Sean sinceros, ¿verdad que el título les recuerda a alguien determinado cuyo calificativo le vendría como anillo al dedo? Y, sin embargo, un hijo de perra sólo puede ser un cachorro de perrito, o sea, un mamífero adorable y doméstico del cual hay muchas razas, que viene a ser la definición que trae el diccionario. No es de extrañar, a nuestra sociedad -tan despreocupada por arrearle patada tras patada a las leyes de la lógica y economía del lenguaje para nombrar con supuesta “equidad” a miembros y miembras- no se le puede pedir que revise y valore comparaciones o insultos que más que irreales o desatinados son absolutamente injustos para los perros y para nuestro equilibrio emocional. Sí, sí, para nuestro equilibrio porque hoy no voy a hablar ni de perros, ni de hijos de perra, sino del poder absoluto y desconocido de las palabras.
No somos conscientes del poder que tiene lo que decimos. Los cristianos sabemos que la palabra es creadora. Se dice que Dios creó el mundo diciendo “Hágase la luz” o “Sepárense las aguas de la tierra”. Y en la cultura egipcia, eliminar la palabra escrita del ataúd de un muerto equivalía a borrarlo de la historia, a negarle la existencia. La palabra está en la raíz misma de la Vida, y de la magia. Cuando un chamán, un brujo, un curandero, realiza una imprecación, tanto si es sanadora como si se trata de una maldición, la persona a la que va dirigida o sana o puede, incluso, llegar a caer muerta.
A mí, amante de la palabra, por tanto, me admira la ligereza con la que somos -“somos”- capaces de… maldecir, criticar o injuriar, porque hay que ver lo rápido y fácil que tenemos el insulto y lo que nos cuesta reconocer en voz alta las bondades de otros. Me extraña y me cansa, imagino que como a muchos ciudadanos, ver a nuestros políticos echar basura sobre el partido adversario cuando todos tienen por qué callar puesto que los partidos políticos están constituidos por personas y cada una puede dejar salir de ella al héroe o al villano que nos habita; me asombra constatar cómo individuos como Artur Mas o Picardo son capaces de utilizar la palabra para enconar, separar, soliviantar, crear odios ¡crear!… Y que el resto del mundo, en lugar de pensar que sólo son malos prestidigitadores verbales, veamos la realidad que ellos intentan vendernos.
El uso de las palabras no es inocente. Una vez invitaron a la Madre Teresa de Calcuta a una manifestación en contra de la guerra, pero ella se negó a ir y dijo que la invitaran cuando hicieran una a favor de la paz. Parece lo mismo, pero no lo es.
El ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, conocedor del poder de la palabra, utilizó una imponente maquinaria propagandística para realizar la barbarie nazi, coreando, hasta la saciedad, que una mentira repetida mil veces termina por “ser verdad”. Por suerte, muchos otros también saben del poder de la palabra sanadora y salvadora. En “Las mil y una noches” la princesa Sherezade logra salvar su vida contando a su esposo, cada noche, un pequeño fragmento de una larga historia, suspendiendo el relato en el momento más importante (yo creo que fue ella quien inventó los anuncios en mitad de las películas). Y usted podría decirme que eso es ficción. Y tendría razón, pero yo les diría, sí, pero también salvó la vida de Víctor E. Frankl, el padre de la logoterapia, recluido en un terrible campo de concentración nazi, en donde desarrolló la teoría de la estrecha relación que existe entre el estado de ánimo de una persona (su valor, sus esperanzas…) y la capacidad de su cuerpo para conservarse inmune o para provocar su propia muerte. Así que se dedicó a ir de barracón en barracón consolando a los demás, ofreciéndoles el último trozo de pan que le quedaba y dando pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: “La última de las libertades humanas”, es decir, la elección de la actitud personal y las palabras que elijamos para decirnos a nosotros mismos ante un conjunto de circunstancias negativas. Y también podría decirles las vidas que el “Teléfono de la Esperanza” ha salvado con sólo prestar sus oídos a unas palabras y devolverlas llena de ilusión y confianza.
¿Hijo de perra? Yo tengo uno que no necesita palabras para decirme que me quiere, me lo demuestran sus besos sinceros y su presencia sin condiciones. Y yo, que sí tengo palabras, intento con ellas desagraviarle por otras ofensivas que pueda recibir.