Los hijos de Di Stéfano han pedido a un juez que incapacite a su padre -no al padre del juez, sino al suyo propio- para evitar que se case con una mujer algo más joven que él. Bueno… cincuenta años sólo. Pero, como dice el tango: si veinte años no es nada… treinta más… pues casi tampoco.
Decía Oscar Wilde que “Lo peor de cumplir años no es envejecer, sino que no se envejece”. Puede que la carrocería se deteriore más o menos, pero dentro de ella late un corazón con los mismos anhelos que pueda tener una recién salida de fábrica.
Como ya sabemos, “en esta vida nada es verdad ni es mentira, todo depende del cristal con que se mira”, así que es fácil entender, perfectamente, la posición de los hijos si miramos la cosa con su cristal, baste para ello echar una miradita rápida a la foto en donde un anciano Di Stéfano en silla de ruedas, encogido y agarrado a un bastón, es empujado por una preciosa morena que emerge tras la silla como una pujante bandera sobre las ruinas de un castillo. Teniendo en cuenta que el corazoncito de D. Alfredo lleva varias crisis cardiacas y que se le ha practicado un cuádruple “by pass”, es lógico pensar que, cuando vea desnuda a la morenaza que piensa convertir en su esposa, probablemente, lo único que se le suba sea la tensión. Y que… vale que no importa la diferencia de edad – aunque, según y para qué cosas- pero es lógico pensar que viene en plan “papiiiiito linnndo, pichoncito mío” para desplumarlo. Por supuesto, viéndolo desde la óptica de los hijos, que se basarán en el rancio refrán de: “Viejo que casa con mujer niña, él mantiene la cepa y otro vendimia”. Ahora bien, ¿no resulta un tanto triste que el ser humano pase, directamente, de las prohibiciones o restricciones de los padres a las de los hijos? ¿Qué edad sería la apropiada para hacer las cosas sin los condicionantes explícitos o implícitos de unos y otros? ¿Pensarían exactamente igual los hijos de estar en la piel de su padre? o ¿Podrían apostarse el cuello a que ellos no harán lo mismo a los ochenta y muchos si la vida les pone en la entrepierna a una joven como Gina?
Miremos ahora con el cristal de la treintañera. Ella es, desde hace unos años, quien cuida de él, quien manosea a diario sus flácidas carnes para bañarlo, vestirlo y darle alguna que otra alegría… normal de un “tratamiento”, ya saben: “él trata y yo miento”. Además de ser su secretaria, mánager, representante y todo aquello que tenga que ver con la función de hacerse imprescindible y necesaria mientras que los hijos viven despreocupados del día a día de su padre. ¿Por qué no debería ella aspirar a asegurar su futuro económico? Evidentemente, alegrías “pal” cuerpo, D. Alfredo puede darle pocas pero sí puede proporcionarle más de una satisfacción en otros ámbitos. Tampoco podríamos asegurar que ella no busque en él más allá de lo que es capaz de recibir. Aunque luego esté la incomprensión de una gran parte de la sociedad de consumo, para entender que no siempre el sexo o el dinero lo son todo en la vida. Ella puede sentirse con él protegida, segura, enriquecida con todo el bagaje existencial de un hombre que ha sido admirado, querido y respetado.
En cuanto a D. Alfredo, él puede pensar, calibrar…, prever que le quedan dos telediarios; que sus hijos tienen montada su vida, más o menos, al margen de él; que, aunque esa atractiva mujer no pueda alegrarle más que la vista, eso ya es suficiente para que la vida, la poca que le quede, merezca ser vivida; que él le ha proporcionado a sus hijos lo necesario y algo más como para que ahora no sean cicateros en echar un poco de aceite a esa llama que se apaga por momentos; y que es triste, muy triste, que sus hijos piensen más en la herencia que en la felicidad de su padre.
En cualquier caso, es curioso comprobar cómo los cristales de nuestros ojos, al igual que la vista, van cambiando con el paso de los años y aunque cada uno sea tan viejo como se sienta, lo cierto es que todos queremos llegar a viejo pero nadie quiere serlo, mucho menos cuando se tiene pasta y unos hijos con más tenedores que manos.