La Verdad

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Categoría: Japón
Un japonés en Lituania

 

Sí, lo suyo es preguntar: ¿Qué se le había perdido por allí? Hay una historia preciosa detrás que tuvo lugar en el antiguo Consulado. Les presento a su protagonista, el Sr. Chiune Sugihara. De esos grandes hombres que dejan huella.

Con su permiso, entramos en “su casa”: la sede del Consulado. Es un chalet modesto, rodeado de un pequeño jardín. Hoy es un museo.

Despacho del Sr. Sugihara en el Consulado

Este diplomático por las mañanas, al otro lado de la verja, veía una gran cola de polacos que necesitaban un visado de tránsito para Japón. Se habían refugiado en Lituania tras la invasión alemana de Polonia. No podían cruzar Europa por la situación bélica. Así que, la única salida era casi dar la vuelta al mundo.

“Visados de vida”

Entre sus funciones diplomáticas, sólo podía expedir como máximo tres o cuatro visados al día. Más, sería cosa sospechosa. Pero la cola de gente esperando crecía. Eran familias enteras, con abuelos y niños. El Sr. Sugihara consultó con Japón si podía firmar más visados. Para no tensar las relaciones con Alemania, le denegaron esta autorización.

“La lista de Sugihara”: Más de 6000 judíos

Pero el Sr. Sugihara no se lo pensó dos veces. Firmó, no cientos, miles de visados. Trabajaba con su máquina de escribir hasta altas horas de la madrugada. Jugándose su vida. Se dio cuenta de que si no los firmaba, morirían. Estas familias no tenían dónde ir. Contradicciones tiene la vida: fue declarado persona non grata.

Y no paró de firmar hasta el último minuto. Incluso cuando tras la invasión de Lituania se decretó el cierre de las embajadas y consultados, se alojó en un hotel, esperando la salida del tren. Y, esos días allí alojado, hasta en la misma estación ya dentro del tren, seguía firmándolos y los entregaba por la ventana del vagón.

Visados de vida. Estampados en una pared del museo

Cómo resumía su trabajo.

Él entendió que hacía lo correcto. Cumplir con su deber, nada más. Nunca se sintió un héroe. “Eran seres humanos que necesitaban ayuda. Estoy contento de haber encontrado la fuerza para dársela”. Así, tan humilde, resumía su trabajo.

Hay un famoso proverbio judío: “Si salvas la vida de una persona, salvas el Mundo entero”. Muchas de estas familias, hoy casi setenta años después, aún guardan el visado entre los documentos más valiosos. Un papel que les salvó sus vidas.

Museo que toca el alma humana

Este museo no es de los lugares más visitados en Kaunas. Está fuera del circuito turístico de la ciudad. Así que, cuando tocas el timbre de la puerta, te reciben con un “pase por favor” con el que tienes la sensación de entrar más que en un museo, en una casa.

Cuando lo visité era la única española. Coincidí con un tour privado de japoneses y me uní a ellos. Me decían que en Japón estudian este personaje en las escuelas y lo quieren como si se tratara de un angel.

Exterior del museo. Fotografía de Ayako Tackeuchi

Dicen que las comparaciones no son cosa buena, pero a mí me recordó al empresario alemán Sr. Schindler.

La historia llamó la atención de un productor de Hollywood que la adaptó al cine. Después de terminar el rodaje todos los actores acudieron a visitar este museo. Algunos, me decían los guías, salieron con los ojos brillantes. Y es que este museo es de esos que te tocan el alma.

Algo parecido sucede en la casa de Ana Frank en Amsterdam. Y es que como dice el premio Nobel Orhan Pamuk “estos pequeños museos revelan historias individuales, cotidianas pero tienen el alcance de reflejar lo más profundo de la humanidad”. Son las dudas propias del quehacer humano. Pues, ¿quién no ha tenido alguna vez el dilema de si está haciendo lo correcto o no?

Y al ver la situación actual de los refugiados, me pregunto: ¿Quién dijo que los museos son cosas del pasado? ¿Cuántos Sugiharas habrá ahora en Turquía?

 

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¿Qué le regalo a Ayako?

¿Por qué los japoneses no pagan las bolsas en los supermercados? Tienen un truco, mejor dicho, un arte. ¡Vamos a descubrirlo!

Nuestros trucos navideños

Seguro que en alguna ocasión hemos visto esas encuestas (sobre todo cuando se aproxima la Navidad y pululan las estrategias para el consumo) que formulan una disyuntiva a la hora del regalo. La pregunta suele ser: ¿Prefiere Vd. regalar o, que le regalen? Y según sea una u otra la opción, ya nuestra personalidad queda afectada por ello. Y uno hasta puede llegar a sentirse egoísta si lo que quiere es que le regalen.

A la hora de hacer un regalo a algún amigo extranjero la cosa puede complicarse un poquito. Ya no se trata de que nuestra psicología sea el de una persona más o menos generosa; Es que, como no llevemos cuidado, ¡la amistad puede peligrar!

Ay de aquel mozo que le regale un anillo de diamantes a su novia japonesa y no lo envuelva bien…

Si el amigo a quien tenemos que regalar es japonés, hemos de tener presente algunas reglas de cortesía. En Japón, el envoltorio de un regalo representa el cincuenta por ciento de su valor. Una joya mal envuelta, ya les digo, pierde su cotización ipso facto.

La prueba de envolver un balón. ¡Sálvese quien pueda!

¿Quién no se ha visto en la dificultad de envolver algún regalo? Es famosa la prueba con la que unos centros comerciales retan a los trabajadores que (también en época navideña) contratan para envolver los regalos y evitar así colas en las cajas a la hora de pagar. Cuando les ponen delante una pelota, si se escapa y sale rodando en el intento de envolverla, estos candidatos tendrán difícil poder firmar el contrato.

Arte japonés de envolver

Arte japonés de envolver

Muchas navidades me he visto en una tesitura parecida cuando he tenido que hacer regalos a amigos japoneses y, después de encontrar algo bonito, me tocaba superar el trance de envolverlo bien para que el contenido no perdiera su valor.

No acaba ahí el problema. También es importante el momento de abrir el regalo. Nosotros, destrozamos el papel, en las ansias de saber qué es lo que hay dentro. Este “destrozo” no lo verán jamás en Japón. Es más, si abrimos de esta guinda el regalo, puede resultarles un poquito ofensivo. Allí la delicadeza es tal, que hasta el momento de abrirlo tiene su ritmo pausado.

Y es que hay todo un arte en la tarea de hacer, envolver y desenvolver regalos. Cómo será que hasta tiene su nombre y todo: Furoshiki

No se asusten, para simplificar todo y para llevar a buen término este momento, les dejo una “chuleta” por si se ven en el trance de envolver algún detalle, para que puedan plasmar en él la delicadeza japonesa.

Más que un simple pañuelo

Este arte de envolver tiene largo alcance. Ahora  ya casi estamos acostumbrados a pagar por las bolsas de plástico en los supermercados. Sepan que en Japón, el Ministerio de Medio Ambiente ya recordaba que este arte del furoshiki también sirve para transportar objetos, pues un sencillo pañuelo cuadrado lo pueden convertir en una bolsa.

Tomen pues, buena nota que este furoshiki puede causar furor, ya que nos puede servir también para ahorrarnos unos céntimos. Hay que ver… ¡estos japoneses lo listos que son!

Ahorro en el supermercado

Tesage bukuro o cómo convertir un pañuelo en una bolsa

 

 

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Gramática básica para viajeros

En todo viaje, el problema del idioma antes o después nos puede causar en determinadas situaciones algún que otro desaguisado, pero también muchas situaciones divertidas. ¡Qué buena idea cuando en un país extranjero la carta de menú en un restaurante viene acompañada con fotos!

Para ponerles en situación imagínense que están en una estación de tren en Tokio y que deben descifrar qué  tren es el suyo y a qué hora pasa. Les dejo la foto para que se vayan familiarizando un poco con el problema que se nos avecina. Les cuento algunas situaciones cómicas.

Cartel informativo en estación de tren japonesa

Cartel informativo en estación de tren japonesa

Tenía invitada en mi casa a una amiga colombiana y me preguntó dónde estaba “la bulliciosa”. Yo no sabía lo que buscaba y, finalmente era… ¡la radio! Un ratito más tarde me dijo si tenía “un saquito” para dejarle. De nuevo quedé extrañada y, la pobre tenía frío y necesitaba un jersey. ¡Y yo que le había dicho que no tenía “sacos” en mi casa! Pensaba únicamente en sacos de patatas.

Otro día estaba muy contenta mi amiga colombiana porque había encontrado en una tienda unos pantalones vaqueros “levanta-cola” muy baratos… ¡para ella! Y claro tuve que preguntar con cara de tonta una vez más y es que “el trasero” español se transforma en “cola” en Colombia. De ahí el efecto estupendo de los famosos “jeans” que se había comprado.

Nosotros ya estamos acostumbrados a irnos de matanza y decirlo con total inocencia. Pero, pónganse en la situación hipotética de que fuéramos extranjeros recién llegados a España y sin conocer apenas a nadie, un compañero de trabajo, con quien sólo hubiéramos tratado unos tres días, nos dijera como si nada: “Te invito a ‘una matanza’ en mi casa”. Nosotros recién llegados (que lo que estaríamos sería ansiosos por probar una paella), creo yo que, de aceptar la invitación (¡valentía que no falte!) sí que iríamos con alguna sospecha de que algún delito de sangre pudiera ser cometido. Pues allá por Colombia nos invitarán a “una marranada” (por aquello del nombre del animal: cerdo, también “marrano”). Y estaría mal que la tildáramos de malsonante, si la comparamos con nuestra propia denominación casi trágica.

Nos trasladamos ahora hasta México y de nuevo imaginamos que viajamos con una compañera de trabajo recién incorporada con quien debemos hacer un largo viaje juntas por razones laborales. Y ya camino del aeropuerto nos dice con suma tranquilidad: “Yo puse la pistola en la maleta”. Casi seguro que, de ir conduciendo, daríamos un frenazo en seco y pensaríamos que con quién íbamos a viajar. Pero que no cunda el pánico. Nuestra nueva compañera, bien previsora, se llevó el secador de pelo manual.

Una vez en destino, esta compañera mexicana que tanto susto nos provocó, al llegar nos dice que “necesita una regadera”. Y otra vez nos saltaría la alarma ante lo que tan sólo es la necesidad de tomar una buena ducha reconfortante.

Komorebi

Komorebi se deja ver

Hay una expresión preciosa en Japón. Se usa más en el lenguaje escrito que en el hablado. Y que no se puede traducir al español con una sola palabra. Es “komorebi”. Podemos traducirla como el reflejo que deja la luz solar al atravesar las hojas de un árbol. ¿Pueden ver el “komorebi” en las fotos? A través del verdor, sí se deja intuir. ¿Se imaginan verlo de cerca hasta casi poder tocarlo?  ¡He ahí uno de los grandes placeres de escalar un árbol! Yo me muero de envidia cuando veo al escalador de la foto.

Y, para “no hacerles el cuento largo” -como se dice también por México-, es conocido que nosotros sí “cogemos” el bus pero que en Argentina “no se pueden coger” so pena de… provocar el sonrojo de los tímidos porque el verbo se las trae, ¡ejem!… para otros menesteres. Ya me entienden. ¿O no? Es que, como ven, esto de las palabras y los viajes, a veces, resulta complicado.

 

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Viaje… de puertas para dentro ¡Ejem!

Dicen que será la próxima generación, los niños que hoy están en primaria, quienes pregunten a sus padres porqué se dice “tirar de la cadena”.  Ellos sólo habrán visto botones. De ahí la duda.

Y si no, que se lo digan a los japoneses. Que en este mundo digital nos llevan cierta ventaja. ¡Y nosotros que estamos tan contentos porque las bañeras con hidromasaje incorporado nos parecen un gran invento!

En una ocasión tenía amigos alojados en mi casa. Entre el grupo había una japonesa. Me dijo si podía hacer una foto al inodoro (modelo sencillo con un solo botón en el centro superior de la cisterna). Yo contesté que sí pero estaba tan sorprendida que le pregunté qué veía en él. No entendía que quisiera hacerle una foto. Me contestó que le parecía muy bonito. Yo no podía compartir la belleza que ella veía y que plasmó en unas cuantas fotos.

Años más tarde estaba yo viviendo una temporada en su casa en Yokohama y fue entonces cuando, ya sí, salí de dudas. Comprendí porqué se había sorprendido tanto al ver un wc con  un solo botón y nada más.

Los inodoros japoneses requieren hacer un pequeño curso para poder usarlos sin margen de error. Es más, si uno se equivoca y pulsa un botón antes que otro, puede resultar una faena. Hay un botón que permite graduar la temperatura de la taza; otro botón activa la música (que se puede elegir entre clásica, moderna, etc.) Y como no, otro gradúa el volumen (por aquello de no molestar) de la música que previamente hallamos elegido.

Hay otro botón (el dibujo es un surtidor de agua) que al pulsarlo, se convierte en un bidé. Aquí los curiosos deben llevar cuidado si lo pulsan sólo para ver qué pasa, porque la fuente es muy generosa y todo puede quedar convertido en una pequeña piscina. Con otro botón se activa un secador.

Pero no quisiera yo asustarles. El secador es el de más sencillo manejo pues pone en inglés “spray”. Así que, entre los que por el dibujito podemos intuir para qué sirven y otros que con el inglés que conocemos nos puede dar alguna pista, al final, por descarte, más o menos, salimos airosos del trance de ir al cuarto de baño en Japón.

Pero hay un último detalle. No acaba ahí la cosa. Uno busca cuál será el botón para bajar la tapadera (que no es manual como acostumbramos por aquí). Se baja sola al detectar que uno ha finalizado la tarea en cuestión y ha pulsado todos los botones en el orden correcto. ¡Cuánta inteligencia!

En otros modelos (yo ya me dediqué a observar todas las variantes y del curso del manejo diario pasé casi al nivel de experto) el agua de la cisterna pasa antes por un pequeño lavabo –que está incorporado al wc- para aprovecharla y poder lavarse las manos.

Estos japoneses… ¡lo listos que son! Y yo aún sigo diciendo a los pequeños de la familia aquello de “no olvides tirar de la cadena”. ¡Qué antigua soy!

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Curiosidades de la ceremonia del té en Japón

Vi una cuesta bastante empinada. Iba buscando el lugar donde se celebraba la ceremonia del té. Por aquello de no subirla sin tener la certeza de que ése era el camino correcto, le mostré el papel de la dirección que yo tenía a una señora mayor a mi lado con bastón.  Las dos estábamos paradas en el semáforo. Leyó el papel, me miró y me indicó con la cabeza que la siguiera. Subimos la calle sin hablar.  Nuestra “conversación” no tuvo ni una sola palabra. Yo la miraba y le sonreía mientras subíamos. Me acomodé a su paso lento. Cuando llegamos a lo alto, con el bastón me indicó justo la puerta dónde era, y emprendió camino de regreso cuesta abajo.

Entonces me di cuenta de que la señora había subido conmigo sólo para acompañarme, que no le pillaba de camino. Me dio tanto apuro que corrí para decirle sentía muchísimo haberle hecho subir la cuesta. Pero, entre mi español apresurado, gesticulando mucho para hacerme entender y, su tranquilidad y serenidad, no sé si me entendió. ¡La amabilidad japonesa es sorprendente!

El caso es que, con este apuro llegué a la ceremonia. Y, nada más entrar, el mundo se detenía un poquito.  La anfitriona con su kimono arrodillada en el suelo, se inclinó a modo de saludo de bienvenida. En el salón no había ninguna silla, así que, me puse de rodillas también sobre las esteras de tatami. Saqué la cámara y se la acerqué a modo de preguntarle si podía hacer fotos. Ella me hizo otra inclinación, que interpreté como un “sí”. Pero después de lo que me había pasado al llegar, no estaba del todo segura de su respuesta. Así que decidí esperar y la guardé de nuevo. Dos veces meter la pata en un mismo día, sería demasiada torpeza por mi parte.

La única decoración de que algo se iba a cocinar allí era la estufa en el centro del salón. Lo más bonito es que todo este ritual armonioso de la ceremonia del té está concebido para demostrar respeto hacia el invitado. Y todo ello, sin que sea necesario mencionar siquiera la palabra “gracias”. Son los gestos a la hora de colocar la taza o movimientos de cuerpo los que ”hablan”. Les cuento un poquito.

El cuenco lo cogen con las dos manos. Y al dejarlo enfrente del invitado inclinan la cabeza. Debemos cogerlo de donde lo han dejado, también con las dos manos. Con la izquierda  lo sujetamos por la parte inferior. Y con la derecha los giramos dos veces (en sentido de las agujas del reloj). La anfitriona previamente ha colocado el cuenco con la parte más decorada hacia nosotros, en señal de distinción hacia el invitado. Nosotros lo giramos para beber por el lado opuesto. Antes de probarlo, debemos inclinarnos en señal de agradecimiento.

Los japoneses ven con buenos ojos sorber. Consideran que de esta forma se puede degustar  y oler la bebida al mismo tiempo. Así que, podemos saltarnos una de nuestras reglas de educación en la mesa. A mí al principio me costaba. Uno se siente un poco maleducado desobedeciendo esta regla que con tanta insistencia nos han inculcado desde pequeños.

Lo que más sorprende de la ceremonia es la forma de preparar y servir todo tan armoniosa y lenta al mismo tiempo. Todo está estudiado, por ejemplo, la servilleta –por supuesto, bien doblada-, escondida en el cinturón o en el pliegue delantero del kimono, pero que, a su vez, se ve salir sólo un poquito. No se derrama ni una sola gota al prepararlo y todo queda recogido al terminar. Sentado queda que el té jamás se sirve de forma que nos queme en la lengua. Ya les digo, todo calculado como si una operación matemática se tratara.

Cuando me tomo un café o un té con hielo, rara es la ocasión en la que no derramo un poquito al pasarlo de la taza al vaso.  Y muchas son las veces en las que con el primer trago me he quemado la lengua. La vida, ¡que está llena de hermosos contrastes!

 

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Cosas que pasan cuando el semáforo se pone en verde

Descendemos de la alturas de las nubes de nuestro último viaje y vamos hoy, a ras del suelo. Nos toca callejear y, en el camino, el semáforo se pone en verde. ¿Cruzan conmigo al otro lado? Hay muchas curiosidades –e incluso pedacitos de historia- que se ven en un paso de cebra.

Uno de los más famosos del mundo está en Japón. ¡Allá que nos vamos!  Se trata de un cruce formado por cinco pasos de cebra donde el trasiego humano es tal que, si nos quedáramos parados en mitad, la propia “marea humana” nos llevaría, sin querer, al otro lado.

Se encuentra en el barrio de Shibuya, en Tokio. Es espectacular ver la aglomeración humana que cruza a paso ligero, sin chocar entre sí, tan pronto el semáforo se pone en verde. Uno de los lugares privilegiados para observar este movimiento veloz es la cafetería que tiene un ventanal en planta alta. Desde él la visión es aún más llamativa.  Pero, por supuesto, no dejen de aventurarse a cruzar andando por el paso de cebra. Estarán rodeados por más de cinco mil personas que van de un lado a otro. ¡Sálvese quien pueda!

Lo mejor si vamos con amigos o familiares es, antes de cruzar, despedirnos y quedar con ellos al otro lado de la calle porque, es fácil, con tanta gente alrededor, que uno pueda perder de vista incluso a los más cercanos. Llegado el caso, ¡agarren fuerte de la mano a los más pequeños!

Callejear por una ciudad desconocida es uno de los grandes placeres en todo viaje. Y en Japón este placer se acrecienta, sin lugar a dudas. Es una de las cosas más sorprendentes y curiosas para conocer el país. Este paso de cebra está catalogado como una de las atracciones turísticas sine qua non de Tokio. Hay películas que lo han reflejado con maestría. En una de ellas, al no contar con el permiso de grabación, se utilizó una cámara pequeña y, camuflada entre tanta gente que cruzaba, pegados unos con otros, no fue alertada su presencia.  Hasta en el cine ha quedado plasmada la “inundación humana”.

Otro semáforo en verde que también tiene vida propia lo tenemos más cerquita, en Alemania. Les presento al  conocido –y querido- Ampelmann. El cariño es tal que “el hombrecito verde”  del semáforo, en posición de caminante que nos invita a cruzar sin temor a ser atropellados, se ha convertido casi en una seña de identidad del país, sobre todo de la ciudad de Berlín.

Su origen tiene una historia muy bonita. En la plaza Postdamer Platz se instaló el primer semáforo de Europa. Para promover, sobre todo entre los más pequeños,  una buena educación vial, (pues en los años cincuenta el tráfico rodado no estaba tan a la orden del día como hoy acostumbramos a ver) un psicólogo creó la figura de un hombrecito verde en movimiento que indicaba la posibilidad de cruzar. Los habitantes, sobre todo los niños, le fueron cogiendo cariño. Hasta salía en programas de radio y en comics.

Tras la caída del Muro, en los años noventa, con la idea de rediseñar la ciudad, no siguió siendo utilizado. Pero años más tarde, se le echaba de menos y, el clamor y la nostalgia fue tal, lograron que volviera a brillar de nuevo en los semáforos. Un diseñador vio los restos del que había sido un semáforo con este hombrecillo y creó una serie de lámparas –seguía dando luz-. Y ahí comenzó el éxito de una campaña de merchandasing.

Se ha convertido, no sólo en un símbolo de la unificación alemana (pues comenzó en la parte oriental y se utilizó más tarde en la occidental) sino también en una imagen de marca de Berlín.

Hay tiendas de regalos especializadas que sólo venden productos con este logotipo. Es difícil salir de ellas sin caer en la tentación. Yo resistí, pero he de confesarles que me costó lo suyo. La variedad de artículos es casi infinita. Si uno desea regalar café o una cerveza, podrá comprarlo con el muñeco estampado en el regalo que elija.  Incluso, por aquello de aprovechar el tirón comercial, los expertos del marketing, nos han presentado a su hermano “mayor”, que es más alto (pues siempre está “por arriba”). Es el hombrecito rojo con los pies juntos, queriendo en la postura simular el “alto”. Y, claro, también se puede comprar como souvenir.  Y cuando uno se anima a comprar, la pareja cae, seguro.

Como ven, en este paseo no hay riesgo alguno de ser atropellado, salvo que uno se distraiga al cruzar porque… ¡Hay que ver las cosas que pasan cuando el semáforo se pone en verde!

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