Todos tenemos en nuestra vida algún que otro momento en el que queremos aparecer como una fragata de guerra, desplegando para ello los encantos que tengamos o, en caso de que la Madre Naturaleza nos los haya negado, fingiéndolos o aparentándolos. Ocurre, por otra parte, que hay determinadas fechas en el calendario que parece que nos “obligan” de manera general, casi por decreto, a demostrar que estamos a la altura de esas expectativas: léase Nochevieja, por ejemplo. Y, claro, cuando una es agraciada, no hay problema, pero qué me dicen de algunas caras o algunos cuerpos… Para las caras ya salieron caras… carísimas pinturas y maquillajes que dejan chapas de desguace en flamantes ferraris. También para los cuerpos femeninos se inventaron prendas que juegan al despiste, ahí tenemos las fajas que, aunque durante algunas décadas cayeron en desuso ahora están de vigencia total gracias a las actrices “jolivulienses” y no digamos ya el socorrido y maravillosísisisisimo sujetador wonderbra que no sólo anula la ley de la gravedad, sino las de la física y hasta las de la óptica. Ya. Ya lo sé. En otras épocas, tanto “engaño” podría incluso haber invalidado un matrimonio. No hay más que remitirnos a nuestro soberbio Siglo de Oro para conocer la idea que se tenía de lo que entonces se llamaba afeites: “Yo os quiero confesar, don Juan, primero,/ que aquel blanco y color de doña Elvira/ no tiene de ella más, si bien se mira,/ que el haberle costado su dinero” (Argensola, dixit).
Hombre, no dudo que algún que otro señor pueda sentir algo de decepción al comprobar, in situ, y en situación… que la chica, que hasta ese momento parecía una escultural modelo resulta que, sin pintura, sin sujetador y sin faja… no es que no siga siendo una modelo, pero más que para él para el pintor Fernando Botero. Pero, claro, hasta hace poquito tiempo las exigencias se han centrado en las sufridas mujeres a las que sólo nos dejaban la opción de hacernos una cirugía estética o “arreglarnos” como mejor supiéramos y pudiéramos para entrar dentro de esos estúpidos cánones establecidos. Pero, gracias al cielo, las tornas van cambiando y ahora también se les exige a los chicos que marquen figura, así que al gimnasio o al relleno. Sí, señores míos, como lo leen: al relleno. Y como en esto de sacarnos las perras la oferta va por delante de la demanda, ya tenemos en el mercado a una empresa textil que ha creado la camiseta “Muscle”. Una camiseta interior con musculatura ficticia de pectorales, hombros, bíceps y tríceps. Ah, y calzoncillos con relleno. ¡Increible! Se los juro por Snupy. Eso sí que es un auténtico fiasco para las mujeres. Te crees que has ligado con el chulazo del almanaque de los bomberos y te encuentras con un anodino recogemangueras. Que una cosa es que las pechugas estén caídas, como en el caso de wonderbrá, y otra que no existan, como en las susodichas camisetas.
Porque lo que hasta ahora había sido una edad crítica sólo para las mujeres, parece que se ha ampliado al sector masculino; mal de muchos no deja de ser consuelo de tontos, pero la verdad es que da como una especie de regustillo al pensar que los problemas de sudores, escalofríos, depresión, en fin, de menopausia, van a poder ser compartidos en amable charla con los de próstata, impotencias y pensiones: “Oye, que nos quitan las pensiones, pues nada, a un hotel de tres de estrellas”.
Dicen que lo peor que puede ocurrirnos es que le preguntemos a alguien cómo está y que nos lo diga -sobre todo si no se priva de detalles-, pero yo me imagino una conversación entre un hombre y una mujer con problemas de este tipo y, la verdad, pienso que eso une mucho.
Pero, volviendo a los afeites o engaños, yo creo, que la mejor forma de comprobar donde nos estamos metiendo, antes de llegar a ninguna parte, es la de sugerir al ligue un viaje en avión y comprobar, en el exhaustivo control de pasajeros, si se trata de ficción o realidad, de engaño o verdad, de trabajado cuerpo de Apolo o de sutiles herramientas de seducción. Que luego la decepción es peor.
Y ya, puestos a engañar, también podemos decir que llevamos una bomba escondida y, de paso, sacar del aeropuerto un examen de laparoscopia urgente. Entretanto, queridas lectoras, ojo a los musculitos que lo que puede parecer un desarrollado trapecio puede quedarse en un simple “ta precio”… mucho.