Hace unos días, una buena amiga me llamó por teléfono insistiéndome en que viera una vieja película de 1989 llamada Shirley Valentine. En su día le hizo mucha gracia. Claro, puede pensarse que las cosas hace veinticinco años no eran lo que son ahora. Sin embargo, salvando algunas diferencias nimias, no creo que hayan cambiado mucho, es más, ante las circunstancias actuales económicas creo que, incluso, hemos retrocedido.
Les cuento para quienes no la conozcan: la película trata de una ama de casa de Liverpool de mediana edad, atenta, servicial y sin capacidad para negarse a las “exigencias” de cuantos la rodean: vecinas, amigas, marido, hijos… cada uno la explota o la utiliza a su manera mientras ella languidece hablándole a la pared de su cocina.
Mi amiga quería que la viera quizá porque su vida tiene demasiado paralelismo con la ficción que narra, aunque ya sabemos todos que la realidad siempre la supera. Al igual que la “prota”, mi amiga cuida de las macetas y de los perros de sus vecinas cuando estas se ausentan; prepara comidas a destajo para toda la semana para sus hijos que, aunque viven independientes, retornan cada fin de semana a por las provisiones de mamá y a dejarle alguna que otra prenda para que se encargue de ponerla a punto; y cuida con esmero de un marido que, aparentemente, no sólo ha dejado de amarla, sino que la corona día sí y otro también con una cornamenta que ya querría para sí el buey watusi africano que, si no me han engañado, es el que tiene los cuernos más grandes.
En la película, nuestra Shirley, consigue aunar la fortaleza suficiente como para mandar su vida donde Cristo perdió el gorro y, aprovechando unas vacaciones que una amiga le paga para que la acompañe (una vez más utilizándola) a las islas griegas, decide quedarse allí, simplemente de tabernera en una pequeña cantina a orillas del mar. En un momento de la película, el espectador puede pensar que lo hace enamorada del tabernero, un donjuán de tres al cuarto; más tarde se entiende que lo hace por ella misma, porque comprende que nada, salvo ella misma, puede liberarla. Sin embargo, ambas sabemos que mi amiga nunca abandonaría el barco de su vida actual, por mucha agua que hiciera. Ella me argumenta que el mercado laboral es un desastre; que si no me he enterado de que faltan meses al año, casi tres, para que la mujer pueda lograr ganar lo mismo que un hombre en doce meses; que tampoco tiene una preparación académica para poder encontrar un “determinado” trabajo; y que su fibromialgia le impide poder estar en activo de manera continuada. Así que, prefiere mirar para otro lado, respirar hondo y seguir tragando mierda. Yo, a propósito de la película, intenté razonarle que se puede vivir mal de muchas maneras, pero que pocas formas había de vivir sin dignidad. E, incluso, casi en un susurro, me atreví a decirle que se estaba prostituyendo. Ella no se inmutó, me miró con sus enormes ojos negros cargados de lágrimas y sin dramatismo alguno y con mucha calma me respondió: “¿Vas a venir a decirme a mí lo que es vivir sin dignidad? ¿Vas a explicarme lo que es malvender mi primogenitura…? ¿Te atreves a recordarme la sórdida manera que tengo que prostituirme…? ¿Tú crees que mi prostitución es peor que la de muchos empresarios, periodistas, políticos, trabajadores…? No tienes ni idea de las inmensas formas que hay de prostitución. Y, ¿sabes?, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.”
Claro, alguien te habla en esos términos y acojona un huevo pero, como es mi amiga, yo todavía intenté quemar en último cartucho y le pregunté cómo, sintiéndose así, podía actuar con su marido como si nada pasase. Y ella comenzó a canturrear la canción de Luz Casal: “Tú juegas a engañarme. Yo juego a que te creas que me engañas…”. Después me dijo que se imaginaba como una perfecta, deseada y experta puta (dijo puta) de lujo que había tenido la suerte de tener un solo cliente. Un buen cliente. Y que, cada noche, cuando ya estaba a punto de dormir se premiaba a sí misma con el Oscar a la mejor interpretación.
Entonces fueron mis ojos los que se llenaron de lágrimas y pensé que, desgraciadamente, todavía hacen falta muchos 8 de marzo.