Desde hace un par de días las redes sociales (invento de ángel… muchas veces del caído) andan echando lumbre porque algún desocupado se ha dedicado a grabar las debilidades de un señor que era, hasta hace unas horas, el párroco de Nuestra Señora de la Encarnación, de Churra. Amén de los chascarrillos soportados por aquello del nombre de la pedanía y del asunto que anda… entre churras… y merinas, hemos podido constatar que en este bendito país sólo nos falta que venga el Papa a llevarse la santidad que pueda faltarle, porque aquí, señores mío, nos sobra. Aquí somos todos unos santos de tres pares de narices. Sólo así se explica que, sintiéndonos y estando, claro está, libres de pecado hayamos podido tirar una piedra tras otra sobre ese pobre hombre, cuya trayectoria como sacerdote ha sido intachable. Eso lo dicen todos sus feligreses. Pero que ha sentido la debilidad de la carne, que ha caído en ella y que… -ahí sí que no tiene disculpa alguna- ha sido tan gilipollas, pero tan, tan, gilipollas que se ha puesto al aire libre, al margen del camino y a la vista de cualquiera que pasara por allí.
A ver… quede claro que no me parece una actitud nada loable, es más, me parece vergonzoso, pero creo que, tal y como está el patio, la Iglesia católica debería replantearse de una vez por todas el celibato. Sobre todo, porque en el principio no fue así. Si nos remontamos al origen sabemos que Jesús eligió a unos hombres sencillos, pescadores, que tenían sus familias y que antepusieron a Jesucristo a ellas, pero eso no las hizo desaparecer. Ahí estaban sus mujeres, sus hijos y sus suegras. El evangelio nos habla de la “faena” que le hizo Jesús a Pedro sanando a su suegra. No la volatilizó… o se quedó de brazos cruzados esperando que palmara, no. La sanó.
Cuando esta noticia, después de pasar de ser lo más visto en Twitter, se convirtió en papel… yo sentí mucha pena… por sus parroquianos, por la Iglesía -de nuevo punto de mira para lanzarle ataques-, por él, pero, sobre todo, por sus ancianos padres, que han pasado de sentir el mayor de los orgullos de ver a su hijo celebrando misa, a la mayor de la humillaciones contemplándolo practicar sexo oral con otro chico en un descampado.
Ahora bien, si en lugar de ser un cura quien ha sido pillado en semejante modo, hubiese sido, por ejemplo, un soldador al que, además, hubieran despedido por su actitud poco ejemplar, ya estaban las calles llenas de manifestaciones de sindicatos, de organizaciones de gay y lesbianas pidiendo su vuelta al trabajo y defendiendo lo sano que es practicar sexo. Sin embargo, aquí, no sólo se le ha crucificado… (vaya… podría haber utilizado otra palabreja), sino que, ahora, se pasará el rasero a todos por igual y ya no se verá a la cantidad de hombres y mujeres que están dando su vida en nombre de Jesucristo, sino que se meterá en el saco de pederastas y homosexuales a todos los hombres de Dios.
Estoy en contra del celibato. Que una cosa es que cada cual lo elija libremente y otra que sea imposición porque sí. Yo tengo amigas que lo practican desde hace años, unas veces porque les da la gana y otras porque no tienen más remedio, pero las imposiciones contra natura no pueden conducir a nada positivo y el celibato lo es. Que está bien que los curas tengan todo el tiempo del mundo para dedicarse a los demás, pero que no pasaría nada si, de vez en cuando, vamos, cuando sintieran la llamada, se dedicaran al primer mandamiento que escuchó el hombre: “Creced y multiplicaos”.
Espero que el desocupado de la camarita sea tan intachable en todos y cada uno de los momentos de su vida que pueda resistir, sin despeinarse, el paso de cualquier cámara oculta en cualquier momento. En la rueda de la vida, siendo arrieros, antes o después, tropezamos con nuestros propios ojos acusadores mirándonos desde otro cuerpo.
Y a todo esto… que no sea un montaje como defiende el protagonista. Porque, de no serlo, preferiría pensar que es débil de carne a que lo sea de mollera.