La Verdad
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Categoría: Londres
Espérame de pie

 

-Dentro de 80 días regresaré y habré dado la vuelta al mundo.

‑Venga, déjate de tanto postureo y chulería, que somos amigos. ¡Un gentleman como tú, diciendo esas barbaridades! A ver si te van a oír…

– ¿Cuánto te apuestas a que cruzaré este hall con pruebas fehacientes de haber dado la vuelta al mundo?

– ¿Ah, pero vas en serio? ¿Quieres apostar? No me tientes Phileas… ¿Te jugarías la mitad de tu fortuna?

– ¡Acepto la apuesta! Tú espérame aquí, de pie, justo debajo del umbral de esta puerta.

Y alzando la mano a modo de despedida le gritaba ya dando los primeros pasos: “Nos vemos en 80 días. Me voy que tengo un poquito de prisa”.

Con esta conversación, en versión libre actualizada, dos caballeros ingleses, con sus monóculos y largos bigotes, en uno de los clubes privados londinenses de la calle Pall Mall apostaban: Uno, convencido de que en tan breve plazo de tiempo no se podría cumplir la promesa. El otro, ya se había puesto de camino.

¿El resultado? ¿Quién ganó? Todos lo conocemos por “La vuelta al mundo en 80 días”.

londresredjulioEste edificio y, para ser aún más precisos, la puerta donde le esperaba el amigo incrédulo, está a unos cinco minutos caminando desde Trafalgar Square. Ante esta cercanía merece la pena ser testigos del lugar donde se localizó aquel acto ¿valiente?, ¿demasiado osado?, ¿aventurero?… Porque para hacer una apuesta así y jugarse la mitad de su fortuna hay que tener la autoestima muy alta (sí, sabido es que los dos amigos eran muy pudientes. Pero aún así). En un momento además en el que el cielo aún no estaba lleno de aviones de aquí para allá.

Londres cuenta con muchos rincones que nos trasladan a la infancia. Cuando me preguntan amigos, siempre aconsejo este destino para ir con niños. Y no falla, a su regreso, los veo satisfechos: a padres e hijos por igual.

Nuevas rutas

De la parada y desafío londinense seguimos de aventura por Suiza. No sé si también les pasa a Vds. Saber cómo surgen las primeras rutas en el mundo es siempre muy interesante. En el colegio asistía con los ojos abiertos a las explicaciones de Cristóbal Colón. Aprobado sin necesidad de repasar antes del examen. Porque dónde esté una buena historia… Y un buen maestro también. Binomio perfecto sin necesidad de deberes después.

De la literatura pasamos a la geografía: El primer ascenso al Mont Blanc también tuvo su punto de osadía. Aquí no fue una apuesta sino un concurso que convocó el geólogo y buscador de minerales Saussure. Este (también) aristócrata quería saber cuál era la altitud de aquella montaña nevada. Y para ello prometió una buena recompensa económica a quien lograra encontrar un camino para llegar a lo alto. Se presentaron al concurso el doctor Paccard con Balmat. Lo lograron. El ascenso -también estuvo lleno de aventuras como las de Julio Verne- marcó el inicio del alpisnismo. Aquí hay otra buena historia de esas que dejan huella.

Cruzar “fronteras”

Ya nos convenció Ryszard Kapuscinski, con aquello de: “el sentido de la vida es cruzar fronteras”. Tanto en sentido literal (él era reportero) como metafórico pues siempre, comenzar un año nuevo nos abre nuevos caminos. Y con ellos nuevos destinos. Así pues, les deseo ¡Feliz Año Nuevo! Y que con él comiencen también “nuevas rutas y aventuras personales” para todos Vds.

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Echa por la sombra

 

No sé si también les pasa a Vds. pero en cuanto llegan los calores veraniegos, a mí me encanta escuchar este principio de piropo español que utilizamos a modo de despedida y, a la vez, consejo de sabia madre. Y lo mejor aún, la fuerza que tiene este imperativo para unirnos. Con él se rompe la disyuntiva “sol y sombra”.

En cuando la temperatura roza los treinta y pico y durante un par de meses no importa si somos de derechas o de izquierdas; altos o bajos, del Real Madrid o del Barça… todos vamos juntos por la sombra.

Ante la tesitura de tener que recorrer una avenida en pleno mes de agosto a la hora casi sagrada de la siesta, no lo dudamos: elegimos la acera de la sombra ¡por unanimidad! Por aquello de cobijarnos un poco en el microclima que se crea. sombragranared

Tengo que confesarles que durante un mes de agosto, me separé de esta regla de fraternidad española unánime. Pero en defensa de mi cordura –y españolidad-, debo alegar que fue casi un supuesto de fuerza mayor. Sí, me sentía rara yendo yo a mediodía por la calle más larga de mi ciudad en pleno mes de agosto… ¡por la acera del sol!

Pero, como les decía, tengo excusa absolutoria. Les cuento. Tenía a un grupo de turistas invitados y habían llegado la noche anterior ya de madrugada de Londres. Era su primera visita a Murcia y… ¡querían sentir el sol en todos sus poros! Venían con la humedad casi a modo de bronceado invernal perenne en todos: mayores y niños.

Yo, en cuanto vi el primer semáforo les dije de cruzar al lado de la sombra. Pero ellos no querían. Para ver si lograba convencerles, insistí que era “para integrarnos” con los habitantes locales. “Like a local” que está muy de moda, les decía. No les convencí con esta artimaña lingüística. La imagen callejera era: el desierto en la acera del sol (salvo nosotros); la multitud propia de rebajas en hora punta, en la de la sombra.

No me quedó otra que ser yo la que cediera, no fuera a ser que les diera un síncope por la diferencia de temperatura entre Londres y Murcia. Y a una le gusta cuidar a sus invitados siempre. Menos mal que llevaba abanico y gafas de sol. Y menos mal también que no me vio nadie conocido caminar en esa acera solitaria, porque claro: ¿qué español en su sano juicio iría a esa hora por el sol?

Cuánta razón tenía Mecano con aquello tan pegadizo de: “Los españoles hacemos por una vez algo a la vez”. Y es que para la fiesta también nos unimos a la primera de cambio. Aquí, mis invitados sí se integraron rápidamente. No tuve que insistirles esta vez. sombramurred

La llegada de septiembre, trajo las fiestas; Entre ellas, las corridas de toros. Y ya, de nuevo nos separamos en la dicotomía “sol y sombra” y, elegimos las entradas en uno y otro semicírculo del ruedo según sea nuestra afición y tamaño del bolsillo.

Cuando les contaba a los londinenses que las entradas de sombra eran más caras, boquiabiertos no daban crédito. Intuirán también que, por aquello de seguir en el mismo microclima que mis invitados (habían sobrevivido sin síncope), compramos las del sol. Y ya lo creo que se integraron gritando “olé” tan felices con sus “palomas” en las manos. ¿Sería cosa del anís? O tal vez, ¿los estragos del sol?

Bendita sombra, cuánto te eché de menos.

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Trabajo sólo los días soleados

 

Así lo dice, con mucha calma, a todos los que se paran y curiosean en su negocio. Y claro, como está en Londres, intuimos que tendrá muchos días libres. Pero no lo juzguen de gandul, por favor.

Hay una razón “escrita” que justifica este horario laboral. Regenta una librería abierta al público dentro de un barco amarrado en uno de los canales del Támesis. De ahí que cuando vamos paseando y nos detenemos en el muelle, comprendemos el porqué de su jornada de trabajo tan sui generis. Sale el sol: “Voy al trabajo”.

Ha sabido aprovechar cualquier rincón del barco para darle un uso literario. La cubierta hace las veces de estantería donde pone “los más vendidos” o “las últimas adquisiciones”. Y claro es comprensible que, en caso de lluvia, sus existencias peligren. De ahí que cierre la cubierta y espere a que mejore el tiempo. No es otra cosa que el principio de prudencia en la custodia del negocio.

El capitán-librero anima a saltar al interior por la escalerilla. Una vez dentro, el camarote es la versión de los hermanos Marx pero repleta de libros. Los libros-joya están en la cabina del capitán. Toda una sabiduría de marketing a la hora de gestionar la eslora, medida en este caso, en milímetros cuadrados.

Ya les decía yo que este librero, lejos de ser un gandul, tiene muchas millas literarias recorridas y, ahora, las comparte en este anclaje.

Este paseo por Londres por “los hijos del Támesis” tiene un no sé qué de relax que al final, cuando uno llega a este escaparate al aire libre que es esta librería hace que todos nos paremos ante ella. Y, ya saben, del curiosear al comprar hay un instante nada más. 

Y más aún en el caso de libros, que este instante de la “primera vez” que se lee una contraportada te puede atrapar de tal manera que, por favor, lleven cuidado que estos paseos por los canales no tienen quitamiedos, y no quisiera yo que el embelesamiento en la lectura les llevará a un chapuzón.

Pese al espacio tan reducido, tan solo tiene unos tres metros de cubierta aproximadamente, su dueño ha sabido “estirar el espacio” y hacerse con una cómoda y amplia <<zona de lectura>>. Les cuento su truco. img_9141

Junto a este barco-librería hay un banco en el paseo. Este librero te anima a que si algún libro te gusta, te sientes tranquilamente y… ¡a empezar la lectura! Sí, ahí mismo, sin necesidad de pagarlo antes. Cuando yo pasé, este banco estaba repleto.

Lo mejor es comenzar la ruta a la altura King Cross. Más que nada porque por allí se encuentra la biblioteca Británica, que es el alma mater de este barquito-librería. Y ya, puestos en esta ruta cuasi literaria, seguir el curso de estos canales hasta Camden Town. A esta zona le llaman “la pequeña Venecia”. La comparación es muy atinada. Uno se deja llevar por la imaginación y… entre libros y canales, vaya que sí, que se puede confundir un poco.

Siguiendo el curso de este paseo por el Canal Regent, hay una parada casi obligada: Granary Square. No es tan turística como Picadilly o Trafalgar pero, justo al caer la noche tiene lugares para cenar al aire libre; la plaza en sí tiene una fuente luminosa de esas que, como los libros, emboban… Vaya que se crea un ambientillo propio de una novela con su historia de amor y todo. Lo digo porque este lugar es el sitio favorito de un amigo porque ligó mucho en esta plaza. Tanto, que cada vez que alguien le pregunta qué visitar en Londres, es lo primero que recomienda.

Serán cosas del amor a la lectura, digo yo.

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¿A Vd. también le dijeron que los taxis en Londres eran negros?

 

¿Y los autobuses de dos pisos, rojos? A mí también. El caso es que yo me lo creí, a pie juntillas. Y no pecamos de ingenuos los que sucumbimos a estos colores tan peculiares del transporte urbano londinense. Hubo una época en la que nadie nos mintió. Y el “street view” de antaño se repartía entre estas dos tonalidades.

Pero llegó un momento en el que el dilema era mantener la tradición o, dejarse tentar por el poder de la publicidad. “Ser o sucumbir, he ahí la cuestión”, que –hablando de Londres-, diría el gran Shakespeare. 

Y no fue pacífico el tema. Pero, ¿qué publicista no quiere que su anuncio “esté rodando” por todos lados y que se pueda ver a todas horas? Es el summum de todo cartel.

Es muy entretenido esperar en los semáforos londinenses y, como por confusión, miramos a los dos lados, sin saber muy bien por dónde vendrá el taxi, la variedad de la gama en estos giros rápidos de cabeza que hacemos, es variadísima: los hay pintados enteros de rosa; otros, anuncian chocolatinas y es que… ¿a quién no le amarga un dulce?

Este tema de la publicidad es uno de los grandes coqueteos del turismo, visto desde una perceptiva económica. Sucede en todos los destinos, no sólo en Londres. El punto de inflexión es delicado porque cuando el peso se inclina en demasía hacia los euros –libras en este caso-, muchas tradiciones, en esta balanza pecuniaria, llegan a perderse.

Otras veces sí se mantienen las tradiciones, haciéndonos ver a los turistas que todo sigue igual. Pero es sólo una performance. Les cuento un caso curioso y muy conocido: La Ceremonia del Cambio de Guardia. Todo un retrato sociológico digno de una tesis doctoral: colas larguísimas; gente abrazada a la verja para no perder esta pole position; por supuesto, empujones, etc.

Antes, en la época en la que los taxis eran negros y autobuses, rojos, este cambio de guardia se hacía todos los días. Ahora, con la excusa (¿) de que hay menos turismo, sólo se realiza en días alternos. Y claro, resulta difícil de entender que si se trata de un trabajo de vigilar un palacio, es decir, esos que día sí y día también; llueva o truene, hay que estar en sus puestos, entonces ¿por qué sólo se hace esta ceremonia unos días sí y otros no?

Un experto me dijo que el Cambio de Guardia era un “teatro de la seguridad”. Que se mantiene sólo por tradición, a la vista del gran contingente de gente que atiende impaciente.

Y ello se entiende –me seguía contando este experto- porque estamos inmersos en el “gran hermano social”, con cámaras de vídeo vigilancia, vallas, sanciones, etc. Y estos guardias han pasado a ocupar sus puestos cómodamente detrás de estas pantallas.

En esta “batalla” entre mantener las tradiciones y el poder arrasador del business, aún podemos encontrar algunos lugares en Londres que no han sucumbido a la tentación de la publicidad, que ya lo dice la máxima: “quien controla el pasado, controla también el futuro”. Por ahora, las hamacas de los parques siguen siendo las típicas de rallas verdes y blancas.

No quisiera yo dar ideas a publicistas, que a mí me encanta pasar un ratico en estas hamacas a la orilla de este “mar de hierba” londinense (a falta de playa, toca consolarse). Y ya, si sale el sol, no les digo más, el ratico se alarga seguro.

Y, si llueve, habrá que buscar un autobús o un taxi y… que venga la publicidad rodando a nuestro encuentro.

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No me llames D. Francisco, llámame Paquito

 

A ver en qué familia no hay algún miembro con un diminutivo. Y más en las nuestras que, por tradición, repetimos el nombre del abuelo, que pasa al hijo, al nieto… Y aquel D. José queda, generaciones después, en un “Joselito”, joven que, lo quiera o no, cuando cumpla la mayoría de edad, seguirá con el diminutivo. Y es posible que le dure hasta la edad de la calvicie y/o la jubilación, porque como encierra una gran dosis de cariño, pues ahí queda.

En muchas ciudades también pasa igual que en nuestras familias. Hoy viajamos con los apodos. El aeropuerto de Bilbao es conocido como “La Paloma”. Es uno de los pocos aeropuertos que se pueden ver desde lo alto. Está ubicado en un valle, casi escondido entre montañas y, las carreteras de acceso que bajan permiten verlo (digo: verla) “a punto de volar”, con “sus alas extendidas”, que son las salas de embarque. ¡Una preciosidad! Y, tan sólo una ese de diferencia. Muy atinado el sobrenombre, tratándose de un aeropuerto donde todo allí, “sale volando”. 

Mis favoritos son los apodos que utilizan en Andalucía. “La Manquita” en Málaga alude a la Catedral, a la que le falta una de las dos torres. El aprecio por este defectillo es tan grande, que hay algunos proyectos de reconstrucción (están aún en fase de borrador) que contemplan la construcción de esta segunda torre (en su día faltó dinero para poder alzarla) y, no terminan de cuajar, pues ¿cómo la llamarían entonces?

En Sevilla, muy querido también es “El Paquito”. Puente de estructura muy similar al Golden Gate de San Francisco y que, al ser un poco más pequeño, “este hermano gemelo” requiere el uso del diminutivo. A un amigo sevillano se le rompió el coche justo en mitad del puente a altas horas de la madrugada. “Estoy en mitad de El Paquito”, le dijo al servicio de la grúa. No hizo falta añadir ningún dato más. A los cinco minutos allí estaba la camioneta, como angel caído del Cielo.

“La Seta” sin embargo, no es tan querida. En la plaza de la Encarnación todo sevillano recela de este “puzzle gigantesco”, por el material (que ha dado problemas en otros emplazamientos); por el elevado coste y, porque la ven demasiado rompedora con el entorno. A mí me encanta este “patito feo” arquitectónico. Es una gozada pasear por él y ver Sevilla desde lo alto, en un ángulo de 360 grados.

En Londres, uno de los sitios donde todos queremos hacernos la foto es en “La Torre Reina Isabel II”. ¿Qué no saben dónde está? Con este nombre, imposible que alguien en la calle nos pueda indicar dónde se encuentra. Me refiero al “Big Ben”. Ahora sí que todos sabemos de lo que estamos hablando. Nos vamos entendiendo.

Hay una leyenda muy graciosa sobre el origen de este sobrenombre. El capataz de esta construcción se llamaba Benjamín Hall. Ben para los amigos. Era muy dicharachero y también, entrado en carnes. Sobre todo en su anatomía, la zona de sus posaderas era la que más sobresalía. Le gustaba contar a la prensa todo el progreso de las obras. Los periodistas, en esta relación cercana y en tono de guasa, hacían chirigotas con este ingeniero peculiar. Cuando la torre ya alcanzaba su punto más alto, a la hora de colocar una de sus campanas, ésta tenía una redondez que recordaba a las formas de… ¡ejem! el trasero del gran Ben. Y de ahí el apelativo “Big Ben” que perdura hasta hoy. 

Big Ben forever

Y llega un momento en la vida en el que uno se arma de fuerza, “le da la vuelta a la tortilla” y dice a toda su gente que ya no es Paquito, que le llamen Francisco. Unos, sí lo consiguen. El Big Ben me temo que lo tiene más complicado. Y además, gracias a él, podemos conocer a quien fue su jefe de obras.

Les dejo que me voy a tomar “una marinera” en “El Tontódromo”. ¿Mande? que diría un turista en Murcia. Pero sólo el primer día.

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Ahí están

 

Pero tenemos que llevar cuidado porque no siempre se las ve. Están bajo tierra, y cuando dicen de salir a la superficie, si vamos un poco despistados, baño asegurado.

Sí, lo han adivinado son esas fuentes escondidas bajo el pavimento que, como si fueran “topos acuáticos”, sin previo aviso, ¡zas! se ponen en marcha y, como van unidos a decenas y con todos los chorritos al compás, vaya que si vamos paseando justo por el centro, este campo de batalla acuático nos dará un buen remojón. 

Estos grifos que surgen de repente del suelo sorprenden sobre todo a los turistas, porque los habitantes del lugar ya están familiarizados con ellos y hasta conocen sus “ritmos acuáticos”. Y claro, pueden esquivarlos con más facilidad, llegado el caso.

En Murcia están junto al Cuartel de Artillería. Una vez paseando junto a ellos (les confieso que los iba esquivando por si acaso de repente se activaban) vi a un grupo de chavales que jugaban con un amigo. Lo habían metido en un carrito de los centros comerciales y lo paseaban. Y claro cuando vieron que de repente se ponían en acción estos chorritos, no se lo pensaron dos veces, empujaron el carrito -con el amigo dentro- hacia la fuente y, risas a mansalva que, eso sí, todos los demás se quedaron fuera del perímetro del agua, excepto el que estaba dentro del carro de la compra. El resultado: un buen baño de este zagal que no se lo tomó a mal. Era verano.

En Dresde estas fuentes que juegan al escondite tienen doble personalidad. Por la mañana, las madres llevan a sus hijos pequeños a este lugar como si fuera la piscina pública en mitad del paseo. Los dejan en pañales y, de nuevo, muchas risas de todos. Da gusto verlos disfrutar. Vaya que hasta da un poco de envidia. Y es que eso de hacerse adulto, muchas veces aboca a perderse estos momentos de risas aseguradas. Pero por la noche estos grifos se transforman en un juego de luces que iluminan el agua y, otra vez los adultos, los esquivamos. ¡Con lo divertido que sería jugar en esta “discoteca acuática” a ras de suelo!

En Londres están colocados estratégicamente junto al río Támesis. Entre que el recorrido por los canales es un poco estrecho y no tiene quitamiedos, uno va con la preocupación de no acercarse demasiado al borde no vaya a ser que, por un traspiés… Que, a ver luego cómo uno cuenta, de regreso, que se cayó en los márgenes del Támesis. ¡Eso sí que serían risas aseguradas para todos los demás! Pero aún con esta pequeña preocupación, esta ruta de los canales es muy relajante. Calculando bien este rincón en el que la fuente sumergida activa sus chorritos.

Espejo de agua en Elche

En otros lugares, esta lluvia que desafía la gravedad queda convertida en un espejo de agua reposado en el suelo y … ¡multiplica la belleza! Así sucede en Elche con rincones donde las palmeras se ven reflejadas en el paseo o en la plaza de la Bolsa en Burdeos.

El summum se encuentra en Ginebra. Lo conocemos todos como el famoso “Salto de Agua” que alcanza una altura parecida a la torre de una catedral. No exagero. Lo mejor, además de ver la fuerza del agua en sentido contrario al de una catarata, es jugar con el viento y ponerse, si es verano, a sotavento.  Y, claro que sí, jugar a ser niños de nuevo. Risas aseguradas, ya verán y nada… ¡que disfruten del baño!

 

 

 

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