La Verdad

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Categoría: Tenerife
¡Estás en las nubes!

Cuántas veces hemos dicho –o nos han dicho- aquello de: “¡Estás en las nubes. No te enteras!”. Hoy salimos de viaje, precisamente para… ¡irnos a las nubes!

Hay lugares en los que, ahora sí que sí, literalmente se puede estar en las nubes y verán que… ¡merece la pena! Más que nada porque uno puede llegar a tener una sensación parecida a volar. ¿Suben a la ruta?

Comenzamos esta “escalada” a las nubes en San Francisco. La ciudad está situada en la famosa bahía. Este emplazamiento provoca que las corrientes cálidas del Pacífico, choquen con una franja fría que recorre el litoral y, este encuentro de las dos masas de aire a diferentes temperaturas, se transforma en vapor de agua que al condensarse, da lugar a la niebla. Coincide en muchos casos con las primeras horas del día. Así que los madrugadores sentimos una lluvia fina de esas que no molesta sino que se agradece, pues ¡qué mejor despertador! Muchos días, después de este primer paseo, no hay huella de esta maravilla de la naturaleza.

Incluso cuando este choque de corrientes perdura más tiempo, entonces es frecuente ver toda la ciudad invadida por una capa fina de nubes. Y ahí sí que les recomiendo que cojan una bicicleta y crucen pedaleando el Golden Gate. Uno tiene la sensación de estar dentro de la nube y, entre la brisa del mar, los sonidos del puente y la nube que nos acompaña, la llegada a Sausalito será apoteósica. Si algún amigo al recibirnos nos preguntara: ¿Cómo has llegado? y le contestáramos: “volando” no estaríamos mintiendo, pues es una de las sensaciones más cercanas a volar que podamos tener.

Otra posibilidad también de sentir que “estamos en las nubes”, sin que suponga despiste alguno, puede sucedernos cuando subimos al Empire State Building y, tenemos suerte que ese día está nublado. A priori tal vez un turista piense que no es el día ideal para subir porque las vistas no serán muy nítidas. Pero, puede haber sorpresa. Les cuento.

Aquí hay que afinar un poco el tiro. Porque si hay demasiado viento, las normas de prevención y seguridad llevan a colocar el cartel de: “cerrado”. Y no podremos subir. Pero si el viento está apaciguado ese día, entonces sí, saldremos a la terraza y: veremos venir la nube hacia nosotros, que nos atraviesa –como una caricia gigantesca- y, sigue después su camino. ¡Qué dicha! Así que, no se preocupen si ese día está nublado y las fotos no salen estupendas, la sensación de haber volado compensará con creces.

Una tercera parada en este paseo en las alturas la tenemos más cerca. Les daré una pista: Es un mar, pero –sorprendentemente- no tiene agua ¿Adivinan de qué lugar se trata? Claro que sí, en Tenerife merece la pena visitar el Parque Natural del Teide y, con suerte, desde él también podemos contemplar el fantástico “Mar de Nubes” (también conocido como: “Panza de Burra”). No envidiaremos a ningún piloto a los mandos del más grande Airbus que exista, pues nuestras vistas serán igual de fabulosas. Aquí, si antes era la sensación de volar, ahora nos invade la sensación del infinito, de mirar y no encontrar un punto final. Y esta impresión siempre da qué pensar. Hay días –ojalá les toque uno de ellos en su visita- en los que sólo se ven: las nubes y el océano al fondo. Blanco, azul y… ¡la inmensidad!

No nos bajamos aún. Le hemos cogido gustillo a las alturas. Ya que estamos por estos niveles, más o menos en la misma altitud, hay una nueva ruta que les comento y que tiene algunas notas comunes con los deportes de alto riesgo. Este verano con la erupción de los volcanes islandeses, al estallar en esta ocasión sólo con fuego y sin humo, no ha sido necesario cerrar el espacio aéreo. Los más osados con sus propios coches se han saltado las barreras de “prohibido seguir”. Y ya son muchos los vehículos multados por esta curiosidad desmedida. He de confesarles que yo, de estar ahí, habría sido también uno de los multados. Algunas empresas locales organizan viajes en helicóptero para poder contemplar la tierra sangrando al rojo vivo desde el aire. También hubo un piloto generoso que quería compartir lo que veía desde su puesto de mandos. Y desvió un poco su ruta para que los pasajeros pudieran ver este espectáculo de la naturaleza. ¡Qué suerte los que tuvieran ventanilla! Seguro que los pasajeros recordarán para siempre este vuelo.

Y lo mejor de todo, siempre nos quedará una excursión un poquito más alto: ¡la luna!

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España en vertical

Hoy hacemos una ruta peculiar. El recorrido será en línea ascendente. Cuando visitamos algún emplazamiento en España, es frecuente que el guía nos indique a cuántos metros se encuentra sobre el nivel del mar. Para no nos quedemos indiferentes ante este dato, vamos a desmenuzarlo un poquito para saber cómo se mide y dónde están los puntos más bajo y más alto.

Esta ruta comienza en Alicante. Y como destino final, llegamos a Tenerife. Desde uno a casi cuatro mil metros, ése será nuestro ascenso. ¡Lleven cuidado si tienen vértigo! 

Nos vamos, pues, al lugar dónde se mide el nivel del mar. Partimos del puerto de Alicante. Este enclave fue elegido como cota cero por ser, de toda la costa, el que menor fluctuación de mareas tenía. La medición se realizó en varias franjas horarias y distintos días. Y quedó señalizada con una estatua de un surfista sobre una placa. Es bien curiosa esta estatua, pues pese a lo mucho que dice de su “asentamiento” sobre el agua, el deportista está ahí “como si nada” tuviera que ver.

Desde ella, se llevó a cabo la tira de cuerdas hasta dos clavos de nivelación que se encuentran en los dos extremos del Ayuntamiento. Se pueden ver -si uno se fija bien- estos clavos de bronce en las paredes laterales. A mí, de tan pequeños me costó dar con ellos en una primera visita y el vigilante de seguridad muy amable me acompañó para localizarlos. Ahora que sé bien dónde están, cada vez que paso, se me va la mirada hacia ellos.

Y desde el tranquilo surfista del puerto, hasta estos dos clavos, en una tira triangular de cuerdas, se dio con el punto exacto: El denominado “nivelación de precisión” (se conoce con las siglas “NP”) que se encuentra justo en el primer peldaño de la escalinata de acceso que hay en el hall del Ayuntamiento. Hay una placa descriptiva. También hay una estatua de Dalí que despista un poco, pues incita a alzar la mirada hasta la cúpula (¡preciosa!) y uno se puede olvidar de que es en el primer escalón dónde está la clave del tema.

Este peldaño, viene a ser, pues, como el “kilómetro cero del mar”, salvando todas las distancias, entiéndase.

Y, una vez fijado el punto inicial, se comenzó el recorrido por España. Originariamente la medición fue todo un arte. A cada kilómetro del itinerario se ponía un clavo-señal. Y así… se fue haciendo camino, que diría el poeta.

En este caminar hay un dato curioso. Para saber qué altitud tenían las ciudades, se solían colocar en las estaciones de trenes –también en algunos edificios singulares- unas placas ovaladas de hierro fundido, que indicaban cuál era. Se elegían las estaciones de trenes porque el trazado férreo buscaba siempre la menor pendiente, para mejor maniobra de parada y carga de los trenes en las mismas.

Hoy, los sabios ordenadores controlan estas mediciones. De ahí que estas placas ovaladas, no dejan de ser más que un elemento ornamental pero, resisten al paso del tiempo. Ahí están y da gusto ver su resistencia. Aproximadamente quedan unas 428 en los andenes. Así que, mientras que uno está en una estación esperando, se puede entretener buscándolas.

En Madrid hay muchas repartidas por varios emplazamientos. Las más curiosas se encuentran en la Puerta de Alcalá; Otra en el Congreso de los Diputados. Una tercera tiene especial mérito ya que ha resistido la fuerza desmedida del consumo al permanecer “anclada” en un Centro Comercial (“Estación Príncipe Pío”).

Desde los alrededores de Alicante, los días de máxima claridad, se puede ver Ibiza. Pero la parada última en este viaje en vertical nos lleva a otra isla. Concretamente a Tenerife y, sobrevolando su lindísimo “mar de nubes”, llegamos al punto de mayor altitud de nuestro viaje en vertical: Al Teide, acercándose casi a los 4.000 metros de altitud desde aquel despistado surfista al que dejamos allá abajo, tan tranquilo, en el puerto de Alicante.

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