Ella mantenía la idea de que “a enemigo que huye, puente de plata”. De carácter abierto y amiga de cultivar un estilo de vida que le evite ciertos enfrentamientos, se encuentra con que, a veces, no es suficiente que uno no quiera pelear para que dos no peleen, vamos, que los enemigos son como las setas: crecen alrededor de algo (alguien) dependiendo tan sólo del tiempo que haga y de la calidad del suelo.
Jamás imaginó que los enemigos se heredaran -como las propiedades-, es decir, que los hijos de aquellos que odiaron a sus padres sigan odiándola a ella, con el agravante de que ella no experimenta la misma corriente de aversión (vamos, que se la repampinflan) y, claro, los odios unidireccionales no tienen el mismo “encanto” que los recíprocos. Bien es verdad que siempre es mucho mejor tener situado y reconocido al enemigo que desconocer de dónde pueden venir los golpes porque, a fin de cuentas, ¿quiénes son los enemigos? ¿Los que no comulgan con nuestras ideas? ¿Quienes no soportan que andemos un paso delante de ellos o un palmo más arriba, o que tengamos unos cuantos vatios más? ¿Aquellos que recibieron un favor de nuestras manos y no toleran reconocer que nos necesitaron? ¿Los que colocan bombas indiscriminadamente? ¿Los que asaltan violan, roban, matan…?
Todavía recuerda que, cuando se preparó para la primera comunión, ya le hablaron de enemigos, pero a su corta edad (que no luces) le parecieron demasiados, por mucho que del alma se tratara: ¡el mundo, el demonio y la carne! Lo del demonio estaba claro, el demonio siempre es el demonio y mejor no mentarlo porque no siempre es fácil reconocer sus sibilinos consejos; eso del ángel hablándote en la oreja derecha y el “cuernudo” con rabo, en la izquierda, no siempre está tan claro; que lo mismo hay ángeles en la izquierda que en la derecha, que cornudos hasta en el frente. Lo de la carne ya subía un grado en la dificultad, porque, vamos a ver, de qué carne estamos hablando ¿de la que nos forra a nosotros o de la que manducamos? Si hablamos de conejo, pollo, cordero, cerdo, etc… y hay que dejar de comer carne, se deja y, por mucho que digan que el cerdo no hace daño a quienes comen su carne sino a los que se comen su espíritu, nos volvemos vegetarianos, pero si es de la otra ¿qué hacemos, nos pelamos? En cuanto al mundo… ¡Dios mío! Si el mundo es nuestro enemigo, apaga y vámonos.
El mundo en el que estamos, el mundo en el que nos movemos, el mundo que forman aquellos a quienes amamos, todo nuestro mundo o nuestros mundos… sembrados de “hongos” venenosos dispuestos a embadurnarnos con su veneno a la primera de cambio. Y da igual que te consideres amigo o enemigo de ellos, o que te importen un comino, porque ellos andarán jorobando una vez y otra y hasta otra más hasta desquiciarte y conseguir romper el imperturbable equilibrio entre el yin y el yang en tu espíritu.
Así que ella se dejó aconsejar por una sabia amiga muy puesta en filosofía oriental, y ésta le dijo que nadie podía hacerle daño si ella no lo permitía; que el enemigo sólo penetra por el flanco más débil pero que, si ella mantenía fuerte su escudo, el adversario acabaría sin flechas en su aljaba y sin conseguir herirla; que es mejor un buen enemigo que un falso amigo; que es bueno tener enemigos, porque los amigos te sostienen y los enemigos te mantienen alerta; que si los grandes hombres se miden por el tamaño de sus enemigos…
Pero ella, que jamás quiso medirse con nadie más que con ella misma y que nunca dio motivo alguno para crearse enemigos, sonrió fríamente mientras entornaba los ojos y le susurraba a su amiga al oído: “¿Sabes? hay una frase que me gusta más y que has olvidado decirme: “Siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo”.