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Ana María Tomás

Escribir es vivir

LO QUE EL CORAZÓN NO ENTIENDE

Se dice que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Pero pocas veces se habla de las muchas razones, ya sean de la razón o de la sinrazón, que el corazón no sólo no entiende, sino que no sabe por dónde cogerlas.

Desde la ley del Talión del ojo por ojo y diente por diente, los hombres han elaborado leyes con el fin de impartir justicia. Simbolizamos a ésta con una venda en los ojos y una balanza en señal de equidad para todos. Sin embargo, aplicar leyes no siempre es sinónimo de justicia. Al igual que, para ser justos, en ocasiones habría que aparcar cualesquiera principios de leyes. Porque, a ver ¿qué justicia se puede aplicar a la vida de alguien que ha sido capaz de llevarse las vidas  de una, diez, veinte, treinta… personas? ¿Podría un asesino devolverle la vida a una sola de sus víctimas? Y sin embargo, para las familias de los muertos, pensar que, de alguna manera, se le priva de libertad -¡ojo! que no de otra cosa- representa un mínimo consuelo en su irreparable pérdida y en su profundo dolor.

Claro que todos, en un momento de terminado de nuestra vida, podemos ser los más feroces bárbaros, pero sólo tener un momento de concienciación tras el crimen y ser capaces de experimentar el arrepentimiento es lo que nos puede devolver la  condición de humanos perdida al convertirnos en asesinos.

Inés de Río, una sanguinaria etarra condenada a tres mil ochocientos veintiocho años por un total de veinticuatro asesinatos, ha sido puesta en libertad siguiendo instrucciones de Estrasburgo que no dejan lugar a interpretaciones posibles para poder seguir manteniéndola entre rejas. Sólo ha cumplido veintiséis años de toda esa larga cifra a la que fue condenada. Se tienen en cuenta los derechos humanos de alguien que ha demostrado sobradamente que más que humana es una mala bestia. Y que, para más inri, no tuvo en cuenta ni derechos ni humanidad de nadie. Se ha reafirmado en que no se arrepiente de nada de lo que hizo y eso supone un escupitajo en el rostro del dolor de quienes están privados de la presencia de seres amados a quien ella arrebató la vida.

¿Cómo podemos pedir al corazón o a la razón que entiendan semejante felonía? ¿O es que hacemos leyes tan absolutamente irracionales y paradójicas que ya sabemos de antemano que jamás se llegarán a cumplir? ¿Se pude vivir, simplemente, con la esperanza de que esas leyes impuestas y aceptadas no sigan su curso?

El tribunal de Estrasburgo, con toda su defensa de Derechos Humanos, olvida que también tienen derechos humanos los familiares de los humanos a quienes sus asesinos no tuvieron en cuenta. Y una vez abierta la puerta, ésta queda  abierta a otros muchos casos más que sangrantes. Mis hijas no saben nada de las tres niñas torturadas, violadas y asesinadas de Alcácer. Pero yo no puedo olvidar cómo las apretaba contra mí cuerpo, intentando que ese abrazo las protegiera para el resto de sus días, mientras contemplaba las escalofriantes imágenes que de aquellas niñas salían en las noticias. Mis hijas han ido creciendo llenas de vida. Aquellas pobres chiquillas se detuvieron en el corazón de sus padres al tiempo que se los detenían para siempre. Ahora he visto en televisión a la madre de una de ellas diciendo que no puede entender que uno de los asesinos de su hija pudiera salir ya de prisión al aplicarse la misma ley que a la etarra. Yo tampoco. Y creo que, como yo, muchos otros. Pero el problema es que nuestra incomprensión no detiene los trámites para que semejante despropósito ocurra.

Probablemente los padres y los hijos de las víctimas de la asesina etarra no arrepentida  sientan que con esta disposición de Estrasburgo, por muy legal que sea, sus familiares muertos han sido como un poco muertos dos veces, como enterrados bajo algunas paletadas más de injusta tierra que en lugar de serles leve, como rezaba un antiguo epitafio romano (Sit tibi terra levis), representa la losa de incomprensión, olvido y frialdad de aquellos que, al parecer, tan pronto han olvidado que les arrebataron todo lo que ahora intentan en… “justicia” ¿restituir? entregar a sus verdugos.

 

 

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