Me abraso por dentro cada vez que la televisión escupe imágenes de valles, montañas o quebradas ardiendo. Me abraso viendo las llamas destruir bosques y casas, y acechando peligrosamente vidas humanas, sin contar las que ya se ha llevado, además de las de las plantas y animalillos campestres. Me abraso de ver a hombres llorando ante la incapacidad de luchar contra un voraz incendio. Me abraso de contemplar la alevosía nocturna para prender fuego cuando saben que es casi imposible hacerle frente hasta el amanecer. Me abraso de imaginar a esos canallas pirómanos a salvo ante el anonimato y la imposibilidad de poner puertas al campo. Me abraso, sí.
En el Reino Unido, tras el escándalo de la fiesta, con desnudo incluido del príncipe Harry, sólo un niño se atrevió a decirle a la cara lo que muchos pensaban pero, por aquello de ser políticamente correctos, todos callaban. Así que, si ante el título de hoy, alguien ha pensado que iba a encontrarse un artículo caliente, ha acertado de pleno. Estoy caliente, sí, y cuando se me calienta la boca digo, lo sé, lo que muchos piensan y callan… o dicen por lo bajini mientras miran esas imágenes apocalípticas: “Deberían de darles a probar de su propia medicina”. ¿Les gusta el fuego? Pues, hala, al recreo, al monte a disfrutar de su fogata hasta que queden tan tostadicos y crujienticos como toda la vegetación que han destruido.
En toda la Naturaleza no existe un solo ser vivo que busque su propia desgracia salvo el ser humano. ¿Se podrá ser más gilipollamente estúpido…? ¿Acaso el incendiario imbécil que le quema, por litigios de lindes, la tierra al vecino cree, de verdad, que está quemando algo ajeno a él? Cómo hacerle ver que su maldad sólo ajorra piedras contra su propio tejado. Y, por favor, que nadie me venga con el cuento de que están locos. Basta ya de meter en el mismo saco al enfermo junto al malvado. Nuestras leyes son vacaciones pagadas para la gentuza que cohabita, impunemente, junto a los discípulos del santo de Asís, hermano de todo ser viviente. Pero es que tampoco hay otra ley, al margen de la legal, que les haga pagar sus fechorías. Me refiero a esa “otra” ley que impera en la cárcel. Según tengo entendido, los violadores confesos y convictos temen, más que Naranjito en una fábrica de zumos, que sus compañeros de trullo se enteren de la causa que los llevó allí porque “allí” sí les aplican la ley del Talión, aunque mejorada: nada del ojo por ojo y ya está. Es un ojo y otro y otro por el que ellos sacaron. A la vista está que se pueden cometer las mayores tropelías a través del fuego sin que haya un escarmiento ejemplar que les quite las ganas de encender una cerilla a futuros asesinos de la naturaleza, de bienes materiales y de vidas humanas.
Que digo yo que, tal vez, se les podría atar a alguno de esos pinos calcinados, para que se les llenaran los ojos y el alma de la desolación que han provocado. Eso sí, desnudos y, ya que han dejado a las ardillas más desarboladas que estaban para cruzar el territorio español, que les ofrezcan sus propios apéndices a modo de liana, a ver si de los tirones se quedan inhabilitados para sacar tan mala raza.
Sí, ya lo sé, estoy más quemada que la azotea de El coloso en llamas, pero es que me abraso por dentro de la impotencia de no poder hacer nada y de ver que quienes pueden hacerlo no lo están ejecutando como el que se quita avispas del culo. ¿Entienden que me abrase? ¿Acaso no se abrasan ustedes…?