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Ana María Tomás

Escribir es vivir

MARTAS Y MARIAS

 

Marta trabaja en una empresa cuyo horario comienza a las ocho de la mañana. Vive a unos cuatro kilómetros de su trabajo. Se levanta todos los días a las seis y media de la mañana: tiene que prepararse y preparar a sus dos hijos para llevárselos con ella. El pequeño lo deja en una guardería, por fortuna, cerquísima de su casa, mientras, el mayor aguarda en el vestíbulo de su trabajo tres cuartos de hora a que una amiga de su madre lo recoja para dejarlo en el colegio al tiempo que lo hace con su hijo. Su vida es un ordenado caos, y no puede evitar que le rechinen los dientes cuando oye hablar de la supermujer como uno de los logros conseguidos. De buena gana ella dejaría, inmediatamente, de serlo. Sueña con poderse quedar en la cama hasta las ocho, con evitarle a sus hijos el madrugón, con llevar a las mismas nueve a su niño al colegio mientras el otro duerme plácidamente en su cochecito. Le gusta imaginarse faenando entre perolas y platos, con tiempo para preparar esas comidas que tanto le gustan a su marido; disfrutando de la vida, de manera sencilla, pero… primero fue la casa… y más tarde tuvieron que meterse en el coche… Sin su sueldo sería imposible poder llegar a  la segunda semana del mes. A veces se pregunta si realmente necesita muchas de las cosas por las que trabaja, pero sólo es una pregunta retórica, es consciente de que está metida en una espiral de la que difícilmente podrá salir.

Martita trabaja en el bufete de su padre. Terminó la carrera de Derecho y no tuvo que pelear para abrirse camino: una mesa llena de oportunidades la esperaba junto al despacho de su progenitor. Martita está embarazada y a su marido le gustaría que cuando naciese el bebé ella dejase de trabajar por un tiempo, el suficiente como para criar y educar a su hijo, sobre todo, teniendo en cuenta que no perdería su trabajo, tan sólo lo aparcaría para retomarlo cuando creyese conveniente. Pero ella no ve la maternidad como un impedimento para dedicarse a lo que más le gusta: el ejercicio de su profesión. Disfruta con su trabajo, es más, reniega de esa palabra, ella  lo vive, se lo lleva a casa, sueña con él y, aunque no necesita de su sueldo, jamás dejaría de trabajar. Considera que el mundo ha engañado a la mujer con el sentimiento de la maternidad, obligándola a sentirse culpable por “abandonar” el cuidado de su cría para alimentar una no muy clara “realización personal”. Sin embargo, ella está convencida de que ha sabido elegir la mejor parte.

Mari está separada, no tiene una preparación académica que le permita el acceso a algún trabajo menos cansado y más remunerado que el suyo, así que para sacar a sus hijos adelante trabaja como empleada de hogar. Ella suda limpiando con brío los suelos mientras María, la dueña de la casa para la que trabaja, lo hace montando en una bicicleta estática, después repara fuerzas en alguna céntrica cafetería con unas amigas, compra la prensa y aguarda pacientemente hasta que su asistenta le avisa que la comida está lista. Mari la envidia, desde su perspectiva sólo ve que tiene todas las comodidades y todo el tiempo del mundo para dedicárselo a ella misma. Sin embargo María no es feliz, ella tampoco posee una preparación académica que le permita salir de su cárcel dorada, su “posición” no le permite realizar cualquier trabajo manual que le haga sentirse viva y útil, y ella que ha dedicado su vida a ser cocinera, limpiadora, niñera, enfermera y psiquiatra para su familia, ahora que sus hijos han volado y que su marido pasa cada vez más tiempo fuera de casa, experimenta una vaciedad insufrible.

Maruja se levanta cada día cantando, despierta a sus hijas a besos, les prepara el desayuno y apenas se han marchado al colegio comienza sus cotidianas y repetitivas tareas: camas, lavadora, tender, limpiar, planchar, comprar, cocinar, comer, fregar… Muchas de las faenas realizadas habrá que repetirlas por la tarde, pero después de la comida, cuando las nenas y su marido han regresado a sus obligaciones, ella  prepara un café, sus amigas llevan los dulces y juntas se sientan para hablar de los cotilleos del corazón; ríen, fuman, prometen no volver a fumar… Al llegar la noche se acuesta rendida. Sin embargo…, ella está convencida de que ha sabido elegir la mejor parte.

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