He visto llorar a muchas personas. He visto lágrimas de alegría, de rabia, de dolor, de impotencia, de soledad, de desesperación… Pero he de decirles que me impactaron profundamente las lágrimas de la alcaldesa de Lampedusa mientras rescataban cadáver tras cadáver de las costas de su pequeña isla.
Me sigue impactando, a Dios gracias, leer noticias de la muerte de un montón de seres humanos huyendo del hambre y de la violencia junto a otras tan frívolas como que David Beckham vende su palacio por catorce millones de euros para comprar una mansioncita de tres alturas en pleno centro de Londres.
Y me sigue pareciendo incomprensiblemente obsceno que en una sociedad del bienestar, por no decir de obesos, en donde hasta hay concursos televisivos para ver qué participante es capaz de quitarse más kilos, ocurran cosas como la muerte de un joven polaco indigente y desnutrido en un albergue municipal de Sevilla, mientras esperaba en la cola para recibir su ración de comida. El joven tenía 23 años.
Nos cansamos de ver a nuestro paso mendigos reclamándonos unas monedas. Unas veces alcanzamos a escuchar una voz interior que nos urge a calmarla con apenas unos céntimos, otras la acallamos convenciéndola de que se trata de mafias que utilizan a pobres gentes para llenar sus arcas. Y pasamos de largo. “Además -nos decimos- es que no puede ser todos los días…” Pero en África hay un proverbio que dice: “Al amanecer, tanto la gacela como el león han de salir corriendo”. Y esos indigentes tienen las mismas malas costumbres que nosotros: comer cada día. O, al menos, intentarlo.
Hace unos meses apareció por mi tierra, entre otros muchos que van de paso, un joven mendigo de veintipocos años -al leer lo del chico polaco me pareció increíble su similitud aunque el final haya sido tan distinto-. El muchacho se refugiaba en jardines y pedía algo para comer. Algunas pandillas de jóvenes lo adoptaron, como quien adopta una mascota, le llevaban comida y le dejaban dormir en alguna cochera. Se turnaban. Hasta que les pareció que “no podía ser todos los días” y fueron espaciando su ayuda hasta hacerse prácticamente nula. Entrados ya en los fríos del invierno del Altiplano, el muchacho, desnutrido, enfermo, sin posibilidad de asearse o cobijarse decentemente, buscó un refugio en mitad del campo y allí sobrevivió como pudo hasta que la madre de uno de aquellos chicos que, al principio, le ayudaron, le preguntó a su hijo si es que ya no estaba con ellos el amigo para el que le pedía ropa o comida.
Esta mujer, que siempre se había interesado por las circunstancias que pueden llevar a un adolescente como él a abandonar su hogar y preferir estar en la calle a acercarse a otros humanos, al saber de las condiciones de degradación y violencia que habían rodeado la vida del chaval, como dijera el poeta José Mª Gabriel y Galán, en “El vaquerillo”, pensó en todo lo que tenía su hijo mientras el otro muchacho carecía de todo. Y consideró que, a veces, basta una pequeña oportunidad para recuperar una vida. Y se prometió que ella no iba a dejarle morir sin dársela. Buscó al muchacho, después de haberle alquilado un pequeño piso sólo para él, que ella sigue pagando religiosamente desde hace casi un año. Le hizo que se aseara y se alimentara. Pagó la desparasitación y la limpieza de un chucho ruinoso que le acompañaba. Gestionó su empadronamiento; le pagó cursos que le permitían incorporarse a la vida laboral; propició una exhausta revisión médica en donde le encontraron parásitos suficientes como para haber sido devorado vivo… Y lo ha recuperado para la vida. Y no, no me digan para calmar sus pepitos grillos, que ella lo hace porque puede y que si usted pudiera haría algo así. Seamos sinceros, al menos con nosotros mismos. Hace falta mucha generosidad y valentía para hacer algo así. Porque eso, a los ojos de su familia, como a los ojos de muchos de nosotros es… sencillamente, complicarse la vida. Así que somos muy pocos quienes compartimos su secreto. Montarle su casita con lo imprescindible en cacharros y ropa le costó vender a escondidas sus joyas. Pero me dice sonriendo: “Merece la pena. Quizá ese joven polaco que murió en la cola de la comida, si alguien le hubiese dado una oportunidad…” Y, cuando habla, el brillo de unas lágrimas de serenidad asoma a sus ojos.
El muchacho desconfía, quizá tiene miedo de volver a convertirse en calabaza. No sabe de la firmeza de su tutora, pero estoy segura, de que al entrar cada noche en esas sábanas limpias y perfumadas de suavizante que le proporciona ese ángel de mujer, alguna vez, se le escapará una lágrima de gratitud.