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Ana María Tomás

Escribir es vivir

PRINCESAS

Dice mi hija que, si los padres son los Reyes Magos, todas las hijas son  princesas mágicas. Yo no me atrevería a afirmar lo de mágicas, aunque no cabe duda de que, para  los padres  -a no ser algún desnaturalizado-, los hijos son, no ya  príncipes, sino los reyes del mambo. Escuché decir, en varias ocasiones, a la abuela de la ahora princesa Letizia que, cuando ésta era una niña, solían llamarla princesa. Y ya ven cómo quedó la cosa. No es que haya mucha oferta de príncipes para un futuro inmediato pero, por si las moscas, una de mis amigas llama a su nieta de meses “Princesita” y la muy bichillo atiende al apelativo más que a su propio nombre, o sea, que ya apunta maneras.

Qué duda cabe que los padres querríamos ser reyes y, desde luego, magos para poder hacer realidad los sueños de nuestros hijos. Pero esos sueños son tan diversos como lugares pueblan nuestro mundo… Cómo, si no, comparar el sueño de una niña “pija” sobrepasada de atenciones y caprichos en un territorio del primer mundo  con el de una niña de un país tercermundista o en guerra, por ejemplo.

He tenido que escuchar, con cierta grima, el testimonio de la madre de una adolescente de catorce años a la que, al parecer, habían timado vendiéndole para Nochevieja entradas para una discoteca a la que no pudo entrar, precisamente por tener catorce años. La madre argumentaba, con un tono de voz entre Carmen Lomana y Antonio Ozores, que su niña ¡su niña! había sido la primera vez que se había puesto un vestido de Nochevieja, o sea, de pillar pulmonía fijo; que había sido la primera vez que se había hecho un moño y puesto tacones y que, en lugar de haber estado en la discoteca por la que pagó, la había tenido llorando toda la noche en casa (el ordenador debería tener la posibilidad de poner emoticonos, ya saben, caritas que expresan emociones, como los móviles, para poder ponerles yo cómo se me quedó la mía). Me quedé estupefacta porque, una vez más, comprobé lo absolutamente ridículos que podemos llegar a ser los papis con las cosas de nuestros nenes cuando no sabemos relativizar ni dar a los acontecimientos el verdadero valor que tienen. Claro que es un fastidio, un fraude o una decepción para una joven no asistir a una noche de baile para la que había comprado las entradas y engalanado con ilusión, pero no es un drama. En el mismo orden de sueños en el que estamos hablando, están los niños de Bolivia, niños de menos de catorce años que han tenido el arrojo de entrevistarse con su Presidente para pedirle que no apoye en el Congreso del país andino la polémica ley que intenta regular el trabajo infantil y evitar, de esa manera, que trabajen niños de menos de catorce años. Ya ven cómo están las cosas a un lado y a otro de un charco grande de agua. Evo Morales, que sabe bien lo que es trabajar duro de niño haciendo ladrillos, entendió las razones que argumentaban los pequeños que necesitan trabajar para ganarse el sustento, el propio y, en muchos casos, el de su familia. Lo que ocurre es que esa salida es más bien una puerta de entrada a la explotación infantil. Y claro, después de ver las imágenes de unos cuantos niños cargados de ladrillos con más altura que la de sus propios cuerpecitos, o la de otros niños mineros arrancando, durante jornadas eternas, de las entrañas de la tierra el mineral que les permita apenas subsistir… pues qué quieren que les diga, mis queridos lectores, que entonces me parece todavía mucho más frívolo que haya sido noticia la estafa de la discoteca de los nenes.

En un mundo que pretendemos supuestamente globalizado -salvo “deshonrosas” excepciones- no creo que podamos desoír el grito aterrador de las pesadillas de muchos niños, máxime cuando nuestros hijos duermen tan plácidamente.

En fin, una vez rota la magia de los Reyes (que se lo digan si no al nuestro, que será rey, pero no mago para sacarse… más que de la chistera, de su vida al hijo político) ¿a ver qué hacemos?. Este año, o le pedimos los regalos a alguno de los muchos que han hecho acopio ambicioso y desmedido de cuartos -y no de los que dan los relojes- o tendremos que decir como en el chiste: “En casa, más que de amigos invisibles, somos de regalos invisibles”.

 

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