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Ana María Tomás

Escribir es vivir

UNA COSA LLAMADA BECAS ERASMUS

Tal y como está en la actualidad el patio de oportunidades laborales, con la exigencia absoluta del dominio de la lengua inglesa, nuestros hijos se ven en la necesidad de salir de nuestro país en busca de la perfección de dicho idioma. Y los padres no tenemos más remedio que apechugar en la medida de lo posible y de lo imposible para no regatear ninguna posibilidad a quienes les seguimos dando nuestra vida desde el día en que nacieron. La UMU proporciona una cosa que se llama “Becas Erasmus” con la que padres, hijos y legos en la materia consideran que nuestros chicos pueden estudiar en países de lengua de la pérfida Albión. Nada más lejos de la realidad. Alguna de esas becas no pasan de cien euros al mes.

Pero quizá el dinero, más que necesario y pese a la que ha montado el ministro Wert, no sería lo más importante en la cuestión a la que quiero referirme hoy. Hoy me gustaría denunciar las condiciones de vulnerabilidad y desamparo a las que se ven sometidas jóvenes que se “arriesgan” a aprender inglés en algunos de los lugares en donde la UMU tiene convenios.

Algunos de los chicos “afortunados” con las becas son de capital de provincia, pero la mayoría son de los pueblos de su región donde sus familias los llevan hasta los aeropuertos internaciones.

Permítanme que les cuente una historia real: una de esas jóvenes se había levantado a las cuatro de la madrugada. Su avión salía a las ocho desde el aeropuerto de Alicante (distancia y tiempo de facturación la obligaron a calcular esas horas). Había pesado la maleta en su báscula de baño pero al llegar al aeropuerto pasaba cinco kilos del peso permitido (ropa de invierno, zapatos, libros, ordenador…). Ryanair no se anda con chiquitas: veinte euros por kilo, o sea, cien por el morro para empezar bien. Dos horas y media de vuelo hasta su lugar de destino, más otra hora y media en autobús hasta la central ferroviaria, y otra hora y pico de tren hasta el punto definitivo. Resultado: más de las 2 de la tarde. Fuera de hora para gestionar el papeleo oportuno en la universidad para que le proporcionaran residencia. Cargada de peso, con cien euros menos para tirar hasta la nueva entrega de sus padres, puesto que el importe de la residencia era de trescientos euros al mes y la beca de unos mil euros para seis meses, sin contar que se la pagarían mucho después de haber regresado a casa, quedó inmóvil.

Nota más de una mirada sobre ella. Es guapa, joven, y no pude disimular su aire de fragilidad. Se le acerca un chico joven sonriéndole, pero ella recuerda la insistencia de su madre de no fiarse de desconocidos. Lo elude, camina hacia una parada de taxis y le pide que la lleve a una pensión sin poder evitar que los ojos se llenen de lágrimas, más por la forma en la que van disminuyendo sus caudales que por la propia desubicación que siente.

A la mañana siguiente, vuelta a empezar, cargada con todas sus pertenencias, indaga autobuses que lleven hasta la universidad. Y, una vez formalizadas las gestiones, otro bus hasta la estación de tren y de allí a la residencia de estudiantes. Seis kilómetros desde la universidad a su nueva morada, seis kilómetros. Imposible hacerlos a pie porque incluyen cruzar un enorme puente de 1.400 m. sobre un no menos enorme río y un buen tramo de campo a través para llegar hasta… hasta un lugar deprimente que les recuerda, por unanimidad, a todos los alumnos, los barracones del campo de concentración de Auschwitz: Una serie de naves parceladas en viviendas en mitad de la nada.

Claro que las becas Erasmus son más que necesarias, por poco que sea el dinero, siempre es una ayuda (aunque si no fuera por la de los padres, en muchas ocasiones sería imposible) que permite, no sólo perfeccionar el inglés, sino conocer culturas de diferentes países que los enlazan realmente con Europa, crear amigos que terminan siendo una familia que perdura en el tiempo, además de permitir crecer a la persona emocional e intelectualmente. Ya decía San Agustín: “El mundo es un libro y los que no viajan leen sólo una página”. Pero sí sería recomendable que las universidades españolas verificaran lugares y condiciones que sus alumnos encontrarán. Más que nada porque una cosa es hacer turismo de aventura y otra salir a perfeccionar conocimientos… con poco dinero.

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