La Verdad

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Categoría: Recorridos en taxi
¿A Vd. también le dijeron que los taxis en Londres eran negros?

 

¿Y los autobuses de dos pisos, rojos? A mí también. El caso es que yo me lo creí, a pie juntillas. Y no pecamos de ingenuos los que sucumbimos a estos colores tan peculiares del transporte urbano londinense. Hubo una época en la que nadie nos mintió. Y el “street view” de antaño se repartía entre estas dos tonalidades.

Pero llegó un momento en el que el dilema era mantener la tradición o, dejarse tentar por el poder de la publicidad. “Ser o sucumbir, he ahí la cuestión”, que –hablando de Londres-, diría el gran Shakespeare. 

Y no fue pacífico el tema. Pero, ¿qué publicista no quiere que su anuncio “esté rodando” por todos lados y que se pueda ver a todas horas? Es el summum de todo cartel.

Es muy entretenido esperar en los semáforos londinenses y, como por confusión, miramos a los dos lados, sin saber muy bien por dónde vendrá el taxi, la variedad de la gama en estos giros rápidos de cabeza que hacemos, es variadísima: los hay pintados enteros de rosa; otros, anuncian chocolatinas y es que… ¿a quién no le amarga un dulce?

Este tema de la publicidad es uno de los grandes coqueteos del turismo, visto desde una perceptiva económica. Sucede en todos los destinos, no sólo en Londres. El punto de inflexión es delicado porque cuando el peso se inclina en demasía hacia los euros –libras en este caso-, muchas tradiciones, en esta balanza pecuniaria, llegan a perderse.

Otras veces sí se mantienen las tradiciones, haciéndonos ver a los turistas que todo sigue igual. Pero es sólo una performance. Les cuento un caso curioso y muy conocido: La Ceremonia del Cambio de Guardia. Todo un retrato sociológico digno de una tesis doctoral: colas larguísimas; gente abrazada a la verja para no perder esta pole position; por supuesto, empujones, etc.

Antes, en la época en la que los taxis eran negros y autobuses, rojos, este cambio de guardia se hacía todos los días. Ahora, con la excusa (¿) de que hay menos turismo, sólo se realiza en días alternos. Y claro, resulta difícil de entender que si se trata de un trabajo de vigilar un palacio, es decir, esos que día sí y día también; llueva o truene, hay que estar en sus puestos, entonces ¿por qué sólo se hace esta ceremonia unos días sí y otros no?

Un experto me dijo que el Cambio de Guardia era un “teatro de la seguridad”. Que se mantiene sólo por tradición, a la vista del gran contingente de gente que atiende impaciente.

Y ello se entiende –me seguía contando este experto- porque estamos inmersos en el “gran hermano social”, con cámaras de vídeo vigilancia, vallas, sanciones, etc. Y estos guardias han pasado a ocupar sus puestos cómodamente detrás de estas pantallas.

En esta “batalla” entre mantener las tradiciones y el poder arrasador del business, aún podemos encontrar algunos lugares en Londres que no han sucumbido a la tentación de la publicidad, que ya lo dice la máxima: “quien controla el pasado, controla también el futuro”. Por ahora, las hamacas de los parques siguen siendo las típicas de rallas verdes y blancas.

No quisiera yo dar ideas a publicistas, que a mí me encanta pasar un ratico en estas hamacas a la orilla de este “mar de hierba” londinense (a falta de playa, toca consolarse). Y ya, si sale el sol, no les digo más, el ratico se alarga seguro.

Y, si llueve, habrá que buscar un autobús o un taxi y… que venga la publicidad rodando a nuestro encuentro.

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¡¡¡ Taxiiii !!!

Hoy haremos un viaje peculiar. Nos subimos a un taxi que nos llevará… ¡por medio mundo! Ponemos el taxímetro en marcha para ver dónde se encuentran los taxis más elegantes, los más caros o los más chic.

Hace unos meses se realizó un estudio por medio de una encuesta a 2.500 personas de 30 países de todo el mundo que tenían que valorar siete aspectos de los taxis: la limpieza, el conocimiento de las ciudades, la calidad en la conducción, la seguridad, la amabilidad de los taxistas, la disponibilidad y la relación calidad-precio.

Teniendo en cuenta estos parámetros, se concluyó que Londres es la ciudad dónde están los mejores taxis. Los taxistas londinenses, para poder obtener la licencia, deben pasar un complicado examen que les acredita conocimientos sobre calles, museos y cualquier tipo de monumento. Es el llamado: Knowledge, un difícil examen para el que se preparan durante dos años como media. Para aprobarlo, las preguntas que deben responder son del tipo: ¿Puede llevarme a un restaurante japonés que esté cerca del British Museum y que el menú no cueste más de 10 libras? Nada de una simple calle y un número par o impar, como acostumbramos.

Hace tiempo hubo un problema legal con los taxis londinenses para determinar si podían o no llevar publicidad, pues se temía que se pudiera perder, con tanto eslogan y colorido, el porte negro señorial de los modelos Austin, los más populares. Al final sí se permitió.

Los taxis más caros están en Tokio. Hay que tener cuidado con ellos porque, si nos apresuramos a abrir la puerta, tendremos un problema: Se abre sola y, si no nos apartamos un poquito, nos golpeará casi seguro. Los botones de apertura y cierre de las puertas –incluso la del maletero-, los controla el taxista. Y, a la hora de pagar, el dinero se deja en una bandeja. Nada de tocar las manos del taxista que, en muchas ocasiones, conduce con guantes de ganchillo. ¡Detalles japoneses!

En Marruecos los taxis se comparten. Eso sí, antes de entrar hay que negociar el precio. Y si se ha ajustado a la baja, entonces el taxista, puede parar y coger a otros pasajeros que vayan a un destino por la misma zona y aumentar así, su margen comercial. Toca, pues, compartir el trayecto con desconocidos y, ya de paso, hacer amigos en el taxi.

En China se ha puesto de moda la “Taxi Check List”. Los taxistas no saben inglés. Y los pasajeros no sabemos chino. Ante esta situación de clara incomunicación, los hoteles, además de darnos las llaves de la habitación al llegar, nos entregan una lista con los principales lugares a visitar y un apartado para poner una cruz. En esta lista están los nombres escritos en chino y en inglés. Y con la cruz, el taxista ya nos llevará sin problemas al Palacio de Verano o a la Ciudad Prohibida, todo depende de dónde pongamos una simple cruz.

En Venecia podemos tomar un taxi acuático desde el aeropuerto. Es un poquito caro pero, momentos así, tienen su aquel. Terminamos el trayecto con un toque chic. En una isla donde los taxis son… ¡descapotables! Nuestro taxímetro nos para en Capri. Es una gozada porque, desde que uno desembarca está sintiendo la brisa en todo momento. Las calles son empedradas y muy estrechas, hasta los camiones de reparto son más pequeños para poder circular por ellas. A mí me recuerda un poquito a Altea, con muchos restaurantes donde los tejados se han transformado en terrazas para cenar con vistas sobre el mar.

Pare aquí, por favor. ¿Qué le debo señor taxista?

 

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Sobre el autor Inma

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