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Ana María Tomás

Escribir es vivir

GAVILÁN O PALOMA

Recuerdo, con frecuencia, que uno de mis profesores solía decir que había que ver la televisión aunque sólo fuera para ver lo que la gente veía. Y realmente es interesante comprobar lo que emiten, imagino que porque la gente lo ve. Parece increíble que haya programas que emitan situaciones y protagonistas que pueden dejar estupefacto y sin reacción al más pintao.

Dejando al margen la broza de los reality show,  que nos revuelven las vísceras; la violencia, que vacuna de cualquier conato de sensibilidad  a nuestros vástagos; programas verdaderamente impúdicos, en donde se airean las intimidades más sorprendentes; y las noticias, que han conseguido que, a base de repetir atrocidades, nada nos impida seguir comiendo a la hora del telediario, y que nuestro estómago no haga huelga de hambre; concursos que nos hacen dudar de si allí se va a hacer el tonto por voluntad, o si los que salen lo son realmente y, para más “inri”, si éstos son utilizados para el inhumano y vergonzoso regocijo de aquellos que lo ven creyéndose menos tontos que aquel de quien se ríen… Es decir, revisados muy someramente lo que la audiencia reclama, o traga, nos quedan los especiales de política y algún que otro sensiblero.

Para mi bien -y al igual que solía decir mi admirado J.L. Sampedro- veo poquísimo la televisión, pero, algunas veces, suelo cerrar el día terminando de leer la prensa  con el sonsonete de “Hay una cosa que te quiero decir”, y les puedo asegurar que no tiene desperdicio. En más de una ocasión me he permitido sonrojarme viendo este programa.

Siempre es escabroso hacer incursiones en la “psique” humana y en los condicionantes que nos llevan a actuar de una u otra forma; no obstante, y pese a mi facilidad de sorprenderme, me sorprendo de cómo me sorprenden ciertas  increíbles historias de… llamémosle amor.

A poco que se conozca la interacción de las relaciones humanas se pueden descubrir con demasiada facilidad relaciones de dependencia: afectiva, sexual -entre las que destaco las de sadomasoquismo-, etílicas, ludópatas, psicológicas, económicas, y etc., etc. Sin embargo hay otras en las que es difícil definir en qué grupo están si no es en el específico del cinismo, o de la ausencia de cordura, en las que el manierismo es el único espíritu que las mueve.

Yo me pregunto por qué el cerebro humano gustará tanto de hacer huelga de sensatez. Porque huido este gran peso específico, el cerebro se eleva como un globo hinchado del aire de la estupidez hasta los más recónditos parajes de la estulticia. Entonces, el miedo al ridículo -encomiable salvaguarda de las buenas maneras- huye, y el ser humano es capaz de las acciones más disparatadas.

Ante cientos de ojos de estupefactos televidentes se nos muestran las tristes víctimas de las acciones de los crápulas de sus parejas. Pero lo más curioso, lo realmente sorprendente es que cuando van a esa especie de celestina  a encontrarse con el desertor  o desertora de turno, te das cuenta de que quien realmente es la víctima es esa otra persona que hasta que comenzó a hablar la teníamos convertida en el verdugo de la falsa victima; es decir, en realidad la paloma no era más que un gavilán disfrazado de suave plumaje.

Lo mejor de todo es que cuando éste, o ésta, ¡pobre infeliz! decide volver con el menda o la menda que va a pedírselo, la supuesta y primitiva víctima se pone en plan “chulo” y olvidando que ha sido ella quien vino suplicando que volviera, se permite la desfachatez de amenazar: “Ya sabes, si no cambias, no vuelvo contigo, ¿eh?”

La verdad es que nada es lo que parece, pero mientras haya “contenedores” humanos capaces de digerir tanta bazofia, no lo duden: siempre habrá quien la genere.

 

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