Sitiada de trabajo, en lucha constante contra un tiempo inmisericorde incapaz de regalarme algún día de treinta horas; acosada por las miserias cotidianas, las puñaladas a traición (metafóricamente hablando, claro); ¿sorprendida…? al comprobar que un libro de Belén Esteban lleva la tira de ediciones (¡manda huevos!) mientras que el Premio Planeta de este año (siempre un reclamo de ventas) apenas sale de las librerías; desesperanzada de que algún hombre evite, dada la tentación o la circunstancia, hacer el gilipollas por una mujer, al menos en presencia de la suya (¿han visto al presidente Obama actuar como un adolescente idiota con la primera ministra danesa, delante de Michelle?)… Y, encima, algún periodista se ha atrevido a decir que tenía un ataque de celos. A ver, señores míos, que los celos son infundados, los cuernos: constatables. Y si eso no era un ataque de cuernos, al menos sí lo era de indignidad por parte de Obama: ni el lugar, ni el acto eran los pertinentes para hacer el ganso y menos con su mujer al lado, menudo papelón le hizo hacer a la “probe”. Bien, les decía que cansada de mantener el difícil equilibrio entre el Jekyll y el Hyde que me comparten; agotada del flirteo continuo con los libros, las intoxicaciones que producen las noticias; el desaliento que provoca una melancolía vaga e inapresable; una persistente manía de querer dar la talla en todo cuanto hago… etc., he conseguido que las defensas de mi cuerpo desciendan de tal forma que esta carnosidad en la que habito se ha convertido en terreno abonado para cualquier clase de bichitos que decidan atacarme.
Como, afortunadamente, entre mis preciados bienes cuento con más de un amigo médico (los tengo para el cuerpo, para el alma, y hasta para cuando el cuerpo quede abandonado por el alma, que no es moco de pavo), estos me han recomendado que el mejor tratamiento, para que el motor vuelva a rugir con perfección, pasa por una fuga inmediata de todo cuanto me rodea: es recomendable huir de una realidad hostil, necesario un descolgamiento de la monotonía y fundamental marcharme sin más dilación a una isla apetecible. Ellos sugirieron Jamaica que, por otro lado, queda a un tiro de piedra de Cuba, por aquello de traerme un cubano, yo, que soy muy chauvinista y pienso que como el producto nacional nanai, apunté que si servía la isla “Perdiguera”, pero ellos me aclararon que no es lo mismo irse de vacaciones que marcharse por prescripción facultativa, que era lo que yo tenía que hacer. Además me explicaron que renunciar a una porción de locura, al menos una vez al año, estaba produciendo más locos que nunca y que así nos iba… que no era bueno para la mujer (ni para el hombre) cambiar una cultura de jamón y hedonismo por una de lechuga y yogures; que por dejar de fumar, de beber y de ir con mujeres no se vivía más, lo que ocurría era que la vida se hacía más larga… Yo, por esa parte, no necesito todavía tratamiento: fumar no es que fume, pero algún que otro cigarrico sí podría fumarme; beber no es que beba, pero alguna que otra limonada sí me tomo ( lo que ya no sé es si será igual tomar limonadas que “yintónic”); en cuanto a lo de ir con mujeres es lo que más practico pues la mayoría de mis amigos son mujeres, y resulta muy apetecible salir con ellas a charlar en un lugar agradable.
Pero como estoy dispuesta a colaborar en lo que sea necesario para mi pronta recuperación, pienso convertirme en una hedonista perdida, es decir, cargarme de tabaco, atiborrarme a beber, y preguntarles si es lo mismo ir con hombres, por aquello de la variedad… y, desde luego, alejarme de todo cuanto me rodea. Y no, no crean que para ello he de gastar dinero o negociar con alguna agencia de viajes, al menos todas las que he consultado me han dicho que ninguna tiene billetes a la locura. Así que, mis queridos desconocidos, he decidido abrir, desde ya mismo, una ventana con vistas a una porción de locura y disfrutar, como una niña, pasando de convenciones sociales; de lo políticamente correcto; de cuanto esperan de mí aquellos que no sólo no me conocen, sino que pretenden conocerme modelándome a su gustos; quiero ayunar de noticias desagradables (oigan, que también hay muchas buenas ¿vieron la solidaridad de la que hicimos gala hace un par de semanas con los bancos de alimentos?…). Voy a disfrutar de la vida a dentelladas, que luego puede resultar que no sean pecado la mitad de las cosas.
Y ya les iré contando… tengan en cuenta que es por pura prescripción facultativa.