La Verdad

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Sobre estímulos humanos y la verdadera riqueza de las personas

Algunas cosas requieren su tiempo, y escribir en este blog es una de ellas. Me siento ante el teclado de mi ordenador para hacer un poco de submarinismo por las emociones que me produce mi experiencia con el cáncer y esta es mi primera parada;

 

Después de más de veinte años, él también mantiene aún una relación con el cáncer

Foto: Caterina Barjau

 

Es la entrevista que concedió hace unos días José Carreras, uno de nuestros tenores internacionales, a El País Semanal. En ella se detiene a realizar algunas afirmaciones que me llaman la atención porque, una vez más, se comprueba que todos sentimos lo mismo ante determinadas situaciones, que nada nos iguala más que la salud y que por mucho que pasen los años, algunas experiencias se nos quedan grabadas a fuego.

Dice Carreras que, pese a lo que pueda parecer, ahora considera que el diagnóstico de cáncer recibido a los 40 años cuando estaba en la cumbre de su carrera “fue para bien” y define su fundación como “un estímulo humano”. Señala también que es importante aprender a decir ‘no’ “aunque es difícil, en lo profesional y en lo privado” y sobre la experiencia con el cáncer que “Fue duro. Después de meses de aislamiento, uno debe reconstruir su fortaleza mental, tuve la suerte de conseguirlo.” Pero lo que más me llama la atención es su reflexión posterior; “uno tiene tiempo de pensar en todo: en lo consecuente y extraordinariamente sabio que vas a ser cuando salgas del atolladero, y después resulta que no es verdad. En el momento que empiezas a encontrarte bien, vuelves a caer, no siempre, en lo que en ese periodo te planteaste no volver a hacer, los mismos errores”. ¡¡Qué razón tiene!!

Mi segunda parada hoy es para recordar algo que repito muy a menudo; la realidad siempre supera a la ficción y si te pones caprichoso con la vida, los acontecimientos se superan continuamente. Cuando imitaba una funda de sofá a causa de la escasa fuerza con que me dejaba la quimioterapia tuve la ocasión de comprobar por primera vez tras el diagnóstico cómo todo se puede volver en nuestra contra con la mayor crueldad. Mientras yo me lamentaba de mi suerte, que me había llevado a estar luchando por mi vida en vez de jugar con mi hija de apenas dos años, 154 personas morían en el accidente de Spanair que tuvo lugar en Barajas el 20 de agosto de 2008.

Entonces me planteé que, por muy desgraciado que uno se pueda sentir, es fácil que otro sufra una desgracia aún mayor. Allí estaba yo, literalmente hecha polvo, pero con la oportunidad aún de luchar por mi vida mientras esas personas la habían perdido en un instante en que, probablemente, incluso se sentían felices con la suya. La enfermedad debilita, aisla y golpea, pero también te ayuda a reflexionar. Después el reto es no olvidar, tratar de separar una mala experiencia del aprendizaje que conlleva y mantener vivas las conclusiones a que has llegado para que te acompañen el resto de tu vida. Sea lo que sea lo que significa ‘el resto’.

Hace unos días, unos amigos recibían una impactante noticia; la pérdida de su hija apenas unos días antes de su fecha prevista de nacimiento. Como madre, no se me ocurre mayor desgracia que recibir una noticia así y tener que dar a luz a un ser sin vida mientras lloras por su pérdida. Ahora ellos me han recordado que lo importante es saber extraer lo positivo de cada experiencia a través de su blog y la grandeza del corazón humano cuando, incluso estando encogido por el dolor, encuentra un hueco para dar las gracias como ellos lo hacen en este vídeo:

Gracias por vuestro cariño y apoyo

No se me ocurre mayor demostración de entereza, de riqueza humana, de cercanía.

El próximo 25 de octubre acabo con el tratamiento de Tamoxifeno, la denominada ‘quimioterapia suave’ (¡como si hubiera una quimioterapia suave!) Con el fin de este tratamiento, que ha durado cinco años, creo que se cierra todo un plazo, toda una experiencia. Por eso vivo con expectación moderada estos días, ante esa fecha, y vuelvo sobre mis pasos para hacer mía la reflexión de Carreras. La respuesta me sacude ¿Sabia yo? No, más bien necia.

 

 

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Más fruta, por favor

Me siento mejor que hace 3 semanas. Más fuerte, aunque eso no significa que la debilidad, la anemía o el zumbido de oídos que ambas cosas me producen, hayan desaparecido. Y creo que sé porqué.

En cada ciclo de quimioterapia pruebo a adoptar medidas nuevas con la intención de mejorar un poco mi situación aprovechando la experiencia que voy adquiriendo. Ni que decir tiene que, sea lo que sea lo que hiciera en el ciclo anterior, está demostrado que no siempre funciona. Pero esta vez si lo ha hecho. Y es que he optado por introducir más fruta en mi dieta, no es que no la tomara, sobre todo en el desayuno. Pero no zumos, ni mermeladas, piezas de fruta completas como melocotones o plátanos, tajadas de melón o sandía y otras que pienso seguir incorporando en el siguiente ciclo.

Antes, cuando llegaba el día de las diarreas, aproximadamente a los 6 ó 7 días de la inyección del cóctel, suprimía la fruta pensando que la fibra que contiene me perjudicaría. Y no es así, su capacidad de hidratación y la facilidad de su digestión juegan más a su favor, y al mío esta vez.

Por otra parte, y pese a que me dijeron que “lo que comes no tiene nada que ver con la anemia que tienes”, yo he optado por intentar superarla. No tenía nada mejor que hacer. Así que me he puesto las botas comiendo moluscos y jamón. No es que lo haya podido disfrutar, ni mi paladar ni mi estómago estaban por la labor, pero me los he comido como si fuera todo lo contrario, por kilos. Y yo creo que ha funcionado.

Otra decisión que he tomado durante estos días ha sido suprimir mis invasiones nocturnas a la despensa. Las realizaba durante la madrugada en primer lugar porque no tenía sueño, además creía que me vendría bien un aporte de alimento añadido, pero me equivocaba, haciendo sufrir a mi aparato digestivo una vez más. Durante este ciclo he pasado un poquito de hambre durante la madrugada, pero he optado por dejar descansar a mis pobres tripas, que lo llevan fatal, la verdad. Y ellas, como no podía ser de otra manera por que son mías, me lo han agradecido.

Eso sí, esta vez la espalda ha cantado por bulerías. Me ha dolido más la columna, llevándome a recurrir en varias ocasiones al gran invento que han supuesto los calmantes para el ser humano. Estaba avisada “los glóbulos blancos que te inyectamos para que no bajen demasiado las defensas se abren camino hacia la médula por la columna vertebral, y eso es doloroso”. Pues muy bien, ya estoy buscando las direcciones electrónicas de los fabricantes de calmantes por si me puedo convertir en accionista, igual me dejan.

Pero eso no significa que me haya pasado los días zumbada, no es así. De hecho, tengo una amiga que insiste mucho en que no deje de recurrir a la marihuana para aliviar los peores momentos. Y dos más que me han dispuesto los medios para llegar a ella, si así lo consideraba. Pero no he querido. Primero por que me da angustia nada más pensar en volver a pegar una calada a nada, sea cigarro o porro, después de casi 11 años sin fumar. Segundo, por que me resisto a que nada tome el control por mí durante este trance. Me ha tocado vivirlo y debo mantener las riendas bien sujetas, sólo las soltaré si definitivamente no puedo seguir.
Cosa que ocurrirá cuando se inaugure un Pizza Hut en la Antártida. O sea, nunca. Espero.

El caso es que ya ha pasado lo peor del 5º ciclo, quedan las llagas en la boca, la sequedad de las mucosas y otros pequeños inconvenientes que se solucionarán durante los próximos días.

Mañana vuelven a inyectarme la EPO, que seguirá introduciéndose en mi cuerpo en días alternos hasta el 5 de agosto, béndita fecha en que me inyectarán el 6º ciclo. Espero que eso me ayude a despegar del todo, para poder disfrutar un poco con mi familia. Mi guapísimo marido, al menos para mí, y mi maravillosa hija, que es la mejor de todas.

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Bonsáis humanos

Si, si, como se lee, ¿es tan descabellado pensar en que algún científico loco hubiera querido emular a nuestros lejanos vecinos orientales para crear una reproducción a escala del ser humano, y en bandeja, que permitiera a los más excéntricos, por ejemplo, disfrutar de un Fidel Castro sobre la mesa del salón?
Yo no lo creo, al fin y al cabo figuras como la del líder cubano son fáciles, sólo hay que podarles con frecuencia el bigote… y quizá las piernas o la lengua, no sé.
En cualquier caso la explicación del título de este post no va por ahí, aunque igual yo me animaría si supiera que es posible. Se me ocurren unos cuantos…

Nos pasamos la vida rompiendo, a diario, con lo que más queremos. Rompemos con nosotros mismos cada día cuando nos levantamos para ir al trabajo, abandonando las confortables sábanas de una cama que sólo tienen en contra su imposibilidad para pagar la hipoteca u ofrecer satisfacciones laborales. Rompemos también con nuestra pareja cuando nos separamos de él o ella, a veces sin mirarnos a la cara por falta de tiempo. Rompemos con nuestros hijos, tienen que ir al colegio y a nosotros se nos hace tarde. Con la familia, no tenemos tiempo para llamarles, a ver qué quieren ahora, mira con lo que me sale este, y así hasta aburrirnos.

Desempeñar nuestra labor diaria nos lleva a separarnos de los que queremos y, lo que es más importante, de los que nos quieren, para brindar nuestra energía y entusiasmo al deber laboral. Para lograrlo, nos aliamos con el jefe -que tiene en su poder permitirnos seguir adelante con la hipoteca-, con el compañero de trabajo -que quisiera tener el poder de darnos un puntapié en…- y con los empleados del banco, que junto con los telefonistas de las empresas de servicios (luz, teléfono, agua, etc.) se convierten en confidentes inesperados y depositarios de nuestros temores y frustraciones.

Al final, sacas cuentas, y dedicas lo mejor de ti a quien menos lo deseas, superando así un límite no impuesto, pero existente como esos fríos muros de cristal. Luego llegas a casa, y o tienes demasiadas cosas que hacer, o estás demasiado cansado para recuperar el tiempo con los tuyos.

Las envidias, las zancadillas, los intereses creados y la hipocresía, son sólo algunos de los condimentos de este plato, que tiene por efecto principal retraernos y encerrarnos cada vez un poco más en nosotros mismos.

Y así es como llegamos a ser bonsáis humanos, sin necesidad de que intervenga ningún científico con ínfulas, porque nos vamos haciendo pequeños en lo más importante; el cariño, las emociones, los sentimientos y en nuestra capacidad para expresarnos.

Ya lo decía Sabina en ese famoso tema “y cada vez más tu, y cada vez más yo, sin rastro de nosotros”.

Cuando me diagnosticaron el cáncer me sugirieron que escribiera, que contara mi experiencia para apoyar a otros, y yo me aterroricé. Les dije a los médicos que lo que yo quería era olvidar (no sabía todavía que eso ya no va a ser posible), y nada más lejos de eso que escribir, para que la palabra quede presa eternamente.

Luego comprobé la complejidad de esta experiencia, el impacto en los demás y en mí, y sin darme cuenta apenas comencé a crecer sentimentalmente impulsada por tantas emociones como se iban agolpando, sin dar tiempo a digerirlas.

Un buen día me levanté, entré en laverdad.es y comencé a escribir. Lo necesitaba, pero lo que resultaba más importante es que había perdido el miedo a sentir miedo, a sentir dolor, a sufrir, y con ello, el miedo a vivir, a decir lo que siento, lo que quiero, a quien quiero, y cuanto les quiero.

Así es como me he dado cuenta de lo fácil que es encoger y lo duro que puede ser crecer. Ahora soy una gigante, porque me he propuesto no retroceder, seguir avanzando y reclamar de los míos, de quienes verdaderamente me siguen apoyando a estas alturas y de cuantos voluntarios se apunten, mi patrimonio sentimental.

¡Quiero mi ración de besos y abrazos para esta vida, y la quiero ahora!

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Nanerías

Me siento muy débil, los 5 ciclos de la quimio y la anemia están minando mis energías y me cuesta más mantener algunas cosas, como este blog. También es verdad que me veo al final del túnel, tan solo me queda pasar éste y un ciclo más de quimio para cambiar de pantalla, y eso me lleva a pensar en lo mucho que deseo que pase el tiempo.

El lunes me costó dejarme inyectar, estaba nerviosa porque ya me cansa tanta inyección y volví a anticipar síntomas, lo que no me lo pone muy fácil. Al final hice como si nada, como que todo iba bien, y acabé con un par de derrames en el brazo ¡sig! mi contribución al aprendizaje de las enfermeras novatas…

Por otra parte, esta vez me han prescrito EPO para tratar de amortiguar la debilidad que me produce la anemia -que yo asocio en parte a la dureza del ciclo anterior- y al final me la han tenido que retirar, combinarla con los neutrófilos me produce fuertes mareos.

De todas formas, voy a seguir luchando y, aunque mi oncóloga diga que la anemia “no depende de lo que comas”, pienso tratar de amortiguarla con algo de materia prima. No tengo otra cosa que hacer.

Las muchas horas que paso tumbada, contemplando esta inexorable fuga de horas que pasa ante mis narices, las dedico a soñar. A soñar con que un ejército de nano-soldados le plantan cara a las puñeteras células cancerosas que nadan en mi interior, presumiblemente, y las vencen. Con que un puñado de nano-células amigas me va a ayudar a salir adelante en cuanto empiece con la radioterapia. No sé, en el fondo siento que estoy límpia y que esto, dentro de un tiempo, pasará a ser un mal recuerdo. Y así lo espero.

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Sobre el autor Isabel Franco
Periodismo. Social Media. Formación. Aprendiz eterna. Sobreviviente del cáncer. Una entre tantos. Ni más, ni menos.

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