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Ana María Tomás

Escribir es vivir

¿TÚ TAMBIÉN, ALFREDO FRAILE?

Dice la historia, y la literatura, que cuando Julio César fue asesinado a manos de una conjura de senadores, entre los que se encontraba Marco Junio Bruto, uno de sus mayores colaboradores y a quien quería como un hijo, sus últimas palabras fueron: “¿Tú también, Bruto, hijo mío?”. Unos historiadores dicen que era un pregunta, otros, que una exclamación, pero sea lo que fuere, lo cierto es que, aunque las puñaladas pueden venirnos de muchos flancos, las traiciones sólo pueden venir de aquellos en quienes confiamos. Imagino que algo así habrá pensado nuestro cantante más internacional, Julio Iglesias,  cuando se haya encontrado de bruces con el regalito que le ha hecho una de las personas más cercanas a él, su “queridísimo” exmanager Alfredo Fraile. Quizá porque desconozca la coplilla que dice: “El secreto de tu pecho / no lo digas a tu amigo / que, si la amistad le falta, / será, contra ti, testigo.”

 

Una máxima dice que “la palabra vuela, pero lo escrito permanece”, claro, que no siempre, porque quién nos asegura que no aparece un bárbaro y lo hace cenizas -la historia está llena de bárbaros destructores-. Lo que suele ocurrir es que aquello que realmente debería desaparecer o, mejor aún, no haberse escrito jamás, eso, desgraciadamente, queda para que algún tiempo después (a veces muy poco) aparezca un puerco y por unas miserables monedas traicione aquello que sabe gracias a la confianza otorgada por aquel a quien traiciona.

 

“Secretos inconfesables” ha titulado el payo el libro en donde va desgranando todas aquellas cosas por las que Julio pagaría para que no se supieran. Evidentemente menos de lo que otros habrán pagado para saberlas: operaciones de cirugía estética; su obsesiva y compulsiva búsqueda del éxito; su ausencia en las responsabilidades familiares cotidianas; las incomprensibles envidias profesionales hacia su hijo Enrique; el verdadero número de mujeres que han pasado por su cama y que, al parecer,… “tristemente” se trataría sólo de unas mil y no de cuatro mil como siempre fanfarroneó Julito. Pero, claro, esto último es algo que ya se sabe: los hombres son como el parchís, matan una y cuentan veinte.

 

Claro que, en muchas ocasiones, poco tendrían que traicionar esos abyectos seres si otros más confiados no les dieran armas para ello. Aunque, imaginen, sería terrible no poder confiar en un amigo, en un compañero, en un subalterno… sólo porque  tengamos que prever que en unos años no estaremos bien con esa persona y todo aquello que compartimos con ella, las buenas cosas… bueno, eso no corre peligro, casi siempre suelen salir aquellas por las que podamos avergonzarnos, pero, como les decía, que nuestras reacciones más miserables fruto de las circunstancias y que quizá dentro de ellas podrían, si no justificarse, sí comprenderse, unas vez descontextualizadas, salgan de manera impúdica a mostrarse ante quienes estén ávidos de conocer nuestras miserias.

 

Yo siempre he admirado (una tiene sus debilidades, qué quieren ustedes) a los ladrones de guante blanco, a esos señores que, sin un mal tiro y de un golpe, son capaces de agenciarse miles de millones, sobre todo, si esos millones están asegurados, lo que asegura, a su vez, que el dinero se mueva. Ese, dicen, es el principio de la riqueza. Y en esa debilidad que les confieso soy capaz de admitir las debilidades del prójimo y entender que todos tenemos un precio (¡Ay! de aquel iluso que piense lo contrario) pero, hombre, un precio digno, lo del todo a cien está bien para ciertas cosas, pero perder patrimonio del alma -recuérdese: “el honor es patrimonio del alma…”- por un plato de lentejas, aunque en este caso sería por treinta monedas, sólo insiste en lo ya demostrado: que el ser humano es capaz de las mayores grandezas y de las peores felonías.

 

El exmanager, ha decidido publicar todos los trapos sucios conocidos de Julio Iglesias, al menos, los que  ha sido capaz de recordar, esparciendo carnaza a diestro y siniestro. Dice que gran parte del éxito conseguido por el cantante se lo debe a él y que jamás se lo agradeció como debería haberlo hecho. Quizá no le falte razón puesto que en los años más importantes de proyección internacional fue Fraile su manager. Yo creo que podría haberle dado las quejas personalmente en lugar de hacerlo públicamente. De todas formas, considero que poco tendría que hacer si, por mucha inmundicia que anunciara, no viniesen detrás los carroñeros -lectores- dispuestos a devorarla.

 

 

 

 

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