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Ana María Tomás

Escribir es vivir

Talentazos

“Paaapa, ¿es ese el avión del Rey?”. “No hijo, el avión del Rey lleva dos motos delante y dos detrás”. Ya, ya sé que es suavecito el chiste, pero si me subo de tono me arriesgo a que mi jefe me llame al orden.

Está claro. El españolísimo ingenio desplegado por el “Lazarillo de Tormes”, hace ya unos cuantos siglos, sigue vivo y continuamente reactualizado a necesidades y circunstancias del momento. Y no me refiero sólo a la ingeniosa manera de engañar para buscarse las habichuelas, sino al característico gracejo de los habitantes de nuestro suelo patrio.

Es verdad que no todos tienen esa chispa de salero necesario para armar un chiste o, incluso, para  contarlo, es más, algunos los destrozan al hacerlo, pero quienes lo poseen son la leche. Merengada.  Y, lo bueno o lo malo de ello, según se mire, es la absoluta rapidez con la que son capaces de parir tropecientas ácidas críticas a vuelta de llegada de la noticia. Lo vemos en lo cotidiano y en lo extraordinario, en las noticias del día a día y en los acontecimientos terribles. Tanta punta le sacamos a un anuncio de lotería navideña con dos iconos como Montserrat Caballé y Raphael, como al luctuoso accidente de las Torres Gemelas, en donde, sin reparo alguno, por lo bajini y con bastante hipocresía, fuimos capaces de “armonizar” sentimientos tan encontrados como condolernos de la tragedia y reírnos comentando que las famosas Torres americanas habían tenido menos reflejos que la Torre de Pisa para inclinarse y eludir los aviones. Y lo hemos visto esta semana, nada más anunciar el Rey su abdicación en el Príncipe. Las redes sociales ardían de montajes y chistes, más o menos respetuosos, amén de las convocatorias, todo hay que decirlo, sobre si monarquía o república olvidando, dicho sea de paso, que lo realmente importante es nuestra Constitución (votada por todos) que nos ha garantizado unos valores democráticos y nos ha permitido vivir en paz  en una tierra en donde no es fácil ser gobernante.

No sé ustedes, pero yo, ante cualquier acontecimiento que acapara de golpe todas las cadenas, toda la prensa escrita, hablada, pensada, callejeada… etc. y no sólo durante el día del suceso en cuestión, sino durante días y días, me pregunto ¿Y qué pasa ahora con el resto de noticias? ¿O qué puñetas ocurre con la insoportable corrupción descubierta o encubierta por unos sinvergüenzas sin escrúpulos? Corrupción y robo a manos llenas  que tanto daño está haciendo a nuestro país y al resto de políticos honrados que son metidos en el mismo saco… y que queda, en la mayoría de los casos, impune ¿No pasa ya otra cosa que no sea referente a la abdicación?

Es curioso cómo la realidad pocas veces se mantiene estática sin convertirse en un espejo cóncavo o convexo en donde nos miramos deformes, tanto en uno como en otro caso. Pero lo más curioso es que creamos que aquello que nosotros vemos es, precisamente, la única y posible realidad. De ahí los enfrentamientos, muchas veces absurdos, utilizados sabiamente por quienes deberían estar obligados a llamar al respeto entre posiciones más que al enfrentamiento. Y, también, de ahí, nuestra mirada sarcástica como único recurso, muchas veces, a la impotencia.

En el fondo, la manera en que nos choteamos de un entierro bien compuesto no deja de ser una maquiavélica argucia para enfrentarnos a las decepciones que nos sacan de nuestro monótono discurrir sin preguntarnos y sin tener en cuenta nuestra opinión.

A mí también me gusta desdramatizar las situaciones más trágicas y confieso que suelo tener chistes para casi todo porque, aunque sé que no todo el monte es “orgasmo”, también sé que esa forma de encarar la vida me hace ser mucho más consciente de la pequeñez, de la fragilidad, del ser humano y de que, pese a todas nuestras angustias, el mundo sigue su curso ajeno a ellas. Y es mucho mejor aprender a reírse de uno mismo que llorar tontamente por lo que no está en nuestras manos cambiar.

No obstante, mi querido desconocido, si usted es de los que disfruta machacándose el hígado con berrinches y pensando, como muchos pesimistas, que la cosa no puede ir peor, yo, que soy optimista, le digo: “que no se preocupe, que verá como sí”.  Y usted siga a lo suyo, como ya dijera Propercio: “El marinero habla de los vientos, el soldado de las heridas, el pastor de las ovejas. Yo, por el contrario, me ejercito en combate de angosto lecho: cada cual pase el día en el arte de que es capaz”.  Pues eso.

 

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