físicos cuando paseo por la playa no me queda otra. Es lo que hay, palpable, visible. Ineludible a veces. Porque ahí te los ves — curiosamente sobre todo a ellos — haciendo ostentación de bíceps, femorales, y cuádriceps. ¿Qué queréis que os diga? Me emocionan lo mismo que una almeja putrefacta.
Cierto, los seres humanos tendemos a objetualizar a otros humanos. Que si mira qué culo, que si qué hombros, qué pectorales. Los amantes incluso se regodean en la anatomía en plan Jack el destripador. Es decir, por partes. El enamoramiento consiste en eso, en la abstracción pura del uno con el otro, e incluso con ciertas partes del objeto de nuestro amor (otra vez la palabreja).
En Ciudadano Kane vemos como el protagonista repite en su lecho de muerte: “rosebud, rosebud”; así denominaba el aparato genital de su novia. Incluso el amor podría tener mucho de cosificación en sus comienzos. Unos labios nos salvan la vida. O unos pechos, o un susurro en la oscuridad.
Objetualizar es casi inevitable y más en el mundo que vivimos plagado de imágenes, contaminado con lo audiovisual. Yo me confieso pecadora de objetualizar y de guardar en mi retina imágenes que me acompañarán toda la vida, al igual que atesoro palabras.
El mundo se divide entre los que observan y se saben observados. A veces jugamos uno u otro papel. Los más adorables son aquellos que destilan un encanto natural sin ser completamente conscientes de ello. Aquellos que derraman su gracia de forma espontánea. Los hay que te pueden noquear con una sonrisa, con una mirada y ellos, tan frescos, sin darse ni cuenta.
Sí, a veces objetualizamos a seres humanos, qué atrevimiento, pero los más dignos de atención son los imperfectos, los que guardan armonía en una nariz algo torcida, en, quizá, una anatomía  que muestra un abdominal relajado, o el dibujo irregular y caprichoso de perfiles. Los defectos nos hacen entrañables, únicos y, en ocasiones, objetos de deseo.

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Desnudos


 

 







La humanidad se divide entre quienes glorificamos el cuerpo desnudo y quienes lo detestan, ocultan, rechazan; lo violan y agreden. Un cuerpo prestado que llevamos a cuestas y que bajo la ropa ofrece tanta información,  tanta verdad acerca de nosotros: cicatrices, prominencias, vellosidades. La piel que se agrieta o se eriza, que se tensa o relaja. ¿Mostrarnos desnudos es mostrarnos tal como somos en verdad? No estoy tan segura. Vivimos una banalización del desnudo extensible al kalós y agazós que predicaban los griegos. Ni todos los desnudos son hermosos, y mucho menos verdaderos, pero, sin duda, todos captan nuestra atención.


Miley Cirus aparece al final de su último video clip, “Wrecking ball“, como su madre la trajo al mundo sobre una bola de demolición. Dicen que todo esto lo hace para romper su imagen de niña Disney. Lo está consiguiendo pero ¿Por qué todo este revuelo? Porque hay un poso de falsedad. Nada que ver con Madonna y su “Erótica”. Ella sí es así: arrolladora, atrevida, transgresora, sexual.

 El desnudo de los afectados por las preferentes; el de aquel tipo que denunciaba los crímenes de la CIA frente a la Clínica donde se recupera al Rey, no es el mismo desnudo que colgó Paco León para celebrar su millón de seguidores en Twitter, aunque ambos son igual de “verdaderos”. La imagen de Lennon y Yoko  en su encamamiento contra la Guerra de Vietnam es diferente de las performances que ejecuta el colectivo Femen,  ya más famosas por mostrar los pechos que por las causas que defienden.

El desnudo ha encumbrado a algunas actrices (Sylvia Kristel) y ha destrozado a otras (Elizabeth Berkley). Hay desnudos portentosos como el de Viggo Mortensen en “Promesas del este” y otros aterradores, como el de Stallone en “Demolition man” y los hay que han llenado el mundo de una belleza irrepetible: la Victoria de Samotracia, el David de Miguel Ángel, la Venus de Velázquez y la de Botticelli, al templo hindú de Khayuraho. Otros desnudos nos han llenado de vergüenza: el de aquellos humanos inertes apilados como trapos sucios en los campos de concentración.

Somos animales frágiles y sin ropa, aún más. Mostrarse desnudo ante el mundo puede ser una pose, un fake, una moda. Incluso una moda peligrosa. Las damas de la época previa al bonapartismo mojaban sus sedas para que se ciñeran al cuerpo en el húmedo y frío París. Algunas fallecían de unas neumonías tremendas. Al mal lo denominaban la enfermedad de las muselinas. Mostrarse desnudo ante el mundo puede ser también una alegoría de los tiempos que vivimos de auténtica incertidumbre, de no saber si mañana nos encontraremos con una mano delante y otra detrás. La desnudez oscila entre el exhibicionismo y la entrega real. Una especie de “ved como soy, aquí no hay trampa ni cartón y, mucho menos, retoques de photoshop”

Pero el desnudo sólo nos impacta a la cultura eurocentrista, en otros lugares del mundo ha sido y es completamente irrelevante. No hay morbo, ni curiosidad. No hay magia.

Mostrar el cuerpo ha coincidido siempre con episodios brillantes de la civilización humana, mientras que ocultarlo era cosa del medievo y los fascismos pero mostrarse hoy día no siempre responde a la exaltación de la belleza, sino a una obsesión irremediable por la imagen ¿Cuántas celebrities han sido pilladas haciendo un sexting?. El pan nuestro de cada día. Lo hacen a diario miles de adolescentes y también miles de adultos. De esta forma, el desnudo de los griegos ya no son cánones y proporciones sino píxeles del deseo, quizá bellos y verdaderos, que vuelan por el ciberespacio.

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Berluscoñi

Berluscoñi me da grima. Pero no está solo. Como dijo hace poco el editor de uno de sus periódicos, Giuliano Ferrara, “Siamo tutti puttane”. O sea, todas somos putas. No sólo las mujeres espectaculares de las party bunga bunga –según il Cavaliere, buenas chicas que sólo aceptan ir a cenar a casa del primer ministro–  sino la corte que rodeaba semejante circo. Y una sociedad que lo respaldaba. Niñas vestidas de monjas, disfrazadas de Ronaldihno.  Fiestacas presididas por señores tripones y calvos, con todos los implantes imaginables, que no fantasean con colegialas. Se las tiran. Todo les está permitido. Sentar en sus rodillas a adolescentes con trenzas, mientras en una mano sostienen un puro y con la otra le soban la teta. Porque no os engañéis. Esto es lo que había en villa Arcore.

Un tipo que dice tener un 90% de Viagra en sangre y que se lo tiene tan creído resulta incluso aburrido. Porque podría ser un sinvergüenza con gracia, pero no, no la tiene. Es grosero, previsible, burgués, nuevo rico. Un dictadorzuelo capaz de las estratagemas más sucias con tal de  ganar: pinchazos telefónicos para eliminar a su competidor, Piero Fasino, o comprar por tres millones de euros al senador de centro derecha, Sergio de Gregorio, y así desbancar a Prodi . ¿Qué necesita circulante? Muy fácil, monta un chiringuito comercial de derechos televisivos, libres de impuestos, et Voilá!. Ya tiene las liras que necesita para meter en los sobres de sus bunga-girls y sobornos varios.

Berluscoñi ha ejercido tres veces como  presidente del Consejo de Ministros, fue ministro de Exteriores y está condenado por corrupción de menores y abuso de poder a 7 años de cárcel. Ruby tenía 17 cuando conoció al interfecto. De sus conversaciones grabadas se deduce que hubo tomate, incluso encoñamiento, pero al cavaliere no le dolían prendas en valerse de cualquier estratagema para librarse de esta condena: “Diles que estás loca”.


El tío es listo. Es dueño de un tercio de la editorial Mondadori, compró la cadena Blockbuster, portales de acceso a internet y parte de Olivetti. Según Forbes, en 2011 su fortuna rebasaba los 7.8 millones de dólares y es fundador y presidente de Mediaset. Todo eso es compatible con cuatro condenas pendientes por los pinchazos teléfonicos, la compra de votos, el caso de los derechos televisivos y, ahora, la historia con la Robacuori, o su nombre original de marroquí, Karima el-Mahroug.

Con una jeta impresionante ha declarado: “Es una confabulación. Una sentencia increíble, violenta. Estoy convencido de mi inocencia”. Pero lo peor no es que este sujeto invente colosales mentiras y las crea. Lo increíble son todos los años en los que ha sido reo y protagonista de la vida política, económica y social italiana. Lo increíble es el apoyo de sus compatriotas durante tanto tiempo. Incluso se publicó un sondeo en el que un 33% de las jóvenes italianas se mostraban dispuestas a costarse con él. A lo que, ufano, añadía: “El resto de las chicas contesta: ¿Otra vez?”.

Algunos piensan que Prodi no fue encausado ni una vez y él lo ha sido en veinte ocasiones, con lo cual, sospechan de un sistema judicial tendencioso. Sea como fuere, los paralelismos con los enjuiciados y procesados españoles son tangibles. Algunos como Conde pasaron años en la trena pero está por ver qué ocurrirá con Bárcenas o Blesa. ¿Por qué tanto chorizo se va de rositas? Fácil, porque como “todas somos putas”, todo el mundo tiene un precio, una boca que callar, una deuda que saldar incluso un ego que inflar. Y así se escribe la historia.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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