Eran las cinco de la mañana. Yo había ido hasta Santiago de la Ribera para celebrar el cumpleaños de una amiga. Anda necesitada de ánimos y un grupo de amigas nos reunimos para dárselos. Salvo las que pensaban quedarse a dormir allí, que se tomaron algún que otro lingotazo, las que teníamos que volver a nuestras casas sólo tomamos refrescos, pero, como no tenía cerveza sin alcohol, nos permitimos un par de botes de cerveza “con plomo”.
Comimos más de lo que deberíamos y he de decir, a mi favor, que tengo una constitución atlética y que, aunque bien repartidos, tengo kilos suficientes como para que, dos cervezas, no me hagan la misma mella que a otra más delgada. Me sentía absolutamente lúcida. No obstante, la responsabilidad de pensar si esa dosis de alcohol en mi cuerpo podría influir en mi conducción automovilística y en mi bolsillo -todo hay que decirlo- me hizo darme un paseo por la orilla de la playa intentando que pasara el tiempo pertinente para evitar ser un hipotético peligro, tanto para otros conductores como para mí misma, incluida mi cuenta bancaria. Y hete aquí que vislumbro a lo lejos del final de mi paseo, a una patrulla de la Guardia Civil realizando controles de alcoholemia. “¡Coño!, perfecto”, me digo. Teniendo en cuenta que el único hermano de mi padre fue Guardia Civil; que algunos de mis mejores amigos lo son; que, incluso, tengo la suerte de que me orienten con informaciones que necesito para algunos de mis trabajos literarios… pues que quieren que les diga… que no es que sea hija del “Cuerpo” pero como si lo “siriere”. Así que, enfilé para ellos dispuesta a pedirles ayuda.
Todos los guardiaciviles que conozco, empezando por mi amado tío, son personas que viven su trabajo con vocación incondicional, llevando en el día a día las palabras que, para determinadas profesiones, dijera tan sabiamente la Madre Teresa de Calcuta: “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”. Por tanto, como quiera que en mi bagaje personal tengo absolutamente claro la disposición de servicio de la Guardia Civil, me acerque hasta el coche patrulla, los saludé amablemente, y le pedí una prueba de alcoholemia para ver si estaba en condiciones de conducir. El señor que estaba con el aparato (del alcohol) me miró enarcando mucho las cejas y me dijo que no podía hacer tal cosa, que si quería esa prueba tenía que pasar por allí con el coche. “Pero, hombre de Dios, ¿tatonto?…” pensé… pero le dije: “¿No cree que si cojo el coche y no estoy en condiciones, no sólo me expongo a una multa segura, sino al peligro de poder tener un accidente…?”. Respuesta del “señor”: “Por Ley, no podemos hacer un control a quien no vaya conduciendo. No me quedaba otra que tener que realizar la prueba a conductores y a no conductores. Si quiere saber si va bebida cómprese un alcoholímetro.”
Ahora me vendría bien esos emoticonos de los teléfonos móviles para ponerles a ustedes uno con la cara que se me quedó en aquellos momentos. A ver… quede claro que entiendo que podría ser la coña marinera que a más de un gamberro le diera por tomarles el pelo a los agentes que están de servicio haciéndoles que les midieran el alcoholen vena, pero me gustaría que también se entendiera que era únicamente yo quien estaba solicitando esa prueba –sinceramente, no creo que nadie más fuera a pedírsela-, que pienso que es un acto de responsabilidad por mi parte; que considero que los controles son, o deberían ser, para evitar accidentes de tráfico y no para esquilmar los bolsillos del ciudadano, cosa que ya no me queda nada clara tras la experiencia vivida; que estoy en la absoluta certeza de que los Cuerpos de Seguridad del Estado son, precisamente, para eso: para la seguridad del ciudadano… Y que con estas leyes nuestras los dejan con el culo al aire. A ellos y a nosotros.
Al contrario de lo que opinan algunos, para mí ver a los agentes en controles me producen sensación de seguridad y de gratitud. Valoro que se están jugando la vida en mitad de una carretera y en medio de la noche para que todos podamos vivir más seguros. Comprendan pues mi desconcierto y mi frustración.
No recuerdo quien dijo que deberíamos exigirnos mucho a nosotros mismos y muy poco a los demás, porque esa sería la receta para ahorrarnos disgustos, pero…, aunque el sistema sea el tren que va tras los vagones, alguien debería plantearse que no se puede demandar responsabilidad cuando, en ocasiones, el acto de serlo lo impiden las propias Fuerzas de Seguridad del Estado. Y por Ley. Sí, señor, con un par.