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Categoría: mafiosos
Gandolfini es Tony Soprano


Que muera Gandolfini con 51 años es una putada. Le quedaba mucho por interpretar sin duda. Recuerdo la primera vez que comencé a ver Los Soprano. El primer capítulo me parecía algo raro. Ese silencio inmenso entre un gordo, Tony Soprano, y su psiquiatra, la doctora Melfi, resultaba incómodo pero a la vez, hipnótico. Me zampé los Soprano de golpe, sin anestesia, un mes de agosto. Cuando todo el mundo se acostaba, encendía el ordenador y me pasaba la noche sudando, con un litro de té frío y enganchada a esos personajes contradictorios: amantes de la familia, de la paz (de esa cierta paz que se busca entre los tuyos) y a la vez tan salvajes, tan despiadados cuando llega el momento de la venganza. Hay cosas en la vida que hay que hacer y ya está. Cuanto antes mejor. Sin sentimentalismos, con eficacia.
Los Soprano eran cotidianos, eran caseros, como de toda la vida y tenían esa faceta de la brutalidad humana encarnada en Tony. Un ogro que es capaz de asesinar a sangre de su sangre y que se enamora como un tonto de la psiquiatra. Melfi era la madre buena, frente a la propia, su despiadada madre mala: rencorosa, experta en el chantaje emocional. La madre ejemplificaba esa zona oscura que habita en algunas mujeres mediterráneas. Lo mismo te traen comida para la semana que te apuñalan por la espalda. Pero eso, eso tiene otra reflexión. Y hoy, los fans de los Soprano estamos de luto y estupefactos.

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Arquetipos, mafiosos y princesas (Porque nos encanta el cotilleo)

 




No busquéis ficción en las teleseries. Están en las páginas de los periódicos. Creíamos que nuestro país era serio y resulta que es un capítulo de Mortadelo y Filemón con micros ocultos en los centros de mesa y quién sabe si en la merluza con salsa verde. Ni zapatófono ni Ofelia. Aquí tenemos ex-amantes aterradas que deciden acogerse al sagrado de los medios, como si los medios nos protegiesen de algo. Cierto: no me gustaría estar en su pellejo; pero, ¿a qué viene ahora este acto de contrición? Todo  recuerda a las vetustas estrategias de Hearst, el magnate del amarillismo para distraer la atención de lo que realmente importa, una campaña orquestada por algún guionista maquiavélico que consigue un sueño casi imposible: tus personajes son pura realidad. “El cunnilingus y la psiquiatría nos han llevado a esto”, que diría Tony Soprano. Caemos como moscas en la red, enamorados de este rocambolesquismo de culebrón, donde todo es real pero falso. O francamente falso, como escribió Truman Capote. Porque, señoras y señores: nos encanta el cotilleo.

Confesad: ¿Quién no se ha preguntado que hacía esa rubia tan fina con Bárcenas? Ella parece un anuncio de Tous: elegante, discreta y estilizada. Luce melena Pantene y tiene pinta de ser perfecta por todos sus costados, “because I’m worth it”(susurra escondida bajo su flequillo).

A Bárcenas le pones un chándal y es el típico chulo poligonero con reloj de oro, medallones, camiseta imperio y puro sempiterno. Su asombroso parecido con Fat Tony (el mafioso de “Los Simpson”) ha ocasionado más de un comentario. Sus patillas, al estilo Pauli Gualtieri (“Los Soprano”) le confieren ese aire intimidatorio de ojo morado, color 500 euros. Yo me he contestado a esa pregunta: lo que hacía esa rubia con Bárcenas era vivir de puta madre. Tanto es así que a ella ni le iban ni le venían sus negocios. Yo creo a Rosalía Iglesias: ¿Para qué se iba a preocupar ella de esas fruslerías? Estar guapa y radiante lleva mucho esfuerzo, sacrificio y tiempo.

El caso de María Victoria es diferente. Las amantes siempre llevan el peso de la culpa aunque no quieran. Por cultura, por genética, estamos condenada a ser María de la O “que desgrasiaita tú ereh teniéndolo tó”. Es un círculo vicioso y adictivo. Tú mientes, me lo cuentas, te desahogas. Yo miento. Nos engañamos, pero al final me libero y lo suelto todo delante de una cámara. Dentro de nada, la tendremos en “Sálvame”. Consuelo Hormigos ya se ha ido a “Mira quién salta”. La cadena de culpabilidades al final desemboca en nosotros, público inepto que engulle lo que le echen. ¿Por qué? Porque nos encanta el cotilleo. Y como la cotidianidad es muy aburrida, a ese caldo de despropósitos siempre se suma la ficción, que mezclada con la realidad hace un buen cocido. Las cosas como son.

Cuando pase el tiempo, Bárcenas no será ese tipo que llevaba una presunta contabilidad B del PP. No. Será el arquetipo mafioso, chulesco que nos cautivará por su caradura inenarrable. Dentro de una década, Undargarin vivirá en otro país. Quizá siga con Cristina; pero en nuestro fuero interno será el arquetipo del truhán que desfloró a la princesa (con su boca de fresa) y la hizo morder el polvo. Noveleros; que sois unos noveleros.
Y al final, todos se irán de rositas. Harán suya otra famosa frase de Tony Soprano: “No pagaré. Sé demasiado sobre extorsión”. Pero la culpa es nuestra: porque nos encanta el cotilleo.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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