Por suerte, cuando pensamos en la palabra “madre” siempre acude a nuestra mente la idea del amor más puro, desinteresado e incondicional. Desgraciadamente, no siempre es así y, tal vez, todos conozcamos algún ejemplo. Aunque cabe pensar que esos casos son, precisamente, la excepción que confirma la regla. Sin embargo, al referirme a “esas otras madres” no estoy pensando, precisamente, en las desnaturalizadas.
Me gusta caminar por la naturaleza. Toda ella está llena de enseñanzas dispuestas a asaltarte a la menor ocasión. Para internarme por alguna de las muchas sendas que tiene nuestra patria chica, suelo hacerlo, la mayoría de las veces, caminando desde casa. Eso me permite ir abandonando poco a poco la “civilización”, los bloques de viviendas, las casas a las afueras, para ir encontrándome las primeras casas de campo antes de pasar al monte y al olor de tomillos y romeros. Suelo hacerlo acompañada de Coffee, mi perro bóxer, así que, gran parte del paseo es un concierto de ladridos de perros que muestran al mío sus dientes y su territorio. Hay, concretamente, una casa de campo con una perra especialmente escandalosa y agresiva. No hay forma de hacerse amiga de ella, diariamente nos enseña sus dientes, sus encías y un cabreo que no deja lugar a dudas de que nuestro paso a lo largo de su verja no es aceptado. Hace unos días, casi a punto de llegar a la dichosa alambrada, vi como salía de ella un coche, que pasó rozándome, en cuyo interior iban unos cachorros en brazos de unos niños. Y contemplé, con estupor y dolor, cómo la perra hacía caso omiso de nosotros -por primera vez en… no recuerdo cuánto tiempo- y corría desaforada paralela al coche hasta que se le agotó la valla. Me detuve con tierna premeditación reclamándole su ración de enfado por volver, una vez más a caminar por las lindes de su finca. Y entonces ella hizo algo más de humano que de animal: se quedó quieta, mirándome, sin emitir un solo ladrido mientras que mi perro intentaba citarla levantando sus patazas en la tela metálica que nos separaba. Pero ella seguía quieta, como si un dolor inmenso la hubiera paralizado allí mismo. Levanto la cabeza hacia atrás y emitió unos aullidos cortos, bajitos para irse después hasta la puerta por donde había salido el vehículo con sus cachorros y sentarse allí. Imagino que para esperarlos. A la vuelta, después de dos horas seguía sin moverse. No se abalanzó sobre nosotros, como siempre hacía, ni lanzó un solo ladrido. Y sigue así después de muchos días.
De regreso a casa, mientras me tomaba un zumo, un programa televisivo entrevistaba a una madre que, junto a su hija, hacían juntas porno casero, grabadas por el marido de la madre (no pude enterarme si el individuo era también el padre de la chica). Argumentaba que la crisis… Y yo puedo entender que una persona haga casi cualquier cosa por sobrevivir, pero me cuesta mucho trabajo aceptar que una madre exponga, por dinero, a una hija a la lascivia de los crápulas de turno, por no hablar de la obscenidad que supone que ella misma mantenga una relación lésbica con su propia hija. Ya sé que otras madres pueden llegar a hacer cosas peores como venderlas para prostitución pero, en este caso, no funciona el “mal de muchos…”
A mí no me cabe la menor duda de que los perros tienen alma. Y cuando comparo cómo algunas perras defienden a sus cachorros o languidecen por ellos mientras otras madres humanas se comportan de manera…(lo siento, pero no puedo decir que como animales) incomprensible, me lo corroboro a mí misma. También las mujeres estuvimos, durante muchos siglos, “privadas” de alma, según algunos “eminentes” hombres de iglesia. Y eso no quería decir que no la tuviésemos. Escuchamos, con demasiada frecuencia, la comparación del hombre con el perro pero siempre en tono despreciativo e insultante: “Es un hijo de perra”; “Es un perro gandul”. Pero comparar a un hombre con un perro es un insulto para el animal. No hay lealtad ni constancia hacia una persona como la de un perro. Por eso, cuando vuelvo de nuevo por la silenciosa verja, desde que los dueños de la perra decidieron arrebatarle a los cachorros, no puede evitar pensar que, aunque los animales no puedan celebrar el Día de la Madre, los hay que son más madres que muchas de las que llevan colgadas al cuello cualesquiera de las famosas frases que solo han sido creadas por el marketing de las avispadas joyerías.