Si cambiamos un poco la letra del famoso bolero “Bésame mucho” y la sustituimos por un “quiéreme mucho”, la cosa no variaría demasiado. Ambos mensajes, además de encajar en la música, son una petición para quienes están fuera de nosotros y a los que, por mucho que lo intentemos, no podemos controlarles el corazón. No podemos obligar a nadie a que nos ame, tan sólo podemos hacernos dignos de ser amados. Sin embargo, ese axioma no vale para uno mismo. Uno sí debe amarse y reconocerse los valores que tiene, las habilidades en las que mejor se mueve y las competencias que desarrolla como nadie más.
Pues claro que el ser humano necesita ser amado y reconocido, pero en numerosas ocasiones pedimos que otros nos den lo que no somos capaces de darnos a nosotros mismos.
Salvo los “narcisos” que van por la vida jaleándose con el “qué guapo soy, qué listo soy, qué tipo tengo”, la mayoría de los mortales no nos miramos una sola vez a un espejo sin sacarnos algún defecto y esto teniendo en cuenta que dejo fuera del saco a aquellos que ni se miran porque temen romperlos y a quienes se consideran… bellezas difíciles de mirar o, sencillamente, argumentan que la belleza está en el interior. Tan, tan, en el interior… que sería necesario pelarlas para verla.
Pero lo cierto es que los ojos que utilizamos para mirarnos tienen mucho que ver con el cristal del amor que nos tenemos. Yo siempre lo he pensado pero, hace unos meses, una importante empresa de perfumería lo demostró en uno de sus anuncios publicitarios más impactantes: Un dibujante forense de la policía se mantenía de espaldas a las mujeres que iban entrando, de una en una, en la sala donde él se encontraba y le describían cómo eran. El dibujante trazaba un retrato robot en el papel con los rasgos de la persona, tal y como ellos mismos se iban describiendo: “tengo la cara demasiado cuadrada, los ojos separados, la boca grande… mi pelo es indomable…” Los rostros, según las características dadas por los sujetos, siempre eran “demasiados”, demasiado anguloso, demasiado delgado, demasiado gorda, demasiado alta, demasiado baja… El pintor se aplicaba a la tarea, aunque los rostros que salían de sus manos poco tenían que ver con las personas que desfilaban por allí. Lo curioso del caso fue que, más tarde, a algunas de aquellas mujeres ya pintadas se les pidió que describieran a otras compañeras. Aquello era un poema: “Es bonita, tiene una preciosa sonrisa pues sus labios son carnosos; sus ojos verdes, con enormes pestañas, tiene una melena rizada que le aporta un aire tribal muy seductor…” ¿Estamos hablando de la misma persona descrita antes? Pues sí. Hablamos de la misma, sólo que ahora vista por otra persona y no por ella misma. ¿Cómo es posible? ¿Cómo?
Quizá por nuestra cultura judeocristiana, -mal entendida: porque si el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, por fuerza hemos de ser hermosos- se nos ha educado en la premisa de que amarnos era sinónimo de egolatría, que el amor propio estaba muy mal visto y que siempre han de ser los demás los que vean en nosotros nuestras virtudes. Pues mal. Muy mal. Así no vamos a “vendernos” nunca. Que lo del “buen paño en el arca se vende” está más desfasado que mandar mensajes de humo. Entiendo que es difícil trastocar una larga trayectoria de desamor propio en una cálida relación amorosa, pero todo largo viaje empieza siempre por un paso. Quizá el primero de todos sea comenzar a mirarnos con otros ojos sin atender a la valoración que puedan hacernos amigos o enemigos (muchas veces, unos en cuerpos de otros). Sirva como ejemplo un pequeño cuento sufí: cuentan que un alumno se sentía desvalorizado por sus compañeros y fue a pedirle ayuda a su maestro. Éste, en lugar de atenderlo, le urgió a que fuese al mercado e intentara empeñar un anillo que le dio, pero que no lo entregara por menos de tres monedas de plata. Ningún mercader ofreció más allá de algunas monedas de cobre, así que el joven volvió pesaroso de no haber podido realizar el encargo. “No te preocupes, ve ahora a los joyeros y pregunta cuánto te darían”, dijo el maestro. El joven volvió exultante: “¡Maestro, el que menos me ofrecía cinco monedas de oro!” El anciano, entonces, le explicó que, como el anillo, él era una joya pero, en lugar de preguntar a los joyeros por su valor, se dedicaba a tomar en cuenta la valoración de los mercaderes.
El anuncio está genial. Quizá le hubiera faltado algún que otro consejo sobre cómo deshacernos de tanto mercader suelto.