La Verdad

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Categoría: Nueva York
¡Estás en las nubes!

Cuántas veces hemos dicho –o nos han dicho- aquello de: “¡Estás en las nubes. No te enteras!”. Hoy salimos de viaje, precisamente para… ¡irnos a las nubes!

Hay lugares en los que, ahora sí que sí, literalmente se puede estar en las nubes y verán que… ¡merece la pena! Más que nada porque uno puede llegar a tener una sensación parecida a volar. ¿Suben a la ruta?

Comenzamos esta “escalada” a las nubes en San Francisco. La ciudad está situada en la famosa bahía. Este emplazamiento provoca que las corrientes cálidas del Pacífico, choquen con una franja fría que recorre el litoral y, este encuentro de las dos masas de aire a diferentes temperaturas, se transforma en vapor de agua que al condensarse, da lugar a la niebla. Coincide en muchos casos con las primeras horas del día. Así que los madrugadores sentimos una lluvia fina de esas que no molesta sino que se agradece, pues ¡qué mejor despertador! Muchos días, después de este primer paseo, no hay huella de esta maravilla de la naturaleza.

Incluso cuando este choque de corrientes perdura más tiempo, entonces es frecuente ver toda la ciudad invadida por una capa fina de nubes. Y ahí sí que les recomiendo que cojan una bicicleta y crucen pedaleando el Golden Gate. Uno tiene la sensación de estar dentro de la nube y, entre la brisa del mar, los sonidos del puente y la nube que nos acompaña, la llegada a Sausalito será apoteósica. Si algún amigo al recibirnos nos preguntara: ¿Cómo has llegado? y le contestáramos: “volando” no estaríamos mintiendo, pues es una de las sensaciones más cercanas a volar que podamos tener.

Otra posibilidad también de sentir que “estamos en las nubes”, sin que suponga despiste alguno, puede sucedernos cuando subimos al Empire State Building y, tenemos suerte que ese día está nublado. A priori tal vez un turista piense que no es el día ideal para subir porque las vistas no serán muy nítidas. Pero, puede haber sorpresa. Les cuento.

Aquí hay que afinar un poco el tiro. Porque si hay demasiado viento, las normas de prevención y seguridad llevan a colocar el cartel de: “cerrado”. Y no podremos subir. Pero si el viento está apaciguado ese día, entonces sí, saldremos a la terraza y: veremos venir la nube hacia nosotros, que nos atraviesa –como una caricia gigantesca- y, sigue después su camino. ¡Qué dicha! Así que, no se preocupen si ese día está nublado y las fotos no salen estupendas, la sensación de haber volado compensará con creces.

Una tercera parada en este paseo en las alturas la tenemos más cerca. Les daré una pista: Es un mar, pero –sorprendentemente- no tiene agua ¿Adivinan de qué lugar se trata? Claro que sí, en Tenerife merece la pena visitar el Parque Natural del Teide y, con suerte, desde él también podemos contemplar el fantástico “Mar de Nubes” (también conocido como: “Panza de Burra”). No envidiaremos a ningún piloto a los mandos del más grande Airbus que exista, pues nuestras vistas serán igual de fabulosas. Aquí, si antes era la sensación de volar, ahora nos invade la sensación del infinito, de mirar y no encontrar un punto final. Y esta impresión siempre da qué pensar. Hay días –ojalá les toque uno de ellos en su visita- en los que sólo se ven: las nubes y el océano al fondo. Blanco, azul y… ¡la inmensidad!

No nos bajamos aún. Le hemos cogido gustillo a las alturas. Ya que estamos por estos niveles, más o menos en la misma altitud, hay una nueva ruta que les comento y que tiene algunas notas comunes con los deportes de alto riesgo. Este verano con la erupción de los volcanes islandeses, al estallar en esta ocasión sólo con fuego y sin humo, no ha sido necesario cerrar el espacio aéreo. Los más osados con sus propios coches se han saltado las barreras de “prohibido seguir”. Y ya son muchos los vehículos multados por esta curiosidad desmedida. He de confesarles que yo, de estar ahí, habría sido también uno de los multados. Algunas empresas locales organizan viajes en helicóptero para poder contemplar la tierra sangrando al rojo vivo desde el aire. También hubo un piloto generoso que quería compartir lo que veía desde su puesto de mandos. Y desvió un poco su ruta para que los pasajeros pudieran ver este espectáculo de la naturaleza. ¡Qué suerte los que tuvieran ventanilla! Seguro que los pasajeros recordarán para siempre este vuelo.

Y lo mejor de todo, siempre nos quedará una excursión un poquito más alto: ¡la luna!

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El metro cuadrado en Nueva York

En la zona de Times Square en más caro alquilar una fachada para colocar en ella un cartel que arrendar unas oficinas. El valor publicitario es tal que, poner un rótulo adosado a unas de las fachadas, supone ipso facto, una entrada de dinero en la partida “ingresos” de las empresas. Y ya, si el rotulo es luminoso, entonces la cifra se multiplica por varios ceros a la derecha.

En Manhattan cualquier rincón está perfectamente cotizado. El aparcamiento se ha convertido en casi un “arte” para, no solo aprovechar al máximo el espacio, sino para reducir el tiempo en el que un hueco para estacionar esté vacío. Unos minutos de maniobra torpe o lenta, son pérdidas financieras. Así que han ideado un sistema para que el parking esté siempre –o casi siempre- ocupado. Les cuento un poquito cómo funciona.

Antes debemos olvidar nuestro modo tradicional de aparcar. Aquello de dar vueltas por varias manzanas para localizar algún hueco libre, allí no existe. Tampoco aquello de entrar en un parking y dar también otras vueltas buscando una plaza vacía.

No queda otra solución que dejar el coche en un edificio con licencia para aparcamiento. Pero allí nos obligan a dejar nuestro vehículo justo en la puerta. Y hacer un acto de fe, confianza ciega y encomienda a San Cristobal, ya que dejamos el coche –sí, sí, ahí justo en la entrada-, pero también, las llaves. De forma veloz, un operario que ya tiene localizados los huecos disponibles, será quién haga las maniobras de aparcar. A la hora de ir a recoger nuestro vehículo, nos esperamos en la entrada y, ahí mismo nos lo entregan. Y, recuperamos las llaves. Podemos respirar tranquilos ya.

El aprovechamiento del parking no deja un hueco libre, incluso las azoteas hacen las veces de lugares para estacionar. Y… ¡sin quitamiedos! Así que dejar el coche en estos lugares viene a ser… ¡todo un acto de confianza en el buen arte de la conducción del empleado que nos toque! Además de sufrir un elevado cargo en la tarjeta. Las tarifas de precios del año pasado eran del orden –y al cambio- de unos… ¡veinticinco euros la hora!

En las viviendas rige esta misma regla de aprovechar el espacio al máximo. Los neoyorkinos la tienen ya interiorizada. Hasta en los pasillos se abren camas plegables, que durante el día están camufladas y adosadas a la pared. Incluso del techo, con unas manivelas, descienden grandes cajones, que allí estaban escondidos en las alturas. Y al tirar de ellas surgen armarios casi por arte de magia.

Menos mal que hay un rincón precioso donde ya no se sufren estas apreturas espaciales. Hablamos de Central Park. Allí, es la misma máxima pero justo a la inversa, es decir, espacios aprovechados sí, pero ahora ya, sin cortapisas, ni limitaciones. Las zonas para pasear, estar tumbados en el césped, circuitos para patines, para correr, etc. todo es… ¡a lo grande! Rige pues la pregunta de: ¿pies para qué os quiero?

Merece la pena pararse, no solo en los escaparates de las tiendas de la Quinta Avenida, sino también en los de las inmobiliarias que hay junto a Central Park y ver las fotos de las casas por dentro que están en alquiler y en venta y, además de cotillear, ver los precios.

Para poder comprar una casa, hay que contar con fondos suficientes pero también debemos pasar el trámite de la autorización de los vecinos. Así que, no todo es cuestión de “money, money, money” como el musical “Chicago” proclama a los cuatro vientos.

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