Desde aquella famosa exclamación de “Esta sí es huesos de mis huesos y carne de mi carne”, que se le supone al primer hombre al ver a la Mujer, hasta ahora, ha llovido mucho. Como también lo ha hecho desde aquellas primeras concepciones románticas del amor, a la idea que de él se tiene en la actualidad.
No puedo estar más de acuerdo con Benedicto XVI que en su encíclica “Deus caritas est” dice: “El término « amor » se ha convertido hoy en una de las palabras más utilizadas y también de las que más se abusa, a la cual damos acepciones totalmente diferentes”. Da después un ligero repaso al vasto campo semántico de la palabra “amor”: a los padres, a los hijos, a los hermanos, a la patria, a la vocación profesional, al prójimo, al amigo… etc. para preguntar, finalmente, si podrían unirse todas, a pesar de la diversidad de sus manifestaciones, o se trata, más bien, de una misma palabra que expresa realidades diferentes.
De los tres términos griegos relativos al amor eros, philia y agapé, parece que sólo ha sido capaz de mantenerse en primera línea de parloteo el eros; y no tanto un eros de bombones y corazones rojos de cartón relumbrón con regalito incluido, sino más bien el eros de piel; de aquí te pillo, aquí te mato, de “Sin tetas no hay paraíso”; de la ocasión la pintan calva… vamos, el eros de pañuelo de papel, o sea, de usar y tirar. En detrimento está el philia, vocablo primigenio para denominar el amor fraterno, aunque el uso de términos es más amplio e incluye a padres, hijos, amigos, tribu… El agapé no le va a la zaga en cuanto a menoscabo: amor espiritual… ¿cómo? ¿incondicional? ¿profundo y reflexivo en el que sólo cuenta el bien del amado…? ¿Mande…? Pero si las revistas actuales están plagadas o bien de tratados de psicología en donde se estudia el miedo paralizante de los hombres a mantener una relación seria y comprometida, o bien cargada de anuncios de ligoteo o de empresas que ponen en contacto. Cada día hay más niñatos con síndrome de Peter Pan. Vamos, que lanzan un machote con aspiraciones serias, como dicen en mi tierra: a “rodacabra” (moviendo sólo la articulación del brazo, sin levantar el hombro y casi a ras de tierra) y no llega a caer al suelo. ¡Por Dios, por Dios!
Y, la verdad, ante ese panorama…, hoy me apetece hablar del philia. Según Aristóteles “La amistad es la cosa más necesaria de la vida”, totalmente de acuerdo, qué sabiduría tenía el payo. Sin embargo, (aunque estoy en contra de ello) tenemos el día del padre, el de la madre, el de los enamorados, el de los grandes almacenes –que son todos los anteriores-, etc. Pero no hay un día que señale de forma especial al amigo, a ese otro/a que comparte con tu propio cuerpo un alma común, ese/a que se alegra con tu risa y se entristece con tus lágrimas y que pone en nuestras manos su alma o su espada según necesitemos abrigarnos o defendernos, y que, estando lejos, no dudaría en arrancarse un hombro (metafóricamente hablando) para dejarnos llorar sobre él. El amigo -y aquí no vale hacer gradaciones, o se es o no; no confundir con compañero- es la persona con la que podemos compartirlo todo: una comida, un confidencia, una sonrisa, un café, una emoción, una copa, un sentimiento, una tostada, una mirada o una caricia… todo, salvo el intercambio de unos fluidos corporales, o sea, la cama, o las connotaciones que esta lleva. Pero no son la carne o el espíritu los que aman, al menos no independientemente, sino la persona como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma. Por eso no deberíamos temer poder expresar ese philia con la misma intensidad que si se tratara de eros (sin cama, no vayan siempre a los mismo). Y por eso tendríamos que permitirnos dejar hacer a los brazos, que no son más que las extensiones del corazón, lo que mejor saben hacer: abrazar. Abrazar lejos de la temible posesividad que inocula el eros; el philia nos permite amar a cuantos libremente elija nuestro corazón. Y cuantos más mejor. Porque, aunque no sean hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne, sí son corazón de nuestro corazón.