Pocas veces tiene mejor ejemplo empírico la teoría de la mirada al vaso a medio llenar que la posición que ha tomado el vicepresidente y consejero de Economía y Hacienda, Juan Bernal, con respecto a la negación de hacer públicos sus bienes. Como en la mirada al vaso, hay quienes pueden verlo medio lleno, puesto que esa declaración de los bienes la tienen todos los miembros de la Asamblea, de todos los miembros, desde el minuto cero en que entraron a formar parte de la misma y por tanto, podrían entenderse las palabras de Bernal cuando afirma que es “una exhibición pública innecesaria que no mejora la credibilidad del sistema ni la imagen de los políticos”. Y, por supuesto, puede mirarse como medio vacío argumentando que, si todos lo han hecho, por qué él no. Pero claro, eso también podría llevar a pensar en la consabida generosidad del ser humano, tanto para desear el bien ajeno como para hacerlo partícipe del propio fastidio: si yo me jodo y tengo que mostrar mis intimidades, por qué tú no. ¿Acaso tú eres mejor que yo? O ¿Quién coño te crees que eres tú para sacar los pies del tiesto?
Vayamos con el vaso medio lleno. Según se desprende -disculpen mi ignorancia sobre trámites políticos- de las palabras de Bernal, “es algo voluntario”. A ver, seamos sinceros, al ciudadano de a pie no le interesa tanto saber si un político tiene una casa o dos -salvo para despertar las más insanas envidias- como saber -¡Saber!- si esas casas las ha obtenido con dinero robado al pueblo. Es más, conocer que los políticos tienen pasta debería tranquilizar a la población porque sabríamos que no entran en política para llenarse unas arcas, sino que ya vienen de casa con ellas llenas. Y, por otro lado… todos los sinvergüenzas, granujas que han robado, nunca han enseñado sus manos para que el pueblo viera lo que habían conseguido, sino que se han preocupado de derivarlo a donde nadie supiera de su existencia. Así que…, si nuestros políticos han pensado que iban a tranquilizar a sus votantes enseñándoles las carteras, es que son más ingenuos de lo que nos creíamos. Y, si los votantes han pensado que, conociendo los bienes de los políticos estaban los suyos a salvo, es que son tontos de remate. Decir lo que se tiene no implica declarar lo que se roba. Lo que los ciudadanos queremos son políticos honrados que nos digan qué hacen con nuestro dinero, no con el suyo.
Es verdad que nunca me ha interesado la política como ejerciente y he mantenido que, como aprendiz de poeta, “al igual que la política prescinde de la poesía, la poesía prescinde de la política”, pero la realidad es que, alguna vez, he sido llamada para poner mis humildes conocimientos al servicio público. Y… hubiera aceptado de no haberme frenado ese “monstruo” devorador de almas y de coraje llamado “Disciplina de partido”. Esa aceptación ciega de discursos y normas que han llevado, por ejemplo, a políticos del PP votar a favor de llevar tropas a Irak, cuando manifestaban, en privado, su oposición a esta decisión, o a políticos murcianos del PSOE a votar en contra del trasvase del Ebro, cuando antes lo habían defendido. Sólo ellos saben lo que tuvieron que pasar. Claro que también hay políticos como Alberto Garre o Arsenio Pacheco que votaron (2008) en conciencia saltándose la disciplina de partido, siendo castigados por ello.
¿Han visto la película “Criadas y señoras”?: Una señora del rancio Mississipi se ve obligada por otras “damas” a echar a la criada negra que ha cuidado, toda su vida, con abnegación y amor, de ella y de su familia. Cuando, más adelante, la hija de esa señora escribe esa historia y otras similares, restaurando, de alguna manera, la dignidad de las criadas negras, la “cobarde” madre le dice orgullosa a la joven: “A veces, el valor se salta una generación”. Y ahora…, entre nosotros, señores políticos: ¿Es posible que, en ocasiones, el valor se salte algunas imposiciones? ¿Están siempre de acuerdo con todo o permiten que ese “monstruo” les devore la valentía de mostrar el desacuerdo?
Es posible que en el vaso medio vacío que, parece ser, es la visión mayoritaria, Bernal tenga que dar “cumplimiento a la decisión política”; “hacer como el resto de diputados”; “entregar su acta de gobierno” o aparcar una tozudez incomprensible para muchos. Y también es posible que alguien recuerde que, ya hace siglos, cuando todos gritaban “¡A Barrabás, soltad a Barrabás!, no porque fuera la mayoría quien lo pedía, estaban apostando por la decisión más oportuna.