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Categoría: Mae West
El sexo de nuestros padres

 

 

 

 

Siempre digo que si las parejas se guardasen un día en semana completo para ellas no habría crisis, ni divorcios ni terapias. Quizá muchos sexólogos se quedarían de brazos cruzados. O no. Quizá serían un estímulo más en sus vidas. Porque el sexo ha de ser otro ingrediente más de la pareja y cuanto más variado y diferente, mejor.

Imagine que le gustan mucho las ostras. Pero imagine que le ponen ostras para comer, merendar, desayunar y cenar. La cosa cambia si se las cocina de un modo distinto.

Esto, que es una obviedad, se nos olvida en muchas ocasiones.

Nuestros padres creo que lo tenían todo más claro. Vale que muchos vivieron en una moral sexual castrante pero una cosa era fundamental: la pareja era lo primero, lo segundo, lo tercero. Los hijos, una consecuencia. Un precioso fruto, por supuesto, pero en ningún caso podría sustituir el germen, el amor primero por el que llegaron a este mundo.

Entiendo que vivimos en un entorno estresante, competitivo, complicado. Sacar tiempo para cuidar nuestras relaciones personales se nos puede antojar un exceso en determinado momento, pero nunca lo es. Ese tiempo es ganado. Los hay que prefieren pagar los servicios de una prostituta/o una vez al mes, a tener una relación. O descargarse un amante por internet, salvando tediosos encuentros y frustraciones. Lo que sea por un polvo rápido.

Una pena.

Me gustaban las mujeres de los años 30, las reinas de la era Pre-Code, esa doña poderosa, independiente, que disfrutaba de su sexualidad, e incluso su bisexualidad o lesbianismo sin ningún miedo. Si se fijan, siempre hay políticas o órdenes morales que tienden a reprimir estos movimientos. En el caso del cine americano fue el Código Hays. En España, la Guerra irrumpió y paralizó las investigaciones que a principios de los 30 se desarrollaron en nuestro país. Arrancadas de caballo y paradas de burro. De tal forma, que desde los 80 hasta la actualidad no hay grandes mejorías.

Nuestro país pasó del destape a la medicalización de la sexualidad. Volvemos al XIX donde los únicos tratados que existían sobre este género se referían únicamente a la parte higiénica del asunto “Higiene del matrimonio o libro de los casados” (Monlau, 1853) o “Los peligros del amor, de la lujuria del libertinaje en el hombre y la mujer” (Peratoner, 1873) y una larga lista donde el sexo sólo se estudiaba desde el punto de vista del frikismo, la rareza, la verruga, la enfermedad ¡y el pecado!.

Seguimos casi igual. El sexo es un objeto de consumo de primera necesidad y hay un marketing increíble que casi nos obliga a perseguir orgasmos como posesos con los rudimentos que sean menester. En otros ámbitos, la cosa empeora: el sexo vuelve a ser el causante de enfermedades, de embarazos no deseados y, en algunos casos, de complicaciones vitales.

Muchas veces nos negamos nuestra propia naturaleza; nuestro deseo genuino e intransferible para encajar en el puzzle de la sociedad. Nos recortamos a nosotros mismos y nos engañamos y engañamos al resto. Somos, por así decirlo, piezas falsas. Polizontes en un cuadro que no nos corresponde pero en el que nos empeñamos en permanecer, incluso si eso nos cuesta la propia salud psíquica.

Se nos olvida la importancia fundamental del sexo en la esencia de la pareja. Su papel capital en nuestra conformación como seres humanos y no sólo como seres sociales y familiares.

Veamos el sexo como lo que es; nuestro aliado, una parte irrenunciable de nuestra vida y que nos acerca a los demás con momentos imborrables, perfectos e inolvidables. La más sana de todas las “enfermedades”.

 

 

 

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La maldad es sólo un punto de vista



 Mae West. Una mala a la que le dieron la patada


Pobre chéri, tiene que comer ratas porque le da cargo de conciencia tragar sangre humana

 


¿Y qué me dicen del famoso Conde? Se deja la piel en las cruzadas y Dios le arrebata a su amada Mina. Pa estar cabreao

 

“La maldad sólo es un punto de vista”, escribe Anne Rice en “Entrevista con el vampiro”. Una brillante frase que generaría un debate controvertido ¿Nunca ha probado a ponerse en la piel de su enemigo? Los escritores lo hacen continuamente. Así, es posible sentir lástima por el vampiro, condenado a vagar eternamente en busca de sangre. Incluso es posible sentir lástima por nuestra imputada infanta y por el fresco de Iñaki que pensaba irse de rositas y le ha caído encima el peso de la madurez y de la realidad. La vida no es un partido de balonmano, es más compleja, querido.

La fascinación por el villano ha existido siempre en la ficción pero también en la realidad ¿Quién no se ha embarcado en amores inconvenientes, a sabiendas que todo acabaría mal? ¿Quién no se ha metido en amistades peligrosas? Si no lo ha hecho desconoce el chute que supone mezclar el miedo con el placer; la adrenalina que se dispara en el cuerpo con situaciones arriesgadas; el sube y baja emocional de “no debería seguir con esto pero me engancha”. Si vivió algo semejante tampoco se considere muy especial. Todo tiene una explicación científica. Como casi todo.

El profesor de la Universidad de Turingia, Boris Bandelow, asegura que la fascinación por el mal reside en nuestro cerebro. Que sentir miedo provoca una descarga química con los mismos efectos de la droga y que, a la postre, ese chulazo que castiga, lo que hace en realidad es inyectarnos una mini dosis de dopamina. Y por eso nos encanta. Esa es la explicación del Síndrome de Estocolmo. Incluso yo diría aún más, esa es la explicación de tantos amores absurdos que se generan en situaciones de extremo peligro donde la vida no vale nada, tales como la guerra. Una vez que finaliza el conflicto y la posibilidad inminente de daños mayores, la relación carece de sentido.

Los malos molan por varios motivos. La “maldad” masculina se asocia a la testosterona, al poder del macho, de la dominación y a que nos imaginamos que serán infalibles en la cama. En nuestra mente existe esta fantasía del tipo duro que nos hará gozar sexualmente y al que incluso podremos llegar a enamorar. De esta forma, domamos al caballo salvaje, nuestro ego sube como la espuma y a otra cosa mariposa. O sea, que los malos son para pasar el rato. Las chicas alinean al malote en la misma estantería de los pagafantas: nos mueve a ellos un afán utilitario. Total, que Anne Rice tenía razón: la maldad es sólo un punto de vista. Pasar de malo a pringao es cuestión de tiempo.

Los lectores masculinos pensarán que realmente las malas somos nosotras. Efectivamente. Muchas son malas. Las mosquitas muertas, las peores. Ustedes tendrán en mente a la inefable Mae West, aquella actriz que proclamó que “las chicas buenas van al cielo y las malas a todas partes”. Todo aquello quedaba muy bien en el papel. Mae West, que iba de come hombres y que era más lista que la mayoría de sus coetáneos masculinos, acabó fagocitada por el machismo hollywoodiense. Poco importó que su picardía y olfato comercial salvasen a la Paramount de caer en la ruina más absoluta. Cuando no les interesó le dieron una patada en su hermoso pandero y salió de la industria por la puerta de atrás.

Total, que Anne Rice tenía razón: la maldad es sólo un punto de vista y esos malotes que nos fascinan, en el fondo, no lo son tanto y, como todos, sólo quieren que los quieran.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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