Cuando la población general comenzó a alfabetizarse allá por el siglo XIX, los nuevos lectores y lectoras, en masa, leían con avidez El conde de Montecristo y La dama de las camelias. Las historias se publicaban a través de los folletines, las penny novels, las revistas pulp. Hasta mediados del siglo XX, operarios de fábricas, institutrices y criadas se dirigían al kiosco a por su ración semanal de aventura, historia, melodrama, misterio o realidad.
Foto de Andrea Piacquadio
El cine se popularizó a principios de siglo XX y comenzó a minar las ansias lectoras. En la década de los 40, la radio irrumpe en los hogares, un sistema de entretenimiento en el que la voz guiaba las historias. Los seriales radiofónicos causaron furor en el mundo occidental.
A finales de los años 50 la televisión, con sus campos electromagnéticos, comenzó a ensuciar salones, dormitorios y cocinas. En los 80 se esparcieron como esporas de hongo los videojuegos. En la actualidad estamos inmersos en la época del móvil, de las consolas y del 3D.
La llegada del cine no eliminó la literatura, tampoco las consolas han acabado con la radio o la televisión. Todas estas formas de ocio conviven en la actualidad, aunque la proporción de horas que dedicamos a cada una de ellas es inversamente proporcional a su juventud y al esfuerzo que requieren para su disfrute.
Leer no siempre ha sido un placer minoritario. El problema es que las personas somos demasiado vagas y las empresas lo saben. ¿Qué será lo próximo?