No somos nada. Pero, aun siendo nada, nos sentimos estupendamente en esa nadería y nadie desea pasar a ser menos que nada. La muerte es un poco como las ferias: “cada uno habla de ellas según le ha ido”. Vamos, que si les preguntamos por la muerte a familiares de algún fallecido recientemente, con toda probabilidad, el dolor por la pérdida le impedirá decir otra cosa que no sean lamentos. Claro, siempre y cuando el difundo haya sido amado, porque los hay cuyos fallecimientos son como la muerte marrano: a gusto de todos. Aunque habría que preguntar al marrano. Y, sin embargo, sólo banalizar, ridiculizar el acto de pasar de esta vida a mejor vida -esto de mejor vida…- nos permite tomar la distancia justa para enfrentarnos a ello sin volvernos locos de angustia al tener que abandonar a quienes tanto amamos.
Recuerdo cómo me impactaban de pequeña los versos de Gustavo Adolfo Bécquer que hablaban de la soledad de los muertos. Ahora, con las nuevas tecnologías ya no tiene por qué ser así. Ya no se entierra a los muertos. Al menos, no a todos. Ahora se les quema y se esparcen sus cenizas. Que según tengo entendido, hay lugares, como las marismas rocieras, que tienen más muertos que arena, pero mira, al menos los muertos no pueden hablar de soledad: menudo barullo con tanto rociero para un sitio y para otro. Que eso de que descansen en paz… Y qué me dicen de los aficionados al fútbol, ahí los clubes tuvieron que atarse los machos porque los forofos querían quedarse para siempre en el césped de sus estadios y no perderse partido alguno. Y, bueno, ya lo de las cenizas al mar y al aire, y a la montaña… Si es que, los días de viento, más que meterse algo en los ojos, es que se nos mete alguien. Y claro, como las cabecicas nunca paran, pues a alguien le dio por pensar que, en lugar de tanta contaminación ambiental mortuoria, mejor convertir las cenizas en pedruscos de los buenos, es decir: en diamantes. Y, la verdad, cuando leí esa posibilidad entendí a la perfección los versos de mi admirado Quevedo: “Serán ceniza, mas tendrá sentido” qué mejor sentido que ser convertidos en diamantes: de amantes y amados, incrustados en anillos, collares y colgantes. Genial ¿no?. A mí me encantaría tener uno con las cenizas de mi marido aunque, cuando se lo comento, me mira raro… como si no le hiciera mucha gracia la idea. No hay manera de convencerlo de que yo no quiero que pase la pena de perderme a mí. Y que prefiero ser yo quien le entierre a él.
Pero ya… lo último que supe hace un mes… resulta que una empresa valenciana, no podía ser de otra manera, ha tenido la brillante y ruidosa idea de ofertar una traca final de fuegos artificiales de pólvora y cenizas del difunto. ¡Toma ya! La familia busca un espacio abierto, la empresa envuelve las cenizas del interfecto entre pólvora y, en una maravillosa celebración de fuegos artificiales de luz y color, el muerto se va, por segunda vez, al garete explotado en miles de partículas. ¿Se imaginan…? Yo sí, darle ese final de fiesta a mi marido… aunque, entre nosotros, he de confesarles que tampoco le hizo gracia alguna cuando se lo sugerí. La empresa garantiza que, efectivamente, las cenizas son del finado en cuestión. “El petardo va acompañado de un código QR que actúa de enlace mediante el que, a través de un dispositivo móvil permite la correcta identificación del difunto remitiendo a una página web en la que aparecen sus datos personales y biográficos” (por increíble que parezca, he citado textual la noticia ofrecida por nuestro periódico el día 1 del pasado mes).
Hace poco, entrando a un tanatorio, un señor me preguntó: “¿quién es el muerto?”. ¿Quién va a ser? -le contesté- el que va en el ataúd”. Y oigan, con la cosa de la pirotecnia y el código QR esas cosas no ocurren porque, aunque no sepamos muy bien quién es el que salta en mil estrellitas de colores, basta con ir al ordenador para enterarnos.
Lo malo que yo veo a esto es que, con lo que a mí me gustan los fuegos artificiales y con lo que me gusta estar enterada de las cosas… el próximo castillo pirotécnico no voy a saber si mirar “pal” cielo o salir de prisa en busca de mi ordenador portátil.