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Ana María Tomás

Escribir es vivir

INQUIETANTE

Yo soy una asesina. Y usted también. Y ese. Y ese otro que parece que no va con él lo que digo. Todos nosotros, personas maravillosas, encantadoras, buenas trabajadoras y mejores vecinos, todos somos, además de eso, asesinos. Lo único que nos salva es que no se nos den las condiciones necesarias para sacar a pasear al asesino que alberga la parte oscura de nuestra alma.

Me resulta gracioso lo que dicen siempre los vecinos o conocidos de quienes cometen un crimen: que si son personas normales y corrientes, que si son encantadores -y no de serpientes-, que si eran voluntarios en tales o cuales asociaciones altruistas…, que si nunca lo hubieran dicho de ellos… palabras repetidas hasta la saciedad tanto para asesinatos inexplicables, como el ocurrido hace apenas unos días con Asunta, la niña gallega supuestamente asesinada por sus padres, como para monstruos terribles y malvados como el de Cleveland, pasando por otros adorables adolescentes capaces de cometer una masacre en serie.

Salvo que algún pensamiento extraño haga saltar la pinza de la cordura en la mente, presumiblemente normal,  y consiga que alguien se líe a tiros con personas del otro extremo de su ciudad que nada tienen que ver con él, o que la víctima se encuentre en un lugar equivocado en un momento inoportuno, que, a fin de cuentas vendría a ser lo mismo de antes pero desde otro ángulo, normalmente, el asesino suele tener conexiones  y “motivos” para asesinar; por favor, entiéndaseme lo de motivos. Motivos de odio, sexo, venganza, envidias, despecho, herencia, revancha,  desamor… Me vienen a la mente crímenes excesivamente mediáticos como los de Puerto Hurraco, el de los marqueses de Urquijo, el de Alcácer, el de Santomera, el de los holandeses en Murcia… unos más lejanos en el tiempo que otros, pero todos igual de inquietantes cometidos por madres, hijos, amigos, hermanos de las víctimas… personas “normales” como usted y como yo. Todas tenían su móvil -y no el inalámbrico- incomprensible, injustificado para el común de los mortales pero absolutamente válido para ellos. Por eso resulta ahora más difícil comprender el crimen de la niña gallega si, como apuntan todos los indicios, han sido sus padres quienes lo han perpetrado. ¿Por qué lo han hecho? Y ¿por qué necesitamos encontrar el resto del mundo la respuesta a ese interrogante? ¿Acaso sería menos crimen si lo justificamos con argumentos como que la niña podría ser la heredera de los abuelos, por ejemplo? Pues probablemente sí. Porque al igual que nos habita un asesino, también lo hace una rara especie de árbitro justiciero que nos obliga a pitar falta, de entrada, pero también a esperar para conocer los argumentos de la jugada y sacar qué tarjeta. “Ah -nos decimos- el marido la abandonó por otra más joven y ella, claro, como una nueva Medea, estranguló a sus hijos para vengarse de él. Ya tenemos la justificación, como si con una de esas absurdas razones, móviles lo llaman, se pudiese dar calma al gen de bondad que, por fortuna, también tenemos.

“El hombre es bueno por naturaleza” decía Rousseau, cargando las tintas de la maldad que podría haber en el ser humano en la sociedad que lo educa. Y pienso yo que, aunque esa sociedad no lo haga todo lo bien que lo podría hacer, teniendo en cuenta que Hobbes mantenía que “El hombre es un lobo para el hombre” todavía tenemos muchas razones para felicitarnos, puesto que no andamos destrozándonos a dentelladas, por mucho que la masa espere a las puertas de los domicilios de los asesinos para… imprecarlos (¿los lincharían si les dejaran?). Eso sí, a esa sociedad que corrompe hay que reconocerle lo bien que lo está haciendo instruyéndonos, cada vez más y mejor, sobre las posibles pruebas que podría aportar la policía para pillarnos, en caso de cometer el delito: ojo con las cámaras, los coches, nada de llevar a la vista a quien se vaya a cargar, cuidado con la situación de los móviles… con tanta información, a este paso, el crimen perfecto va a ser pan comido.

 

 

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