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Categoría: Pasaportes
La tarjeta de embarque, ese documento de alto voltaje

 

El verano además de las típicas imágenes de sol, playa, paella, chiringuito y luna llena, también nos deja otras menos atractivas: las de las colas y retrasos en los aeropuertos.

Y eso que somos pasajeros obedientes donde los haya. No nos queda otra que imitar el recorrido de las ovejas. Ahí estamos: al menos 45 minutos antes con nuestra tarjeta de embarque y el NIF o pasaporte.

Pero, ¿qué pasa si no hemos podido imprimir la tarjeta de embarque? Algunas compañías aéreas lowcost vieron “margen de negocio” (¡ejem!) en estos casos de problemas con el tóner de la impresora, además de jugar a la lotería en pleno vuelo.

Recorremos tres ciudades españolas: Barcelona, Madrid y Córdoba. Concretamente visitamos sus tribunales. Se abre la sesión: ¡Audiencia Pública! 

Salas de embarque donde se está tan cómodo que hasta se puede perder el avión si uno se queda dormido.

Cláusulas sospechosas

Un Sr. encontró un viaje baratísimo a Cerdeña para pasar unos días de mayo. Previsor donde los haya, hizo el listado de cosas que iba a necesitar: bañador, gafas de bucear… Hasta imprimió la tarjeta de embarque. Pero, hete aquí que en el último momento olvidó cogerla.

Al presentarse en el mostrador el despiste le suponía una penalización de 40 euros. Recurrió y el primer juzgado le dio la razón. La compañía aérea no contenta con el resultado, apeló. Y en esta segunda instancia, ahora sí la Audiencia Provincial de Barcelona declaró que este Sr. sí tenía que pagar la penalización de 40 euros. Entendían sus señorías que no era abusivo este cobro porque cuando le damos a la peligrosa tecla “acepto”, en el largo listado de obligaciones que asumimos (sin leer y en letra pequeña), ahí estaba la de: “imprimir tamaño A4 e individual para cada vuelo…”.

Eso sí no fue pacífico resolver este tema, los magistrados estuvieron un buen rato deliberando ya que hay un voto particular en la sentencia. Uno de los jueces decía que cuanto menos era una “cláusula sospechosa”, pues para ser equitativa debería llevar aparejado un descuento para aquellos pasajeros que sí la llevaran impresa. Y la compañía sólo contemplaba un recargo, nunca una bonificación.

Ocho apabullantes abusos

Anulada la cláusula por la que si no acudíamos velozmente a recoger la maleta de la cinta, teníamos que pagar por almacenaje.

En Madrid las cosas fueron diferentes. En este juzgado, en lugar de discutir, sus señorías al principio hicieron números y rebajaron la penalización a 15 euros (cosas de la independencia judicial). Pero más tarde, cambiaron de parecer y dieron un paso grande al ver que las compañías aéreas habían subido el baremo de la penalización a 70 euros. Y fue otro juzgado de Madrid el que paró el carro (el avión, mejor dicho).  Anuló ocho cláusulas abusivas. Entre ellas la penalización de 40 euros en los casos de no llevar impresa la tarjeta de embarque. Otro coste era la demora en recoger la maleta de la cinta de embarque (que también habíamos tecleado pagar por “almacenaje” si nos retrasábamos). Pero ahí somos todos muy rápidos en llegar a la cinta y, sí también en empujar un poquito.

No hay nada más lindo que la familia unida

Y llegamos al pasajero cordobés que acudió al “juez de su domicilio” (también fue anulada la cláusula que nos obligaba presentar la demanda allí donde esta compañía tenía su domicilio social). En este caso, le exigían que mostrara el DNI de su hijo de 3 años para poder embarcar. Al no llevarlo, el hijo tenía que quedarse en Córdoba. Se le denegaba el embarque por falta de documentación.

Y con arreglo a la legislación española puesto que se trataba de un vuelo interno entre dos puntos de territorio nacional, el menor español no está obligado a tener este documento en época de guardería. Por lo que no se le podía exigir ninguna identificación (por supuesto sí a sus padres). La indemnización que este señor cordobés logró fue elevada, ya que al negarle el pasaje a su hijo, toda la familia no embarcó. Y la compañía tuvo que abonar el coste de toda la familia.

Eso sí, las apariencias en los aeropuertos también pueden resultar engañosas porque ahora como nos dejan volar con un segundo bolso, nosotros inocentes pasajeros pensamos: ¡qué generosas las compañías! Pero el click del acepto sigue ahí, peligroso botón dónde los haya.

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Viajando por el espacio Schengen

 

 ¿Qué tienen que ver una chumbera y el Tratado Schengen?

Cuadro de Ignacio Muñoz Cano

Mucho, ya lo creo. Les cuento. En los dos casos, hablamos de fronteras.

Y es que todos, lo queramos o no estamos, estamos familiarizados con ellas. En la zona del sur de Europa los límites a menudo quedaban delimitados con chumberas. ¡A ver el valiente que las atravesaba! Fijaban la extensión de una propiedad mejor que cualquier valla de cemento.

En las Islas Azores los minifundios están bien separados unos de otros. En el caso portugués, los lindes tienen perfecta armonía con la naturaleza: están marcados por roca volcánica (colocada a modo de pequeños muros) con miles de hortensias de colores.
Una de las imágenes más curiosas es ver las vacas justo en el borde de una propiedad, mirando fijamente al turista, como si fuera un vigilante al acecho. A las pruebas me remito. ¡Inhiben cualquier intento de entrar en propiedad ajena! Me insistían en que las vacas eran inofensivas pero a mí su presencia me imponía. Ni siquiera me atrevía a acercarme para oler las hortensias.

 

Damos un salto, desde lo que es una propiedad privada, a la extensión territorial de un país donde ya el tema de las fronteras tiene mucha enjundia legal, que si permisos, controles o visados.  En Europa, el derecho a la libre circulación ha quedado plasmado en el Acuerdo Schengen. En resumen, la idea se basa en fortalecer los límites exteriores de la Unión Europea y, a cambio, suprimir todas las fronteras interiores entre los distintos países.

Pero claro, pensemos en un delincuente avispado que consiguiera atravesar un punto perimetral de la Unión. Esta persona, una vez que ha traspasado esta frontera exterior, tiene total libertad para poder circular por más de veinticinco países, sin ningún control interno. Esta es una de las grandes incidencias que la Policía ha puesto sobre la mesa como punto de mejora. Es cierto que en casos muy puntuales el Tratado puede quedar sin efecto, de forma temporal. Por ejemplo, durante  algunos magnos eventos en los que se ha cerrado el espacio aéreo de un país concreto en cuestión.

Peñón de Gibraltar. Fotógrafa: Ayako Takeuchi

Y es que el ser humano tiene una querencia natural a cruzar una frontera. Así me lo contaba un amigo guía turístico. Él hacía la ruta gallega y una de las excursiones optativas era cruzar a Portugal. Las personas mayores de estos viajes organizados (en especial los varones), el solo hecho de que en un mismo día pudieran estar en dos países (y de regreso, de nuevo, al suyo), era un incentivo para apuntarse a la excursión, pues muchos de ellos nunca antes tuvieron la oportunidad de salir de su país. Y con esta sola motivación cruzaban felices el puente sobre el Río Miño. Y es que, por mucho que uno ame a su patria, esta posibilidad de cruzar una frontera, tiene siempre su punto de aliciente.

Así las cosas, aquello de: “Su pasaporte por favor” en el seno de la Unión Europea se antoja desfasado. Pero, ojo al dato que, dentro de Europa, hay ciertos enclaves que están excluidos de la vigencia de este Tratado y en ellos sí debemos mostrar el pasaporte.

 

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¡Me han robado el pasaporte!

Aquello tan repetido de “los tiempos cambian” siempre suena a tópico. Pues bien, en materia de robo de pasaportes se ha dado un salto al abismo. Hemos pasado del “pequeño delincuente”, con buen corazón, a un mercado mundial de compraventa de pasaportes y otros documentos primos hermanos suyos de menor valía internacional. Y el tema rompe ya las estadísticas. Es rara la noticia de algún accidente aéreo dónde no haya algún pasajero con pasaporte robado.

Les cuento la explicación. Antes, cuando un ladrón nos robaba la cartera, cogía el dinero y, después, él mismo la depositaba en un buzón de correos cercano con todo dentro (salvo el dinero, claro): el DNI, las tarjetas de los bancos, las de visita… Y hasta lo considerábamos una buena persona, pues entendíamos que robaba por pura necesidad y, en un acto de bondad, devolvía todo lo demás.

Este “pequeño delincuente” ya no existe. Ha pasado a ser cosa del pasado más lejano. La situación ha cambiado de forma radical. Hoy, una persona que roba una cartera, él piensa que es un “autónomo”, que no tiene jefe. Pero… está trabajando –sin él saberlo- para una organización criminal, que no se deja ver, que está en la sombra.

Ahora, ya no echa nada al buzón. Pues la organización para la que trabaja –sin estar dado de alta en ella, por supuesto-, le paga una elevada suma de dinero por estos documentos robados. Cada uno tiene su precio. Tanto por una tarjeta visa, otro tanto por un pasaporte. Después de un tiempo –más o menos largo-, la organización los utilizará.

Actualmente, los pasaportes que están más cotizados en este mercado internacional del robo de pasaportes son los japoneses, porque en muchas situaciones los pueden utilizar tanto para chinos como para japoneses, pues pocos serán los que adviertan esta duplicidad de uso posible.

Uno de los lugares con más éxito en estos menesteres son los aeropuertos. La seguridad en ellos está dividida en capas. En la “capa blanda” es dónde esta actividad delictiva tiene mucho trasiego. Es la zona de facturación en la que aún no hay operativos de seguridad electromagnéticos, tan sólo cámaras y personal de vigilancia. Los españoles somos reacios a hacer una cola en hilera ordenada. Nos solemos agrupar, pendientes eso sí, de que no se nos cuele nadie. Ahí sí que damos la talla. Si vamos en grupos grandes, entonces “la cola” no se ve. De lejos parece una pequeña manifestación. Y claro, esta idiosincrasia es vista por un ladrón como una gran “oportunidad de negocio” para poder robar un pasaporte en un pequeño descuido, donde la aglomeración impedirá ver quién fue el autor.

No nos quedará otra alternativa que poner una denuncia en el propio aeropuerto. Pero, mientras que acudimos a la zona para tramitarla (que si el aeropuerto es grande, a buen seguro estará en la terminal más lejana); hacemos cola y, obtenemos –por fin- un duplicado del pasaporte, es posible que el avión ya haya despegado y hayamos perdido el vuelo, pues no nos esperará por este motivo. Resultado: Un doble disgusto, además del robo, la pérdida del vuelo. ¡A ver quién lo supera! Uno pasará de la alegría de un viaje, al llanto desconsolado al quedarse en tierra por el avión que despegó sin nosotros. Eso sí, con un pasaporte nuevo y reluciente.

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Sobre el autor Inma

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