Sus padres murieron cuando ella era una niña. Se crió con tres hermanas de su madre, solteras -nunca supo si por elección propia, por repulsión al hombre o porque no tuvieron más remedio- y ultra feministas, con ese feminismo muchas veces mal entendido al no aceptar que no es lo mismo que el hombre y la mujer estén igualados, con que el hombre y la mujer sean iguales. Creció penalizando en su interior las diferencias naturales con el sexo opuesto, en lugar de hacerlo reafirmándose y enorgulleciéndose de ellas.
Es una mujer preciosa, inteligente, brillante, sin embargo, se obstina en vestir de manera andrógina y anodina, huye de la coquería, las compras de vestidos o productos de belleza, del maquillaje, de la sexualidad… para ella el hombre es un tirano, un enemigo del que hay que guardarse, alguien que sólo busca a la mujer como un objeto de deseo o de utilización. Abomina de las mujeres que desean gustar, convencida de que ese “deseo” no es tal, sino una imposición del hombre. Y su mayor proyecto en la vida es la defensa a ultranza de la Mujer.
Tiene amigas que comparten absolutamente ese proyecto, pero no su forma de llevarlo a cabo. Le dicen que propugnar los derechos de la Mujer no necesariamente está enfrentado al Hombre o a sus derechos, sino que cada cual tiene su correspondiente parcela. Intentan señalarle que esa defensa no está reñida con un poco de coquetería, de brillo de labios, de máscara de pestañas, de disfrutar de una sexualidad libremente elegida, de convivir con un hombre, de optar por tener hijos o, yendo más allá, de preferir quedarse en casa cuidando de su familia, convencida de que hace una labor importante, en lugar de batirse el cobre rompiendo techos aplastantes y, finalmente, teniendo que claudicar buscando a otra mujer que haga en casa el trabajo que ella no puede hacer. Sin embargo, todo es inútil. Ella sigue fiel a unas pautas esculpidas por sus tías en donde la coquetería y la seducción no tienen cabida alguna. Así que, cuando sus amigas han visto publicado el libro Reflejos en el ojo de un hombre, de la ensayista, novelista, dramaturga, música y guionista Nancy Huston, una activista feminista, absolutamente comprometida con la causa, pero que denuncia abiertamente que “El feminismo más puritano nunca ha sabido qué hacer con la coquetería” y pone en tela de juicio la idea de que la forma de comportarse hombres y mujeres no es resultado de la educación, les faltó tiempo para hacerle llegar los planteamientos de esta “¿esquirol?” del feminismo.
El debate estaba servido: ¿La belleza y la sexualidad son malas? ¿Están en contra de la lucha denodada de la mujer por arañar cada día un poco de ese territorio negado por siglos? ¿Realmente el hombre es el enemigo número uno en la adquisición de derechos femeninos? Y, si no lo es ¿Por qué sigue siendo la mujer, en muchos lugares del mundo, un “bien” a dominar, controlar, violar…? “La mujer es el origen del mundo, y el hombre siempre ha tendido a reglamentar su derecho de posesión sobre la mujer” dice la escritora Huston en su reciente obra. Entonces… ¿Podría ser la que mujer utilizara -podríamos remontarnos a Judit y Holofernes- su belleza para seducir y de esa forma adquirir un poder que se le niega? Y, por otra parte, ¿cuántas mujeres que renuncien a su más prístina esencia hacen falta para evitar las canalladas que sufren otras en diferentes partes del mundo?
Y en ese debate ¿quién tiene razón? ¿Las que piensan que es mejor la lucha abierta contra el hombre que somete? ¿O aquellas otras que consideran que la línea recta no es siempre la más corta y que se obtiene más poder con las armas de la seducción?
Quizá la batalla esté perdida mientras sea necesario el enfrentamiento de ambos postulados. O… ¿acaso a las niñas violadas y muertas -en India y en cientos de lugares que no salen a la luz- les habría importado qué tipo de vehículo las condujera hacia la libertad? Y, en esta pregunta todas están de acuerdo.